Hoy es el dia de la salvación

La vida, no es un cumulo de tiempo ni un album donde poner nuestros momentos, no es una coleccion de experiencias ni un acumulamiento de años.

No es, tampoco, un lugar de añoranza, un volver a lo bello pasado, ni siquiera es un esperar por el futuro.
La vida es un fugaz momento constantemente presente que se gasta en el amor, debe gastarse en el amor.

Muchos tienen miedo a la muerte, a la enfermedad, por que lo consideran contrario a la vida, y de lo que no se dan cuenta es que lo que temen es el perder todo lo que han acumulado, la gente no solo codicia dinero, tambien codicia placer y codicia felicidad.

Codicia lo que tiene y lo que desea y aun no viene ¿morirme antes de casarme? ¿morirme y perder a mis hijos, mi carrera, mi vida? ¿enfermarme y pasarmelo incomodo en esta “vida”?

Nadie nos prometio al nacer que se nos daria todo como lo queremos, cuando lo queremos y como lo queremos. Sigue leyendo
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Meditaciones de la Cruz

 

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En la cruz llega a su término lo que las religiones buscan desde el inicio de la humanidad: un Dios soberano, poderoso, trascendente, que me diga “tú eres hombre, eres distinto de mí”, un Dios también –y por eso mismo– con todo el derecho de aplastarme, de aniquilarme a fuerza de ser tan grande, tan todo.Sólo un Dios así tiene la posibilidad de permitir la muerte de su Ungido.

Sólo un Dios que no tenga que rendir ninguna cuenta a nadie puede, en un soberano acto de poder y fuerza, abandonar la Inocencia al poder de la muerte y de la nada.

Porque eso es la cruz: la muerte y la nada. No nos gusta a nosotros, los cristianos del mundo moderno, caer en la cuenta de que Dios tiene todo el poder, y yo ninguno, tiene todo el derecho, y yo ninguno, tiene toda la soberanía, y yo ninguna.

Pero eso es lo que los hombres hemos buscado siempre en la religión: un Dios que nos diga: “yo soy auténticamente Dios, y tú un hombre”. El Dios que es un “misterio tremendo” y que nos hace temblar de pavor.

Pero en la cruz llega también a su término lo que las religiones buscan desde el inicio de la humanidad: un Dios cercano y dialogante, que me diga “tú eres hombre, y no una nada. YO te quise hombre, y no una nada.” Pero no hay nada que pueda ser real fuera de la realidad de Dios, si hubiera algo real y que no lo contuviera Dios, él no sería por completo real ni por completo Dios.

Si somos hombres porque Dios nos dice “YO te quise hombre”, es que Dios mismo contiene en sí lo humano, lo saca de sí mismo para donárnoslo. Eso que comprendemos oscuramente de nosotros mismos: esa lucha por ser, por salir de la nada, por dejar nuestra obra hecha, eso que los seres humanos hemos buscado en la historia tratando de que se hable bien de nosotros en lugar de mal, tratando de hacer las cosas bien, en vez de mal, esa lucha cotidiana por no desaparecer… es a la vez algo que Dios mismo tiene, y nos lo ha donado y eso nos atrae y fascina: ese “aspecto” (ese “rostro” dice la Escritura) de Dios que se nos parece, eso en que nos parecemos a él, su “misterio fascinante”, seductor de tan cercano a lo que nosotros mismos somos.

Sólo un Dios así tiene la posibilidad de volverse él mismo el Ungido que muere por nosotros.

Terrible y cercano, distinto a mí, pero igual, fortísimamente débil. Ninguna palabra del lenguaje de la religión alcanza para nombrar quién es Dios, porque se necesita de todas las palabras juntas. Y aún si tuviéramos todas las palabras juntas, no bastaría. Por eso hacía falta unir palabra y no-palabra: palabra y gesto.

La cruz es ese gesto donde Cristo da su última palabra….

Era necesaria la Cruz para dar contenido real, por fin, a todo lo que los hombres hemos buscado siempre en la religión: al Dios terrible, y cercano, poderoso, pero débil. Pero a la vez, en tanto Dios habló en la Cruz, crucificó también todo lo que los hombres hemos buscado a tientas por tantos siglos y siglos.

