Teología del Cuerpo (comentada)

Discutiendo los asuntos morales actuales, recientemente un cardenal europeo provocó asombro diciendo que la contracepción “está al final de la lista” en orden de importancia. Contraste esto con la aseveración de el Cardenal Wojtyla en el décimo aniversario de Humanae Vitae, que el asunto de la contracepción “es una lucha por el valor y el significado de la humanidad misma” (Lateranum 44, 1978). ¿Qué quería decir? Continúe leyendo…

Como joven sacerdote y luego como cardenal, Karol Wojtyla se dedicó a reflexionar sobre el misterio del amor conyugal. El fue bendecido con un don de pensamiento admirable. Sin saber que, pocos meses después de declarar la aseveración anterior, el llevaría esos dones al mundo como el Papa Juan Pablo II. Veintiún años más tarde, cerca de dos terceras partes de lo que la Iglesia ha expresado oficialmente acerca del matrimonio y la sexualidad proviene de su pontificado.

Juan Pablo dedicó las audiencias de los miércoles, entre septiembre de 1979 y noviembre de 1984, a presentar una exégesis bíblica profunda del misterio del matrimonio y la sexualidad. Es esta serie de audiencias la que se conoce colectivamente como “la teología del cuerpo”. Fue una inspiración proveniente de la aseveración hecha por Pablo VI en la encíclica Humanae Vitae, de que el problema de la regulación de los nacimientos debe ser considerada a la luz de “una visión integral del hombre” (cf. n. 7). La catequesis de Juan Pablo sobre el cuerpo ofrece esa “visión integral del hombre”, o lo que el llama una “antropología adecuada”. Sus pensamientos ofrecen un contexto completamente nuevo para entender la enseñanza de Humanae Vitae y demuestra que lejos de estar “al final de la lista”, este asunto es de crucial importancia.

Una nueva síntesis del Evangelio

¿Cuántas veces han encontrado resistencia cuando tratan de presentar las buenas nuevas de la enseñanza de la Iglesia a otros, con expresiones tales como: “Eso es muy abstracto”, o “La Iglesia no está ‘en contacto’ con la experiencia real de la vida?” Quizás aún sin saberlo, muchos de nosotros hemos heredado un modo de explicar la fe que tiene sus raíces en las formulaciones objetivas de principio de Tomas de Aquino.

Sin embargo, como la mentalidad moderna es muy subjetiva y experimental, las formulaciones tradicionales de la fe son típicamente vistas como abstracciones que tienen muy poco que ver con la experiencia propia de la persona.

Hay un daño inherente en la mentalidad moderna que apela la experiencia como único juez de la realidad. Esto lo vemos en el relativismo moral rampante de hoy día. Sin embargo, este “volver al tema” no es del todo malo. Podemos aprende mucho acerca de quién es el hombre como persona, examinando la experiencia humana auténtica. Esto es precisamente lo que Juan Pablo II hace en su teología del cuerpo. Este enfoque filosófico para entender al hombre (fenomenología) le permite penetrar el misterio de la persona humana con una claridad y precisión sin precedentes. Nos ayuda a comprender los movimientos de nuestro ser más íntimo.

El resultado es una nueva síntesis del Evangelio al cual la mente moderna puede referirse. La persona honesta no puede sino reconocer su propio corazón que ha sido revelado. Simplemente llama la verdad. “Puedo identificarme con esto,” el responde. “Esta es la manera en que experimento la vida.”

Esta nueva síntesis “personalista” no es de ninguna forma una desviación del patrimonio de la Iglesia, sino más bien un auténtico desarrollo de la misma. Esta casa las visiones objetivas y subjetivas del mundo para una “visión integral del hombre”. Para unir ambas, Juan Pablo evita la abstracción y el subjetivismo, y nos da un nuevo lenguaje con el cual expresar la fe – un nuevo lenguaje para una nueva evangelización.

Como señalan los sacerdotes Hogan y Le Voir en su libro Covenant of Love (Alianza de Amor), la unión entre estas dos visiones del mundo es el hecho de que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. “Esto es una verdad objetiva la cual es al mismo tiempo central a la experiencia humana” (p. 33). Entonces, entendiendo nuestra propia experiencia – subjetiva como es – entendemos algo de Dios porque somos imagen de Dios. Es en Dios que encontramos la verdad final sobre nosotros mismos.

El vínculo en este movimiento del hombre a Dios y de Dios al hombre es, por supuesto, el . Jesucristo “en la revelación misma del misterio del Padre y de su amor, pone de manifiesto plenamente al hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et Spes n.22). La catequesis completa de Juan Pablo sobre el cuerpo podría simplemente ser considerada un comentario de este pasaje de Vaticano II.

