El Juicio Final


No me podría tomar en serio a Dios, si no sintiera que él me toma en serio, muy en serio; incluso en lo cotidianamente juguetón que es en mi vida; incluso en la patente gratuidad con la que me recibe, lo hace con completa seriedad. No adustez, que no es lo mismo, no con cara de gruñón, sino con la actitud de “lo que es sí es sí y lo que es no, es no”.

Por eso de entre las cuestiones que culturalmente estamos dejando de lado del Credo, el olvido de la radicalidad y seriedad del Juicio (junto con el escatológico Reinado de Dios y la resurrección de los muertos) me parece un punto a meditar. Sigue leyendo

La Transfiguración

«Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»


-«Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición.»

Desde aquellas tierras de Ur, Dios llama a Abrán, le pide algo extraordinario y le promete algo desproporcionado. Le promete la paternidad de un pueblo, un pueblo que sera bendición para las naciones. Ya podemos describir lo que viene desde Abraham: profetas, destrucción, restauración, fidelidad, e infidelidad, alianzas, advertencias, todo digno de la mas vulgar y común telenovela, entre amantes, esposos y vecinos, entre Dios, su pueblo, los ídolos y los otros pueblos. Pero todo eso tiene un garante, la promesa de la bendición de Dios, bendición que llega con la encarnación, pasa por el bautismo,  (el otro momento donde el Padre dice: -«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.») pero se deja VER en dos momentos, uno claro y otro oculto. La transfiguración es el lugar donde la bendición toma forma, y son testigos de ello dos de los pilares del AT, Moisés y Elias… y tres de los pilares del NT, Pedro y los hermanos del trueno, Santiago y Juan. El pueblo de Dios, desde los profetas a la Iglesia contemplan la bendición, hecha a la humanidad en la persona de Abrán.

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: -«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: -«Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: -«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

>Cuando Dios da su ley en el monte a Moisés, su presencia se describe como una Nube,

24,15: Y subió Moisés al monte. La nube cubrió el monte.

24,16: La gloria de Yahveh descansó sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió por seis días.

Cuando Dios manifiesta su gloria en la Encarnación se dice que a Maria la cubrio su sombra,

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.”

Asi en el AT la bendición que comienza con una promesa a Abrán y la gloria de Dios manifestada a Moisés con la ley, llegan a su antitipo, a su plenitud y cumplimiento, en la ley encarnada, en la Palabra de Dios que se encarna cuando la gloria de Dios cubre a Maria, la Palabra, Jesucristo, que siguiendo la voluntad del Padre, se identifica, toma el lugar de nosotros los pecadores (bautismo) y muestra su gloria en la transfiguración, gloria manifiesta junto con el Padre y el Espíritu, el cual se complace en su Hijo amado, al que Dios pide escucharle.

La otra cara oculta de la gloria de Dios, y que es a lo que apunta esta lectura en la cuaresma, es la transfiguración de cara a la cruz.. la ultima y verdadera glorificación de Dios, su sobreabundancia e inmoderación en el amor que llega al extremo, la locura y el myserium, esa numinosidad que se imponía en el hombre religioso, llega a su culmen en la cruz, plenitud del amor de Dios que engendra vida.. la resurrección, la vocación ultima del hombre pagada y ganada por Dios con su muerte..

-«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Alli, donde la antigua alianza y los profetas, entre Moisés y Elias, se une a la naciente Iglesia (Pedro, Juan, Santiago) se muestra el contenido desmesurado de la bendición prometida a Abrán.. la Gloria de Dios, mostrada en el plan infinitamente sobreabundante del Padre, el Espiritu y el Hijo que unen, “encarnan” esa (su) Gloria, en el empeño de un amor nunca antes visto o imaginado, ese amor que salva, nos salva, ese amor que hace de mi, la causa de todo esto.. de este acto de Dios en su amor, manifestado alli, donde los hombres antes tenian su silencio y perdición, en la cruz.

Carlos José Bartolomé Santos

Sin la Cruz… Jesús no es nadie.

Cuantas veces no he escuchado que Jesús fue un gran maestro, que no tiene importancia su resurrección, lo importante es su mensaje de amor y paz. Otros dicen que fue un profeta que nos hablo de Dios, como tantos otros, pero no fue Dios. Otros nos mencionan que fue un gran agitador político… muchos de ellos curiosamente se creen “Católicos” y digo curiosamente por que no tiene sentido ninguna de estas afirmaciones.

Pero dicha la verdad, Jesús no es nadie sin la cruz… sus enseñanzas son pésimas enseñanzas, mofas al dolor humano e irrespetuosas. Lo repito con fuerza… Cristo sin la Cruz no es Cristo, es solo Jesús, y Jesús sin ser Cristo no es nuestro Dios.. al menos no es mi Dios ni me interesa saber nada de el.

Primero comencemos con eso de que Jesús no es Dios… si El no es Dios entonces no hay sentido en seguirlo.. es un profeta mas que no habla mas que de lo que ha escuchado… pero no nos trae las noticias desde “el seno intimo de Dios”. Si Jesús no es Dios, si Jesús no nos habla de lo que el Padre le dice en la intimidad, si sus palabras no son La Palabra ¿de que me sirve escucharla… ? Probablemente seria digno de estar atento como se podría estar atento de Jeremías o Isaias, pero ni las palabras de Jeremías ni Isaias salvan.. de hecho sus palabras son solo la paciencia del hombre en busca de Dios, el ungüento que sana momentáneamente las heridas… el jugueteo amoroso de palabras inciertas entre Dios y el hombre.. pero no es el YO SOY hablándonos de tu a tu… de hombre a hombre.

Si Jesús no nos explica a Dios desde dentro, si no es Dios mismo el que viene detrás de nosotros… no vale la pena morir por ese hombre.. no vale la pena morir por un profeta.. a lo mucho por la carga divina de su boca.. pero Jesús no pide alegrarse por ser perseguidos por sus enseñanzas.. si no POR SU NOMBRE, por El.

Si Dios mismo no es quien viene a hablarme y explicarme.. Jesús no vale la pena.. ¿Y que si Dios no existe y Jesús fue un gran rabí, un maestro…? tonterías maestras… ¿quien dice que confiemos en “dios” y no nos preparemos para el futuro, comparándonos con las aves y los lirios? ¿acaso querrá que muramos de hambre? ¿tiene sentido su predica sin que no sea la de un lunático? ¿darle la túnica además del manto a quien me lo exija? ¿y morir de frío? ¿de que sirve morir? ¿temer un juicio que nunca llegara? ¿dejarlo todo por un loco?..

Pero vamos mas acá… o mas allá… Si Jesús es Dios, pero no trae la Cruz consigo, entonces no quiero saber nada de ese Dios… por que yo solo creo en el poder de un Dios capaz de salvar lo que ama… las bienaventuranzas no se pueden comprender sin la Cruz… no hay mayor mofa al que llora, que se le prometa lo inalcanzable… el reino de Dios, cuando no hay nadie que se salve… no existe mayor contradicción que un Cristo pidiéndonos alegrarnos en las persecuciones en su nombre cuando ese Dios no es capaz de sufrir por nosotros.. cuando su amor solo termina en la encarnación.. “la encarnación esta hecha para la cruz… y la cruz para nuestro Dios hecho hombre”

¿De que sirve curar a los enfermos, sanar a los afligidos, ayudar a los desvalidos, resucitar a los muertos? ¿De que sirve regresarlos a este valle de lágrimas, de que sirve alargar sus días de pesadumbre y vanas y cortas glorias y alegrías? ¿De que sirve si nada de esas señales de esos signos (JN) anuncian la buena nueva… anuncian la verdad, anuncian el inmenso gozo que trae Jesucristo, tan inmenso que nos hace gritar con jubilo “¡Oh feliz culpa que nos mereció tal y tan gran Redentor! “. Locos… ¿feliz culpa, feliz pecado?. De nada sirve esa taumaturgia si no anuncian la salvación de Dios, la verdadera salvación, que no es la mitigación del sufrimiento, el paliativo al dolor, el alargamiento y estiramiento de la poca felicidad, el hostigamiento del deseo de eternidad satisfaciendo como gota a gota un paladar sediento en el desierto que quiere exprimir lo mas posible la frescura del preciado liquido… si no que viene a desterrar la muerte, a dar sentido al dolor, de dar sentido al sin sentido.. viene a darnos la vida en abundancia.

¿Que burla es esa de la parábola del Hijo Prodigo? ¿De que sirve pregonar a un Padre Amoroso deseoso del retorno de su amado hijo, cuando la muerte, el pecado, mis pasiones son un problema para mi mismo, un problema que me impide amar y me aleja de Dios…. que tipo de burla y mofa es esa… LEJOS DE MI ESE JESÚS!!!… débil no como mi Dios, si no débil como los hombres, llenos de promesas vanas y paliativos inútiles…. mi Cristo tiene fuego.. fuego que no anula el sufrimiento, pero no se dobla ante el.. y al final trae la vida total.

Cristo sin la cruz no es Cristo… y si Dios no me puede salvar.. ¿para que quiero a Dios? ¿para que quiero amar quien no me da la posibilidad de amarlo? ¿para que quiero desear a Quien no me da la oportunidad de alcanzarlo? Si nuestro Dios no es un Dios que salva.. no es Dios.

Un Dios alla arriba que no se compadece, que no se abaja,, que no se despoja de su condición divina, acompaña, busca, encuentra, y salva… ¿puede ser Dios?

¿El sermón del monte? Basura… que no estoy salvado.. basura por que mi llanto no tiene sentido… basura por que mi pureza de corazón es falsa… jamás podre ver a Dios.. el hombre NO ES CAPAZ de alcanzar a Dios… si Dios no viene por el.

