Sermón de las Siete Palabras

Sermón de las siete palabras, ¿por qué Dios mío?, por el Pb José Antonio Martínez Camino, SJ.

Por tus siete palabras despeñado
corre, río de amor, hasta mi hondura
la voz que, descendiendo de la altura,
viene a regar mi huerto deshojado.

Sólo siete palabras. Un alado
y celestial revuelo sin presura:
siete castas palomas. Abandonado
no me dejes, Señor, y, con tu acento,
hazme callar el impaciente grito
pendiente de un silencio y un sudario.

Las siete para mí. Las siete, viento
que me lleve contigo al Infinito.
Las siete, en mi perfecto diccionario.

Rafael Fernández Pombo

Comienzo: siete palabras al Infinito

Sólo siete palabras, queridos amigos, queridos hermanos. Sólo siete palabras – recuerda el poeta ¡Escuchémoslas bien! No las digo yo. No las había dicho nadie hasta el Viernes Santo. No las traía el diccionario del lenguaje humano. Las dice Él (señalando al Cristo de la Misericordia, de Francisco de la Maza – 1560 – que preside la Plaza Mayor, detrás del predicador), Él, desde la cruz. Las grita el Hombre desde lo alto del mortal extravío de los hombres. Las dice el Hijo desde el abismo más profundo del Amor eterno:

Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

¿Por qué? ¿Para qué?

Hoy, queridos amigos, en este Viernes Santo de Valladolid, se oyen de nuevo aquellas siete palabras, que se resumen en ésa: “¿Por qué, Dios mío? ¿Para qué?” Una pregunta terrible que sigue ardiendo en los labios de Cristo. Una pregunta que ronda de continuo a los cristianos de esta época; una pregunta a la que se acogen todos los que sufren y pueden agarrarse a ella: esa inmensa mayoría de hombres y mujeres, que, a lo largo y ancho de nuestra España y del mundo entero, son frágiles – frágiles y nada buenos – pero creyentes: “¿Por qué, Dios mío? ¿Para qué?”

En esa pregunta de Cristo – del Hombre y del Hijo de Dios – resuenan todos los escenarios del escarnio, de la irracionalidad y de la muerte; en esa pregunta se sienten el frío, la infidelidad y el hastío que quiebran y destrozan la vida de los seres humanos y de los pueblos.

Pero esa palabra de Cristo trae también consigo otras palabras que abren los hogares fecundos del perdón, de la Gloria y de la Madre; en esa palabra de Cristo despunta el amanecer de otras palabras – ¡palabras definitivas! – de amor, de fidelidad y de confianza.

Las siete, pues, para mí. Las siete, viento

que me lleve contigo, oh Cristo, al Infinito.

Queridos amigos: ojalá que en este Viernes Santo, el viento del Espíritu traiga las siete palabras de Cristo a nuestro diccionario y las escriba para siempre perfectamente en él: grabadas al fuego de un amor infinito en nuestras almas.

Primera palabra

El escarnio, vencido por el perdón

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34)

Jesús dijo esta palabra mientras lo estaban crucificando y lo exponían al escarnio público en medio de dos criminales. Y el evangelista Lucas, buen obsevador, precisa la parte que correspondía a cada cual en aquel espectáculo: “El pueblo – escribe – estaba observando; en cambio, lo ridiculizaban precisamente las autoridades, diciendo: a otros salvó, que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.”

No deberíamos, queridos hermanos, perder la paciencia, ni el ánimo, ni la serenidad ante determinadas circunstancias de la vida pública de hoy. ¿Nada nuevo bajo el sol? En cierta manera, así es: nada nuevo. Ayer se mofaban de Cristo. Hoy se mofan también de su Cuerpo vivo, de la Iglesia y, por tanto, del mismo Cristo. Recordad que Jesús resucitado no le reprochaba al perseguidor Pablo que sus vesanias fueran contra los cristianos, a quienes daba caza para llevarlos presos a Jerusalén; le reprochaba que actuara contra Él mismo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hech 9, 4).

Tampoco deberíamos llamarnos a engaño. Hay quienes justifican sus mofas de la Iglesia arguyendo que ella ya no estaría a la altura de Cristo, incluso que lo habría traicionado. Dicen saber que Jesús no haría ni diría hoy lo que hace y dice la Iglesia. Él sería más comprensivo y no se metería en la “vida privada” de la gente. O, bien, sería más contundente contra esto o contra aquello. Sería más moderno – dicen unos – o más consecuente – dicen otros- y llegan incluso a aventurar a quién daría Jesús su voto.

No nos llamamos a engaño. Los que se mofan, los que ridiculizan, los que escarnecen siempre saben mejor que Cristo cuál es el papel del Mesías. Por eso le crucifican. Porque creen conocer muy bien que él no vale como auténtico salvador. Ellos tienen otro modo de hacerlo mejor.