El Contenido de la Teología del Cuerpo

La teología del cuerpo consiste de un análisis investigativo de textos bíblicos que revelan el misterio del cuerpo, la sexualidad y el matrimonio en tres niveles críticos de la experiencia humana: como el hombre los experimentó “en el principio” antes del pecado (Hombre Original); como el hombre los experimenta en la historia humana afectada por el pecado, pero redimido en Cristo (Hombre Histórico); y como un hombre los experimenta en la resurrección del cuerpo (Hombre Escatológico). Esto conforma su “antropología adecuada”. El continua su catequesis analizando los pasajes de las escrituras que revelan el significado del celibato cristiano y el matrimonio cristiano a la luz de “la visión integral del hombre”. El concluye entonces con una reflexión de Humanae Vitae demostrando que la doctrina contenida en este documento…esta orgánicamente relacionada a …la pregunta bíblica completa de la teología del cuerpo” (Audiencia General 28/11/84).

De acuerdo con Juan Pablo, al reflexionar en estos tres niveles de “experimentar” el cuerpo, la sexualidad y el matrimonio, descubrimos la misma estructura y profunda realidad de la identidad humana- encontramos nuestro lugar en el cosmos y hasta penetramos el misterio del Dios Trinitario. ¿Cómo puede esto ser así a través de la contemplación del cuerpo, el sexo y el matrimonio? Como nos enseña Juan Pablo, la pregunta sobre sexualidad y matrimonio no es un asunto periférico. De hecho, el dice que la llamada al “amor nupcial” inscrita en nuestros cuerpos es “el elemento fundamental de la existencia humana en el mundo” (Audiencia General 16/1/80). A la luz de Efesios 5, hasta dice que la verdad final acerca del “gran misterio” del matrimonio “es en cierto sentido el tema central de toda la revelación, su realidad central” (Audiencia General 8/9/82).

Todo esto que Dios nos quiere decir en la tierra acerca de quien es el, el significado de la vida, la razón para crearnos, como vivir, así como también nuestro último destino, está contenido de algún modo en el significado del cuerpo humano y el llamado al varón y la mujer a ser “un cuerpo” en el matrimonio. ¿Cómo? Dirigiéndose siempre a las escrituras, el Santo Padre nos recuerda que el misterio cristiano en si mismo es un misterio sobre el matrimonio- el matrimonio entre Cristo y su Iglesia. Sí, el plan de Dios por toda la eternidad es envolvernos en la comunión más cercana con el mismo – “casarse con nosotros”. Jesús tomo un cuerpo para que nosotros pudiéramos ser “un cuerpo” con El (lo que hacemos en la eucaristía).

Este plan eterno de Dios está inscrito en (y revelado a través de) nuestros mismo ser como varón y mujer y nuestro llamado a ser “un cuerpo” en el matrimonio. Como dice San Pablo, citando el Génesis, “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es este, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.” (Ef 5:31,32).

Según continúan estas series de artículos sobre la teología del cuerpo de Juan Pablo, veremos que Dios ha creado la unión de “una carne”, de un hombre y una mujer para ser la revelación fundamental en el mundo creado de su propio misterio divino – el misterio de su Vida y su Amor, y su plan para que nosotros compartamos en esta Vida y Amor a través de Cristo. ¿Y algunos alegan que el Papa no está a favor del sexo…?

Generalmente consideramos el cuerpo humano como algo “terrenal”. Es por eso que puede parecer extraño, que el Papa hable de teología (la ciencia que trata sobre Dios) para hablar del cuerpo. Sin embargo, uno de los puntos más importantes en el cristianismo es la asombrosa creencia en que Dios se hizo una persona, la Encarnación. Cuando Dios se reveló al mundo, lo hizo a través del cuerpo humano. Así que no debe sorprendernos que el Papa Juan Pablo II se refiera al estudio del cuerpo como una teología. Como él lo dice: “Por el hecho de que la Palabra de Dios se hizo carne, el cuerpo entra en la teología por la puerta principal” (Audiencia General 2/4/80).

El Santo Padre nos reta a ver que el cuerpo humano se comunica de una forma única. El cuerpo proclama y hace presente el plan eterno y el misterio de Dios. “El cuerpo, de hecho, y sólo este, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino,” dice el Papa (Audiencia General 20/2/80). En otras palabras, no podemos ver las cosas espirituales con nuestros ojos, estas son invisibles por naturaleza. Pero a través del cuerpo se hacen visibles. El cuerpo revela la naturaleza espiritual de cada persona (lo que ocurre dentro de ella), pero no se limita a la parte humana. También debemos recordar que nosotros como personas con cuerpo (los ángeles son personas, pero no tienen cuerpo), estamos hechos a la imagen de Dios invisible. Juan Pablo II dice, “[el cuerpo] fue creado para transferir en la realidad visible del mundo el misterio invisible escondido en Dios desde tiempo inmemorial, y así siendo un signo de esto” (Audiencia General 20/2/80).

Esta sorprendente declaración nos lleva al punto más importante de la antropología de Juan Pablo (su comprensión del hombre). En resumen: El cuerpo no sólo representa la parte espiritual de cada ser; ¡El cuerpo humano revela el misterio de Dios!

