Video de Alemania, en favor de la vida.

«Hay muchas razones para no tener hijos, pero una para tenerte: tú»

 

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Los ‘derechos’ que el estado otorga


….  -En la maroma de la técnica me quieren vender un supuesto progreso en los “derechos”. Y lo que digo en este punto es simplemente que lo que el mundo llama derechos o no son derechos, o si lo son, son derechos “forales” no universalizables.

Me explico: no creo que exista ningún “derecho” a la vida o al alimento o a la vivienda, o a ninguna de esas necesidades vitales, precisamente porque la necesidad vital no engendra derechos sino responsabilidades, que los gobiernos incumplen de manera permanente y manifiesta, lavándose las manos de que todavía no progresamos tanto en la recta aplicación de la Carta.

¿Y qué problema hay por una simple cuestión de nombres, de llamar derecho a una necesidad? Que un día va a venir un señor que nos va a decir: “puesto que es un derecho, puede ser conculcado. Ud. y Ud. no hicieron suficientes méritos para merecer gozar de esos derechos…”, y ahí nomás, palo y a la bolsa.

El problema del aborto en la legislación se produce a partir de la perversión de haber concebido la vida como un derecho, y por lo tanto puesta en la mesa de negociación de los derechos que son más o menos relevantes cumplir según el momento político y las necesidades de las fuerzas en pugna. Donde hay un derecho hay otro que tiene otro derecho de signo contrario con el que hay que negociar, ¡y ni la vida, ni el alimento, ni la vivienda, ni el trabajo son negociables! porque sin ellos no hay hombre… así de simple.

Lo demás son los seudoderechos que no son sino reivindicaciones que podrían ser válidas en una estructura foral, donde, por ejemplo, soluciones el problema de las uniones gays sin destruir el tejido sobre el que se basa la existencia de la sociedad como comunidad, No existe un “derecho a ser gay”, existe una realidad de que las cosas no salen del todo como la partera dijo, y algo hay que hacer… así de simple.

Por ahora el Estado se ocupa, gracias a tus impuestos, de tu salud, tu “educación”, tu trabajo y tu entierro. Por ahora recuerdan cada tanto, cada vez menos, que es con tus impuestos que lo pueden hacer, y esa nota es la única que los diferencia de los amos en el estado servil precristiano. ¡Pero es tan fácil que se olvide la relación entre tu número de cuenta bancaria y los “beneficios” que el Estado te brinda! Es fácil para el Estado, que cada vez olvida más eso, y es fácil para la gente, que cada vez se acostumbra más a esperar la educación, la salud, el alimento, el entierro como una dádiva del político de turno, o como un “derecho”, que en el lenguaje moderno quiere decir exactamente eso…

Ya el Estado no te apoya en la educación que le das a tus hijos sino que te priva de lo que sí es un verdadero derecho y se arroga el ser el agente ideológico de la mayor etapa receptiva de una vida humana, no vaya a ser cosa que tu hijo crea en lo que tú crees…

Resulta irónico que la única época que se le ocurrió algo tan poco racional como que la libertad absoluta de expresión es un derecho (relativamente a otros valores más absolutos, sí lo es), hace del férreo control de esa expresión su nota determinante.

Una nota imprescindible a tener en cuenta, es que la gente no es feliz en el lato y cotidiano sentido: no está contenta. ¿Será acaso porque no puede hacer lo que quiere? No hay límite natural que no podamos en la práctica violar o que no hayamos violado ya: ¿quieres casarte con un sapo y tener hijos-conejo? ningún problema, hacemos un Real Decreto, te vas a Holanda diez días, y vuelves con tu sueño hecho realidad. Y si lo que quieres parece imposible no es por falta de libertad sino porque aun no hemos conquistado el secreto de ese gen específico que tu deseo requiere conquistar, pero en un año o dos lo lograremos… En esas condiciones, el que no es feliz es idiota… o es simplemente un ser humano que entrevé que todo esto es falso. Y creo que es lo que pasa de hecho. La gente sabe que nuestra época está descaminada, pero no sabe cómo remediar eso.

Nosotros sabemos también que la época está descaminada y sabemos cómo remediarlo, para lo cual es imprescindible conocer y mirar de frente a la enfermedad, y no andarse con ilusiones-trampa. Pero quien mira un rato la enfermedad, se amarga un poco, porque sabe que se podría haber evitado, y que la vuelta va a ser muy dura, si es que el mundo toma la fuerza de pegar esa vuelta, porque no podemos hacer nada al margen de lo que el otro esté dispuesto a hacer por sí mismo.

Abel DC

Pensamientos Vagos

La perfección del amor siempre es la entrega,
muchos entregan su virginidad,
otros al contrario su fertilidad, convirtiéndola en una generosa familia..
unos, en una vida llena totalmente de oración contemplativa,
otros, en una vida llena de oración en la acción, en dar al sediento y al hambriento.

