¿Que puede hacer?

¿Que puede hacer una Madre, cuando su hija(o) declara sus tendencias homosexuales abiertamente y no sabe que hacer por la presión entre sociedad, amor a la hija, moral, su credo Cristiano, etc? 

“¿Que puede hacer la Mama en este caso?”

La verdad que no se puede dar consejos sobre un relato abstracto, y en general, en casos así tampoco es tan bueno andar dando consejos, así que esto que digo tómalo como pensamientos en voz alta.

Ante todo, ahí hay dos problemas: uno de la hija y otro de la madre.

Es muy común confundir cariño con mimos, cuando los mimos son una expresión muy linda del cariño, pero si todo se reduce a eso… no hay cariño, qué contradicción, verdad?

Si la cosa queda en la niñez, qué se le va a hacer, ya no tiene remedio, pero el problema es que a lo mejor la cosa sigue siendo igual, nada más que en vez de ser mimos contantes y sonantes, son apañar o hacerse la distraida para que la nena no lo tome a mal.

No vale echarle la culpa al padre que se fue o a la madre que sobreprotegió solamente. La maduración de la personalidad (incluida la personalidad sexual) es una cosa de los dos padres, y de todo el entorno, y no hay mucha receta que asegure el resultado.

Pero volvamos a lo de hoy, porque el pasado viene bien para no cargarle tooooda la culpa a la nena, pero tampoco se puede transferir toooodo al pasado.

Yo creo que el mayor problema seria de la madre que no parece tener bien en claro si le parece mal o no que su nena se ponga a practicar su homosexualidad. Parece que si viniera una autorización de los carmelitas, entonces todo OK, “ama y haz lo que te venga en gana” que yo ya tengo el papel firmado por los carmelitas de que a Dios no le molesta.

En estas cosas hay que obrar en conciencia, pero primero hay que ocuparse de formar la conciencia, sobre todo de los grandes. Si la mamá va a estar tironeada entre lo que aprendió en catecismo y lo que cualquier carmelita de morondanga le venga a inventar, es difícil que pueda darle una palabra madura a su hija, que es lo que la nena necesita.

Partimos de la base de que eso de que los padres somos “amigos” de los hijos es un invento posmoderno para evitar la responsabilidad de que los padres venimos a ser padres de nuestros hijos. Los amigos son los amigos, y aunque los padres nos revolquemos tirándonos almohadonazos con los chicos (que es muy sano y lindo) siempre seguimos haciéndolo como padres, no como amigos.

Esta nena no necesita tener otra amiga más, con las que tiene y las que conoció en la dichosa fiestita ya es suficiente, y ya tienen tanta confusión como ella. La madre no tiene por qué andarse con demasiadas vueltas respecto de que si en conciencia sabe que eso que está iniciando la niña está mal, se lo tiene que decir fundamentado y con la mayor firmeza.

Sobre todo fundamentado (aunque la firmeza es importante porque indica la convicción), porque la nena está recibiendo el embate de mil voces que le dicen “acuéstate bien, sin mirar con quién”, pero nadie le dice ni que eso está bien ni por qué, simplemente es como en los anuncios de jabón en polvo: “lave con Omo”, y uno va y lava con Omo porque se lo dijeron muchas veces. Así de borregos somos todos. Entonces no es “no te lesbianices que está mal, porque lo dice el carmelita de la esquina” (lamentablemente, el carmelita parece que también lava con Omo), sino “esto es lo que hay, este es nuestro cuerpo, y nuestro cuerpo, aunque nos puede dar mucho placer, resulta que no está para eso. Se puede usar una cuchara como destornillador, pero resulta que no es para eso, y a la larga va a acusar el mal uso. Algo así pasa con el cuerpo: nosotros no “tenemos” un cuerpo, somos seres corpóreos, que es algo distinto.

La corporeidad no la llevamos del todo bien, armónicamente, ante todo porque vivimos alienados de Dios (ante todo), de los demás (en segundo lugar) y de nosotros mismos (rematando tan brillante situación).

El placer, que fue creado por Dios como signo sensible de la felicidad, resulta que recién lo tendremos del todo bien integrado en nosotros mismos cuando lleguemos al Reino. Mientras tanto, acá, en este mundo, debemos procurar un equilibrio entre nuestra búsqueda de propia “felicidad”, que sólo nos colma a nosotros mismos, y el procurar nuestra vida, nuestro espíritu, nuestra corporeidad al servicio de la humanidad entera, tal como es esa corporeidad y tal para lo que está preparada.