Pero, ¿qué aspecto del cuerpo nos permite entenderlo de este modo? La respuesta es la sexualidad. En este extraordinario desarrollo del pensamiento Católico, Juan Pablo II nos lleva mas allá de las ideas tradicionales de lo que significa ser una persona humana hecha a la imagen y semejanza de Dios. Los filósofos de la Edad Media desarrollaron sus ideas sobre las Personas de la Trinidad y la relación entre ellas, pero no las aplicaron a su definición de la persona humana. Esta es la gran aportación hace Juan Pablo II. Para él, si Dios es una Comunión de Personas que dan vida, “el hombre fue hecho ‘imagen y semejanza de Dios’ no sólo en su propia humanidad, sino también mediante la comunión de personas que el hombre y la mujer formaron desde el principio” (Audiencia General 11/14/79).

La “comunión de personas” (en latín, communio personarum) es un concepto clave para Juan Pablo II. El abrazo matrimonial no es meramente la unión de los cuerpos, es una comunión de personas que sólo es posible a través del cuerpo. ¡Esta comunión de personas en “una sola carne” es un icono (representación de lo que ocurre) de la vida íntima de la Trinidad! Esta es una verdad hermosa y profunda, pero debemos ser cuidadosos de no mal interpretar lo antes dicho.

El hecho de que la comunión masculina y femenina revela algo del misterio de la Comunión de la Trinidad no significa que Dios sea sexual. Dios no está hecho a la imagen del hombre como masculino y femenino; es el hombre quien está hecho a la imagen de Dios.

Todas estas afirmaciones decimos que son verdades objetivas acerca de la persona humana porque ellas pueden encontrarse en el primer relato del Génesis. Estas verdades se confirman y se ven con mayor profundidad en las experiencia subjetivas (lo que les pasa a cada uno) de Adán y Eva en el segundo relato de la creación. (Aquí empezamos a ver como, magistralmente Juan Pablo II une una visión del mundo objetiva y otra subjetiva para lograr “una visión integral del hombre”, según se discutió en la parte I de esta serie).

“En el Principio”

Cuando los fariseos preguntaron a Jesús sobre el divorcio, él les señaló la unidad perfecta del hombre y la mujer en “el principio”. “¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y hembra, y que dijo: ‘los dos se harán una sola carne’? Pues bien, lo que Dios unió no lo separa el hombre” (Mt 19:4-6) . Es por las palabras de Cristo que Juan Pablo II atrae nuestra atención hacia el Libro del Génesis.

La intención de Dios cuando creó al hombre original (creado en el principio, antes del pecado) es la misma que debemos usar para el matrimonio. Pero para comprenderlo, nosotros, como hombre histórico (manchado por el pecado), debemos seguir el profundo “eco” de nuestro corazón en nuestra “prehistoria”. Aquí, en un mundo sin mancha de pecado (un mundo difícil de imaginar), descubrimos las experiencias de la soledad original, la unidad original y la desnudez original.

Luego de dar nombre a todos los animales, el hombre se dio cuenta que estaba solo en el mundo, no “encontró una ayuda adecuada” (Gen 2:20). Esta es la experiencia de la soledad original que vivimos los seres humanos. Sentimos que estamos solos en el mundo visible de la creación. Mas aún, experimentamos un anhelo de vivir en comunión con otras personas, de amar y ser amados. Experimentamos que somos diferentes de “los animales” (la palabra que resume esta diferencia es persona).

Al ser persona [Adam] estaba consciente de su “yo”, era libre para determinar sus propias acciones; sólo él (entre todas las creaturas) estaba llamado a amar. Porque el ser humano, precisamente como varón y hembra, está hecho a la imagen y semejanza de Dios “que es amor” (Gen 1:27, 1 Jn 4:8). Por esto, el Amor es el origen del hombre, su vocación y su fin.

Esta es la razón por la cual “no es bueno que el hombre esté solo” (Gen 2:18) – no tiene a quien amar. Así que para crearle una “ayuda adecuada”, el Señor provocó que el hombre cayera en un profundo sueño (también puede traducirse como ‘éxtasis’(lleno de alegría y admiración) porque ¡descubrir a alguien a quien amar nos llena de extasis! Luego tomando una “costilla” de su costado, El formó la mujer. Juan Pablo II señala en una nota al pie de la página, que la palabra “costilla” en el lenguaje bíblico original se escribe igual que la palabra “vida” (Audiencia General 11/7/79). De un modo poético el texto bíblico está indicando que la mujer surge de la misma vida que el hombre. En otras palabras, ella también es persona.

Como explica el Papa, “no hay duda de que el hombre cayó en ese “sueño” con el deseo de encontrar un ser como él. De este modo el círculo de soledad del hombre-persona, se rompe, porque el primer hombre despierta de su [éxtasis] como ‘varón y mujer’” (Audiencia General 11/7/79). Inmediatamente el hombre exclamó: “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”(Gen. 2:23). Es decir, “Finalmente, una persona con la que puedo compartir el regalo de la vida. ¡Finalmente una persona a quien puedo amar!”.