Toda entrega requiere renuncia, requiere buscar ante todo el bien del otro,
busca por sobre todas las cosas.. llevarlos a Dios, busca que su rostro
refleje el Rostro de Dios a los demás.. un rostro de amor, ternura y fidelidad..
de entrega.

Es triste ver como muchos Cristianos pecan de extremos…
los que tratan la sexualidad como un mal menor y exaltan la virginidad como la mas alta perfección. De la misma manera como aquellos que relativizan la intimidad, y desprecian la castidad.

Las dos son formas de amor y entrega, la castidad protege la fidelidad de esa entrega, protege la familia, purifica las intenciones y nos mantiene cerca de nuestro corazón la esencia del amor, que es la renuncia alegre.

Renuncia alegre, por que es lo que nos enseño nuestro Padre, es parte de nosotros, de su imagen en nosotros.

Por que sin alegría no hay amor…
en un corazón apesumbrado, la oscuridad va llenando sus venas,
y donde hay oscuridad solo puede nacer el odio.. tarde o temprano.

Solo un corazón agradecido y humilde sabe ser alegre,
solo un corazón que ha descubierto la bondad y misericordia infinitas de Dios
puede cantar… puede tener esperanza en la tragedia… solo el puede amar realmente.

Por que el amor es renuncia, es entrega, es alegría.. no jolgorio, idolatría y masoquismo…
por que tienen su centro en Dios Padre.. tienen su centro en Jesús, tienen su centro en el Espíritu de Verdad.

CJBS

Sexualidad Humana

La sexualidad humana -libertarismos hedonistas aparte- aún no ha perdido en el vocabulario cristiano el halo de pecaminosidad, y estoy seguro de que aún muchos, a pesar de que el matrimonio sea un sacramento (por lo tanto de mayor valor que el celibato, que es una promesa, o un voto en el mejor de los casos) siguen en su fuero interno secundando a San Pablo con aquello de “mejor casarse que inflamarse”, como si fuera tan sólo un mal menor, y no la realización de las Bodas del Cordero.

En la teología cristiana el celibato y la virginidad consagrada son una cosa: son un signo escatológico, no algo deseable por sí mismo sino en razón del signo; pero en el imaginario colectivo cristiano son… exactamente lo contrario: son un bien deseable por sí mismo, como lo era para algunos paganos.

No conozco nada más patético ni miserable que la moral cristiana sin piedad ni cristianismo.

En la predicación se sigue poniendo en primer plano el sexto y noveno mandamientos, tergiversados, además, porque su insight no es la sexualidad sino la propiedad, el respeto al prójimo, el autocontrol del deseo (que también es deseo de riqueza y de poder). Seguimos pidiéndoles a los jóvenes que se hagan un nudo allí, pero como se nos va el tiempo en ello, olvidamos enseñarles a rezar… ¡y que me muestren UNA SOLA directiva oficial de catequesis donde el centro sea la piedad y el encuentro con Dios! todo lo que hay es lo que los sufridos catequistas enseñan robándole tiempo a unas directivas puramente moralistas y exteriores.

En suma, que la llamada “moral sexual cristiana”, una indiscernible mezcla de auténtica elevación moral con prejuicios e ignorancia, sigue siendo el centro de la predicación.

¿Y que hacer los novios para entrenarse en la castidad Cristiana?

Primero es crecer en la fe, en el amor a Jesús, en sentirse atraído y reclamado por él, y luego, por añadidura, se “cumplen” muchísimos preceptos que no se cumplen por ser preceptos sino por el reclamo incondicional del amor de Jesús. No por ley sino por fe.

Quizás sea una buena “táctica pastoral” insistir en la moral para que el cristiano se sienta que ser católico implica coherencia con el nombre que se lleva; a lo mejor resulta. Pero yo no la veo muy buena, porque hace católicos cumplidores, es verdad.. pero medianitos, sin pasión. Y lo que necesitamos es catolicos que les vaya la piel en serlo, y porque les va la piel, sean, además, cumplidores.

Abel dando clases de moral 😉

Elogio de los grandes sinvergüenzas

Elogio de los grandes sinvergüenzas

Hace unos cuantos años que vengo notando en nuestra sociedad la falta de unos elementos claves para la buena forma psíquica de todos sus ciudadanos. Antes de que comenzase la floración literaria sobre los rasgos neuróticos de nuestro tiempo venía sintiendo una nostalgia imprecisa, que por fin he logrado saber a qué se refería: lo que nos faltan son grandes sinvergüenzas. Es lamentable, pero es así.