Es innegable que usando el cuerpo para tener relaciones homosexuales también se siente placer, y hasta tal vez sienta placeres que no sentiría de otra manera. El problema no es que sea falso que va a poder “sentirse bien”, el problema de fondo es si va a estar realmente bien. La razón de tanta reivindicación gay es que todos sabemos lo que no está bien, entonces si los gay consiguen que haya leyes que digan “vamos a declarar que todo esto está fantánstico, y el que crea lo contrario que se lo calle porque va preso”, les dará la saludable y soporífera apariencia de “estar en lo correcto”.

Tal vez la nena crea que la sexualidad de los demás es sencilla y la de ella no. Una de las cosas que le podría contar la mamá es que a ella también le costó conquistar su propia sexualidad. A todos nos costó. Cuando Sófocles (el gran tragedista griego) cumplió los 80 años le preguntaron qué sentía de llegar a viejo, y respondió “estoy muy bien, libre por fin de la tiranía del deseo”. Así que si a Sófocles le pasaba eso, creo que a los demás mortales, que solamente vivimos nuestras pequeñas tragedias y no llegamos a poder escribirlas, también puede sucedernos lo mismo.

Muchos cristianos piensan que nuestra civilización actual ama demasiado el cuerpo y por eso se olvida del alma… Me parece que es exactamente al revés: nuestra civilización detesta el cuerpo, por eso tampoco comprende el alma. Quien ama tener un cuerpo, jamás puede oponer el cuerpo al alma, y mucho menos olvidarse que toda el alma está visible en el cuerpo, y todo el significado del cuerpo apunta al alma.

Cuando se odia al cuerpo se le trata como un mecanismo ingenioso pero inútil, que sólo vale si funciona bien, o como un multiprocesador de alimentos, o como una máquina de descargar pulsiones.

Es la gran paradoja de nuestra civilización: decimos amar el cuerpo, pero nos sentimos encerrados e incomunicados, incapaces de lograr que el cuerpo diga nuestro interior.

El ejemplo de Santa Mónica

No conozco demasiado la vida de Santa Mónica, la madre de San Agustín, así que este ejemplo es inventado, en último término. Pero trato de entender cómo habrá hecho Santa Mónica para soportar la tensión por un lado de su cariño hacia su hijo, y por el otro saber que él estaba embarrado en una relación seudomatrimonial, con una sociedad y un ambiente que favorecía esas uniones “libres”, y al mismo tiempo ella sabía que la exigencia del Evangelio es radical.

¿Qué se le pasaría por la cabeza cuando venía su hijo los domingos con su semiesposa y Adeotatito a comer los fideos? el nene dando vueltas por allí, el papá que no quería ver que eso no era un matrimonio, y mucho menos le interesaba escuchar algo así como “la exigencia radical del Evangelio”….

Estamos hablando de un tipo de unos 25 años… ya no está para ir a preguntarle al Obispo si lo casca o le sirve los fideos.

¿Y qué hacía Santa Mónica? bueno, lo que sabemos es que rezaba mucho.

Pero además de eso, imagino que le serviría los fideos a su hijo, a su nieto y a su cuasi-nuera con infinita ternura, tratando de poner en esos platos toda la paciencia cristiana amasada en siglos y siglos de un Dios que nos tuvo y nos tiene infinita paciencia.

No me la imagino, claro, diciéndole al hijo: “todo bien, pibe, sigue adelante que la vida es corta y hay que disfrutarla….”; pero tampoco me la imagino levantando el dedo y diciendo: “tomad las sobras, pecadores!, os iréis al infierno y yo no, chiribín chiribín”.

Al contrario, tal vez ofrecería ella en silencio su pedacito de cielo a cambio de un lugar para su hijo, para su nieto, y tal vez también para su cuasi-nuera. Y confiaría infinitamente en que si Dios puede mirar los méritos de Cristo y salvarla a ella, tal vez también mirara los pocos méritos de ella y salvara a su hijo y su nieto.

Y en algún momento vio el resultado de tanta ternura, tanta oración y tanto ofrecimiento silencioso. A veces se ve y a veces no se ve. Ella lo vio, y el pedacito de cielo resulta que no le fue pedido a cambio del del hijo, al contrario: su cielo le ganó el cielo a los demás.

Me imagino que habrá pasado momentos de una angustia de muerte, y momentos en que habrá querido patear el tablero y decir “y bueno, si mi Agus es feliz, está todo bien…” Pero en esos momentos recordaría que Jesús también lloró por nosotros, por cada uno, en el Huerto.

Abel Della Costa 

Reza y espera, se firme, apoya pero no consientas, guia hacia lo bueno, pero no desesperes.

 

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