Es por esta razón (porque ambos son personas creadas una para la otra) que “el hombre dejará a su padre y a su madre y se une a su mujer y se hacen una sola carne” (Gen 2:24). Esta es la experiencia de la unidad original: ellos descubren que están solos, así confirman que son únicos como personas y diferentes del mundo visible de las criaturas y al mismo tiempo logran romper su soledad (ya que encuentran a otra persona a quien amar).

El Significado Nupcial del Cuerpo

Lo que el hombre y la mujer tienen en común es revelado a través del cuerpo- “carne de mi carne”. También el cuerpo revela sus diferencias complementarias. Fue a través de esa desnudez original que ellos supieron que habían sido creados para amarse mutuamente. La desnudez reveló que: “Podemos darnos nosotros mismos (incluyendo nuestros cuerpos) mutuamente y vivir en una vida de entrega …una comunión de personas” (por ejemplo: el matrimonio). Este fue el único deseo que su cuerpo provocó en sus corazones -un deseo de amar como Dios ama. De ahí que “ambos estaban desnudos y no sintieron vergüenza” (Gen 2:25).

La desnudez original nos habla de “el significado nupcial del cuerpo”, otro tema importante en la catequesis del Papa. El significado nupcial del cuerpo es “la capacidad del [cuerpo] para expresar amor: precisamente ese amor donde la persona se entrega como algo valioso y – de esta forma – cumple el verdadero significado de su ser (descubre realmente quién es) y su existencia (descubre su razón de vivir)” (Audiencia General 16/1/80).

Hagamos un alto para asimilar lo que el Papa esta diciendo aquí. Cuando vivimos nuestra sexualidad de acuerdo a la verdad, descubrimos y cumplimos la razón de nuestra existencia (Para aquellos que están buscando el significado de la vida. ¡Pues bien, aquí esta!). Esto es así porque según nos enseñó el Concilio Vaticano II, el hombre “no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino por la sinceramente entrega de sí mismo a los demás” (Gaudium et Spes n. 24). Es precisamente en y a través de nuestros cuerpos, y mediante nuestra sexualidad, que nos damos cuenta de nuestro llamado a darnos a sí mismos. De este modo, Juan Pablo II puede decir, “estamos convencidos del hecho de que el conocimiento del significado [nupcial] del cuerpo … es el elemento fundamental de la existencia en el mundo” (Audiencia General 16/1/80).

De nuevo, tenemos que pausar para internalizar esto. Nuestro Santo Padre está diciendo que la verdad de nuestra sexualidad es el elemento básico y esencial de nuestra existencia en el mundo. ¿Será posible que nuestra sexualidad sea tan importante? Tan torcida como ha llegado a ser, la fascinación permanente del hombre por el sexo habla de cuan importante es él.

Surge pues una pregunta importante: ¿Cómo llegó a ser tan torcida? La teología del cuerpo de Juan Pablo II ofrece algunos pensamientos muy profundos y originales como respuesta a esta pregunta. Veremos algunas de ellas en la parte III.

En la parte II de esta serie, buscábamos seguir el eco profundo de nuestro corazón en nuestra “prehistoria”. Ahí descubrimos la experiencia del cuerpo hombre como varón y mujer antes del pecado, en lo que el Papa Juan Pablo llama la soledad original, la unidad original y la desnudez original. Lo que experimentamos ahora, después del pecado es de alguna manera lo “negativo” de la imagen, la cual ha tenido de “positivo” estas experiencias originales (cf. Audiencia General 4/2/81).

A través del significado nupcial de sus cuerpos, el primer hombre y la primer mujer tuvieron la experiencia del Amor. Ellos se dieron cuenta de que su existencia y toda la creación era un regalo, y que el Amor (Dios) era la fuente de ese regalo. En este estado de inocencia original, su desnudez les reveló que estaban llamados a compartir en este Amor, siendo “regalos” el uno para el otro. En unión al Amor de Dios, su amor recrearía el misterio de la creación (procreación). Antes del pecado, este era el verdadero sentimiento del deseo sexual — amar a Dios como Dios ama, entrega total que da fruto y receptividad (matrimonio).

Toda la creación ha sido creada para su bien y estaban llamados a tener dominio sobre ella (Gen. 1:28). La persona humana, sin embargo, está creada “para su propio bien”, (cf. Gaudium et Spes 24). Las personas no pueden someterse o dominar a otras. Así que el primer hombre y la primer mujer no tenían deseo de poseerse el uno al otro — sólo para dar y recibir mutuamente, en lo que el Papa Juan Pablo II llama “la libertad del regalo”.

En esta libertad se vieron y se conocieron “con toda la paz de la contemplación interior, la cual crea…la plenitud de la intimidad de las personas” (Audiencia General 2/1/80). “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban el uno del otro” (Gen. 2:25), ya que vivían conforme a su dignidad como personas.