La Cruz dice: “esto, ¡hombre!, es lo que oscuramente has buscado toda tu vida, pero mis caminos no son tus caminos”. La Cruz hace real a Dios, y da vuelta todo lo que podemos pensar y decir de Dios. En tanto miro al Traspasado, tengo que ver en mí mismo que todo lo que siento, deseo, pienso, acerca de Dios ha quedado superado por lo REAL de Dios: por su fuerza débil y su palabra silenciosa.

No es algo real que pueda ponerlo en mi mente para razonarlo mañana o pasado, sino una emoción vital enteramente nueva, que no cabe en mí, que está a contrapelo de mis deseos, pensamientos y palabras. La Cruz es la portadora única de esa emoción nueva. Por eso, es SÓLO mirando a ella, mirando al Traspasado, que podemos renovarla una y otra vez. Y quien sabe que esa emoción enteramente nueva es lo único nuevo que puede haber bajo el sol, perederá todo interés en razonar y comprender a Dios, incluso en buscar a Dios. La Cruz dice: no me busques, pero quédate allí, mirando, hasta que vuelva. Pero a la vez, en tanto Dios habló en la Cruz, crucificó también todo lo que los hombres hemos buscado a tientas por tantos siglos y siglos.

En la primera parte, intentábamos contemplar, con palabras siempre inadecuadas, la novedad de Dios que aparece en la Cruz. Pero esa novedad no ocurre sólo fuera nuestro, en el mundo, en la historia. Desde que la Cruz nos reveló que la única tarea a la que estamos llamados es mirar al Traspasado, toda nuestra acción, todo nuestro movernos cotidianamente, se puede volver enteramente distinto.

No se trata de que porque miramos al Traspasado ya somos buenos y no podemos hacer nada mal. Por el contrario, es en tanto que nuestra vida ya no tiene su centro en sí misma, es decir, cuando dejamos de medir nuestras acciones por nosotros mismos.

 

A eso la Escritura lo llama “vivir en el Espíritu”. Y es tal la tentación de medir todo por nosotros mismos, de ponernos como criterio y legitimidad de nuestra vida, que San Pablo advertirá a los Gálatas algo que sigue siendo dicho para cada creyente en la historia: “¡Insensatos gálatas! ¿Quién os ha embrujado? ¡Y pensar que ante vuestros ojos presentamos la figura de Jesucristo en la cruz!… ¡Empezasteis por el espíritu para terminar en la carne!”
¿Pero cuándo nos hacemos merecedores de ese reproche?
¿cuándo abandonamos el Espíritu para recaer en la carne?

¿cuándo ocurre que dejamos de mirar la Cruz y nos miramos a nosotros
mismos?

¡Eso sería antes, en época de los Gálatas!

Si voy a misa, rezo el rosario, hago un retiro mensual en ETF, llevo una cruz en el cuello y me confieso al menos una vez al año, en Pascua de Resurrección, no estoy en la carne. O bien, engaño más sutil si cabe, si comparto lo que tengo con los pobres, ayudo a los que me rodean, y soy solidario, no estoy en la carne. Y si además de unas cosas, hago las otras, no estoy en la carne sino en el Espíritu. Y sin embargo…

 

Es quizás en ese mismo momento en que juzgamos de nosotros mismos que “estamos en el Espíritu”, cuando tal vez hemos perdido el norte y estamos más en la carne que nunca. No nos engañemos: los cristianos estamos sometidos a una tentación mucho más sutil que las de los no creyentes. Si un no-cristiano busca a Dios a través de la matanza de animales, o de la brujería, o de los amuletos, o de los astros… cualquiera sabe que no está Dios allí, cualquiera descubre el error. Pero si un cristiano “busca” a Dios a través de la solidaridad y el desprendimiento, de la limosna y el culto razonable, ¿Quién diría que no está Dios allí?

Y sin embargo, aunque no lo podemos saber de antemano, puede no estar Dios allí.

Y eso lo dice la Cruz: mientras en lo que busques te pongas a ti mismo como regla de medida, mientras te quedes tranquilo acerca de lo bueno y lo malo, mientras erijas tus acciones en “código de conducta”… estás en la carne, porque estás en la Ley, que no salva.
¿Y entonces qué debo hacer?

¿acaso todo mal, así se nota que no me estoy poniendo a mí mismo como medida de mi espíritu?
¿acaso debo simplemente hacer lo que me apetezca a cada paso -bueno o malo, no importa-, para no estar juzgándome a mí mismo?
¡Terrible paradoja nos pone delante la Cruz!

«Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.»
O más sencillamente: «El justo vive de la fe.»

No hay recetas para que yo sepa de antemano lo que debo hacer a cada momento. Lo bueno y lo malo elemental de cualquier vida humana, los sencillos enunciados de los diez mandamientos, no cambian.

Nosotros no somos malas personas sino buenas, todos obramos más o menos bien. Es el corazón que pongo en mi vida el que tiene que cambiar, no las acciones exteriores. Es el modo como me luzco ante mí mismo y me convierto en criterio y norma de juicio, generalmente de maneras sutiles. Esos sutiles engaños del “obrar bien” sólo los descubrimos mirando la Cruz. Sólo delante de ella, y porque la estamos mirando, podemos tal vez decir con sinceridad: somos siervos inútiles. Que no se distinga nuestro obrar cristiano por más o menos misas, por más o menos limosnas, por más o menos solidaridad: el culto a Dios, el desprendimiento y la solidaridad son de todos, no sólo nuestros.

Pero que nuestro obrar cristiano se distinga porque quien nos mire, nos vea mirando la Cruz. No a nosotros mismos sino al Traspasado. Porque es eso solo lo que dice la Cruz: no me busques, pero quédate allí, mirando, hasta que vuelva. Quisiera que meditemos en eso, en la posición del corazón que hace cristiano nuestro obrar, que lo hace conforme a la gloria de la cruz.

Editado por Iris de un escrito de Abel DellaCosta
La Meditacion fue traida de AQUI (requieres PDF Acrobat Reader)

¿Por que vino DIOS? ¿Por que viene?

Sufro incomprensiblemente. Sufro no por consecuencia de una calculada serie de actos que llevan al sufrimiento, sino por una serie que lleva sin duda al sufrimiento, pero donde no podría haber calculado de antemano los efectos.

Quiero decir: siempre sufrimos por el desorden del mundo, no porque sí, sino porque las cosas no son aquello para lo que fueron creadas. En un cierto sentido todo ese desorden -del que participo- me hace “responsable” del sufrimiento… sin embargo, tal vez en el momento en que podiamos hacer las cosas distintas, no sabíamos cómo era eso, en qué consistía. Sigue leyendo

La Debilidad de Dios

Bueno, no sé si exactamente puede decirse que “se habla mucho” de ella; yo personalmente hablo mucho de ella, sí, y creo que es una de esas grandes intuiciones de San Pablo un poco olvidadas por la tradición teológica (al menos la nuestra), porque cuesta encajarla en el esquema lógico.

A priori parece difícil compaginar esto de un “Dios débil” con la afirmación con la que empieza el Credo: “Creo en Dios Padre todopoderoso…”. Sigue leyendo

¿Mi fe o mi religión?

… Ante todo hay que tener en cuenta que el cristianismo se propone a sí mismo como una explicación de las cosas alejada de las explicaciones corrientes, incluso de las que dan las otras religiones, por eso la distinción que vale entre nosotros, no necesariamente va a valer de la misma manera para otros creyentes.

Precisamente porque para nosotros la fe es una “virtus” (una fuerza, un poder) teologal, es decir que tiene por objeto a Dios, pero proviene del mismo Dios. Normalmente tenderíamos a decir que la fe es el acto por el cual deposito mi confianza (vital, voluntaria, intelectual, afectiva) en un poder que me excede. Pero para el cristianismo, ese acto lo realiza el propio Dios en nosotros.

De allí que se haga imprescindible distinguirlo de la religión, que es un acto por completo humano. Clásicamente (de Aristóteles para acá ), la religión se la clasifica como una de las “virtutes” integrantes de la virtus cardinal de la Justicia, es decir, la segunda en orden de gravedad (primero viene la prudencia). La religión, en la definición clásica, es dar a lo divino lo que le corresponde: honor, culto, gloria, etc.

Resumiendo: la fe es un acto sobrenatural, mientras que la religión es un acto humano. Sigue leyendo

El Temor de Dios

El Temor de Dios

… Uno es el miedo a que de Dios me pueda venir algo malo, y en ese sentido, al menos desde nuestra revelación, no es necesario tener miedo: nuestro Dios, todo lo que causa es para el bien de los seres humanos, bien que a veces lo tenemos oculto, pero que de todos modos sabemos que está allí.