Hace muy poco que el Papa habló de las graves dificultades que la Iglesia atraviesa en nuestros días. En algunos lugares es perseguida por la fuerza de las leyes e incluso de las armas. El siglo XX ha sido el siglo de los mártires: es el siglo llamado del progreso, pero en este tiempo los cristianos han sido crucificados,con diversos tipos de martirio, más que en todos los siglos anteriores juntos. Hay un martirio cruento o corporal, y hay también un martirio incruento o espiritual. Benedicto XVI habla del “escarnio cultural” que hoy sufre la fe y padecen los cristianos. Se hace burla y befa pública de sus símbolos, a veces con la excusa de la creatividad artística; se deforma y se retuerce lo que la Iglesia propone, para hacer creer a la gente – valiéndose de poderosos altavoces – que la fe cristiana es contraria a la libertad de las personas y a la democracia; se repite de mil maneras que el reloj de la historia habría marcado ya la hora final para esa antigualla oscurantista que es el cristianismo. Es cierto que los cristianos llevamos ya dos o tres siglos enterrando a nuestros enterradores. Pero, de todos modos: ¿se puede crucificar mejor?

Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol. Pero el Sol de la Justicia, que es Cristo, resplandece, blanco y reluciente, desde la cruz para dar nuevo brillo a todas las cosas. Ahí está: el Cristo de la Luz. La vieja miseria del hombre es siempre la misma. La novedad de la salvación resulta siempre sorprendente:

¡Padre, perdónalos! – ¡Invocación admirable! ¡Oración increíble!

Jesús siempre ha estado en conversación íntima con el Padre. Ahora, antes de que levanten la cruz a la que ya le han clavado, habla de nuevo con él, con su Padre. Desde el primer momento, el Evangelio nos había presentado a Jesús, todavía niño, como quien ha venido a ocuparse de las cosas del Padre. Se lo había dicho a María, su madre, en la primera palabra que san Lucas recoge de él: ¿no sabíais quién es mi Padre y que tengo que ocuparme de sus cosas? (cf. Lc 2, 49).

Jesús sabe que el Padre puede perdonar el escarnio al que le están sometiendo. Sabe que el Padre es la bondad infinita ¡Ha hablado tanto con él y de él! Como cuando contó aquella parábola maravillosa del padre bueno que salía todos los días al camino con la esperanza de ver volver al hijo que se había marchado de casa llevándose sus bienes: es el padre que no hace más que esperar al desgraciado, porque ya lo ha perdonado antes incluso de verlo regresar.

A ese Padre infinitamente bueno, Jesús le encomienda que perdone. Sabe que lo hará. Y, como si no le bastara la infinita bondad del Padre, añade a su petición una razón un tanto misteriosa: “no saben lo que hacen”. ¡Cómo lo iban a saber! Estaba aún por revelar del todo qué cosas del Padre eran esas de las que Jesús había venido a ocuparse y que le habían conducido hasta allí: hasta esa cruz (señalarla), entre dos malhechores, arrostrando la burla y el escarnio de los dirigentes de su pueblo.

La Iglesia, a quien se ha revelado el misterio del perdón, nos invita a sus hijos a no devolver nunca mal por mal, a perdonar siempre. Ahí están, para testimoniarlo los “héroes del perdón”, que así podemos llamar a los mártires de todos los tiempos: desde San Esteban hasta los diez santos Hermanos de Turón (Asturias) y San Pedro Poveda, los últimos mártires españoles cononizados.

Sí, ya sé que se agolpan aquí muchas preguntas: ¿perdonar siempre, siempre? ¿Y la justicia? ¿Dónde queda la justicia? ¿Puede haber paz sin justicia, con solo el perdón? Pero apenas hemos escuchado todavía más que la primera palabra de Jesús.

Segunda palabra

La irracionalidad y la Gloria

“De verdad te lo digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43)

Un criminal de los crucificados junto a Jesús desahoga su impotencia repitiendo el grito burlesco de los dirigentes del Pueblo: ¿No eres tú el Mesías? ¡Pues sálvate a tí mismo y a nosotros!

Es inútil. Pero ¿acaso esperaba aquel criminal salvarse a sí mismo de su cruz grangeándose la simpatía de quienes habían crucificado a Jesús? A lo mejor era ésa su secreta esperanza, cuando se sumó al coro de los escarnios. A lo mejor no era más que el simple desahogo final de una existencia rota. En todo caso, era inútil. Repetir lo políticamente correcto – lo que pensamos que otros desean oir, aunque no sea cosa nuestra – no añade un ápice de razón a la vida ni, menos, a la muerte de las personas. Los eslóganes no salvan.

Y, sin embargo, queridos amigos, ¡qué fuerza sugestiva tienen las palabras bonitas, las acicaladas para que caigan bien! ¡Más todavía, las imágenes! Coloca cualquier cosa junto a la imagen sugerente del bello cuerpo de una mujer, o de un hombre, y harás pasar por vitalmente imprescindible la compra de lo que sea. Compón frases biensonantes y repítelas machaconamente y acabarán por hacer pasar por verdadero lo que, en realidad, no es más que deseo vano o engaño interesado.