El pecado original y la vergüenza

La vergüenza entra sólo luego de que ellos negaran el Amor como la fuente de la creación. La serpiente los tienta a creer que Dios no les da todo a ellos — “Es que Dios sabe bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y el mal” (Gen. 3:5). La implicación era: Dios no quiere que seas como él — Dios no es Amor, Dios no es “regalo”. Si quieres ser como Dios, debes tomar esa semejanza para poseerte a ti mismo. ¡Qué trágico! El hombre ya había estado dando libremente esa semejanza a Dios como un regalo — un regalo que sólo él necesitaba recibir — pero ahora un regalo negado en su corazón (Audiencia General 4/30/8, CIC n. 397).

Mientras que la experiencia de la desnudez original les reveló el significado del “regalo”, ahora la experiencia de la desnudez cambia. A través de la negación del regalo en Dios, ellos subsecuentemente negaron “la dimensión interior del regalo” en sí mismos (si el hombre y la mujer niegan el Amor de Dios en sus corazones, ya no tienen la capacidad de amarse mutuamente — tu no puedes dar lo que no tienes).

Al carecer del Amor de Dios, al carecer de la confianza mutua en dar y recibir en la libertad del regalo, el deseo sexual, también, se hace un deseo de asir y poseer. La otra persona es vista no como una persona a quien amar, sino como una cosa para el uso de su propia gratificación. Así que, “La diferencia entre el sexo masculino y sexo femenino se sintió repentinamente y fue entendida como un elemento de confrontación mutua [en vez de comunión]” (Audiencia General 4/6/80). De este modo, la desnudez en la presencia del otro — y en la presencia de Dios— se torna una experiencia de miedo, enajenación y vergüenza. “…Tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí (Gen. 3:10)”.

Como señala el Papa Juan Pablo II, la experiencia de vergüenza ahora conectada a la desnudez tiene doble sentido. Este denuncia la pérdida de respeto en el corazón del hombre para el significado nupcial del cuerpo y una inherente necesidad de preservarlo.

Debido a la lujuria —el deseo de asir, poseer, usar— perdieron “la paz de la contemplación interior”, asociada a la desnudez original. El hombre siente vergüenza por esta pérdida. Está avergonzado, no del cuerpo como tal, sino de la lujuria en su “corazón”. Sin embargo, todavía reconocían que eran personas creadas por Dios “para su propio bien”, por lo que estaban profundamente conscientes de que la lujuria violaba su dignidad. Cubriendo sus órganos sexuales demostró la necesidad inherente de proteger el cuerpo de la degradación de la lujuria. Esta es una función positiva de la vergüenza.

La experiencia confirma las observaciones del Papa y la historia relata los cuentos del efecto del pecado en la relación del hombre y la mujer (“Hacia tu marido irá tu apetencia y el te dominará” – Gen. 3:16). El “corazón” se ha convertido en una campo de batalla entre el amor y la lujuria, amenazando habitualmente el significado nupcial del cuerpo. Como dice el Papa Juan Pablo II, debido a la concupiscencia (las pasiones desordenadas del hombre), “El cuerpo humano en su masculinidad y femineidad casi han perdido la capacidad de expresar este amor en el cual la persona se hace un regalo…” (Audiencia General 23/7/80).

Así, si el hombre histórico vive de acuerdo con el significado nupcial de su cuerpo y “cumple con el verdadero significado de su ser y su existencia,” debe ganar la batalla entre su corazón y la lujuria. Debe ver su cuerpo nuevamente, como la revelación del eterno misterio de Dios. De acuerdo al Santo Padre esto, es el verdadero significado de la pureza de corazón (cf. Audiencia General 18/3/81). ¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt. 5:8) — en su cuerpo!

Ponderemos esto por un momento. El hombre puro no evita su sexualidad. El hombre puro ve la revelación del misterio de Dios en su sexualidad, a pesar de las miles de formas que el hombre la pervierte. El hombre puro es capaz de tomar la imagen “negativa” y permitirle al Espíritu Santo desarrollarla en “positiva”. Esta imagen positiva hace visible el misterio invisible de Dios (cf. Audiencia General 20/2/80).En este modo, el hombre puro ve a Dios en el cuerpo humano. ¡Qué extraviadas están esas formas de espiritualidad que tienden a igualar la santidad con una actitud puritana hacia la sexualidad!

La Redención del Cuerpo

Esta es la pureza a la que Cristo nos llama cuando dice, “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt. 5:28). Dándonos una mandato más allá de nuestra habilidad para vivirlo, Cristo establece el escenario para nuestra redención. “Pues cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12:10).

El Papa Juan Pablo II interroga: “¿Estamos temerosos de la severidad de las palabras de Cristo, o en vez confiaremos en su contenido salvífico, en su poder?” (Audiencia General 8/10/80). Su poder descansa en el hecho de que el hombre que las articula es “el Cordero de dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1:29). Quienquiera que permita que estas palabras actúen en su corazón escuchará un “eco” del plano original de Dios para la sexualidad. Este gustará de la libertad que perdió y anhela su restauración. Él sentirá en lo profundo de su corazón la tragedia del pecado y gritará arrepentido y por el poder del Espíritu Santo, Cristo lo salvará.