Si me dedico a escribir estas líneas es porque no se ha reconocido aún que los grandes sinvergüenzas han desempeñado en la historia un papel altamente benéfico. Digamos que escribo por una deuda de gratitud hacia ellos, por un “deber de justicia”. Cuando faltan grandes sinvergüenzas, como es nuestro caso, la salud psíquica de los pueblos parece que se resiente de un modo alarmante.

Para no herir susceptibilidades, me voy a situar en el siglo XVI, que, sospecho, queda lo suficientemente lejano como para no desatar pasiones. Por ejemplo, una cuestión sucesoria puede tener tal efecto, pero si se trata de la sucesión de Felipe el Hermoso, cualquier contemporáneo podrá considerarla sin que se altere su ritmo cardíaco.

Pues bien, yo siento nostalgia de formidables sinvergüenzas como Lope de Vega y Felipe II. Fueron grandes sinvergüenzas y fueron inauténticos: mejor aún, en su inautenticidad estribaba su grandeza. De ninguno de ellos puede decirse que obrara siempre de acuerdo con sus convicciones más íntimas y sus más básicos principios, que es lo más definitorio de la actitud ética contemporánea llamada autenticidad.

Es grato, por demás, que nuestra época tributa culto a los hombres auténticos por serlo, pero es ingrato que deteste a otros por lo mismo. Si nos atenemos a lo que significa “ser auténticos”, tanto como Che Guevara lo fue don Adolfo Hitler y el señor Faruk. No logro explicarme por qué, siendo un democrática e igualitarista la sociedad contemporánea, goza con un culto tan arbitrariamente unilateral.

Volvamos a nuestro siglo XVI. En él cabe admirar a Felipe II y a Lope de Vega porque eran inauténticos, y sobre todo, porque lo eran en ese aspecto tan trascendental de la vida de un hombre que es su relación con la mujer; mejor dicho, con las mujeres.

El magnífico Lope no abandonó el ejercicio de su ministerio sacerdotal porque lo creyera imprescindible para alcanzar la plenitud de esa madurez humana de la que tanto se habla hoy, o porque considerase que debe comportarse así en virtud de sus principios básicos. No señor. El gran Lope abandonó su ministerio porque, descuidando el fervor por el que mantenía la vista alzada al cielo, la dejó resbalar hacia la tierra, y comprobó que el animal racional femenino continuaba siendo una criatura fascinante.

Efectivamente, las mujeres pueden contarse entre las criaturas más hermosas de la tierra – sobre todo algunas – y sólo su belleza hace comprensible muchas locuras, a condición de que realmente la posean. Lope era un apasionado de la belleza y era un hombre. Hubiera sido una falta de galantería, e incluso de virilidad, basar su conducta en otros principios que no fueran la belleza de sus damas. Lope, que era un hombre y un esteta, no tuvo necesidad de inventar ningún principio psico1ógico ni teológico: las amó, sencillamente, porque eran hermosas; y por ellas abandonó sus principios más íntimos y sus convicciones más básicas.

Felipe II es, con todo, el más genial de los grandes sinvergüenzas, y, por consiguiente, aquél hacia el que deberíamos dirigir nuestra gratitud en mayor medida. Lo entenderemos bien si lo relacionamos con su colega Enrique VIII de Inglaterra.

El rey Felipe no era un hombre tan seco y adusto como nos ha hecho creer Tiziano. Era amante de la buena mesa y del buen vino, tenía en su dormitorio un cuadro de las tres gracias, y disfrutó de las mujeres más hermosas. En esto no suficientemente lejano como para no desatar pasiones. Por ejemplo, una cuestión sucesoria puede tener tal efecto, pero si se trata de la sucesión de Felipe el Hermoso, cualquier contemporáneo podrá considerarla sin que se altere su ritmo cardíaco.

El bueno de Enrique no quiso obrar en contra de sus más íntimas convicciones y de sus más básicos principios – que eran, por lo demás, los de todos sus compatriotas -, y en aras de la “autenticidad”, para evitar que sus deseos fueran deshonestos, convirtió en honesto lo que deseaba. Para ello tuvo que hacer pasar por entre las dos sábanas de su lecho las conciencias de todos sus compatriotas, pero la autenticidad lo exigía. Enrique no quiso ser un sinvergüenza inauténtico, y se convirtió en un auténtico sinvergüenza. Ahí empieza a deteriorarse la salud mental de un pueblo.

Que un hombre abandone sus principios básicos por una mujer, dejando los principios básicos donde estaban, es reprobable, pero dice bastante en favor de ese hombre -y mucho en favor de esa mujer-: ese hombre podrá volver a sus principios cuando quiera, porque seguirán estando donde los había dejado.