Hay a veces esquelas sin cruz en las que se suele repitir: “los que te han querido, no te olvidarán jamás”, o “vivirás para siempre en nuestro recuerdo”. Sí, tal vez: en el mejor de los casos, no te olvidaremos hasta que a nosotros nos llegue el turno de la muerte; ¡en el mejor de los casos!, pero y entonces, ¿qué? ¿Quién podrá mantener la promesa de que “seguirás viviendo para siempre”?

Seguro que alguien insistirá y responderá todavía que ese tal vivirá en la memoria de la Humanidad. Porque, después de muchos siglos de falsas ilusiones, los hombres y las mujeres de hoy habríamos abandonado ya los consuelos infantiles de paraísos celestiales, que distraían nuestras energías y nos apartaban del trabajo de la construcción de un mundo mejor, del único mundo que tenemos: éste del suelo. El cielo se lo habríamos dejado definitivamente a los gorriones mientras que los humanos nos habríamos hecho, al fin, dueños seguros de la tierra. Aposentados en ella, sabríamos guardar para siempre la memoria de todos los que han contribuido a la tarea de construirle el futuro mejor.

El criminal insolente del Calvario era – seguro – menos iluso que los bienpensantes utópicos de nuestros tiempos. De éstos, la verdad es que hoy día ya no quedan muchos. Después de los campos de concentración del siglo XX; y después de la caída – en 1989 – del último gran mito del paraíso en la tierra, es necesario negarse casi absolutamente a razonar para poder seguir creyendo en tales utopías. Hay, ciertamente, quien se niega a la razón, y sigue hablando del progreso de la tierra como si en ésta se pudiera hallar la salvación. Pero hoy son cada vez más los que se conformarían sólo con ser bajados de la cruz de su particular y privado suplicio, como Gestas, aquel pobre hombre encerrado en su ciego destino y agarrado a una corta esperanza, tan fugaz como falsa. Es el cinismo hedonista que se apodera de tantos, huérfanos no sólo de utopía, sino también de un verdadero horizonte de esperanza.

Pero allí mismo, al otro lado de la cruz de Cristo, del corazón de un ser humano débil y destrozado por el mal perpetrado y padecido, mas aún con fuerzas suficientes para afrontar juiciosamente su historia, surge una oración que lleva la carga de toda la razón del mundo:

¡Acuérdate de mí! ¡Jesús, acuérdate de mí en tu Reino!

¿Quién puede acordarse de mí de modo verdaderamente eterno? ¿Hay alguien así? Si no lo hubiera, el vacío caprichoso acabaría por tener la última palabra sobre nuestras vidas. Pero el vacío, más aún – o, mejor, menos aún – la nada son corrosivos y destructivos. ¿No hay de verdad nada más que el puro azar del existir y la frágil voluntad humana, incluída esa voluntad supuestamente omnipotente de toda una Humanidad empeñada, como Sísifo, en construir su futuro? Entonces habríamos de reconocer que no tendría sentido tratar de ser razonables: tanto valdría atenerse a la razón como a la veleidad del azar y del capricho ¿Y qué razón habría entonces, verdaderamente poderosa, para la solidaridad con los débiles y para acordarse de los muertos? ¿Qué razón para la razón?

Pero, gracias a Dios, la realidad no es ésa. Hay Alguien que se acuerda eternamente de nosotros, de cada uno de nosotros. Y lo razonable es que, como Dimas, también nosotros nos acordemos de Él. Porque, entonces es cuando realmente los deseos más hondos del corazón humano se convierten en algo más que un vano deseo o un modelado engaño. Es cuando el cielo comienza a ser mucho más que una mera ilusión. Es cuando la razón adquiere la lucidez que le era propia antes de haber caído en el absurdo de negarse a hacer memoria del Eterno. Es cuando encontramos nuestro verdadero destino. Es cuando, abandonando la utopía, cultivamos la tierra con la verdadera pasión de la esperanza. Es cuando hay motivos para la fraternidad.

¡Hoy, estarás conmigo en el paraíso!

Sí, ya hoy. Dimas no había pedido tanto. Pero iba a morir enseguida cerca de Cristo muerto. Nosotros, en este mediodía del Viernes Santo, ¿nos atreveremos a pedirle a Jesús que su palabra y que su muerte maten en nosotros todo atisbo de utopía irracional y de autosuficiencia – por más políticamente correctas que resulten – y que nos otorgue también la compañía del Amor infinito. Eso es la Gloria. La noche de nuestros yerros, de nuestra muerte, se vería ya desde ahora iluminada por la luz que alumbrará un día con fuerza, allá en el Cielo.

Tercera palabra

La muerte y la Madre

“Mujer, mira, es tu hijo… Mira, es tu madre” (Jn 19, 26s)

Jesús, al ver a la madre, y de pie junto a ella al discípulo al que prefería, dice a la madre: “Mujer, mira, es tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Mira, es tu madre” Y, desde aquella hora, el discípulo la acogió como riqueza suya (Jn 19. 26-27).

Una madre es una riqueza inconmensurable. Y más, una madre como aquélla. Jesús ha pedido el perdón del Padre para quienes lo escarnecen, le ha dado la Gloria a quien le había pedido tan sólo un beneficio, y ahora, a punto ya de entregarse a la muerte, le revela a Juan que, en adelante, “la madre” – así llama la llama aquí el evangelista a María Santísima – será también “su” madre. Jesús no puede dar ya más: perdón del Padre, gloria del Hijo (en el Espíritu) y amor de Madre. Es lo último que hace antes de morir aquella muerte horrible de la cruz.

Las madres están siempre, como la Madre, como María, junto a las cruces de sus hijos. Pero ¿quién estará junto a las cruces de ellas?

Esta sociedad nuestra occidental, opulenta y malamente satisfecha de sí misma, está alimentando una inaudita y cruel “cultura de la muerte”, ferozmente antimaternal. Ahí están los hechos. Nos estamos acostumbrando a un modo violento de vivir, sin Padre que perdone y sin Gloria que ilumine, como si eso fuera bueno, natural e inteligente. Pero ahí están los hechos. Europa y, en particular, España no tienen hijos, envejecen sin nadie de casa a quien entregar la antorcha de la vida. ¡Nunca había pasado eso!: que en circunstancias de bonanza económica y sanitaria, la población disminuyese sin parar. ¿Qué está pasando?

Las madres tienen hoy muchas cruces que llevar y muy pesadas. Tienen que trabajar y que hacerse valer, frecuentemente con los mismos parámetros que los varones. Tienen que retrasar la maternidad o renunciar a ella. Tienen, por eso, que forzar sus cuerpos de mil maneras. La maternidad no encuentra su sitio: forzada, fragmentada, retrasada, negada. Y, luego, tal vez lo más terrible y lo que menos desea el corazón de una madre: verse, en tantas ocasiones, casi forzada a arrancarse el fruto de sus entrañas. Sobre un millón de vidas humanas segadas por el aborto, en España, desde que se profetizó hace veinticinco años que las nuevas leyes acabarían por reducir su número. También como consecuencia de esa maternidad acosada y tantas veces humillada, ¿cuántos embriones, es decir, seres humanos incipientes, son utilizados como cobayas para la experimentación, o condenados al hielo y al destino incierto que para ellos determinen sus prepotentes productores? Ni siquiera lo podemos saber. Decenas y decenas de miles. Pero, ¡aunque fuera uno solo!…

No. No son las madres las protagonistas de la cultura de la muerte. Son los ideólogos e ideólogas de tal aberración: son quienes promueven esa mentalidad antimaternal que se empeña en hacernos creer que no está mal – o es, al menos, justificable – disponer de la vida de los seres humanos más indefensos; son quienes trabajan por convencer a la sociedad de que todo eso es progreso y que no perjudica a nadie: mentira que encubre la muerte culpablemente causada y que nos atrapa en sus garras letales. Porque, naturalmente, una sociedad que mata a sus hijos como si no pasara nada, es una sociedad gravemente enferma de egoísmo. Es una sociedad que, así, no tiene futuro; que no es solidaria con los suyos y que, por eso, no puede serlo tampoco con los pobres del mundo. Sí, el hambre que mata a tantos niños en los países más pobres tiene difícil solución, si la cultura de la muerte sigue haciéndonos egoístas e insolidarios.

¿Y qué decir de la eliminación de la palabra “madre” del Código Civil (también de la palabra “padre”)? Nuestras leyes se han convertido en leyes injustas que ni siquiera contemplan la realidad humana del matrimonio en su especificidad, pues el matrimonio no es hoy en España la unión de un hombre y de una mujer ¿No es éste también un síntoma muy preocupante del triunfo pírrico de la cultura de la muerte? ¡Todo un entramado de anticultura! Anticultura que, además, se intenta imponer a nuestros hijos en el sistema educativo, como forma mental y de conciencia, a través de una asignatura obligatoria para todos los centros y todos los alumnos.

Cuando las madres son presionadas y sufren, es el ser humano quien padece y es la sociedad la que se ve amenazada en el hontanar más entrañable y profundo de su humanidad. Pero ellas, especialmente ellas, han de saber y saben que la Madre, María, está junto a su cruz de hoy. La que estaba en pié junto a la Cruz de Cristo, su madre, es, desde entonces, nuestra madre, la madre de todos aquéllos a quienes Él nos la entrega el Viernes Santo. Pero ella es, de modo muy particular, la madre de las madres; de las madres que tienen que aguantar hoy la pesada cruz de una cultura de la muerte hostil a la maternidad: de las madres maltratadas física y espiritualmente; de las que trabajan en casa y fuera de casa; de las que, a lo mejor, se han visto arrastradas por la presión cultural y la soledad espiritual a acciones o actitudes contrarias a su genio de mujeres y de madres.

María, está hoy aquí sobre todo para ellas, y, a través de ellas, para todos los adultos y niños del mundo. La vida que Jesús nos está dando con su muerte, es la que su Madre le había dado a él, por la fuerza del Espíritu, Señor y dador de Vida. María es la mujer fuerte, la nueva Eva que da a luz a la nueva Humanidad, renacida de la sangre de Cristo. Esa Humanidad que tiene a Dios como Padre y la Gloria como patria. Una humanidad más fuerte que la muerte.

La Virgen está dolorida; pero no vencida. La Dolorosa no es la imagen de la resignación fatal ni de la sumisión no emancipada. Por el contrario, sus dolores espirituales son los del parto un Pueblo nuevo, del “Pueblo de la vida” ¿De qué vida? De la única vida del hombre: la que recibimos de Dios por medio de un padre y una madre. Es la vida que gozamos en este mundo, en fraternidad con todos los hermanos; la misma que, transfigurada, gozaremos para siempre en el Cielo, en comunión con Dios y con sus santos. Porque “la gloria de Dios es que el ser humano viva y la vida del hombre es la visión de Dios” (San Ireneo de Lyon, Adv. Haer. IV, 20, 7)

Cuarta palabra

Dios contra Dios, pero con nosotros

“Elohí, Elohí, l´má sabaqtani, que significa:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

(Mc 15, 33 / Mt 27, 45)

La cuarta palabra, en el medio de las siete, hace de corazón de todas ellas y las resume, al modo como en la fuente se halla recogido todo el río. Es una palabra tremenda. Sólo la conocemos por el evangelio de Marcos – y el de Mateo. De las siete, estos evangelistas no traen más que esta palabra misteriosa y, sin embargo, algunos copistas primitivos, al reproducir los textos evangélicos la suprimían o la retocaban. Era muy dura de oir en los labios de Jesús. Pero era tan auténtica y les quedó tan grabada a sus oyentes, que la tradición evangélica griega la sigue recordando en arameo-hebreo, el idioma originalmente empleado por Jesús:

“Elohí, Elohí, l´má sabaqtani, que significa:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

La oscuridad se ha abatido sobre Jerusalén al mediodía. Jesús sufre el tormento de la cruz y de la muerte. Pero sufre, sobre todo, el escarnio que le inflinge el Pueblo de Dios, su pueblo, con sus dirigentes a la cabeza; sufre el golpe que le asesta Gestas, con todos los cínicos del mundo, que viven y mueren sin permitir que la verdad logre ni siquiera rozarles la piel; sufre Jesús la muerte humillante de todas las víctimas de la cultura de la muerte: los ancianos, los niños no nacidos o los eliminados por las guerras y por el hambre; sin olvidar la muerte de las víctimas del terrorismo, humilladas, además, por quienes pretenden legitimar o disculpar tal crimen, sistematizado en gravísima estructura de pecado, como si fuera consecuencia casi inevitable de supuestos o reales conflictos nacionales, raciales, culturales o religiosos.

¿Cómo es posible que ante tanto escarnio, tanto cinismo y tanta muerte sean todavía posibles el perdón, la Gloria y la Vida? ¿Cómo? Y además, Jesús ha otorgado, sí, perdón, Gloria y Madre, pero ¿qué ha conseguido realmente con ello? ¿Se ha restablecido el orden? ¿Se le ha dado a cada uno lo suyo? ¿Se han asegurado, con tales dones, la justicia y la paz en el mundo? Parece que no. La oscuridad se cierne sobre Jerusalén y Dios no interviene para imponer la luz de la justicia. Ni siquiera para salvar a su Hijo ¿Es realmente la hora del absurdo? ¿Será verdad que el Padre en el que Jesús confiaba no era más que un Dios de juguete, una ilusión infantil de la Humanidad que, ahora, por fin, va a morir para siempre con el mismo Jesús?

Preguntas como éstas se agolparon seguramente en el corazón de Jesús, que iba a ser roto enseguida por el golpe de la lanza. Son preguntas que a todos nos acechan cada Viernes Santo. Jesús no tenía menos sensibilidad que nosotros, ni ojos menos capaces de ver lo que estaba sucediendo y lo que seguiría sucediendo en este mundo. Al contrario, su capacidad de ver y sentir era infinitamente mayor que la nuestra. Por eso clama, con el grito de la muerte: ¿Por qué? ¿Para qué? Es el grito del justo que sufre en el mundo ante un Dios que calla y que no interviene para salvarlo; es el grito de Job, es el clamor que recoge el Salmo 21, cuyo primer verso salta ahora a los labios de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué?…”

La humanidad doliente del Verbo encarnado recoge en ese grito el dolor de todos los que sufren las consecuencias terribles de la injusticia, del cinismo, de la autosuficiencia, de la ceguera de la razón, en definitiva, del pecado. Gestas, como el viejo Adán, también sufría tales consecuencias y se rebelaba. En cambio, Jesús, como nuevo Adán, como el hombre renovado por su completa y libre unión de querer con el Hijo de Dios, se entrega por completo a las cosas del Padre. ¿Qué cosas son esas, a las que ya el Jesús niño se sabía y se quería dedicado?

Son las cosas de la justicia de Dios. Porque Dios no deja de lado su justicia. El pecador morirá para siempre por su pecado. Si alguien se niega a la Vida eterna, no la tendrá. Pero Dios no habrá dejado de ofrecer el remedio más eficaz e inimaginable, haciendo en Cristo una justicia divina. A saber: cargando sobre sí mismo la muerte del pecador. Lo ha escrito muy bien el Papa en su encíclica Dios es amor: “Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor” (nº 10). Por darle al pecador todas las posibilidades de salvación y de Vida, por estar con nosotros, aun en nuestro desvarío, Dios llega a “ponerse contra sí mismo, al entregarse” (nº 12) a la muerte en su Hijo. Jesús sabe que ésas son las cosas de Dios. Por eso, aun sufriendo realmente el abandono del Padre – que, en el sentido que acabamos de decir, se ha puesto en contra de él – Jesús conoce también que es así como se cumple plenamente toda la justicia: la del amor de un corazón divino apasionado por sus creaturas.

¿Por qué? – Porque se ha de cumplir la justicia de Dios.

¿Para qué? – Para que así se nos revele lo que “es amor en su forma más radical” (ibid.); y, en definitiva, quién es Dios de verdad y a qué podemos y debemos aspirar.

¿Sabían esto los judíos? No lo podían saber del todo. Ellos conocían, es cierto, que Yahvé amaba con pasión a su Pueblo. Sabían que Dios tenía un corazón que se le revolvía en su interior ante la infidelidad de los suyos (cf. Oseas 11, 8-9); sabían que los profetas (Is 52, 13-53) y los salmos (21; 30; 68) hablaban del sufrimiento redentor padecido ante un Dios silencioso, por un misterioso siervo sin nombre, quien, a pesar de todo, no renegaba nunca del Altísimo. Pero no sabían que quien daba cumplimiento real a tales misteriosas promesas era precisamente aquél a quien ellos habían colgado de aquella cruz.

Sin saberlo los hombres, la justicia quedaba reconciliada con el amor.

Quinta palabra

El amor y la copa de la amargura

“¡Tengo sed!” (Jn 19, 28)

La quinta palabra y las otras dos que Jesús dirá todavía desde la cruz, después de aquel desgarrador grito de muerte, cargado de Vida, son también – como la cuarta – palabras tomadas de salmos de sufrimiento o directamente conectadas con ellos. Son palabras que, según han dicho algunos, se refieren al mismo Jesús. Pero no tanto en el sentido de que si con las tres primeras Jesús les había dado a los demás perdón, Gloria y Madre, ahora vaya a pedir algo para sí mismo. No. Jesús se dispone a morir como siempre había vivido: en oración, inmerso en la intimidad con el Padre. Si Jesús muere perdonando y ofreciendo a todos gloria, vida y Madre, es porque muere para el Padre, porque muere orando, en supremo ejercicio de amor, de fidelidad y de confianza.

Leemos en el Evangelio de San Juan:“Sabiendo Jesús que ya estaba cumplido todo… dice: ¡Tengo sed!”

Jesús ha sufrido un terrible suplicio, desde la flagelación a la crucifixión pasando por las espinas, los golpes y el camino al Calvario arrastrando el madero. Pero no se había quejado, ni pedido algo; apenas había hablado ni respondido nada. Ahora parece que pide agua. Es cierto que la sed le atormentaría especialmente en aquel momento final, cuando su cuerpo estaba ya casi sin sangre y sus células sin oxígeno. Pero seguro que Jesús no pide ahora simplemente que le calmen la sed por un instante. Pide algo más.

El Evangelio dice que esta palabra fue pronunciada “para que se cumpliera la Escritura”. El Salmo 21, al describir el sufrimiento del justo desamparado por Dios, dice que su garganta está seca como una teja. Y el Salmo 68 cuenta cómo fue escarnecido con vinagre para calmar su sed. Eso se cumple también ciertamente en Jesús. Pero todo ello sucede, porque el Hijo siempre había querido cumplir la voluntad del Padre, costara lo que costase. Es esta entrega total de su vida en manos del Padre la que se expresa en esta quinta palabra: el Crucificado tiene sed sobre todo porque pide y desea terminar de apurar la copa que el Padre le ha ofrecido y que él, aunque repugnante para su sensibilidad humana, no ha querido apartar de sí (cf. Mc 14, 35 y Mt 20, 22). Quiere y desea beber hasta el final el cáliz de la amargura. Jesús sabe que, de este modo, pronto beberá también la copa del vino nuevo en el Reino de Dios, como había anunciado a los suyos en la Última Cena (cf. 14, 25), es decir, que es así como actúa con su fuerza divina el Dios omnipotente y justo, el Dios de la Vida.

El amor apasionado (erótico), con que Dios nos ama, llega a ser en la Cruz de Cristo una amor radical, sacrificado y gratuito (agápico), que ama incluso lo no amable, como es el caso de los pecadores. Por ellos, por nosotros, Cristo se entrega libremente en manos de sus enemigos. De este modo, la muerte, deseada como camino del amor, ha perdido su frialdad y desprende ya ella misma el calor de la Vida eterna.

La caridad tiene a veces mala prensa. El sacrificio, también. Pero ni la caridad se reduce a dar de lo que sobra para acallar la mala conciencia, ni el sacrificio se ha de confundir con la negación patológica de la vitalidad y del deseo de lo bello y de lo bueno. No. Ama con caridad verdadera quien comparte la entrega de Cristo, quien ha sido alcanzado por su amor, sí, por su muerte. Ése tal no teme ya perder la vida – no teme el sacrificio – y queda liberado de la esclavitud a la que la muerte somete a los mortales. La caridad nos une a Cristo y, en cierto modo, nos hace capaces de hacer justicia al modo divino.

No es misión de la Iglesia en cuanto tal organizar este mundo en la justicia, entrando en la legítima batalla de la política (cf. Benedicto XVI, Carta Encíclica Dios es amor, nº 28). Ésa es la misión del Estado. Los católicos prestan su colaboración a esa tarea común de muchas maneras, que pueden ir desde la dedicación profesional a la política hasta el ejercicio del voto responsable; y otras muchas. Pero tanto la Iglesia misma, como cada uno de sus miembros prestan a la sociedad el servicio de la caridad, cuando realizan tareas asistenciales, o tareas profesionales de cualquier otro tipo, en las que se refleja la generosidad infinita del amor divino manifestado en la sed de Cristo.

Cierta ideología totalitaria del pasado siglo creyó que la justicia hacía superflua la caridad. Pero aun suponiendo – con manifiesta hipérbole – que la justicia pudiera ser perfectamente realizada en este mundo, y a todos y cada uno se les diera realmente lo que les pertenece, todavía faltaría lo más importante. Porque el ser humano necesita precisamente – y más que nada – algo que no puede tener ni reclamar como propio: necesita el corazón de otro ser humano y también, el corazón de Dios.

Si pudiera darse un mundo justo y sólo justo – completamente ayuno de caridad – ése sería un mundo frío, helador, literalmente mortal para el ser humano. La justicia necesita la compañía del amor. Es más, la caridad, por la que el hombre se da a sí mismo, es en realidad el motor de la justicia. Sin caridad, no podrá realizarse la justicia, pero, aun sin justicia, puede y debe darse la caridad.

Gracias, oh Cristo, por tu sed; porque al beber hasta el final el cáliz del sacrificio redentor, nos has dado lo que no podíamos ni imaginar: el corazón de Dios.

Sexta palabra

Fidelidad

“Está cumplido” (Jn 19, 30)

Jesús bebe el vinagre y dice: “Está cumplido”. Esta sexta palabra no es cita ni eco de ningún salmo en concreto, de ninguna oración de las que él conocía de memoria y le venían continuamente a los labios. Pero las resume todas. Jesús sigue haciendo de su muerte una oración, un acto de infinito amor.

Con su inminente muerte, libremente asumida, el Hijo cumple hasta el final la misión que había recibido del Padre. Y para terminar el diálogo constante que había mantenido con él día y noche, durante toda su vida, se lo va a decir ahora con el hilo de voz que le quedaba: está cumplido. La misión fue dura. Pero está cumplida. Ha sido duro revelar a Dios como quien sufre con el hombre el precio de sus culpas. Tuvo que haber cruel oposición. Pero Dios se ha revelado así y, al mismo tiempo, el ser humano por fin ha cumplido su parte: ha cumplido en Jesús. Adán tiene un nuevo punto de partida para llegar a Dios, porque Dios mismo ha venido a cogerlo sobre sus hombros. El ser humano ha sido rescatado de su absurdo, de su sinrazón culpable. La creación atisba el cumplimiento de su destino de Gloria y de Vida. El enemigo del Creador y del género humano ha perdido la batalla. La creación no fracasará. Está ya convirtiéndose en libre y gozosa alabanza del Amor creador, en gloria de Dios. Porque Jesús lo ha cumplido todo.

Queridos amigos, ¡imagináos el regocijo del Padre con tal Hijo! Lo había enviado lejos, lejísimos de él: nada menos que hasta la muerte, ¡el lugar más apartado de Dios! Pero ha sido fiel a su misión. No se ha echado atrás. No ha sucumbido a la tentación de buscar caminos distintos de los que el Padre tenía preparados. ¡Y eso que el tentador no había cejado en su intento de sugerirle caminos supuestamente mejores! Pero no, el Hijo ha sido fiel, “obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Filp 2, 8).

No es verdad: la autonomía desvinculada no es la fuente de la felicidad. ¡Cuánto confudimos hoy con la libertad la “real gana”, eso sí: muy “razonada, razonable y reponsable”! No es cosa que hayan inventado los jóvenes de hoy. Es el error fatal de una cierta cultura moderna de siglos del que muchos de ellos – y tantos otros – somos a un tiempo transmisores y víctimas. Pero la autonomía sin vínculos no es libertad; es soledad solipsista, narcisista, aisladora, mortal.