Esta es la Buena Nueva del Evangelio. A pesar de que no podemos volver al estado de la inocencia original, podemos vivir como Dios lo quiso “desde el principio” si poseemos la redención de nuestros cuerpos (Rom. 8:23). El llamado para todo hombre, mujer, casado o soltero es experimentar esta redención. Es un error pensar que el matrimonio de alguna manera, ofrece una salida “legítima” a nuestros deseos sexuales desordenados. En un llamado fuerte y claro a los esposos a elevar la dignidad de sus esposas, el Papa Juan Pablo II afirma que el hombre puede cometer adulterio “en su corazón” aún con su misma esposa si la trata sólo como un objeto para satisfacer su concupiscencia (cf. Audiencia General 8/10/80).

A pesar de lo que los medios seculares decían, el Papa no estaba sugiriendo de ninguna forma que las relaciones matrimoniales en sí son adúlteras. En un mundo que estimula el sexo meramente para la gratificación de instintos desordenados, Juan Pablo II estaba llamando a los esposos de vuelta hacia a la intención original de la donación de sí como la norma para las relaciones sexuales.

Esto es un llamado difícil. Aún los más devotos esposos se enfrentan a la realidad de deseos imperfectos y motivos mezclados. Pero Cristo ha revelado, cumplido y restaurado definitivamente el significado nupcial del cuerpo, haciendo un “sincero regalo” de su propio cuerpo a su Novia en la cruz. Esto significa que, amar como Cristo ama es verdaderamente posible a través del poder del Espíritu Santo el cuál se derrama en nuestros corazones (Rom. 5:5).

A través de este “sincero regalo” de sí mismo, Cristo “pone de manifiesto plenamente al hombre ante el propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et Spes n. 22). ¡La vocación sublime del hombre es que él está hecho para la unión nupcial con Cristo! Esto está escrito es su verdadero ser como mujer y varón. La tragedia del pecado es que, en vez de dar gracias a Dios por tan grande regalo, el hombre deja morir su confianza en este regalo y busca tomar a Dios para sí mismo. Pero la gloria del evangelio es que “el siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. En vez, se humilló, haciéndose carne y en acción de gracias (eucaristía) por un regalo al Padre, obedeciendo hasta la muerte — y muerte de cruz (Fil 2:6-8).

Sufrimiento redentor

Al estar el hombre histórico manchado por el pecado, vivir de acuerdo a la verdad de su cuerpo debe llevarlo hasta la cruz. Debemos entrar al “cuarto oscuro”, si tenemos la esperanza de que la imagen “negativa” desarrolle la “positiva”. Esto significa sufrir.

Cristo, el Nuevo Adán, construye el camino reviviendo las mismas experiencias del primer Adán. Sus palabras, “¡Dios mío!, ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27:46), hablan de su experiencia de soledad, una soledad de intenso sufrimiento. Aún así, creyendo en el regalo del Padre (a diferencia del primer Adán), esta soledad le llevó al final a ser el regalo de sí mismo. En su desnudez el soportó la cruz, sin miedo a la ignominia (Heb 12:2). A través de la cruz, Cristo estableció nuevamente la unidad entre Dios y el hombre.

¡Nuestra redención está ganada! En las propias palabras de Cristo, “Todo está cumplido” (Jn 19:30). ¿Qué está cumplido? El matrimonio místico del Nuevo Adán y Eva. Cristo entró en el “sueño profundo” de la muerte y la “mujer” (Jn 19:26) es concebida inmaculadamente de su costado fluyendo sangre y agua: representando el Bautismo y la Eucaristía. Y de la unión mística da el “nuevo nacimiento” del discípulo amado (“Ahí tienes a tu madre” [Jn 19:27]). ¡La creación es recapitulada!

A la luz de la cruz, podemos continuar negando el regalo de Dios — ” este es mi cuerpo que será entregado por vosotros?” Todo lo que tenemos que hacer es recibirlo.

Nuestro modelo para hacerlo es “la mujer” en quien su fiat encontró plenitud al pie de la cruz: “Que se haga en mí según tu palabra”. Según hacemos nuestras sus palabras, concebimos nueva vida en nosotros por el Espíritu Santo. Así como la concupiscencia ciega al hombre y la mujer de su propia verdad y distorsiona los deseos del corazón, más aún la “vida de acuerdo al Espíritu Santo” le permite al hombre y la mujer encontrar nuevamente “la libertad del regalo” unido al significado nupcial del cuerpo (cf. Audiencia General 1/12/82).

Pero este no es el final de la historia. El trabajo de Dios en la Creación y la Redención es sólo un presagio de la consumación de todas las cosas al final de los tiempos. ¿Qué nos dice la teología del cuerpo acerca de la resurrección final?

Si han seguido esta serie de artículos desde los pasados meses, estoy seguro de que hasta este punto están convencidos de que la teología del cuerpo del Santo Padre es materia densa. Pero apenas hemos visto la superficie.

