Sobre el Templo de Jerusalén

108.jpgEn la segunda tentación de Jesús, según Mateo, Cristo se niega a dar un salto temerario, esperando la salvación o el rescate por parte de Dios, por medio de sus Ángeles. Lo que Satanás quiere hacer ver como confianza en el Padre, es por el contrario una puesta a prueba de Dios, un “tentarle”.

Lo que hace Jesús es dar otro salto, el salto al abismo de la cruz, de la muerte, este es el verdadero acto de confianza en el Padre, no aquel salto que lo glorificara ante el mundo, si no aquel que demostrara su amor y confianza en la voluntad de su Padre.

Carlos Jose

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Jesús en el desierto

Jesús en el desierto
Domingo I de Cuaresma Ciclo A: Mateo 4,1-11

por Abel Della Costa

Una mirada tipológica en torno a los cuarenta días del desierto

Los cuarenta días de la Cuaresma evocan, simbólicamentemente, los cuarenta días en los que Jesús permanece ayunando en el desierto, tentado por Satanás. Nosotros permanecemos cuarenta días, no repitiendo el ayuno de Jesús, sino rememorándolo, y realizando gestos penitenciales que nos permitan penetrar mejor en la gran preparación de Jesús a su Paso.

 

Pero a su vez Jesús, como bien sabemos, permanece en ayuno cuarenta días y cuarenta noches no porque sí, sino porque esa cantidad se inscribe en una figura muy repetida en la tradición del Antiguo Testamento. De todo lo que es posible señalar en este evangelio de San Mateo, me gustaría centrarme en esta figura de los 40 días y en la serie veterotestamentaria a la que alude.

 

Hagamos un rápido catálogo:

Por días:
-40 días y noches duran las lluvias del Diluvio (Gn 7)
-40 días y noches permanece Moisés, ayunando, para recibir la Ley, las dos veces (Ex 24 y Ex 34, y mencionados también en Deuteronomio)
-40 días exploran los 12 israelitas, uno por cada tribu, el país de Canaán (Nm 13)
-40 días hostiga Goliat a Samuel y su tropa, antes del célebre combate con David (1Sam 17)
-40 días dura la acción simbólica de Ezequiel acerca de la culpa de Jerusalén (Ez 4)
-40 días se le da de plazo a Nínive para convertirse

Por años:
-40 años comen los israelitas el maná (Ex 16)
-40 años dura en conjunto el éxodo, como castigo por las rebeldías de Israel (Nm 14 y 32). En Deuteronomio (2, 8, etc.) se hace alusión a lo mismo, pero poniendo más el acento en la prueba que en el castigo)
-40 años duran los reinados de David y luego de Salomón (1Re 2 y 11).
-40 años reinó Joás de Judá, que “hizo lo recto a los ojos de Yahveh todos los días” (2Re 12)
-40 años es el castigo predicho para Faraón (Ez 29)

 

Hay, por supuesto, muchos más ejemplos, no sólo en días y años, sino también en la utilización simbólica del número 40 y sus números relacionados. Sin embargo, podríamos ya señalar los conjuntos de direcciones en las que podemos ver estos 40 días y noches de Jesús. Antes de eso, me gustaría insistir en que no se trata del “significado de los 40 días”, ni muchísimo menos de algo tan amplio como sería el “significado bíblico del número 40”; se trata de un símbolo, y como tal carece de un significado preciso y único; más bien la mención de los 40 días y noches nos pone en dirección a una mirada panorámica, capaz de reunir en un solo lugar acontecimientos tan diversos como un diluvio, un castigo, un premio, etc.

 

Ahora sí, de estos pocos acontecimientos reseñados podríamos separar algunos haces:

 

-El 40 evoca un tiempo perfecto del reinado de Dios en el mundo: David, Salomón, Joás.

 

Desde esta dirección de la mirada podríamos pensar la estancia de Jesús en el desierto no como un extrañamiento o un acontecimiento peligroso, sino como una peculiar manera de realizarse el reinado de Dios, con un Jesús cuya soberanía, aunque escondida, es ya total, porque tiene a Dios como garante.

 

La misión de Jesús se nos presenta en las tentaciones como la realización de un reinado de Dios que está ya contenido en la creación, y que se cumple incluso en medio del influjo del Tentador, de la caída, de la lejanía aparente de Dios: “Dios reina, vestido y ceñido de poder…”, como dice el salmo, ayundándonos a que seamos capaces de afirmar lo que de ninguna manera vemos.

 

-el 40 evoca también un tiempo perfecto de preparación para una misión sagrada: los 40 días de Moisés antes de recibir la Ley, los 40 años del pueblo antes de recibir la tierra (en la interpretación del Deuteronomio ya mencionada). Desde esta dirección de la mirada, Jesús no se muestra como soberano sino como discípulo perfecto de Dios, al modo como se interpreta en Carta a los Hebreos: aprendió en el sufrimiento lo que implica el permanecer a la escucha (Heb 5,8)

 

La misión de Jesús se nos presenta así, no como la realización de un plan prefijado e inamovible, sino como un aprendizaje, como el ensayo de una escucha perfecta de Dios, que se llevará a cabo finalmente en el silencio de la cruz.

 

-el 40 evoca también el tiempo humanamente largo pero limitado, de la tentación, la prueba, no en el sentido anterior de la preparación sino del hostigamiento: Goliat, la duración del Éxodo en la interpretación de Números, etc… si en los dos anteriores el acento está puesto en Dios, en éste lo visible es el tentador, la figura casi naturalista del demonio en los relatos evangélicos. Es verdad que es Jesús quien se somete voluntariamente a la tentación, y es Dios quien en definitiva comanda la situación en favor de los hombres; pero en esta mirada el primer plano lo ocupa la figura de doble cara, aterradora y grotesca, del tentador. No deberíamos minimizar este aspecto de las tentaciones de Jesús, como si se trataran de un mero simulacro de tentación: que Jesús finalmente triunfe no es un resultado meramente automático; Jesús debe ingeniárselas para triunfar, debe encontrar la palabra justa con la que vencer al demonio; como en la escena de Goliat, el hecho de que sepamos de antemano que el pequeño David será el vencedor no quita a la pelea nada de su equilibrio provisorio: David podría haber sido vencido; que no lo fuera no es un automatismo del destino sino una disposición de toda el alma y de todas las fuerzas a luchar en favor y del lado de Dios.

 

Las batallas de Dios se vencen, no por magia, no por automatismo, no por destino, sino por una libre entrega de la totalidad de nuestra fuerza -poca o mucha- a los procedimientos, a menudo incomprensibles, de Dios. No vence Jesús por tratarse del todopoderoso Dios: eso haría del relato de las tentaciones una fantochada, sino porque en la debilidad de su estancia de ayuno y oración en el desierto, no guarda nada para sí mismo, deja que sea Dios quien “ponga las palabras en su boca”. Por eso más adelante, ya en plena misión, Jesús nos podrá enseñar con mucha convicción que no debemos preocuparnos en lo que habremos de decir en los tribunales, porque será el Espíritu quien hable por nosotros: él ha experimentado eso; no lo sabe ni por el catecismo ni por la ciencia divina, sino porque en esa completa disposición ha consistido su vida de Hijo eterno de cara a su Padre celestial.

 

-Y finalmente el 40 abre también la evocación de un tiempo silencioso de espera, de espera que no sabe exactamente que vendrá atrás, a semejanza de los 40 días de la paciencia a Nínive o los 40 días de exploración de la tierra prometida.

 

Imagino que el Demonio creería ser muy ingenioso diciéndole a Jesús: tírate a la piscina sin agua y que los ángeles te salgan al cruce… Jesús probablemente haya sonreído para sus adentros: para qué tentar a Dios, si ya se había tirado a la piscina sin agua, ya lo estaban sosteniendo los ángeles… la misión de Jesús es toda ella, desde cierta perspectiva, una “caída libre en el vacío”, en espera de una mano de Dios que lo sostenga, y que no se muestra ni siquiera en el instante final: “Dios mío, por qué me has abandonado”, dirá en la cruz. Pero a la vez, sigue hacia adelante el camino de esa silenciosa y paciente espera de la revelación del autentico desgnio de Dios, del inusitado y creador designio que nadie puede prever, aunque podemos con entera confinza esperar y celebrar , sin que sepamos exactamente en qué consiste.

 

Carta a los Hebreos interpretara muy acertadamente: “después de haberse dirigido en los días de la carne, con llantos y súplicas a aquel que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su humilde reverencia”… ¿fue escuchado? -pensamos con sorpresa- ¡pero si murió, no fue librado de la muerte!

 

Eso dicen nuestros ojos, que aún están “en los días de la carne”. Visiblemente no fue escuchado, sino que, por el contrario, fue abandonado por Dios, herido y humillado, el castigo de los que merecían en realidad el castigo, cayó sobre él…. por eso las tentaciones de este demonio son risueñas al lado de lo que será la gran tentación de la misión entera de Jesús, de largarlo todo, patear el tablero y dejar a Dios solo, que se arregle con este mundo loco y enceguecido.

 

Y sin embargo Jesús sí que fue escuchado, fue escuchado y librado de la muerte; no de la muerte en la carne, sino de la Muerte, de su poder, de su aniquilación; fue escuchado y convertido no sólo en salvado sino en causa de salvación. ¿Y todo eso por algo en especial? No: todo eso por una mirada, por una disposición a escuchar, por un gesto de humilde reverencia: por haber respetado y no violado el silencio necesario para una espera de Dios. Ese silencio que ensaya y con el que templa su espíritu en estos cuarenta días del desierto.

 

De todas estas direcciones yo creo que esta cuarta es la que reúne y da sentido a las demás, la que muestra que la soberanía de Dios no es prepotencia, la preparación no es titubeo, la tentación no es sobremedida, sino todo ello sagrado porque en el tiempo de la espera está también el tomar contacto con lo más íntimo del silencio divino, esa intimidad de donde el propio Dios saca su Palabra, esa que no puede dejar de pronunciar.

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