No se puede empezar la vida cuatro veces y siempre desde cero. No se puede navegar por ella como piloto sin carta de marear. La nave acabaría a la deriva de los vientos y estrellada contra cualquier arrecife. No hay buen viaje por la vida sin los mapas de la voluntad de Dios. Es cierto que muchas veces marcan rutas estrechas por los anchos mares de la imaginación y de la sinrazón. Pero son las que nos llevan al puerto de la felicidad. Sin mapas no hay ruta. Sin obediencia no hay libertad. Sin el otro, a quien hacer entrega de sí, no hay identidad madura.

Gracias, oh Cristo, por tu fidelidad, por tu obediencia. Ella nos cura de nuestras infidelidades, de nuestras desobediencias, de nuestros espejismos de autonomía. Gracias, oh Cristo, por haberlo cumplido todo. Has cumplido la humaniad más bella y la libetad más completa.

Séptima palabra

Confianza, serenidad

“Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46 )

Me ha impresionado el rostro de ese Cristo imponente, el Cristo de la Misericordia, titular de la benemérita Cofradía de las Siete Palabras. Es el rostro de la suprema serenidad en la muerte, el hermoso rostro de la paz. Las gubias y los pinceles de los artistas cristianos han acertado con frecuencia a ofrecernos un destello del alma de Cristo. En la última palabra Jesús nos revela el secreto de la paz.

Nosotros andamos demasiadas veces ansiosos o hundidos (deprimidos), a lo mejor, después del frenesí adormecedor del trabajo y de la actividad descontrolados. Otras veces, apenas podemos soportar el hastío de vivir sin norte, sin causa, en la soledad de un “yo” cultivado largo tiempo en el amor sólo a sí mismo, en el celo irracional de la propia libertad vagabunda y sin arraigo en nada ni en nadie. Pero así no podemos vivir ni morir; así andamos sin paz, desterrados del hogar añorado de la libertad creativa para la que hemos sido creados. Así andamos temerosos de la vida y de la muerte.

Jesús, en el momento mismo de expirar, vuelve a traer muy suavemente a sus labios la misma invocación de su palabra primera: ¡Padre! ¡Padre, perdónalos! ¡Padre, a tus manos…! Realmente la primera y la última palabra de Jesús es ésa: ¡Padre!. Ahora la antepone él al Salmo 30 para decir con sus palabras:

Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu:

tú, el Dios leal, me librarás;

tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,

pero yo confío en el Señor;

tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.

Ahí está, amigos, el secreto de la paz y de la serenidad, de la verdadera alegría. Son muchos los hombres y las mujeres a quienes Jesucristo les ha comunicado su secreto y les ha regalado el mismo don de su paz y serenidad. A todos y cada uno de vosotros, que habéis escuchado sus palabras en este Viernes Santo de 2007, también os lo quiere comunicar. Como se lo comunicó a aquel joven de 28 años que murió cerca de aquí, en San Isidro de Dueñas, en 1938: el Hermano Rafael. O como a Teresa de Jesús, a quien el Beato Rafael recuerda tantas veces. Dos místicos españoles – de ayer y de hoy – entrañables y cercanos. Como tantos otros, son testigos de la mística de Cristo, que no es un arcano sólo para los sabios, sino una oferta de amor para la gente corriente, para todos nosotros. Éste es el testimonio de la pluma de Rafael:

“Persuadámonos (los trapenses) de que Dios está con nosotros en todo momento… Prescindamos de nuestras impresiones que engañan nuestros sentidos… Arrojemos fuera de nosotros el «yo» que tanto daño nos hace, y lancémonos en los brazos de Dios, tal como somos, con flaquezas y virtudes, con pecados y miserias; pongamos en su regazo nuestras almas, lo mismo cuando ríen que cuando lloran. Y si de veras lo hacemos así, y conseguimos que nuestra vida sea toda para Él, y Él, el todo en nuestra vida, habremos conseguido la verdadera paz del corazón, estaremos más cerca del cielo que de la tierra y entonces…, ¿qué más te da, hermano Rafael, que llueva o que haga sol?” (Meditaciones de un trapense, 8 de agosto de 1936, en: Obras completas, 739)

Y sigue, en otro lugar:

“Qué importa la salud… Qué más da el sitio éste o aquél…, ser querido o despreciado, ser pobre o ser rico… Todo eso es nada [y dejan de ser “ídolos inertes”] para el alma que de veras vive más de la ilusión de cielo, que de realidades terrenas. Qué bien se entienden aquellos versos de santa Teresa que dicen:

«Vivo sin vivir en mí

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero»”.

(Mi cuaderno, 9 de diciembre de 1936, en: Obras completas, 772)

Final: las siete, en mi perfecto diccionario

Terminamos, queridos amigos, por donde comenzábamos. Que las siete palabras de Jesús en la cruz se nos graben en el corazón al fuego del amor, del Espíritu. Que pasen a formar parte de nuestro diccionario, como decía el poeta.

Perdón, Gloria y Madre.

El grito de un “¿por qué?”, que inquiere a Dios la razón de una esperanza inmarcesible.

Amor sacrificado, fidelidad obediente y serena confianza.

Siete palabras divinas que nos lleven, oh Cristo, contigo, al Infinito. Amén.

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