Hasta ahora hemos buscado junto al Santo Padre el significado más profundo de la diferencia entre los sexos y la unión sexual reflexionando sobre nuestro origen y nuestra historia. Ahora, para tener una “visión total del hombre” tenemos que mirar hacia nuestro destino. ¿Que significaría la experiencia del cuerpo, la sexualidad y el matrimonio para el hombre escatológico (el hombre al final de los tiempos)? Esta perspectiva nos permite entender el significado del celibato cristiano y la sacramentalidad del matrimonio.

La Resurrección del Cuerpo

Cristo nos dijo que el hombre y la mujer no se darán en matrimonio en la resurrección (cf. Mt 22:30).

¿Contradice esto entonces de algún modo lo que el Papa Juan Pablo ha dicho hasta ahora sobre el significado nupcial del cuerpo? ¡Al contrario! Las palabras de Cristo apuntan, de hecho a la gloria de todo lo que él ha dicho. Porque en la resurrección “descubrimos – en una dimensión escatológica – el mismo … significado ‘nupcial’ del cuerpo … al encontrarnos … “de cara a cara” con el misterio de Dios vivo (Audiencia General 9/12/81).

La idea que tienen algunas religiones acerca de que después de la vida, el cuerpo se libera de su “prisión”, no podría ser más remota en el Cristianismo. El llamado del cuerpo a la comunión no se logra cuando vayamos al cielo. Allá será algo más completo que el matrimonio y más completo que la comunión: viviremos la comunión de los Santos en comunión con la Comunión de la Trinidad. “Esto será una experiencia completamente nueva, dice el Papa Juan Pablo, “y al mismo tiempo no será alienada [distinta] de ninguna forma de aquello que el hombre tomó parte ‘al principio’ ni del … significado procreativo del cuerpo y el sexo. El hombre del ‘mundo futuro’ encontrará otra vez en esta nueva experiencia de su propio cuerpo, precisamente la consumación de lo que él tiene calado dentro de sí perennemente [desde el principio] e históricamente” (Audiencia General 13/1/82).

En el cielo ocurrirá la consumación del matrimonio entre Cristo y la Iglesia. Y todo esto está anunciado ‘desde el principio’ en nuestra creación como masculino y femenino y nuestro llamado a ser una “sola carne”. Es por esta razón que Juan Pablo II dice que el matrimonio es el sacramento primordial [de donde vienen los demás sacramentos]. Pero precisamente al ser un sacramento – un signo visible de una realidad invisible – el matrimonio no es la última palabra del hombre en la tierra. Este señala al matrimonio celestial como verdadero destino de la persona. Cuando Cristo dice que [al final de los tiempos]un hombre y una mujer no se darán en matrimonio, lo que está diciendo es que ya no necesitaremos de esos signos que nos dirijan al cielo porque ya estaremos en el cielo. Estaremos ahí. ¡La plenitud definitiva del significado nupcial del cuerpo [hecho para el otro] ha llegado!

Como lo explica el Santo Padre en estas impresionantes palabras: “El matrimonio y la procreación no determinan en definitiva el significado original y fundamental del ser … hombre y mujer. El matrimonio y la procreación meramente dan una realidad concreta a ese significado en la dimensión de la historia” (Audiencia General 13/1/82). En otras palabras la vida matrimonial en la tierra es la preparación para el matrimonio en el cielo.

Ahora la puerta está abierta para que podamos entender el sentido del celibato cristiano. Aquellos que son célibes “por el Reino de los Cielos” (Mt. 19:12), escogen vivir el matrimonio celestial [unidos para siempre con Dios] aquí en la tierra. Ellos “se saltan” el sacramento [un símbolo] para participar del verdadero. Los que hacen, dan un paso más allá de la vida terrenal [dimensión histórica] – aún cuando siguen viviendo la vida terrenal – para decir con sus vidas que ” ha llegado el reino de Dios” (Mt. 12:28) [la vida celestial]. El celibato cristiano no quiere restarle importancia al matrimonio, más bien quiere presentar su propósito y significado final aquí en la tierra.

El celibato y el matrimonio son respuestas al llamado inscrito en nuestra sexualidad de darnos en amor. Como dice Juan Pablo II, “…en base al significado nupcial del cuerpo [llamado a darse al otro]…ahí puede formarse el amor que compromete al hombre en matrimonio para toda su vida, pero ahí también puede formarse el amor que compromete al hombre a una vida de abstinencia por el Reino de los Cielos” (Audiencia General 4/28/82). Así que, alguien que siente el llamado a ser célibe volverá a descubrir el verdadero significado de la sexualidad en Cristo [entrega amorosa] – como ocurre en el matrimonio auténticamente cristiano. No es un rechazo a la sexualidad. Según el Santo Padre, si alguno lo ve de esta manera, no está viviendo de acuerdo a las palabras de Cristo (Audiencia General 4/28/82).

Aún más, ya que la fecundidad es parte de nuestra sexualidad, los términos, padre, madre, hermano y hermana son apropiados para ambos, el matrimonio y el celibato. Porque el amor nupcial es por su propia naturaleza dador de vida. Está orientado hacia formar una familia (cf. Gaudium et Spes n. 50). Así que la complementariedad de los sexos [hombre y mujer contribuyen lo propio para bien de ambos], necesaria para traer vida al mundo, también lo es para el matrimonio y la vocación del celibato.