Otro es el “temor de Dios” en el sentido bíblico, que es un don del Espíritu Santo (“espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh”, Is 11,2), y por lo tanto no sólo hay que tenerlo, sino que hay que pedirlo.

El “temor” en el sentido del don del E.S. es también una forma de “miedo” (por eso se llama así, si no se llamaría “patatas bravas” o “zumo de tomate” ), pero no es miedo a lo que Dios hace, sino a la diferencia radical entre nuestro ser y el de Dios. El “temor” que da el E.S. es la clara percepción de que no hay nada que le falte a Dios si no me tiene a mí, y que por lo tanto soy por completo prescindible a la realización de su ser, pese a lo cual decidió, en su suprema gratuidad, no prescindir de mí. Es consternación y terror ante la grandeza de Ser que se me acerca.

Dios es gracia y des-gracia:

gracia porque se me acerca sin que yo lo merezca, des-gracia, porque acercándoseme me quita cualquier fundamento que yo pudiera poner en mí mismo, sólo él puede fundarme, y por lo tanto quedo prendido del abismo, de su Abismo. El abismo te atrapa, y te atemoriza. Percibes que no hay verdad sino allí, pero esa verdad está tan infinitamente lejos de cuanto pudiéramos nombrar y señalar, que nos quedamos sin palabras… y el hombre, cuando se queda sin palabras, deja un poco de ser hombre, en algún sentido. El Abismo, para dar vida, aniquila.

“Misterio tremendo y fascinante”, llama a Dios la fenomenología de la religión. Si quitamos el santo temor, el temor a la santidad de Dios, no a su obrar sino a su Ser aniquilador y dador de vida, nos quedamos con una religión ñoña, cuyo amor carece de peligro… y de amor.

Si el amor no es peligroso, no es amor, sino sentimentalismo. El peligro está en que en el amor me quedo sin autosustento: ya no soy yo quien digo quién soy, sino el amado. El peligro está en que el otro me falle, no me “diga”.

El santo que ama al leproso, al pobre, al desvalido, no lo ama porque le dé besitos (aunque puede ocurrir que lo haga), sino porque recorta su ser en ese deshecho humano que pasa a ser su definición de lo que es él mismo. En el no-aceptado por los hombres esconde su propio ser, que ya no es él mismo, sino el deshecho al que ama.

Como amamos la cruz y no nos falla, pero no porque es linda, ni buena, ni agradable, ni nosotros masoquistas, sino porque en lo más bajo, en lo último que es la cruz, ya no hay posibilidad de más muerte sino sólo de vida. Esa es la paradoja que nos enseñó Jesús y que el mundo no entiende ni puede entender.

Abel Della Costa

Cristo no es una moral…

En esas discusiones que se tienen en los foros Católicos, uno se encuentra con personas que se identifican como Católicas pero están en desacuerdo con algún aspecto “moral” de la Iglesia. “No entiendo por que es malo el sexo prematrimonial”, “No comprendo por que un homosexual no puede hacer X….” “¿Por que la Iglesia solo acepta el método natural para la ‘paternidad responsable’ y no otros medios anticonceptivos?“. No hay nada de malo en preguntarse las cosas, San Pablo mismo nos pide examinarlo todo, y nuestra Fe siempre se ha sostenido como proveniente del Logos, de la razón creadora misma… el problema es cuando llevamos esas preguntas al campo del puro raciocinio personal, y es un problema por que convertimos nuestra Fe en Cristo, en una Fe en su moralidad.

Cuando una persona dice “Soy Católico” pero la Iglesia se equivoca en X situación ya que no veo yo razón en sus demandas, estamos convirtiendo el seguimiento de Cristo en una moral, una persona así, adopta o simpatiza con muchos de los postulados éticos y morales del Cristianismo, pero cuando algo no calza su lógica lo desecha. Y para mi esto es un peligro en todo Católico, todos nosotros los creyentes al querer dialogar en el siglo de la racionalización, hemos querido exponer nuestra Fe en su lenguaje, lo cual no me parece incorrecto, pero hay que conocer sus limites. Que yo pueda dar explicaciones razonables al hecho de por que la Iglesia exige una sexualidad solo inscrita en el matrimonio, no significa que todos vayan a casarse con mis razones, o que lo vayan a comprender, ni si quiera significa que yo sea mas razonable que ellos. Sigue leyendo