¿Amar a los enemigos? basura ¿por que he de amar a mis enemigos? ¿para tener paz? ¿por que he de hacerlo si Dios no ama a los suyos.. si Dios no es capaz de amarnos a pesar de estar alejados de El por nuestro pecado, si no es capaz de hacer algo con eso?

¿Confiar en El? ¿Para que? ¿Para tener una vida prospera con la copa rebosando de vino y los rebaño centuplicados? ¿Para que? ¿Para que luego llegue la desgracia como a Job? ¿Para que la enfermedad termine por llevar la poca felicidad? ¿para que la muerte hiera con su espada a quienes tuve el valor de amar en esta efímera vida?

¿Para que Jesús me diría que debo de proteger al pobre, la viuda, el huérfano.. si no los puedo proteger de lo mas importante? ¿De que sirve el pan al pobre, si el pobre es un problema para si mismo, si no puede sentirse redimido, si no puede escapar la sombra de la muerte, el peso de sus pecados, el poder de su maldad que no desea, el tironeo de las pasiones, el torrente de las ambiciones… el fuego del odio… la melancolía de la eternidad inalcanzable?

jesus_cross_d_1280x103324.jpgEsa es la fuerza de Dios… para revelar los corazones… y en aquella noche silenciosa en belén, no solo se venia la salvación, si no era Dios mismo quien venia a salvarnos… por eso soy Cristiano.. por eso los mártires morían por Cristo… por la resurrección de la carne, por la filiación de hijos con Dios, por la verdad tensa y profunda de la redención hecha en el sufrimiento de la cruz, donde Dios no se doblo ante el dolor y el sin-sentido… si no que los encaro… y con ellos nos rescato… y por eso puede decir, bienaventurados los pobres!!, bienaventurados los que lloran!!, bienaventurados los que son perseguidos!!, “no teman que yo he vencido al mundo”.. a la muerte… el amor es mas fuerte que la muerte. Ese es Jesucristo… mi Dios es un Dios que salva….

La Cruz permanece mientras el mundo da vueltas.

CJBS

Salmo 127

Un cristiano que ha crecido en la fe (en la fe no se crece en automático, hay que esforzarse por ir de la fórmula a la vida, y también viceversa) tiene a la vez la experiencia de estar en manos de Dios, y la experiencia de que es precisamente en las manos de Dios donde más podemos sentir la grandeza y el enorme peso de nuestra libertad, y la responsabilidad de que lo que hacemos no es de otro sino nuestro.

Un salmo lo expresa con belleza y claridad:

Si el Señor no construye la casa
en vano se cansan los albañiles;
si el Señor no vigila la ciudad,
en vano vigilan los centinelas.

(Salmo 127)

Que expresa a la vez que hay albañiles y hay centinelas… no baja ningún angelote a hacer las cosas por nosotros, y si no las hacemos no estarán hechas, al mismo tiempo que reconoce que la fuente de ese obrar, el verdadero lugar donde eso es un “obrar con significado” es en las manos amorosas y liberadoras de nuestro Dios.

Es porque estamos en manos de Dios y abiertos a ver y celebrar su voluntad por lo que podemos sentirnos libres con una libertad auténtica, grande, una libertad abierta a hacer obra duradera, y una libertad que acepta sus fallos, pide perdón y obtiene misericordia, y aprende así que la misericordia es parte del diálogo del alma con Dios, y entre las almas.

Abel

Sabado Santo -Homilía-

 

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Homilía antigua sobre el grande y santo Sábado

«¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra temió sobrecogida, porque Dios se durmió en la carne y ha des­pertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.

Va a buscar a nuestro primer padre como si fuera la oveja perdida. Quiere absolutamente visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de su prisión y de sus dolores a Adán y a Eva.

El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: «Mi Señor esté con todos». Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: «Y con tu espíritu». Y tomándolo por la mano le añade: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.

Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: «salid»; y a los que se en­cuentran en las tinieblas: «iluminaos»; y a los que dormís: «levantaos».

A ti te mando: despierta tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.

Por ti yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.

Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu pri­mer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen de­formada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los peca­dos, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.

Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.

Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.

El trono de los querubines está preparado, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos, se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad.

Meditaciones de la Cruz

 

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En la cruz llega a su término lo que las religiones buscan desde el inicio de la humanidad: un Dios soberano, poderoso, trascendente, que me diga “tú eres hombre, eres distinto de mí”, un Dios también –y por eso mismo– con todo el derecho de aplastarme, de aniquilarme a fuerza de ser tan grande, tan todo.Sólo un Dios así tiene la posibilidad de permitir la muerte de su Ungido.

Sólo un Dios que no tenga que rendir ninguna cuenta a nadie puede, en un soberano acto de poder y fuerza, abandonar la Inocencia al poder de la muerte y de la nada.

Porque eso es la cruz: la muerte y la nada. No nos gusta a nosotros, los cristianos del mundo moderno, caer en la cuenta de que Dios tiene todo el poder, y yo ninguno, tiene todo el derecho, y yo ninguno, tiene toda la soberanía, y yo ninguna.

Pero eso es lo que los hombres hemos buscado siempre en la religión: un Dios que nos diga: “yo soy auténticamente Dios, y tú un hombre”. El Dios que es un “misterio tremendo” y que nos hace temblar de pavor.

Pero en la cruz llega también a su término lo que las religiones buscan desde el inicio de la humanidad: un Dios cercano y dialogante, que me diga “tú eres hombre, y no una nada. YO te quise hombre, y no una nada.” Pero no hay nada que pueda ser real fuera de la realidad de Dios, si hubiera algo real y que no lo contuviera Dios, él no sería por completo real ni por completo Dios.

Si somos hombres porque Dios nos dice “YO te quise hombre”, es que Dios mismo contiene en sí lo humano, lo saca de sí mismo para donárnoslo. Eso que comprendemos oscuramente de nosotros mismos: esa lucha por ser, por salir de la nada, por dejar nuestra obra hecha, eso que los seres humanos hemos buscado en la historia tratando de que se hable bien de nosotros en lugar de mal, tratando de hacer las cosas bien, en vez de mal, esa lucha cotidiana por no desaparecer… es a la vez algo que Dios mismo tiene, y nos lo ha donado y eso nos atrae y fascina: ese “aspecto” (ese “rostro” dice la Escritura) de Dios que se nos parece, eso en que nos parecemos a él, su “misterio fascinante”, seductor de tan cercano a lo que nosotros mismos somos.

Sólo un Dios así tiene la posibilidad de volverse él mismo el Ungido que muere por nosotros.

Terrible y cercano, distinto a mí, pero igual, fortísimamente débil. Ninguna palabra del lenguaje de la religión alcanza para nombrar quién es Dios, porque se necesita de todas las palabras juntas. Y aún si tuviéramos todas las palabras juntas, no bastaría. Por eso hacía falta unir palabra y no-palabra: palabra y gesto.

La cruz es ese gesto donde Cristo da su última palabra….

Era necesaria la Cruz para dar contenido real, por fin, a todo lo que los hombres hemos buscado siempre en la religión: al Dios terrible, y cercano, poderoso, pero débil. Pero a la vez, en tanto Dios habló en la Cruz, crucificó también todo lo que los hombres hemos buscado a tientas por tantos siglos y siglos.

La Cruz dice: “esto, ¡hombre!, es lo que oscuramente has buscado toda tu vida, pero mis caminos no son tus caminos”. La Cruz hace real a Dios, y da vuelta todo lo que podemos pensar y decir de Dios. En tanto miro al Traspasado, tengo que ver en mí mismo que todo lo que siento, deseo, pienso, acerca de Dios ha quedado superado por lo REAL de Dios: por su fuerza débil y su palabra silenciosa.

No es algo real que pueda ponerlo en mi mente para razonarlo mañana o pasado, sino una emoción vital enteramente nueva, que no cabe en mí, que está a contrapelo de mis deseos, pensamientos y palabras. La Cruz es la portadora única de esa emoción nueva. Por eso, es SÓLO mirando a ella, mirando al Traspasado, que podemos renovarla una y otra vez. Y quien sabe que esa emoción enteramente nueva es lo único nuevo que puede haber bajo el sol, perederá todo interés en razonar y comprender a Dios, incluso en buscar a Dios. La Cruz dice: no me busques, pero quédate allí, mirando, hasta que vuelva. Pero a la vez, en tanto Dios habló en la Cruz, crucificó también todo lo que los hombres hemos buscado a tientas por tantos siglos y siglos.

En la primera parte, intentábamos contemplar, con palabras siempre inadecuadas, la novedad de Dios que aparece en la Cruz. Pero esa novedad no ocurre sólo fuera nuestro, en el mundo, en la historia. Desde que la Cruz nos reveló que la única tarea a la que estamos llamados es mirar al Traspasado, toda nuestra acción, todo nuestro movernos cotidianamente, se puede volver enteramente distinto.

No se trata de que porque miramos al Traspasado ya somos buenos y no podemos hacer nada mal. Por el contrario, es en tanto que nuestra vida ya no tiene su centro en sí misma, es decir, cuando dejamos de medir nuestras acciones por nosotros mismos.

 

A eso la Escritura lo llama “vivir en el Espíritu”. Y es tal la tentación de medir todo por nosotros mismos, de ponernos como criterio y legitimidad de nuestra vida, que San Pablo advertirá a los Gálatas algo que sigue siendo dicho para cada creyente en la historia: “¡Insensatos gálatas! ¿Quién os ha embrujado? ¡Y pensar que ante vuestros ojos presentamos la figura de Jesucristo en la cruz!… ¡Empezasteis por el espíritu para terminar en la carne!”
¿Pero cuándo nos hacemos merecedores de ese reproche?
¿cuándo abandonamos el Espíritu para recaer en la carne?

¿cuándo ocurre que dejamos de mirar la Cruz y nos miramos a nosotros
mismos?

¡Eso sería antes, en época de los Gálatas!

Si voy a misa, rezo el rosario, hago un retiro mensual en ETF, llevo una cruz en el cuello y me confieso al menos una vez al año, en Pascua de Resurrección, no estoy en la carne. O bien, engaño más sutil si cabe, si comparto lo que tengo con los pobres, ayudo a los que me rodean, y soy solidario, no estoy en la carne. Y si además de unas cosas, hago las otras, no estoy en la carne sino en el Espíritu. Y sin embargo…

 

Es quizás en ese mismo momento en que juzgamos de nosotros mismos que “estamos en el Espíritu”, cuando tal vez hemos perdido el norte y estamos más en la carne que nunca. No nos engañemos: los cristianos estamos sometidos a una tentación mucho más sutil que las de los no creyentes. Si un no-cristiano busca a Dios a través de la matanza de animales, o de la brujería, o de los amuletos, o de los astros… cualquiera sabe que no está Dios allí, cualquiera descubre el error. Pero si un cristiano “busca” a Dios a través de la solidaridad y el desprendimiento, de la limosna y el culto razonable, ¿Quién diría que no está Dios allí?

Y sin embargo, aunque no lo podemos saber de antemano, puede no estar Dios allí.

Y eso lo dice la Cruz: mientras en lo que busques te pongas a ti mismo como regla de medida, mientras te quedes tranquilo acerca de lo bueno y lo malo, mientras erijas tus acciones en “código de conducta”… estás en la carne, porque estás en la Ley, que no salva.
¿Y entonces qué debo hacer?

¿acaso todo mal, así se nota que no me estoy poniendo a mí mismo como medida de mi espíritu?
¿acaso debo simplemente hacer lo que me apetezca a cada paso -bueno o malo, no importa-, para no estar juzgándome a mí mismo?
¡Terrible paradoja nos pone delante la Cruz!

«Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.»
O más sencillamente: «El justo vive de la fe.»

No hay recetas para que yo sepa de antemano lo que debo hacer a cada momento. Lo bueno y lo malo elemental de cualquier vida humana, los sencillos enunciados de los diez mandamientos, no cambian.

Nosotros no somos malas personas sino buenas, todos obramos más o menos bien. Es el corazón que pongo en mi vida el que tiene que cambiar, no las acciones exteriores. Es el modo como me luzco ante mí mismo y me convierto en criterio y norma de juicio, generalmente de maneras sutiles. Esos sutiles engaños del “obrar bien” sólo los descubrimos mirando la Cruz. Sólo delante de ella, y porque la estamos mirando, podemos tal vez decir con sinceridad: somos siervos inútiles. Que no se distinga nuestro obrar cristiano por más o menos misas, por más o menos limosnas, por más o menos solidaridad: el culto a Dios, el desprendimiento y la solidaridad son de todos, no sólo nuestros.

Pero que nuestro obrar cristiano se distinga porque quien nos mire, nos vea mirando la Cruz. No a nosotros mismos sino al Traspasado. Porque es eso solo lo que dice la Cruz: no me busques, pero quédate allí, mirando, hasta que vuelva. Quisiera que meditemos en eso, en la posición del corazón que hace cristiano nuestro obrar, que lo hace conforme a la gloria de la cruz.

Editado por Iris de un escrito de Abel DellaCosta
La Meditacion fue traida de AQUI (requieres PDF Acrobat Reader)

Semana Santa — El Dolor de Jesucristo

¿Como sufrió Jesucristo?

-Podríamos preguntarnos por la medida (el quantum) del sufrimiento: mucho, poco, nada, todo, más que, menos que, como, etc. Esto nos dice sólo algo exterior. Importante… pero exterior. Curiosamente los evangelios hablan sólo elípticamente del quantum de sufrimiento de Jesús: el mesías debe sufrir mucho para entrar en su gloria. Luego no hay ninguna clase de alusión al quantum en las escenas donde propiamente está sufriendo físicamente (flagelación, coronación de espinas, crucifixión, etc).
 
-El segundo aspecto -más relevante, según creo- no es el quantum de sufrimiento, sino la fuente de ese sufrimiento: ¿qué lo hizo sufrir? ¿los latigazos? ¿las espinas? ¿los clavos? ¿el odio de su pueblo? ¿el abandono de sus discípulos? ¿la incomprensión de los que lo rodeaban? ¿el silencio de Dios?
 
Hay dos momentos cinematográficamente desgarradores en la Pasión tal cual la narran los Evangelios, y ninguno de esos momentos se refiere a un hecho que le esté ocurriendo físicamente:
 

  • En Getsemaní su sudor se hace de sangre, precisamente cuando los discípulos, que podían ayudarlo con la fuerza de su oración, lo abandonan

  • En la Cruz percibe la ruptura entre Dios y la carne, vive el abandono de Dios, y da un fuerte grito

Eso es filmable, y los Evangelios lo retrataron, aunque es un sufrimiento profundo y que puede ser compartido, por eso es menos morboso que destruirle la espalda a latigazos, que sólo es un hecho histórico de hace dos mil años. Es casi una ley: lo que nos puede pasar a todos es menos morboso que lo extraño e individual.
 
Ninguno de nosotros ha vivido del todo el abandono total de los suyos y la lejanía absoluta de Dios. Uno ha vivido una cosa, otro otra, un poco de esto, más de aquello, una de cal, tres de arena. Pero aunque no hayamos vivido el “mucho” de los sufrimientos del Mesías, podemos entender de qué se trata: son los sufrimientos de un ser humano, los sufrimientos de la carne, que no es lo mismo que los sufrimientos en la carne.
 
Cualquier torturado político ha sufrido probablemente mucho más que Jesús, desde un punto de vista de la fuente del sufrimiento físico; pero no se puede saber de antemano quién y en qué momento de su vida está sufriendo los dolores de la Cruz de Jesús: el dolor de la soledad, el abandono y el silencio de Dios. Él sufrió mucho para llegar a la gloria, lo que sigue siendo cierto aunque no le hubieran dado ni un latigazo. Y encima se los dieron.
 
-El tercer aspecto -todavía más relevante, si cabe- es algo que atraviesa el quantum y la fuente del sufrimiento, y se refiere al sufrimiento en sí mismo: ¿qué significa ese sufrimiento? ¿Por qué debía sufrir mucho? ¿Qué significa Getsemaní? ¿qué significa el Gólgota?
 
Los que pasaban por allí se golpeaban el pecho: no es lo único que puede hacerse, pero es una manera de mostrar que se ha comprendido el significado de ese sufrimiento, lo que en el anuncio de la fe se dice:
 

«…que por nosotros y por nuestra salvación…»

Que ese sufrimiento sea por nosotros no surge de nada que pueda verse exteriormente. No se trata sólo -como si fuera poco- de sufrir a causa nuestra, a que lo hacemos sufrir (con nuestro pecado, por ejemplo). El “por nosotros” es sobre todo: en lugar nuestro: es vicariedad. Sufrió, así que ya mi sufrimiento es innecesario, así que cuando sufro, puesto que ya no es compensación de nada que deba, porque toda deuda está pagada de antemano, entonces mi sufrimiento se vuelve también vicario: el que haya sufrido por mí, en lugar mío, posibilita que mi sufrimiento sea en lugar de otro.
 
El sufrimiento de Jesús es la alegre noticia de que se inauguró en el mundo una nueva cadena de sentido: la cadena de la vicariedad, del “en lugar de”. La opacidad de la muerte y del dolor, el inexorable tironeo hacia el abismo, “el terco tenso entrenamiento al engusanamiento y al silencio” que tiene el dolor, el sinsentido y sinpalabra del dolor humano no son lo último.
 
En cada dolor, sin que podamos manejarlo nosotros, por la fuerza misma del dolor de Jesús, no por la debilidad del nuestro, y por voluntad de Dios, no por veleidad nuestra, hay una cadena de sustituciones que se pone en marcha: y del no ser resulta ser. Verdaderamente un procedimiento divino: esto de crear desde la nada.
 

Abel Della Costa

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La Pasión de Frost

Bueno, vamos con una historia muy triste. Así dice uno de los personajes, el que cuenta la historia: «¿Sabes qué les pasó a Frost y Alma? es una historia muy triste…» Bueno, sí, claro que es triste, yo la llamé “una historia muy muy triste”, pero también se podría llamar “La pasión de Frost”, o “la vía dolorosa de Frost”, según a qué aspecto de la historia atendemos más.

Son 10 minutos casi al comienzo de “Noche de circo”, película de 1953, y cuenta esta historia uno de los miembros del circo a otro (al dueño), mientras viajan hasta la ciudad donde van a representar, es decir, que la cuenta en plan puramente anecdótico, sin darle mayor importancia.

Frost y Alma son uno de los payasos del circo y su esposa, buena mujer pero bastante tonta, por cierto. La historia triste no la cuento porque la van a ver, y en otro mensaje, si quieren, la comentamos.

Estoy tratando de extraer de otros dos cineastas dos escenas de “via dolorosa”, como para ver cómo cada uno se apropió del relato del Evangelio a su manera, interiorizándolo, y en el caso de Bergman haciéndolo algo verdaderamente íntimo y del corazón de un pobre hombre y una pobre mujer, que es lo que en definitiva somos todos.

 

 

Bergman es muy enorme, pero no vale mucho querer “disfrutarlo” entero, a manotazos, mejor quizás aproximarse un poco por aquí, otro poco por allí, 10 minutos, 5 minutos… es que en el conjunto, salvo que uno vea diez mil veces las mismas pelis, se pueden perder estas miradas fragmentarias pero muy completas en sí mismas.

Yendo ya en concreto a esta “via dolorosa”: cuando la Biblia quiere presentar el drama humano, no pinta al “hombre en general” (al inexistente “hombre en general”), sino a hombres muy concretos: mujeres, varones, chicos, primogénitos que se vuelven segundones, segundones que quedan primeros sin saber bien cómo. etc… y todo eso particularizado en un pueblo en concreto, el judío.

Precisamente por eso la Biblia se resiste a la generalización, a tal punto que cuando San Pablo quiera mostrar el alcance universal de la salvación de Jesús, no va a decir que él sufrió todo el dolor de la humanidad porque estaba salvando a la humanidad, sino por el contrario, va a decir “nacido de una mujer, nacido bajo la ley”.

No se podía decir nada más particular de aquel que estaba puesto para rescate de todos, o de “los muchos”, como -nuevamente particularizando- habla la Biblia.

Por eso es tan difícil “representar” la Pasión, porque si la contamos en particular, resulta que podemos perder de vista ese drama que es de todos, ese instante en que por segunda vez en la historia estuvimos en juego todos y todo; y si la contamos “en general”, “en esencia”, podemos perder eso tan particular y finito que tiene el lenguaje de la Biblia.

Este relato, esta “historia muy triste” creo que logra contar algo muy particular: un payaso y su señora, nada más alejado de la experiencia de todo el resto; pero a la vez dejar al descubierto algo que todos por igual hemos experimentado, y que es lo que en el fondo nos hace respirar, nos da respiro de cuando en cuando frente a la opresión general de esta vida: ocurre, en la experiencia particular de cada uno, que alguien llega a experimentar un amor sin motivo ni fundamento, amor por nada; y en esa gratuidad a la vez sentir que se da y se recibe, como en una posibilidad de intercambio que sin embargo no se fundamenta en nada previo: como Alma sale en defensa de su esposo, que sin embargo su dolor no es otro sino defenderla a ella, defenderla de sí misma, defenderla de la suciedad de las miradas que no aman sino que se limitan a ver el espectáculo.

Por supuesto, hay algunos pocos elementos que hacen pensar de manera muy inmediata en la Pasión, pero sin embargo, son muy pocos: la procesión, las caídas de Frost… no mucho más. Sólo con esos pocos elementos se nos cuenta una historia que es a la vez la de la Pasión, y la de una pasión en particular, irrepetible e igual a la de todos.

Abel

http://eltestigofiel.org/dialogo/foros.php?idm=41918

Sobre el Templo de Jerusalén

108.jpgEn la segunda tentación de Jesús, según Mateo, Cristo se niega a dar un salto temerario, esperando la salvación o el rescate por parte de Dios, por medio de sus Ángeles. Lo que Satanás quiere hacer ver como confianza en el Padre, es por el contrario una puesta a prueba de Dios, un “tentarle”.

Lo que hace Jesús es dar otro salto, el salto al abismo de la cruz, de la muerte, este es el verdadero acto de confianza en el Padre, no aquel salto que lo glorificara ante el mundo, si no aquel que demostrara su amor y confianza en la voluntad de su Padre.

Carlos Jose

Jesús en el desierto

Jesús en el desierto
Domingo I de Cuaresma Ciclo A: Mateo 4,1-11

por Abel Della Costa

Una mirada tipológica en torno a los cuarenta días del desierto

Los cuarenta días de la Cuaresma evocan, simbólicamentemente, los cuarenta días en los que Jesús permanece ayunando en el desierto, tentado por Satanás. Nosotros permanecemos cuarenta días, no repitiendo el ayuno de Jesús, sino rememorándolo, y realizando gestos penitenciales que nos permitan penetrar mejor en la gran preparación de Jesús a su Paso.

 

Pero a su vez Jesús, como bien sabemos, permanece en ayuno cuarenta días y cuarenta noches no porque sí, sino porque esa cantidad se inscribe en una figura muy repetida en la tradición del Antiguo Testamento. De todo lo que es posible señalar en este evangelio de San Mateo, me gustaría centrarme en esta figura de los 40 días y en la serie veterotestamentaria a la que alude.

 

Hagamos un rápido catálogo:

Por días:
-40 días y noches duran las lluvias del Diluvio (Gn 7)
-40 días y noches permanece Moisés, ayunando, para recibir la Ley, las dos veces (Ex 24 y Ex 34, y mencionados también en Deuteronomio)
-40 días exploran los 12 israelitas, uno por cada tribu, el país de Canaán (Nm 13)
-40 días hostiga Goliat a Samuel y su tropa, antes del célebre combate con David (1Sam 17)
-40 días dura la acción simbólica de Ezequiel acerca de la culpa de Jerusalén (Ez 4)
-40 días se le da de plazo a Nínive para convertirse

Por años:
-40 años comen los israelitas el maná (Ex 16)
-40 años dura en conjunto el éxodo, como castigo por las rebeldías de Israel (Nm 14 y 32). En Deuteronomio (2, 8, etc.) se hace alusión a lo mismo, pero poniendo más el acento en la prueba que en el castigo)
-40 años duran los reinados de David y luego de Salomón (1Re 2 y 11).
-40 años reinó Joás de Judá, que “hizo lo recto a los ojos de Yahveh todos los días” (2Re 12)
-40 años es el castigo predicho para Faraón (Ez 29)

 

Hay, por supuesto, muchos más ejemplos, no sólo en días y años, sino también en la utilización simbólica del número 40 y sus números relacionados. Sin embargo, podríamos ya señalar los conjuntos de direcciones en las que podemos ver estos 40 días y noches de Jesús. Antes de eso, me gustaría insistir en que no se trata del “significado de los 40 días”, ni muchísimo menos de algo tan amplio como sería el “significado bíblico del número 40”; se trata de un símbolo, y como tal carece de un significado preciso y único; más bien la mención de los 40 días y noches nos pone en dirección a una mirada panorámica, capaz de reunir en un solo lugar acontecimientos tan diversos como un diluvio, un castigo, un premio, etc.

 

Ahora sí, de estos pocos acontecimientos reseñados podríamos separar algunos haces:

 

-El 40 evoca un tiempo perfecto del reinado de Dios en el mundo: David, Salomón, Joás.

 

Desde esta dirección de la mirada podríamos pensar la estancia de Jesús en el desierto no como un extrañamiento o un acontecimiento peligroso, sino como una peculiar manera de realizarse el reinado de Dios, con un Jesús cuya soberanía, aunque escondida, es ya total, porque tiene a Dios como garante.

 

La misión de Jesús se nos presenta en las tentaciones como la realización de un reinado de Dios que está ya contenido en la creación, y que se cumple incluso en medio del influjo del Tentador, de la caída, de la lejanía aparente de Dios: “Dios reina, vestido y ceñido de poder…”, como dice el salmo, ayundándonos a que seamos capaces de afirmar lo que de ninguna manera vemos.

 

-el 40 evoca también un tiempo perfecto de preparación para una misión sagrada: los 40 días de Moisés antes de recibir la Ley, los 40 años del pueblo antes de recibir la tierra (en la interpretación del Deuteronomio ya mencionada). Desde esta dirección de la mirada, Jesús no se muestra como soberano sino como discípulo perfecto de Dios, al modo como se interpreta en Carta a los Hebreos: aprendió en el sufrimiento lo que implica el permanecer a la escucha (Heb 5,8)

 

La misión de Jesús se nos presenta así, no como la realización de un plan prefijado e inamovible, sino como un aprendizaje, como el ensayo de una escucha perfecta de Dios, que se llevará a cabo finalmente en el silencio de la cruz.

 

-el 40 evoca también el tiempo humanamente largo pero limitado, de la tentación, la prueba, no en el sentido anterior de la preparación sino del hostigamiento: Goliat, la duración del Éxodo en la interpretación de Números, etc… si en los dos anteriores el acento está puesto en Dios, en éste lo visible es el tentador, la figura casi naturalista del demonio en los relatos evangélicos. Es verdad que es Jesús quien se somete voluntariamente a la tentación, y es Dios quien en definitiva comanda la situación en favor de los hombres; pero en esta mirada el primer plano lo ocupa la figura de doble cara, aterradora y grotesca, del tentador. No deberíamos minimizar este aspecto de las tentaciones de Jesús, como si se trataran de un mero simulacro de tentación: que Jesús finalmente triunfe no es un resultado meramente automático; Jesús debe ingeniárselas para triunfar, debe encontrar la palabra justa con la que vencer al demonio; como en la escena de Goliat, el hecho de que sepamos de antemano que el pequeño David será el vencedor no quita a la pelea nada de su equilibrio provisorio: David podría haber sido vencido; que no lo fuera no es un automatismo del destino sino una disposición de toda el alma y de todas las fuerzas a luchar en favor y del lado de Dios.

 

Las batallas de Dios se vencen, no por magia, no por automatismo, no por destino, sino por una libre entrega de la totalidad de nuestra fuerza -poca o mucha- a los procedimientos, a menudo incomprensibles, de Dios. No vence Jesús por tratarse del todopoderoso Dios: eso haría del relato de las tentaciones una fantochada, sino porque en la debilidad de su estancia de ayuno y oración en el desierto, no guarda nada para sí mismo, deja que sea Dios quien “ponga las palabras en su boca”. Por eso más adelante, ya en plena misión, Jesús nos podrá enseñar con mucha convicción que no debemos preocuparnos en lo que habremos de decir en los tribunales, porque será el Espíritu quien hable por nosotros: él ha experimentado eso; no lo sabe ni por el catecismo ni por la ciencia divina, sino porque en esa completa disposición ha consistido su vida de Hijo eterno de cara a su Padre celestial.

 

-Y finalmente el 40 abre también la evocación de un tiempo silencioso de espera, de espera que no sabe exactamente que vendrá atrás, a semejanza de los 40 días de la paciencia a Nínive o los 40 días de exploración de la tierra prometida.

 

Imagino que el Demonio creería ser muy ingenioso diciéndole a Jesús: tírate a la piscina sin agua y que los ángeles te salgan al cruce… Jesús probablemente haya sonreído para sus adentros: para qué tentar a Dios, si ya se había tirado a la piscina sin agua, ya lo estaban sosteniendo los ángeles… la misión de Jesús es toda ella, desde cierta perspectiva, una “caída libre en el vacío”, en espera de una mano de Dios que lo sostenga, y que no se muestra ni siquiera en el instante final: “Dios mío, por qué me has abandonado”, dirá en la cruz. Pero a la vez, sigue hacia adelante el camino de esa silenciosa y paciente espera de la revelación del autentico desgnio de Dios, del inusitado y creador designio que nadie puede prever, aunque podemos con entera confinza esperar y celebrar , sin que sepamos exactamente en qué consiste.

 

Carta a los Hebreos interpretara muy acertadamente: “después de haberse dirigido en los días de la carne, con llantos y súplicas a aquel que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su humilde reverencia”… ¿fue escuchado? -pensamos con sorpresa- ¡pero si murió, no fue librado de la muerte!

 

Eso dicen nuestros ojos, que aún están “en los días de la carne”. Visiblemente no fue escuchado, sino que, por el contrario, fue abandonado por Dios, herido y humillado, el castigo de los que merecían en realidad el castigo, cayó sobre él…. por eso las tentaciones de este demonio son risueñas al lado de lo que será la gran tentación de la misión entera de Jesús, de largarlo todo, patear el tablero y dejar a Dios solo, que se arregle con este mundo loco y enceguecido.

 

Y sin embargo Jesús sí que fue escuchado, fue escuchado y librado de la muerte; no de la muerte en la carne, sino de la Muerte, de su poder, de su aniquilación; fue escuchado y convertido no sólo en salvado sino en causa de salvación. ¿Y todo eso por algo en especial? No: todo eso por una mirada, por una disposición a escuchar, por un gesto de humilde reverencia: por haber respetado y no violado el silencio necesario para una espera de Dios. Ese silencio que ensaya y con el que templa su espíritu en estos cuarenta días del desierto.

 

De todas estas direcciones yo creo que esta cuarta es la que reúne y da sentido a las demás, la que muestra que la soberanía de Dios no es prepotencia, la preparación no es titubeo, la tentación no es sobremedida, sino todo ello sagrado porque en el tiempo de la espera está también el tomar contacto con lo más íntimo del silencio divino, esa intimidad de donde el propio Dios saca su Palabra, esa que no puede dejar de pronunciar.

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Por que el amor es un mandamiento


El mandamiento del amor es como una especie de “recordatorio” de lo que conviene a nuestro ser para realizarse en plenitud.

Egoísta sería si ese recordatorio nos dijera lo que conviene al ser de Dios, pero él, no necesita de nuestro amor, con necesidad metafísica, con necesidad que define lo que él es; nosotros necesitamos nuestro ser, obtenido en el amor; Dios en cambio en el amor ofrece su ser, y más bien lo pierde (¡lo matan, lo matamos!) que lo gana.

Por otra parte de alguna manera lo necesita, necesita nuestro amor, y nosotros el de él. “De alguna manera”, es decir, de la manera en que vino a revelarnos Jesús que es la intimidad íntima de Dios. En esa intimidad desaparecen las necesidad metafísicas y aparecen las necesidades del… amor, precisamente, necesidades que son siempre recíprocas. Dios nos seduce para que lo amemos, y, sí, qué se han creído?, también queda seducido por nosotros, no por una masa de misantes sino por cada uno que le habla y le dice y le pide y lo llama y lo ama.

Y que entre todos en conjunto venimos a ser una especie de comunidad de amor, pero no de amor como si fuera algo estático, algo que está allí y vengo y saco un puñado, sino de amor que se da y se pide, se ofrece y se rechaza, se desdeña y mañana se vuelve a anhelar, porque por un rato ya no está.

Y en el medio el par de mandamientos que a veces suenan a recordatorio y a veces a cierta humorada de Jesús de poner en el corazón mismo de la Ley algo que haga explotar y desaparecer a la Ley como medida: «¿quieres Ley? ¿sólo harás caso a una Ley? ¿sólo te obliga la Ley? ¿me apuras con la Ley? ¡toma Ley! ésta es toda la Ley, y también los profetas (para cuando me pidas profetas…)»

El amor es el contenido de un mandamiento, o mejor, de dos mandamientos, que son un solo mandamiento, y que no son ningún mandamiento: mandan que de allí en más no sea posible mandar con carácter último y definitivo; mandan no mandar, e instauran con el poder y el cetro de la potencia divina, la debilidad más grande que sea posible en este mundo y en el otro: alguien que deja rendido su ser, y pendiente, en otro.

-¿Qué has hecho, Abel, de esto que te di, qué has hecho?

-Esto, y aquello, sé que es poco, pero por lo demás no supe, o no pude, o no quise, no lo sé…

-Pero, ¿me amas? que no quiere decir algo que tienes ni que eres sino algo que deseas? ¿me amas? que es algo que tiene que ver con la expectativa tuya, y con mi cumplimiento? ¿me amas? que es que estamos frente a frente preguntándote yo y tú hurgándote en los bolsillos por ver si tienes algo para darme y yo no necesito nada? ¿me amas? Era eso, tan simple: estás allí y se te disuelve todo de sólo pesarte sin mí, y se me disuelve todo si no estuvieras allí… ¿me amas? ¿te ocurre eso? ¿te disuelves? ¿me amas?

(……)

Si bien es cierto que en el estado de alienación actual, post-caída, todo lo que es proporcionado a nuestro auténtico ser nos ha quedado lejos, separado, no lo vemos como algo que nos corresponde; y por lo tanto el amor, y especialmente el amor a Dios, es normal que se convierta en un mandamiento.

Sin embargo…. ¿qué feo no?

Las leyes civiles, por ejemplo, mandan y custodian que los padres hagan efectivo el cuidado de la prole, con severos castigos si no cumplen, pero sería chocante que mandaran amarlos.

La ley de Dios no manda amar a los padres, sino a honrarlos, es decir, a hacer efectivos los gestos del amor filial, se supone que se los ama, pero si no (cosa que puede ocurrir), no deben faltar los gestos del amor, que son los que hacen bien inmediato al otro.

De hecho, creo que tampoco el primer mandamiento, en la redacción del Deuteronomio (que es la que citaban los rabinos [y Jesús], manda amar a Dios, más bien dice:

“Escucha, Israel, nuestro Yahveh es el único Yahve”… y “[entonces] amarás a Yahveh con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza. Las palabras que hoy te digo se grabarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en casa y de viaje, acostado y levantado…”

La redacción da a entender que el amor es el resultado de la escucha: es un resultado, no una acción, no es un esfuerzo mío, el esfuerzo es escuchar y del escuchar, de la “obediencia de la fe” como la llama San Pablo, surge el doble movimiento del amor en el corazón, y la confesión en a boca: si confiesas con tu boca que Jesús es Señor (¡que Jesús es Yahveh! eso entendía un judío, Madonna santa!), y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo.

Escucho la verdad acerca de Dios: nuestro Yahveh es el único Yahveh (quizas haya otros dioses en un olimpo tan enorme, pero sólo uno es Yahveh).

Si permanecí verdaderamente atento, ya no querré hablar de otra cosa, estando en casa y de camino, acostado y levantado, como dice el pastorcico de San Juan de la Cruz:

Ya no guardo ganado
ni ya tengo otro oficio
que tan sólo en amar es mi ejercicio.

Abel

Summa Teologica

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Sentimientos de Jesús

etf.jpgEn Filipenses 2,5 se nos pide que tengamos los mismos sentimientos que Jesús. En realidad ese texto se refiere específicamente a tener una actitud de servicio con los demás, como Jesús se abajó a sí mismo y sirvió a todos los hombres, a pesar de su condición divina.

Pero de todos modos me gustaría apropiarme de esa idea de Filipenses: mirar los sentimientos de Jesús, que son a la vez nuestro modelo y nuestro límite.

Nuestro modelo porque en su espejo deberíamos mirarnos continuamente, y nuestro límite porque, como discípulos que somos, no podremos nunca ser más que el maestro, aunque algunas veces intentemos sobrepujarlo y convertirnos en especies de dueños de la fe, del compromiso, dueños de todo, como pequeños dioses más que como la grandeza que nos da ser hijos de Dios.

Pero todo esto viene a cuento de una pregunta que alguien me hizo, y que me parece interesantísima para leer los Evangelios y repensar: ¿sintió Jesús miedo en Getsemaní? y entonces, si sintió miedo, ¿qué validez absoluta puede tener su mandato “no tengáis miedo”?

Se habla tan pocas veces en los evangelios de los sentimientos de Jesús, que cada hallazgo en ellos es una perla, y más cuando ese texto es el de Getsemaní, uno de los que considero textos-nudo, donde se dan cita multitud de referencias, tanto desde el Antiguo como hacia el resto del Nuevo Testamento.

Quienes propiamente se refieren a los sentimientos de Jesús son Mateo y Marcos, Lucas los reemplaza por la expresión “entró en agonía” (que es un estado, no un sentimiento) y Juan menciona el hecho de ir al huerto con sus discípulos, pero no cuenta la escena. Así que me detendré en los sentimientos explicitados por Mateo y Marcos, ¡y por el propio Jesús! que tan escasamente habla de lo que le pasa.

Es muy difícil sacar un ladrillito de Getsemaní y ponerse a hablar de él, siendo relatos tan complejos, tan bien trabados internamente, donde cada cosa que se dice obedece a una “necesidad”.

Lo más curioso de estos dos relatos, Mateo y Marcos, es que siendo evidentísimo que escriben sobra la base de un relato común (no importa ahora si A leyó a B, B a A, o los dos a C), en este aspecto preciso de los sentimientos de Jesús, difieren.

Mateo dice que Jesús “comenzó a lypeisthai y ademonein” (no es chiste, simplemente no traduzcamos aún).

Marcos dice que Jesús “comenzó a exthambeisthai y ademonein”.

A su vez, los dos dicen, repitiendo la misma frase, que Jesús les dijo a los tres testigos:

“Mi alma está perilyptós”

Perilyptós, lypeisthai, exthambeisthai, ademonéin, son los cuatro nombres involucrados para mencionar estos sentimientos de Jesús.

Antes de adentrarnos en el asunto, y de traducir estas palabras (muy complejas, por cierto), hay que recalcar muy vehementemente que Jesús de ninguna manera, ni dicho por sus testigos ni por sí mismo, fobesthai, es decir, tuvo miedo.

El verbo fobeo se utiliza mucho en los evangelios, sin embargo nunca se utiliza para referirse a un sentimiento de Jesús, y siempre que se refiere a los discípulos o a la Virgen o a José es para negarlo: no tengáis miedo. Mientras que las menciones positivas son para los que no creen en Jesús (tenían miedo de la multitud, temía a Juan, temía a Jesús, etc)

Ya exploraremos un poco más este verbo, pero de momento quede la aclaración antes de adentrarnos en ese pedacito de alma de Jesús que, para gracia nuestra y con toda la delicadeza que esto requiera, nos dejó ver.

“Mi alma está perilyptós” (Mat 26,38 || Mc 14,34): en ese instante único en el que Jesús nos deja ver su alma, no lo dice con palabras azarosas sino ¡citando un salmo!, exactamente igual que cuando entrega al Padre su Espíritu. Es que los salmos…. ¡ay, los salmos! son la forma misma del habla de Jesús.

Incluso aunque no fuera Dios sino sólo un gran maestro, tiene -como todos los grandes maestros- a la poesía como forma de su hablar, hasta el punto de que es muy difícil discernir cuáles son palabras compuestas por él, y cuáles son citas implícitas de sus poemas predilectos. ¿Saben que ocurre algo parecido con Platón? uno lo va leyendo y va sintiendo cierto “sabor antiguo” en sus palabras, y ese sabor (Isidoro de Sevilla dice que sabor y saber son parientes cercanos) no proviene sino de las citas implícitas de su poeta predilecto, Homero, que se van enhebrando en el discurso.

Y eso en Platón, que aún muy grande, es un pagano, ¡cuánto más Jesús, el gran Maestro! ¡cuánto más Jesús, nuestro Señor!

¿Qué salmo cita Jesús? el 42/43, “como busca la cierva corrientes de agua”. Los versículos 6 y 12 del 42 y 5 del 43 repiten insistentemente:

 

«¿Por qué te me derrumbas, alma mía,

por qué te agitas dentro mío…?,

¡espera en Dios! porque de nuevo lo proclamaremos:

Dicha de mi rostro, Dios mío…»

 

La versión que cita Jesús es la de los LXX, es decir, como en todo el NT, la versión griega del AT, por eso nos encontraremos diferencias con la traducción directa del hebreo; “mi alma está ‘perilyptós'” es este movimiento de derrumbamiento del que habla el salmo, abatida, “mortalmente triste”, como traducen muy acertadamente algunos. Prefiero, de todos modos, la expresión “mi alma está derrumbada”, porque señala muy bien ese movimiento “hacia abajo” que es el preludio al descenso que Jesús realizará con su ascenso a la Cruz.

Ahora bien, lo más remarcable en todo esto es que debemos tener presente cómo se realizan las citas en el NT, en la Biblia en general: no se cita por erudición, no hay una sola cita de erudición allí. No se cita un salmo por su expresión bonita, sino por una razón mucho más importante: para hacer ingresar el mundo de ese salmo en el mundo de la escena que está ocurriendo, así que un verso citado no es solamente ese verso, sino aquello a lo que el verso apunta.

Jesús no necesita poner toda la estrofa para que le entiendan, basta con que diga esa primera parte, y enseguida, quien comparte el mundo de las Escrituras en el que respira Jesús, puede completar la estrofa: se trata de una cita de esperanza; aunque no de una esperanza voluntarista, al estilo de “espero porque, como en las pelis, todo terminará bien”, sino más bien, “espero porque es Dios quien, aunque no se muestre, está detrás de esto”.

En Getsemaní comienza el gran eclipsamiento de Dios en el mundo, es, precisamente, “la hora del poder de las tinieblas”. Ese eclipsamiento llega a su punto cúlmine con otro salmo: “Elí, Elí, lemá sabactani”.

La esperanza signada en el salmo es una esperanza contra toda esperanza humanamente posible, y sin embargo…. sin embargo es el sentimiento que Jesús comparte con nosotros; en la hora cumbre de su hora, nos conduce al sentimiento que espera de nosotros.

Por eso es notable que los dos evangelistas no se ponen de acuerdo en cómo nombrar ese sentimiento de Jesús para no quedarse en la descripción puramente externa sino penetrar en lo que Jesús mismo declara a través de la cita sálmica.

Tanto Mateo como Marcos están de acuerdo en que comenzó a “ademonéin”, a angustiarse.

Von Balthasar, al que admiro, como ya saben, mucho, escribió un librito llamado “El cristiano y la angustia” donde, según comprendí, trata de mostrar que la angustia es un estado del alma ajeno al cristiano, pero, ¿lo es? Admiro a von Balthasar pero, ¿podemos ir más allá de los sentimientos de Jesús?

Jesús comenzó a angustiarse. Lo dicen literalmente así: “comenzó a…”; creo que hay muchísima fuerza en esa expresión; hay varios recursos en griego para expresar esta idea de una acción incoativa, en inicio, sin embargo, eligen la más explícita, la que no deja dudas de que lo que quieren marcar no es tanto lo que ocurre, sino el hecho de que eso comienza; “comenzó a angustiarse” es el momento en que Jesús abre su alma y se queda inerme, pero también transparente, no esconde, no nos esconde de su alma absolutamente nada, y en tanto inerme y transparente, las tinieblas, que llenan la escena del mundo por tres días, no pueden contra él. Porque nada puede la fuerza contra aquel que no le ofrece fuerza sino su débil debilidad; nada puede la tiniebla contra la transparecia.

La angustia, y quien la haya experimentado la conoce bien, y aunque la haya sentido una única vez ya no la podrá olvidar, no es un temor, un miedo, un pánico, no, nada de eso, es un sentimiento completamente físico, es un dar vuelta el alma en el pecho y sentir cómo se angosta y aprieta, la angustia es una apretura, que amenza aniquilarnos de tanto apretar… pero no puede hacer desaparecer precisamente a aquel que la reconoce, la nombra, la deja a la vista… y eso hace Jesús: mi alma ha comenzado a derrumbarse. Dicho esto, paradójicamente, no con temblor en las palabras, sino con una serena y esperanzada cita sálmica.

Pero una sola palabra no basta llegar a dejar expreso, testimoniado, el abismo de este derrumbamiento, así que Mateo dirá: “comenzó a lypeisthai y angustiarse“; Marcos, por su parte, testimonia: “comenzó a exthambeisthai y angustiarse“.

Mateo utiliza un verbo que es el raíz del que Jesús cita con el salmo: si peri-lypeo es derrumbarse, lypeo es simplemente un poco más débil, ya que será reforzado con “angustiarse”: “comenzó a decaer y angustiarse”, como cuando decimos de alguien que lo vimos “decaído, triste”. Quiero retener que a lo que se apunta con estos sentimientos es a mostrar el movimiento que recorre el alma de Jesús: apretarse, abajarse.

Pero el más sorprendente es el verbo que usa Marcos, exthambúmai”, que es “quedar estupefacto, anonadado”; ¿por qué digo que es sorprendente? porque Marcos hace una apuesta muy fuerte a la comprensión del lector, a que el lector perciba que no se le habla de los sentimientos de Jesús porque sí, sino para dejar testimonio de la apertura de alma con la que Jesús se mueve hacia su pasión. Lo último que diríamos de alguien del que queremos marcar que “pobrecito, le duele mucho lo que pasa y está muy triste” es que “está estupefacto”, que más bien es un verbo estático, contemplativo; sin embargo lo que se quiere decir aquí no es “pobrecito Jesús, cómo le va a doler. cuánto le van a pegar…”, sino mostrarnos el lugar adonde nuestra propia angustia, nuestra propia perplejidad, nuestro propio abatimiento ante una verdad que tenemos entre manos y ofrecemos a un un mundo que sin embargo no la quiere, tiene su cabida.

Los sentimientos de Jesús no son, si se me permite la expresión, sentimientos “sentimentaloides”, de culebrón de las 5, son sentimientos de un alma que se abre y se queda abierta, quieta y callada, para que la hora de las tinieblas pase a través de ella, y las tinieblas mueran en ella, como se nos propone que sintamos nosotros.

“Mi alma está derrumbada”, quiere decir también: “ha tocado fondo y desde aquí comenzará a elevarse: espera en Dios”.

En Carta a los Hebreos hay un fragmento alusivo a Getsemaní que a mí me resultó siempre de lo más enigmático; cito BJ:

El cual [Jesús], habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó [aprendió] la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen… (5,7-9)

Hay varios elementos aquí: Getsemaní es el lugar, dentro del despliegue y realización del plan de Dios, en el que Jesús se convierte en causa de salvación. Es importante distinguir entre que él obedezca al Padre, y por tanto “se” salve, y que se convierta en causa de salvación para los que le obedecen a él.

Ser causa de salvación para los que le obedecen es que el lugar donde deberá ocurrir la obediencia ha quedado desplazado. En el Antiguo Testamento Dios nos ofrecía ser el lugar al que debíamos obedecer (leyes, trascendencia de Dios, inaccesibilidad); en Getsemaní hay un giro, un “cambio de rumbo” en el plan de Dios (hablando humanamente, aunque ese cambio estuviera eternamente previsto): la causa de salvación no es la obediencia al Padre sino la obediencia al Obediente.

“Ahora ya pueden dormir y descansar, ¡vamos, ya se acerca el que me entrega!”…. ¿Qué quiso decir Jesús?

Entiendo que ya podemos descansar de toda la economía antigua de la salvación, entiendo que abolió la ley con sus mandamientos y preceptos incumplibles, entiendo que abolió la trascendencia inaccesible de Dios, abolió la barrera absoluta entre Dios y el hombre; no porque Dios se haya ido de su trono, cosa imposible, sino porque la adoración en espíritu y verdad es mirar al Hijo, al obediente.

Y todo eso, nos dice Hebreos, por la obediencia de Jesús en el momento de ofrecer súplicas y lágrimas. Lo dice de manera un tanto extraña: “fue escuchado por su actitud reverente”, ¿fue escuchado? ¿pero no es que lo mataron? ¿en que sentido Jesús, que suplicó ser librado de la muerte, fue escuchado a pesar -o a lo mejor precisamente porque- fue muerto en la cruz?

¡Humanamente no parece haber sido escuchado!

Quizás ahora nos damos cuenta que Jesús no pide ser librado de la muerte, sino de algo que contenía la muerte que la hacía “a-tea”, de algo que la hacía vacía, hueca, sin sentido; pide ser librado de este cáliz en la que los muertes se ofrecen vanamente, no a Dios sino a la muerte misma; en resumen, pide ser librado de la maldición de Adán: “quedarás sujeto a la muerte”.

¡Y fue escuchado! nos dice Hebreos, fue escuchado por su “eulabein”, expresión intraducible: por su “actitud reverente”, pone BJ, y es correcto, la eu-labein es una actitud reverente, en el sentido de una “actitud de abajada humildad”; la “eu-labein” es la humildad de aquel que se agacha hasta el suelo en homenaje a Dios, no en miedo sino en reconocimiento, en homenaje.

Y en respuesta a la eulabein de Jesús, Dios, que levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre para hacerlos sentar entre príncipes, lo levanta, lo exalta.

Puesto en tierra oraba, y fue escuchado porque su ponerse en tierra era un abajarse humildemente ante Dios.

Fue escuchado-obedeció-causa de salvación para los que le obedecen: no nos suena el ronroneo hermoso que hay aquí:

ser escuchado: eis-akúo

obedecer: hyp-akúo

Fue escuchado… porque el mismo permaneció a la escucha. La gran paradoja de ser escuchados por Dios es que no nos escucha cuando hablamos como paganos, sino cuando permanecemos a su escucha.

Tal vez se nos mezcla aquí algo que no tiene relación con la Pasión de Jesús y mejor lo despejamos primero. Venimos de algunos siglos de repetir sin ton ni son que “la letra con sangre entra”, así que podemos creer que el texto de Hebreos hace alusión a que Jesús aprendió a obedecer a los golpes. Incluso una traducción tal sutil y bella como la traducción litúrgica española pone:

“a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer”, que es bastante distinto a “con lo que padeció experimentó (o aprendió ) la obediencia”.

En un caso se le están dando palos, como a los chicos, para que aprenda a obedecer. Dios, con los colmillos llenos de sangre, y las manos callosas de sostener el látigo, le da en la espalda a su Hijo, una y otra vez, hasta que aprende a obedecer: “si no me obedeces te voy a descargar encima todo mi poder, todo mi Todopoder”

¡Cuántas veces enseñamos esa imagen, atea, absurda, estúpida, ridícula, de un Dios ensañado con enseñar a obedecer al hombre, dando palo y palo hasta que el hombre, infinitamente más débil que Él, reconoce su superioridad!

¡Qué triste y lamentable una religión construida sobre esa lectura de Hebreos 5,8!

Sin embargo, nos dice que “con lo que padeció”, es decir, los padecimientos que comenzaron en Getsemaní y culminaron en la cruz, que fueron todos padecimientos “intramundanos”, no son padecimientos donde baje Dios a pegarle, no baja Dios a pegarle a nadie, no baja Dios a pegarnos.

¡Dios no puede entrar en nuestro mundo! el pecado le tiene cerrada la puerta, el mal, el dolor, el padecimiento, son hechos intramundanos. No hace falta Dios para explicar el mal, ni es Dios quien explica el mal.

El mal es precisamente esa ausencia de Dios, y la Cruz, la ausencia extrema (“Dios mío, por que me has abandonado”). Dios no está en el mundo, no está ni puede estar; y ése es el mayor dolor y el mayor sufrimiento, y la mayor angustia y apretura. Dios no está ni puede estar; no se aleja del mundo por venganza, ni impiedad. Está del otro lado de la puerta, llorando, o quizás llamando, o las dos cosas (“estoy a la puerta y llamo”), pero no puede entrar si no le abren, así que no está, porque no podemos abrirle:

“La puerta de la dicha no se abre hacia adentro, la puerta de la dicha se abre hacia afuera, y en ese sentido no hay nada que hacer”, señala Kierkegaard

La puerta del mundo se abre hacia el lado de Dios, pero Dios no puede abrirla, tenemos que ser nosotros, que no podemos hacerlo, que somos impotentes.

Jesús descubrió el método: aprendió con sus sufrimientos, a permanecer a la escucha, y por esa escucha, fue constituido causa de salvación para quienes lo escuchan…. ¡Aleluya!

Hay una íntima vinculación entre los gritos del dolor y la escucha, entre el clamor de las víctimas y la “ob-audiencia”, hypacoé, permanecer a la escucha.

Jesús no aprendió quién manda aquí por el hecho de que Dios le haya reventado la espalda: ni Dios le reventó la espalda, ni aquí manda nadie; Jesús aprendió, en el medio de sus tormentos, que hay un misterio de gracia en esos tormentos, en esos gritos se produce un silencio y un vacío, y en ese silencio y vacío rodeado de los gritos de las víctimas, Dios, que alza de la basura al pobre y lo sienta entre príncipes, puede ser escuchado.

Se escucha a Dios golpeando la puerta. Y quien lo escucha le abre, y quien le abre cena con él.

Abel

El Prologo de San Juan

Traducción y exégesis poética del Prólogo de Juan

Abel Della Costa

Si de ningún texto bíblico puede decirse que constituya por completo una “prosa” en el sentido actual del término (1), mucho menos podemos considerar así al Prólogo de San Juan (1,1-18).

Toda la Escritura se rige por claves simbólico-poéticas, aún sus fragmentos de aparentemente pura narración histórica (2). Pero Jn 1 lleva a su plenitud el carácter arquitectónico típico del lenguaje poético, lo cual justifica que en este texto (como en otros de la Biblia), los dispongamos en la página semejando versos (3). Sigue leyendo

La Encarnación

«Despiértate, hombre: por ti, Dios se ha hecho hombre» (S. Agustín, Serm., 185). ¡Despierta, hombre del tercer milenio!

**En Navidad, el Omnipotente se hace niño y pide ayuda y protección;

**su modo de ser Dios pone en crisis nuestro modo de ser hombres;

**su llamar a nuestras puertas nos interpela, interpela nuestra libertad y nos pide que revisemos nuestra relación con la vida y nuestro modo de concebirla.

(…) Pero, sin Cristo, la luz de la razón no basta para iluminar al hombre y al mundo. Por eso la palabra evangélica del día de Navidad – «era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Juan 1,9) – resuena más que nunca como anuncio de salvación para todos. «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (constitución Gaudium et spes, 22). La Iglesia no se cansa de repetir este mensaje de esperanza reiterado por el Concilio Vaticano II, concluido precisamente hace cuarenta años.

(…)

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¿Por que vino DIOS? ¿Por que viene?

Sufro incomprensiblemente. Sufro no por consecuencia de una calculada serie de actos que llevan al sufrimiento, sino por una serie que lleva sin duda al sufrimiento, pero donde no podría haber calculado de antemano los efectos.

Quiero decir: siempre sufrimos por el desorden del mundo, no porque sí, sino porque las cosas no son aquello para lo que fueron creadas. En un cierto sentido todo ese desorden -del que participo- me hace “responsable” del sufrimiento… sin embargo, tal vez en el momento en que podiamos hacer las cosas distintas, no sabíamos cómo era eso, en qué consistía. Sigue leyendo

Jesús de Nazaret — Jesus ha traido a Dios

¿Que ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Que ha traído?.

La respuesta es muy sencilla: a Dios. Ha traído a Dios. Aquel Dios cuyo rostro se había ido revelando primeramente poco a poco, desde Abraham hasta la literatura sapiencial, pasando por Moisés y los Profetas; el Dios que solo había mostrado su rostro en Israel y que, si bien entre muchas sombras, había sido honrado en el mundo de los pueblos; ese Dios, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios verdadero, El lo ha traído a los pueblos de la tierra.

Ha traído a Dios: ahora conocemos su rostro, ahora podemos invocarlo. Ahora conocemos el camino que debemos seguir como hombres en este mundo. Jesús ha traído a Dios y, con El, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino; la Fe, la esperanza y el amor. Solo nuestra dureza de corazón nos hace pensar que esto es poco. Si, el poder de Dios en el mundo es un poder silencioso, pero constituye el poder verdadero, duradero. La causa de Dios parece estar siempre como en agonía. Sin embargo, se demuestra siempre como lo que verdaderamente permanece y salva. Los reinos de la tierra, que satanás puso en su momento ante el Señor, se han ido derrumbando todos. Su gloria, su doxa, ha resultado ser apariencia. Pero la gloria de Cristo, la gloria humilde y dispuesta a sufrir, la gloria de su amor, no ha desaparecido ni desaparecerá.

Benedicto XVI — Jesús de Nazaret

¿Serán muchos los que se salven?

A mí me descoloca (y maravilla) el Evangelio todo el tiempo con su apelación a la paradoja, y a que no podemos estancarnos en ningún momento.

Por el bautismo parece que Jesús nos exigiera una fidelidad ferrea, pero con la arena moviéndose debajo de los pies: su propia fidelidad, que no es un “saber” sobre Dios sino una “disposición” a dejarse estar en sus manos, que tan pronto exigen “ve, vende todo lo que tienes”, como abrazan al hijo menor sin reprocharle ni exigirle absolutamente nada.

Es una “lógica” verdaderamente de Padre… pero de padre de esos que uno nunca vio, de los que no se equivocan nunca en cuándo conviene darle al hijo una palmada y cuándo una caricia.

Estoy de acuerdo en que la pregunta “Señor, ¿serán muchos los que se salven?” está mal formulada, pero no estoy muy seguro de que la pregunta “¿qué tengo que hacer para salvarme?” esté bien hecha… Porque en realidad la única respuesta que se me ocurre coherente con el Evangelio es “nada, no hay nada que puedas hacer para salvarte”. Porque si, por ejemplo, renuncio a todo, todo, todito, todo… resulta que no puedo cumplir mis “deberes de estado”, y si me quedo con algo… bueno, no hace falta decirlo, no renuncié a todo, que es la exigencia que literalmente pide Jesús.

Y así con muchas cuestiones, con las más importantes.

Entonces pienso que la pregunta “¿qué tengo que hacer para salvarme?” es una pregunta-trampa. Quizás sería mejor preguntarle hoy, en este mismo momento, y en un silencio de oración: “¿qué es lo que quieres en este mismísimo momento que yo haga, qué nueva locura me tienes preparada?”

Me parece que esta “vida en la imprevisión orante” es un testimonio más que bueno frente a la civilización del cálculo, el proyecto, la familia planificada, el amor planificado, la salud planificada, etc.

Por supuesto, eso incluye el no saber ni querer saber qué quiere decir la frase “Fuera de la Iglesia no hay Salvación”, manteniendo la fórmula (porque si no la proclamación de la FE se vuelve incoherente) pero rompiendo a cada paso sus límites y escuchando al de la “vereda de enfrente” porque a lo mejor es él el que lleva en este momento la antorcha de la Voluntad de Dios… simplemente porque a lo mejor es allí donde hay que estar.

Lo que nos juega en contra es, como siempre, querer saber y querer anticiparnos a los acontecimientos, como Job -al que nos parecemos mucho- queremos que Dios sea luz y no tinieblas…. pero él no es ni luz como las luces que conocemos ni tinieblas como las tinieblas que conocemos, sino Luz Inaccesible, una luz que en esta vida la vemos a veces como un resplandor y a veces como una oscuridad, sin que podamos prever en qué momento pasará de una a otra, y sin que podamos, por lo tanto, tomar las medidas adecuadas para que no nos desestabilice.

Abel

Jesús de Nazaret

… El profeta de Israel no tienen el cometido de anunciar los acontecimientos de mañana o pasado mañana, poniéndose así al servicio de la curiosidad o de la necesidad de seguridad de los hombres. Nos muestra el rostro de Dios y, con ello, el camino que lleva al autentico éxodo, que consiste en que en todos los avatares de la historia hay que buscar y encontrar el camino que lleva a Dios como la verdadera orientación. En este sentido, la profecía esta en total correspondencia con la fe de Israel en un solo Dios, es su transformación en la vida concreta de una comunidad ante Dios y en camino hacia El.

 Joseph Ratzinger Jesús de Nazaret

Deus Caritas Est…

Dios es amor. Dios nos creo por amor y nos saco de la nada para que pudieramos amar. El amor es la ley suprema del cristianismo.

Nadie tiene amor mayor que este de dar uno la vida por sus amigos. Cuando puedas decir como Yo dije en la cruz: todo esta consumado, todo lo que yo podria haber dado, lo dia hasta la ultima gota de Mi Sangre; entonces habras agotado el significado del verbo amar.

Mirar como Cristo nos enseño a mirar en la parábola del buen samaritano es comenzar a recorrer el itinerario de su amor: es saber observar a los otros en el fondo de sus almas; mirarlos, no únicamente como individuos aislados, números que integran cuantitativamente una masa, sino distinguirlos cualitativamente por sus características peculiares, por su destino único, irrepetible; ir a encontrarlos sumergidos en sus proyectos vitales, tal vez en su drama intimo, para rescatarlos del anonimato, de la soledad…

Rehacer el gesto de Jesús con la adúltera: unos tienen razón, pero también no la tienen, entonces se pone a hacer dibujitos con el dedo, como indicándole a ella: «no puedo hacer nada por ti ahora, no tengo solución a tu problema, pero estoy perplejo, y eso me pone del lado tuyo… cuando llegue a estar del todo perplejo, del todo fuera de mi mismo, abandonado por mí mismo, abandonado de Dios y humillado, te habré salvado, porque ya no estarás sola.»

Rafael Llano Cifuentes; Abel Della Costa

La Oración, por Abel

csYo creo que visto desde un punto de vista racional, digamos: partiendo de un concepto de Dios, la oración es injustificable e inútil… a lo sumo sólo nos sirve a nosotros mismos, y tiene por lo tanto un valor meramente psicológico.

Pero el concepto de Dios es muy pequeño respecto de lo que es Dios, que sólo lo podemos conocer en una experiencia de Dios. Si yo quisiera transmitirle a alguien qué cosa son mis amigos, podría sin ninguna duda dar un concepto de ellos, pero en realidad lo que verdaderamente son ellos sólo lo pueden saber los demás si hacen una experiencia de comunión con mis amigos.

Me parece que no hay ninguna experiencia de comunión que no sea en y por las palabras que decimos y escuchamos, hablándole al otro de tú, y recibiendo el “tú” del otro. Uno pensaría espontáneamente que hay gestos que exceden las palabras, o que “una imagen (o un gesto) vale más que mil palabras”… pero creo que es un espejismo. El gesto de comer con otro, por ejemplo, está ligado a que entre bocado y bocado haya una palabra. Se puede estar en un restaurante comiendo con (es decir, rodeado de) decenas de otros seres humanos, sin que haya una experiencia de comunión, porque precisamente falta lo que hace del comer junto a otros un comer en común: el decir al otro “quieres más?”, pongamos por caso.

¿Hay que ir a la oración sin egoísmo? No sé, me parece que la oración misma, en tanto es hablar y escuchar, rompe el egoísmo. La palabra humana es nuestra vacuna contra el egoísmo: al dirigirse a otro colocándolo en el horizonte del “tú”, rompe la exclusividad de mi mundo, que ya no lo abarca todo, porque allí hay un tú que lo excede, que me queda fuera.

Quizás no es importante lo que le digamos a Dios, porque ya lo sabe todo de nosotros, y conoce nuestras necesidades, pero ¿de qué le hablaría sino de lo que me preocupa y forma mi pequeño problemático mundo? es sólo que en ese hablarle mi mundo problemático, que lo abarcaba todo, se me vuelve pequeño, excedido por él, que es mi “tú”, y entonces mi mundo ya no lo abarca todo.

Jesús nos hace un lindo “chiste” con el Padrenuestro, nos dice:

No seáis como ellos [los gentiles], porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo. Vosotros, pues, orad así…

¡Y resulta que nos enseña una oración que consiste en pedir todo aquello que el Padre sabe que necesitamos!

O sea que el problema de “los gentiles” no consiste en que piden, sino en que no piden, porque quien pide ya ha salido de sí mismo para decir: “yo necesito de ti”; el problema de estos “gentiles” es que “se figuran que por su palabrerío van a ser escuchados. Pongo el acento en el “su” palabrerío: tan ocupados en hablar y mostrarse a sí mismos que hablan, que dejan de lado que el pedir es necesitar, carecer, perder las palabras.

Paradójico, ¿no?: el palabrerío es lo contrario de hablar, y callarse en espera, dejando espacio a que una palabra venga, es hablar. Pero callarse demasiado so pretexto de que total Dios ya sabe de nosotros, es perder la provisoriedad de las palabras. Humorista como era, Jesús no temió comparar a Dios con el juez inicuo que ni teme a Dios ni respeta a los hombres, pero que el reclamo incesante de la viuda lo hace ponerse a actuar… ¿y no es parloteo lo de la viuda? ¿acaso no sabe el juez lo que la viuda necesita antes de que ella se lo pida? ¿acaso lo que ella le pide al juez no es parte de lo que el juez debería hacer de todos modos?

A mí, la idea de que Dios no necesite que nosotros le digamos las cosas me suena un poco abstracta… el Dios pensado no necesita de nuestras palabras; el Dios que está fuera de mí sí necesita de mis palabras, y yo de las de Él… ¿por qué? ¡ah, qué sé yo! porque él lo dice… será tal vez que desde toda la eternidad se encarna, y que encarnarse es tener una experiencia humana del amor, de un amor que se hace siempre hablando.

Un abrazo

Abel