Que un hombre lleve consigo sus principios, haciéndolos cambiar con sus deseos, dice poco en favor de la mujer, a la que ya no se ama por una cuestión de belleza, sino por una cuestión de principios, y dice menos en favor del hombre: porque el que se lleva consigo sus propios principios, en lugar de abandonarlos, nunca podrá volver a donde los había dejado, sencillamente, porque ya no están en ninguna parte.

A partir de ese momento, seducir damas recién casadas o novicias, abandonar el ministerio sacerdotal por una mujer, o cobijar en el regio tálamo a un sinfín de ellas, es una vulgaridad al alcance de cualquier mediocre: sencillamente, porque las han “convertido” en acciones indiferentes.

Los grandes sinvergüenzas podían arriesgar su alma a sabiendas por una mujer hermosa, pero tenía que serlo en grado sumo; les cabía la posibilidad de condenarse por un acto arriesgado y voluntario, pero sobre todo, les cabía la posibilidad de arrepentirse. A los auténticos sinvergüenzas no les cabe más que condenarse por acciones vulgares, después de haberse cortado a sí mismos la retirada hacia el arrepentimiento.

Los grandes sinvergüenzas nunca pretendieron justificar sus acciones, pero todos las comprendemos. Para seducir a una fémina jamás necesitaron el apoyo de los teólogos salmantinos: se apoyaron exclusivamente en su galantería. Y en la aventura que ellos sabían reprobable y arriesgada brillaba el vigor de su carácter y el romanticismo de la gran pasión. Sabían que obraban mal, pero el arrepentimiento y la absolución tenían para sus almas un efecto tan saludable como un buen baño, un buen almuerzo y una buena siesta para sus cuerpos, Su salud psíquica era envidiable. Los auténticos sinvergüenzas han echado a perder la salud de los pueblos.

Una mujer hermosa hace comprensibles muchas locuras – dije-, pero no todas: hace comprensible que un hombre abandone sus principios, pero no que los borre. La supresión de los principios tiene la ventaja de que ya no es posible hacer el mal, pero tiene el inconveniente de que tampoco se puede hacer el bien. Si ninguna acci6n es reprobable, por el mismo motivo ninguna es enaltecible. La supresi6n de los principios es la supresi6n de las lealtades, y si nada se prescribe, ni siquiera el amor es meritorio: en el caso de Lope, esto significa que abandonar los principios por la mujer no es mejor ni peor que renunciar a la mujer por los principios. Cuando todo es indiferente, la vida de los hombres y de los pueblos se estanca en esa terrorífica enfermedad que es el aburrimiento puro, porque el heroísmo y el riesgo son ya imposibles.

Los grandes sinvergüenzas, con su inautenticidad, contribuyeron a mantener la salud psíquica de los pueblos. Nuestra gratitud hacia ellos es un “deber de justicia”: porque dejaron la verdad donde estaba, su autenticidad era virtud; su inautenticidad, pasión; sus amoríos, pecados; sus amadas, hermosas; su arrepentimiento, salvación; y su vida, una emocionante aventura que, al menos no dejaba resquicios para el hastío y la indiferencia.

Jacinto Choza “La supresión del pudor” EUNSA

El texto apareció antes en: Nuestro Tiempo, julio de 1973

Dejame Nacer, Dejame Vivir

Cristo no es una moral…

En esas discusiones que se tienen en los foros Católicos, uno se encuentra con personas que se identifican como Católicas pero están en desacuerdo con algún aspecto “moral” de la Iglesia. “No entiendo por que es malo el sexo prematrimonial”, “No comprendo por que un homosexual no puede hacer X….” “¿Por que la Iglesia solo acepta el método natural para la ‘paternidad responsable’ y no otros medios anticonceptivos?“. No hay nada de malo en preguntarse las cosas, San Pablo mismo nos pide examinarlo todo, y nuestra Fe siempre se ha sostenido como proveniente del Logos, de la razón creadora misma… el problema es cuando llevamos esas preguntas al campo del puro raciocinio personal, y es un problema por que convertimos nuestra Fe en Cristo, en una Fe en su moralidad.

Cuando una persona dice “Soy Católico” pero la Iglesia se equivoca en X situación ya que no veo yo razón en sus demandas, estamos convirtiendo el seguimiento de Cristo en una moral, una persona así, adopta o simpatiza con muchos de los postulados éticos y morales del Cristianismo, pero cuando algo no calza su lógica lo desecha. Y para mi esto es un peligro en todo Católico, todos nosotros los creyentes al querer dialogar en el siglo de la racionalización, hemos querido exponer nuestra Fe en su lenguaje, lo cual no me parece incorrecto, pero hay que conocer sus limites. Que yo pueda dar explicaciones razonables al hecho de por que la Iglesia exige una sexualidad solo inscrita en el matrimonio, no significa que todos vayan a casarse con mis razones, o que lo vayan a comprender, ni si quiera significa que yo sea mas razonable que ellos. Sigue leyendo