Todo esto está preparando las bases para las reflexiones de Humanae Vitae, las cuales presentaremos en la Parte V de esta serie. Sin embargo, no podemos entender el contenido completo de esas reflexiones sin entender primero el significado del matrimonio como signo sacramental [realidad visible (terrenal) de una realidad invisible (celestial)].

El Signo Sacramental del Matrimonio

Aquí debemos volver a las palabras de San Pablo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo por respecto a Cristo y la Iglesia.” (Ef. 5:31, 32). “Este pasaje nos trae una dimensión del ‘lenguaje del cuerpo’ que podría ser llamada ‘mística’”, dice el Papa Juan Pablo en la Audiencia General de 4/7/84.

Él pregunta, “¿No es el ‘sacramento’ sinónimo del ‘misterio’? “El sacramento [del matrimonio] consiste en la ‘manifestación’ de ese misterio en un signo [visible] que sirve no solamente para proclamar el misterio [invisible], sino también para consumarlo en el hombre. El sacramento es un signo visible y eficaz de la gracia [hace lo que representa]. A través de este se consuma en el hombre ese misterio escondido en Dios desde la eternidad, del que habla la carta a los Efesios…” (Audiencia General 8/9/82).

¿Cuál es ese “signo visible y eficaz de la gracia” en el matrimonio? Algunos teólogos dicen que son los votos matrimoniales. Otros dicen que es la relación sexual. El Papa Juan Pablo II contesta la pregunta reconociendo que son ambos. “En verdad, las palabras, ‘Te tomo como mi esposa – mi esposo’ … pueden ser cumplidas sólo por medio de la relación sexual conyugal.”

… “[En la relación sexual conyugal hacemos] realidad lo que corresponde a estas palabras. Ambos elementos son importantes [en lo relacionado a] la estructura del signo del sacramento…” (Audiencia General 5/1/83).

Las palabras de los votos del matrimonio se hacen carne en la relación sexual. El compromiso que hacen los esposos en el altar, de amarse totalmente, fielmente y abiertos a la vida (que en las leyes de la Iglesia, son las promesas de indisolubilidad, fidelidad y apertura a los hijos) se expresa cuando se hacen ‘una sola carne’. Si los esposos son fieles a estas promesas en sus expresiones sexuales, podrán comunicarse verdaderamente “el lenguaje de sus cuerpos”. De acuerdo con el Santo Padre, este es el elemento esencial para el matrimonio como sacramento: el “lenguaje del cuerpo” hablado en verdad. Es precisamente por medio de este que el sacramento se constituye (c.f. Audiencia General 12/1/83).

Pausemos un momento para reflexionar en lo que el Papa Juan Pablo nos está diciendo. La relación sexual, en toda su verdad, es un signo sacramental que habla sobre el misterio eterno de Dios en el mundo. ¿Cuál es ese misterio? La Vida Trinitaria de Dios [Comunidad de vida y amor] y nuestro llamado a compartir en esa Vida a través de Cristo. ¡Pero – ánimo – la relación sexual matrimonial no sólo proclama este misterio, el Papa nos dice que lo consuma en el hombre!

Una vez más para que podamos profundizar en esto: la unión sexual, como un símbolo verdadero de la Trinidad y de la unión de Cristo con la Iglesia, es una participación real en la vida divina (o al menos esto es lo que debe significar). El Santo Padre incluso dice que el signo visible del matrimonio (la relación sexual), ligado al signo visible de Cristo y la Iglesia (la Eucaristía), transfiere el plan eterno del amor de Dios en la historia y se hace “la fundación de toda el orden sacramental” (Audiencia General 29/9/82).

¿Qué es la orden sacramental? Es la manera en que Dios hace visible su misterio invisible, para que así nosotros, criaturas con cuerpo finitas [que vivimos en el mundo visible y algún día moriremos], podamos verlo y participar en ello [su gloria eterna]. Sí – el Vicario de Cristo dice – que la relación sexual es la revelación principal en el mundo creado del misterio eterno e invisible de Cristo. Es la manera principal en que los hombres y las mujeres encuentran lo divino en el mundo natural. ¡Sorprendente! ¿Podría Dios otorgar mayor dignidad a nuestra sexualidad?

Ahora, teniendo esto en cuenta, existe un enemigo de Dios que quiere alejarnos de participar en esta vida divina, ¿dónde piensan ustedes que intentaría lograrlo?

Christopher West en la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II

3 comentarios

  1. Hola! Mucho me alegra que ustedes estén haciendo este hermoso apostolado.

    Somos de TOB-Brasil y tenemos un sitio

    http://www.teologiadocorpo.com.br

    Un saludo

  2. Mil gracias! felicidades.Esto es una bendicion para toda la Iglesia. Dios les bendiga.

  3. Donde puedo comprar este libro? en español?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: