El Juicio Final


No me podría tomar en serio a Dios, si no sintiera que él me toma en serio, muy en serio; incluso en lo cotidianamente juguetón que es en mi vida; incluso en la patente gratuidad con la que me recibe, lo hace con completa seriedad. No adustez, que no es lo mismo, no con cara de gruñón, sino con la actitud de “lo que es sí es sí y lo que es no, es no”.

Por eso de entre las cuestiones que culturalmente estamos dejando de lado del Credo, el olvido de la radicalidad y seriedad del Juicio (junto con el escatológico Reinado de Dios y la resurrección de los muertos) me parece un punto a meditar. Sigue leyendo

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La Transfiguración

«Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»


-«Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición.»

Desde aquellas tierras de Ur, Dios llama a Abrán, le pide algo extraordinario y le promete algo desproporcionado. Le promete la paternidad de un pueblo, un pueblo que sera bendición para las naciones. Ya podemos describir lo que viene desde Abraham: profetas, destrucción, restauración, fidelidad, e infidelidad, alianzas, advertencias, todo digno de la mas vulgar y común telenovela, entre amantes, esposos y vecinos, entre Dios, su pueblo, los ídolos y los otros pueblos. Pero todo eso tiene un garante, la promesa de la bendición de Dios, bendición que llega con la encarnación, pasa por el bautismo,  (el otro momento donde el Padre dice: -«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.») pero se deja VER en dos momentos, uno claro y otro oculto. La transfiguración es el lugar donde la bendición toma forma, y son testigos de ello dos de los pilares del AT, Moisés y Elias… y tres de los pilares del NT, Pedro y los hermanos del trueno, Santiago y Juan. El pueblo de Dios, desde los profetas a la Iglesia contemplan la bendición, hecha a la humanidad en la persona de Abrán.

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: -«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: -«Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: -«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

>Cuando Dios da su ley en el monte a Moisés, su presencia se describe como una Nube,

24,15: Y subió Moisés al monte. La nube cubrió el monte.

24,16: La gloria de Yahveh descansó sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió por seis días.

Cuando Dios manifiesta su gloria en la Encarnación se dice que a Maria la cubrio su sombra,

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.”

Asi en el AT la bendición que comienza con una promesa a Abrán y la gloria de Dios manifestada a Moisés con la ley, llegan a su antitipo, a su plenitud y cumplimiento, en la ley encarnada, en la Palabra de Dios que se encarna cuando la gloria de Dios cubre a Maria, la Palabra, Jesucristo, que siguiendo la voluntad del Padre, se identifica, toma el lugar de nosotros los pecadores (bautismo) y muestra su gloria en la transfiguración, gloria manifiesta junto con el Padre y el Espíritu, el cual se complace en su Hijo amado, al que Dios pide escucharle.

La otra cara oculta de la gloria de Dios, y que es a lo que apunta esta lectura en la cuaresma, es la transfiguración de cara a la cruz.. la ultima y verdadera glorificación de Dios, su sobreabundancia e inmoderación en el amor que llega al extremo, la locura y el myserium, esa numinosidad que se imponía en el hombre religioso, llega a su culmen en la cruz, plenitud del amor de Dios que engendra vida.. la resurrección, la vocación ultima del hombre pagada y ganada por Dios con su muerte..

-«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Alli, donde la antigua alianza y los profetas, entre Moisés y Elias, se une a la naciente Iglesia (Pedro, Juan, Santiago) se muestra el contenido desmesurado de la bendición prometida a Abrán.. la Gloria de Dios, mostrada en el plan infinitamente sobreabundante del Padre, el Espiritu y el Hijo que unen, “encarnan” esa (su) Gloria, en el empeño de un amor nunca antes visto o imaginado, ese amor que salva, nos salva, ese amor que hace de mi, la causa de todo esto.. de este acto de Dios en su amor, manifestado alli, donde los hombres antes tenian su silencio y perdición, en la cruz.

Carlos José Bartolomé Santos

Sin la Cruz… Jesús no es nadie.

Cuantas veces no he escuchado que Jesús fue un gran maestro, que no tiene importancia su resurrección, lo importante es su mensaje de amor y paz. Otros dicen que fue un profeta que nos hablo de Dios, como tantos otros, pero no fue Dios. Otros nos mencionan que fue un gran agitador político… muchos de ellos curiosamente se creen “Católicos” y digo curiosamente por que no tiene sentido ninguna de estas afirmaciones.

Pero dicha la verdad, Jesús no es nadie sin la cruz… sus enseñanzas son pésimas enseñanzas, mofas al dolor humano e irrespetuosas. Lo repito con fuerza… Cristo sin la Cruz no es Cristo, es solo Jesús, y Jesús sin ser Cristo no es nuestro Dios.. al menos no es mi Dios ni me interesa saber nada de el.

Primero comencemos con eso de que Jesús no es Dios… si El no es Dios entonces no hay sentido en seguirlo.. es un profeta mas que no habla mas que de lo que ha escuchado… pero no nos trae las noticias desde “el seno intimo de Dios”. Si Jesús no es Dios, si Jesús no nos habla de lo que el Padre le dice en la intimidad, si sus palabras no son La Palabra ¿de que me sirve escucharla… ? Probablemente seria digno de estar atento como se podría estar atento de Jeremías o Isaias, pero ni las palabras de Jeremías ni Isaias salvan.. de hecho sus palabras son solo la paciencia del hombre en busca de Dios, el ungüento que sana momentáneamente las heridas… el jugueteo amoroso de palabras inciertas entre Dios y el hombre.. pero no es el YO SOY hablándonos de tu a tu… de hombre a hombre.

Si Jesús no nos explica a Dios desde dentro, si no es Dios mismo el que viene detrás de nosotros… no vale la pena morir por ese hombre.. no vale la pena morir por un profeta.. a lo mucho por la carga divina de su boca.. pero Jesús no pide alegrarse por ser perseguidos por sus enseñanzas.. si no POR SU NOMBRE, por El.

Si Dios mismo no es quien viene a hablarme y explicarme.. Jesús no vale la pena.. ¿Y que si Dios no existe y Jesús fue un gran rabí, un maestro…? tonterías maestras… ¿quien dice que confiemos en “dios” y no nos preparemos para el futuro, comparándonos con las aves y los lirios? ¿acaso querrá que muramos de hambre? ¿tiene sentido su predica sin que no sea la de un lunático? ¿darle la túnica además del manto a quien me lo exija? ¿y morir de frío? ¿de que sirve morir? ¿temer un juicio que nunca llegara? ¿dejarlo todo por un loco?..

Pero vamos mas acá… o mas allá… Si Jesús es Dios, pero no trae la Cruz consigo, entonces no quiero saber nada de ese Dios… por que yo solo creo en el poder de un Dios capaz de salvar lo que ama… las bienaventuranzas no se pueden comprender sin la Cruz… no hay mayor mofa al que llora, que se le prometa lo inalcanzable… el reino de Dios, cuando no hay nadie que se salve… no existe mayor contradicción que un Cristo pidiéndonos alegrarnos en las persecuciones en su nombre cuando ese Dios no es capaz de sufrir por nosotros.. cuando su amor solo termina en la encarnación.. “la encarnación esta hecha para la cruz… y la cruz para nuestro Dios hecho hombre”

¿De que sirve curar a los enfermos, sanar a los afligidos, ayudar a los desvalidos, resucitar a los muertos? ¿De que sirve regresarlos a este valle de lágrimas, de que sirve alargar sus días de pesadumbre y vanas y cortas glorias y alegrías? ¿De que sirve si nada de esas señales de esos signos (JN) anuncian la buena nueva… anuncian la verdad, anuncian el inmenso gozo que trae Jesucristo, tan inmenso que nos hace gritar con jubilo “¡Oh feliz culpa que nos mereció tal y tan gran Redentor! “. Locos… ¿feliz culpa, feliz pecado?. De nada sirve esa taumaturgia si no anuncian la salvación de Dios, la verdadera salvación, que no es la mitigación del sufrimiento, el paliativo al dolor, el alargamiento y estiramiento de la poca felicidad, el hostigamiento del deseo de eternidad satisfaciendo como gota a gota un paladar sediento en el desierto que quiere exprimir lo mas posible la frescura del preciado liquido… si no que viene a desterrar la muerte, a dar sentido al dolor, de dar sentido al sin sentido.. viene a darnos la vida en abundancia.

¿Que burla es esa de la parábola del Hijo Prodigo? ¿De que sirve pregonar a un Padre Amoroso deseoso del retorno de su amado hijo, cuando la muerte, el pecado, mis pasiones son un problema para mi mismo, un problema que me impide amar y me aleja de Dios…. que tipo de burla y mofa es esa… LEJOS DE MI ESE JESÚS!!!… débil no como mi Dios, si no débil como los hombres, llenos de promesas vanas y paliativos inútiles…. mi Cristo tiene fuego.. fuego que no anula el sufrimiento, pero no se dobla ante el.. y al final trae la vida total.

Cristo sin la cruz no es Cristo… y si Dios no me puede salvar.. ¿para que quiero a Dios? ¿para que quiero amar quien no me da la posibilidad de amarlo? ¿para que quiero desear a Quien no me da la oportunidad de alcanzarlo? Si nuestro Dios no es un Dios que salva.. no es Dios.

Un Dios alla arriba que no se compadece, que no se abaja,, que no se despoja de su condición divina, acompaña, busca, encuentra, y salva… ¿puede ser Dios?

¿El sermón del monte? Basura… que no estoy salvado.. basura por que mi llanto no tiene sentido… basura por que mi pureza de corazón es falsa… jamás podre ver a Dios.. el hombre NO ES CAPAZ de alcanzar a Dios… si Dios no viene por el.

¿Amar a los enemigos? basura ¿por que he de amar a mis enemigos? ¿para tener paz? ¿por que he de hacerlo si Dios no ama a los suyos.. si Dios no es capaz de amarnos a pesar de estar alejados de El por nuestro pecado, si no es capaz de hacer algo con eso?

¿Confiar en El? ¿Para que? ¿Para tener una vida prospera con la copa rebosando de vino y los rebaño centuplicados? ¿Para que? ¿Para que luego llegue la desgracia como a Job? ¿Para que la enfermedad termine por llevar la poca felicidad? ¿para que la muerte hiera con su espada a quienes tuve el valor de amar en esta efímera vida?

¿Para que Jesús me diría que debo de proteger al pobre, la viuda, el huérfano.. si no los puedo proteger de lo mas importante? ¿De que sirve el pan al pobre, si el pobre es un problema para si mismo, si no puede sentirse redimido, si no puede escapar la sombra de la muerte, el peso de sus pecados, el poder de su maldad que no desea, el tironeo de las pasiones, el torrente de las ambiciones… el fuego del odio… la melancolía de la eternidad inalcanzable?

jesus_cross_d_1280x103324.jpgEsa es la fuerza de Dios… para revelar los corazones… y en aquella noche silenciosa en belén, no solo se venia la salvación, si no era Dios mismo quien venia a salvarnos… por eso soy Cristiano.. por eso los mártires morían por Cristo… por la resurrección de la carne, por la filiación de hijos con Dios, por la verdad tensa y profunda de la redención hecha en el sufrimiento de la cruz, donde Dios no se doblo ante el dolor y el sin-sentido… si no que los encaro… y con ellos nos rescato… y por eso puede decir, bienaventurados los pobres!!, bienaventurados los que lloran!!, bienaventurados los que son perseguidos!!, “no teman que yo he vencido al mundo”.. a la muerte… el amor es mas fuerte que la muerte. Ese es Jesucristo… mi Dios es un Dios que salva….

La Cruz permanece mientras el mundo da vueltas.

CJBS

Salmo 127

Un cristiano que ha crecido en la fe (en la fe no se crece en automático, hay que esforzarse por ir de la fórmula a la vida, y también viceversa) tiene a la vez la experiencia de estar en manos de Dios, y la experiencia de que es precisamente en las manos de Dios donde más podemos sentir la grandeza y el enorme peso de nuestra libertad, y la responsabilidad de que lo que hacemos no es de otro sino nuestro.

Un salmo lo expresa con belleza y claridad:

Si el Señor no construye la casa
en vano se cansan los albañiles;
si el Señor no vigila la ciudad,
en vano vigilan los centinelas.

(Salmo 127)

Que expresa a la vez que hay albañiles y hay centinelas… no baja ningún angelote a hacer las cosas por nosotros, y si no las hacemos no estarán hechas, al mismo tiempo que reconoce que la fuente de ese obrar, el verdadero lugar donde eso es un “obrar con significado” es en las manos amorosas y liberadoras de nuestro Dios.

Es porque estamos en manos de Dios y abiertos a ver y celebrar su voluntad por lo que podemos sentirnos libres con una libertad auténtica, grande, una libertad abierta a hacer obra duradera, y una libertad que acepta sus fallos, pide perdón y obtiene misericordia, y aprende así que la misericordia es parte del diálogo del alma con Dios, y entre las almas.

Abel

Sabado Santo -Homilía-

 

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Homilía antigua sobre el grande y santo Sábado

«¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra temió sobrecogida, porque Dios se durmió en la carne y ha des­pertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.

Va a buscar a nuestro primer padre como si fuera la oveja perdida. Quiere absolutamente visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de su prisión y de sus dolores a Adán y a Eva.

El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: «Mi Señor esté con todos». Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: «Y con tu espíritu». Y tomándolo por la mano le añade: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.

Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: «salid»; y a los que se en­cuentran en las tinieblas: «iluminaos»; y a los que dormís: «levantaos».

A ti te mando: despierta tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.

Por ti yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.

Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu pri­mer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen de­formada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los peca­dos, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.

Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.

Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.

El trono de los querubines está preparado, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos, se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad.

Meditaciones de la Cruz

 

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En la cruz llega a su término lo que las religiones buscan desde el inicio de la humanidad: un Dios soberano, poderoso, trascendente, que me diga “tú eres hombre, eres distinto de mí”, un Dios también –y por eso mismo– con todo el derecho de aplastarme, de aniquilarme a fuerza de ser tan grande, tan todo.Sólo un Dios así tiene la posibilidad de permitir la muerte de su Ungido.

Sólo un Dios que no tenga que rendir ninguna cuenta a nadie puede, en un soberano acto de poder y fuerza, abandonar la Inocencia al poder de la muerte y de la nada.

Porque eso es la cruz: la muerte y la nada. No nos gusta a nosotros, los cristianos del mundo moderno, caer en la cuenta de que Dios tiene todo el poder, y yo ninguno, tiene todo el derecho, y yo ninguno, tiene toda la soberanía, y yo ninguna.

Pero eso es lo que los hombres hemos buscado siempre en la religión: un Dios que nos diga: “yo soy auténticamente Dios, y tú un hombre”. El Dios que es un “misterio tremendo” y que nos hace temblar de pavor.

Pero en la cruz llega también a su término lo que las religiones buscan desde el inicio de la humanidad: un Dios cercano y dialogante, que me diga “tú eres hombre, y no una nada. YO te quise hombre, y no una nada.” Pero no hay nada que pueda ser real fuera de la realidad de Dios, si hubiera algo real y que no lo contuviera Dios, él no sería por completo real ni por completo Dios.

Si somos hombres porque Dios nos dice “YO te quise hombre”, es que Dios mismo contiene en sí lo humano, lo saca de sí mismo para donárnoslo. Eso que comprendemos oscuramente de nosotros mismos: esa lucha por ser, por salir de la nada, por dejar nuestra obra hecha, eso que los seres humanos hemos buscado en la historia tratando de que se hable bien de nosotros en lugar de mal, tratando de hacer las cosas bien, en vez de mal, esa lucha cotidiana por no desaparecer… es a la vez algo que Dios mismo tiene, y nos lo ha donado y eso nos atrae y fascina: ese “aspecto” (ese “rostro” dice la Escritura) de Dios que se nos parece, eso en que nos parecemos a él, su “misterio fascinante”, seductor de tan cercano a lo que nosotros mismos somos.

Sólo un Dios así tiene la posibilidad de volverse él mismo el Ungido que muere por nosotros.

Terrible y cercano, distinto a mí, pero igual, fortísimamente débil. Ninguna palabra del lenguaje de la religión alcanza para nombrar quién es Dios, porque se necesita de todas las palabras juntas. Y aún si tuviéramos todas las palabras juntas, no bastaría. Por eso hacía falta unir palabra y no-palabra: palabra y gesto.

La cruz es ese gesto donde Cristo da su última palabra….

Era necesaria la Cruz para dar contenido real, por fin, a todo lo que los hombres hemos buscado siempre en la religión: al Dios terrible, y cercano, poderoso, pero débil. Pero a la vez, en tanto Dios habló en la Cruz, crucificó también todo lo que los hombres hemos buscado a tientas por tantos siglos y siglos.

La Cruz dice: “esto, ¡hombre!, es lo que oscuramente has buscado toda tu vida, pero mis caminos no son tus caminos”. La Cruz hace real a Dios, y da vuelta todo lo que podemos pensar y decir de Dios. En tanto miro al Traspasado, tengo que ver en mí mismo que todo lo que siento, deseo, pienso, acerca de Dios ha quedado superado por lo REAL de Dios: por su fuerza débil y su palabra silenciosa.

No es algo real que pueda ponerlo en mi mente para razonarlo mañana o pasado, sino una emoción vital enteramente nueva, que no cabe en mí, que está a contrapelo de mis deseos, pensamientos y palabras. La Cruz es la portadora única de esa emoción nueva. Por eso, es SÓLO mirando a ella, mirando al Traspasado, que podemos renovarla una y otra vez. Y quien sabe que esa emoción enteramente nueva es lo único nuevo que puede haber bajo el sol, perederá todo interés en razonar y comprender a Dios, incluso en buscar a Dios. La Cruz dice: no me busques, pero quédate allí, mirando, hasta que vuelva. Pero a la vez, en tanto Dios habló en la Cruz, crucificó también todo lo que los hombres hemos buscado a tientas por tantos siglos y siglos.

En la primera parte, intentábamos contemplar, con palabras siempre inadecuadas, la novedad de Dios que aparece en la Cruz. Pero esa novedad no ocurre sólo fuera nuestro, en el mundo, en la historia. Desde que la Cruz nos reveló que la única tarea a la que estamos llamados es mirar al Traspasado, toda nuestra acción, todo nuestro movernos cotidianamente, se puede volver enteramente distinto.

No se trata de que porque miramos al Traspasado ya somos buenos y no podemos hacer nada mal. Por el contrario, es en tanto que nuestra vida ya no tiene su centro en sí misma, es decir, cuando dejamos de medir nuestras acciones por nosotros mismos.

 

A eso la Escritura lo llama “vivir en el Espíritu”. Y es tal la tentación de medir todo por nosotros mismos, de ponernos como criterio y legitimidad de nuestra vida, que San Pablo advertirá a los Gálatas algo que sigue siendo dicho para cada creyente en la historia: “¡Insensatos gálatas! ¿Quién os ha embrujado? ¡Y pensar que ante vuestros ojos presentamos la figura de Jesucristo en la cruz!… ¡Empezasteis por el espíritu para terminar en la carne!”
¿Pero cuándo nos hacemos merecedores de ese reproche?
¿cuándo abandonamos el Espíritu para recaer en la carne?

¿cuándo ocurre que dejamos de mirar la Cruz y nos miramos a nosotros
mismos?

¡Eso sería antes, en época de los Gálatas!

Si voy a misa, rezo el rosario, hago un retiro mensual en ETF, llevo una cruz en el cuello y me confieso al menos una vez al año, en Pascua de Resurrección, no estoy en la carne. O bien, engaño más sutil si cabe, si comparto lo que tengo con los pobres, ayudo a los que me rodean, y soy solidario, no estoy en la carne. Y si además de unas cosas, hago las otras, no estoy en la carne sino en el Espíritu. Y sin embargo…

 

Es quizás en ese mismo momento en que juzgamos de nosotros mismos que “estamos en el Espíritu”, cuando tal vez hemos perdido el norte y estamos más en la carne que nunca. No nos engañemos: los cristianos estamos sometidos a una tentación mucho más sutil que las de los no creyentes. Si un no-cristiano busca a Dios a través de la matanza de animales, o de la brujería, o de los amuletos, o de los astros… cualquiera sabe que no está Dios allí, cualquiera descubre el error. Pero si un cristiano “busca” a Dios a través de la solidaridad y el desprendimiento, de la limosna y el culto razonable, ¿Quién diría que no está Dios allí?

Y sin embargo, aunque no lo podemos saber de antemano, puede no estar Dios allí.

Y eso lo dice la Cruz: mientras en lo que busques te pongas a ti mismo como regla de medida, mientras te quedes tranquilo acerca de lo bueno y lo malo, mientras erijas tus acciones en “código de conducta”… estás en la carne, porque estás en la Ley, que no salva.
¿Y entonces qué debo hacer?

¿acaso todo mal, así se nota que no me estoy poniendo a mí mismo como medida de mi espíritu?
¿acaso debo simplemente hacer lo que me apetezca a cada paso -bueno o malo, no importa-, para no estar juzgándome a mí mismo?
¡Terrible paradoja nos pone delante la Cruz!

«Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.»
O más sencillamente: «El justo vive de la fe.»

No hay recetas para que yo sepa de antemano lo que debo hacer a cada momento. Lo bueno y lo malo elemental de cualquier vida humana, los sencillos enunciados de los diez mandamientos, no cambian.

Nosotros no somos malas personas sino buenas, todos obramos más o menos bien. Es el corazón que pongo en mi vida el que tiene que cambiar, no las acciones exteriores. Es el modo como me luzco ante mí mismo y me convierto en criterio y norma de juicio, generalmente de maneras sutiles. Esos sutiles engaños del “obrar bien” sólo los descubrimos mirando la Cruz. Sólo delante de ella, y porque la estamos mirando, podemos tal vez decir con sinceridad: somos siervos inútiles. Que no se distinga nuestro obrar cristiano por más o menos misas, por más o menos limosnas, por más o menos solidaridad: el culto a Dios, el desprendimiento y la solidaridad son de todos, no sólo nuestros.

Pero que nuestro obrar cristiano se distinga porque quien nos mire, nos vea mirando la Cruz. No a nosotros mismos sino al Traspasado. Porque es eso solo lo que dice la Cruz: no me busques, pero quédate allí, mirando, hasta que vuelva. Quisiera que meditemos en eso, en la posición del corazón que hace cristiano nuestro obrar, que lo hace conforme a la gloria de la cruz.

Editado por Iris de un escrito de Abel DellaCosta
La Meditacion fue traida de AQUI (requieres PDF Acrobat Reader)

Semana Santa — El Dolor de Jesucristo

¿Como sufrió Jesucristo?

-Podríamos preguntarnos por la medida (el quantum) del sufrimiento: mucho, poco, nada, todo, más que, menos que, como, etc. Esto nos dice sólo algo exterior. Importante… pero exterior. Curiosamente los evangelios hablan sólo elípticamente del quantum de sufrimiento de Jesús: el mesías debe sufrir mucho para entrar en su gloria. Luego no hay ninguna clase de alusión al quantum en las escenas donde propiamente está sufriendo físicamente (flagelación, coronación de espinas, crucifixión, etc).
 
-El segundo aspecto -más relevante, según creo- no es el quantum de sufrimiento, sino la fuente de ese sufrimiento: ¿qué lo hizo sufrir? ¿los latigazos? ¿las espinas? ¿los clavos? ¿el odio de su pueblo? ¿el abandono de sus discípulos? ¿la incomprensión de los que lo rodeaban? ¿el silencio de Dios?
 
Hay dos momentos cinematográficamente desgarradores en la Pasión tal cual la narran los Evangelios, y ninguno de esos momentos se refiere a un hecho que le esté ocurriendo físicamente:
 

  • En Getsemaní su sudor se hace de sangre, precisamente cuando los discípulos, que podían ayudarlo con la fuerza de su oración, lo abandonan

  • En la Cruz percibe la ruptura entre Dios y la carne, vive el abandono de Dios, y da un fuerte grito

Eso es filmable, y los Evangelios lo retrataron, aunque es un sufrimiento profundo y que puede ser compartido, por eso es menos morboso que destruirle la espalda a latigazos, que sólo es un hecho histórico de hace dos mil años. Es casi una ley: lo que nos puede pasar a todos es menos morboso que lo extraño e individual.
 
Ninguno de nosotros ha vivido del todo el abandono total de los suyos y la lejanía absoluta de Dios. Uno ha vivido una cosa, otro otra, un poco de esto, más de aquello, una de cal, tres de arena. Pero aunque no hayamos vivido el “mucho” de los sufrimientos del Mesías, podemos entender de qué se trata: son los sufrimientos de un ser humano, los sufrimientos de la carne, que no es lo mismo que los sufrimientos en la carne.
 
Cualquier torturado político ha sufrido probablemente mucho más que Jesús, desde un punto de vista de la fuente del sufrimiento físico; pero no se puede saber de antemano quién y en qué momento de su vida está sufriendo los dolores de la Cruz de Jesús: el dolor de la soledad, el abandono y el silencio de Dios. Él sufrió mucho para llegar a la gloria, lo que sigue siendo cierto aunque no le hubieran dado ni un latigazo. Y encima se los dieron.
 
-El tercer aspecto -todavía más relevante, si cabe- es algo que atraviesa el quantum y la fuente del sufrimiento, y se refiere al sufrimiento en sí mismo: ¿qué significa ese sufrimiento? ¿Por qué debía sufrir mucho? ¿Qué significa Getsemaní? ¿qué significa el Gólgota?
 
Los que pasaban por allí se golpeaban el pecho: no es lo único que puede hacerse, pero es una manera de mostrar que se ha comprendido el significado de ese sufrimiento, lo que en el anuncio de la fe se dice:
 

«…que por nosotros y por nuestra salvación…»

Que ese sufrimiento sea por nosotros no surge de nada que pueda verse exteriormente. No se trata sólo -como si fuera poco- de sufrir a causa nuestra, a que lo hacemos sufrir (con nuestro pecado, por ejemplo). El “por nosotros” es sobre todo: en lugar nuestro: es vicariedad. Sufrió, así que ya mi sufrimiento es innecesario, así que cuando sufro, puesto que ya no es compensación de nada que deba, porque toda deuda está pagada de antemano, entonces mi sufrimiento se vuelve también vicario: el que haya sufrido por mí, en lugar mío, posibilita que mi sufrimiento sea en lugar de otro.
 
El sufrimiento de Jesús es la alegre noticia de que se inauguró en el mundo una nueva cadena de sentido: la cadena de la vicariedad, del “en lugar de”. La opacidad de la muerte y del dolor, el inexorable tironeo hacia el abismo, “el terco tenso entrenamiento al engusanamiento y al silencio” que tiene el dolor, el sinsentido y sinpalabra del dolor humano no son lo último.
 
En cada dolor, sin que podamos manejarlo nosotros, por la fuerza misma del dolor de Jesús, no por la debilidad del nuestro, y por voluntad de Dios, no por veleidad nuestra, hay una cadena de sustituciones que se pone en marcha: y del no ser resulta ser. Verdaderamente un procedimiento divino: esto de crear desde la nada.
 

Abel Della Costa

http://www.eltestigofiel.com