Resurrección

¡Cuánta belleza hay en esa frase: «creo en la resurrección de la carne»!

Si no fuera creyente, sólo esa frase me haría pensar que los creyentes seguramente tienen razón en entregar su vida a una fe que dice eso.

Ni siquiera “resurrección del cuerpo”, sino “de la carne”, como para que ninguno se confunda y crea que hay algo nuestro que Dios no ama.

Dios creó esto que soy, y lo creó así, y lo ama así, y lo desea eternamente así: sometido al tiempo, a la tensión, a la búsqueda, a lo particular.

La verdad, el bien, la belleza, nos cuestan, no las podemos alcanzar inmediatamente: la carne es un freno a nuestro deseo de unidad absoluta, total, instantánea… pero la carne es un freno cuanto también es una protección, una protección de no disolvernos en un mar de belleza, de verdad y de bien que pierda nuestra particularidad, nuestro “la verdad vista por Jorge”, “el Bien hecho por Edu”, “la Belleza contemplada por Maricruz”.

La carne oculta, pero en realidad cobija. Es más: cobijaría mejor si no ocultara tanto: Cuando Adán y Eva se convirtieron en dioses para sí mismos, lo primero que sintieron es que la carne ya no los cobijaba, y se hicieron unos taparrabos con rama de higuera, para suplantar el cobijo que da la carne… y no lo lograron, claro está.

Así quiero imaginar la resurrección de la carne: la vuelta al cobijo que nos da la carne, la vuelta a poder ver la verdad, el bien, la belleza de frente sin que nos aniquile.

Pero una “vuelta” que no es un retorno a lo que ya ocurrió: no es un retorno al paraíso perdido sino mucho más: un “cuerpo espiritual” lo llama San Pablo: ¡el cuerpo glorioso de Nuestro Señor! todos cobijados en ese Cuerpo, eso es mucho más que lo que nos dio en el paraíso, pero es más dentro de una humanidad que Dios quiere como humana, y que no quiere que deje de ser humana.

El pecado es un ocultamiento, la salvación un cobijo, por eso se parecen… por eso pecamos creyendo hacer el bien, cuando sólo ocultamos sin cobijar, amamos egoístamente, queriendo a lo mejor amar desde el centro mismo de nuestro yo (del que por ahora no disponemos).

Pero una vez limpia la escoria de eso que nos oculta, quedará la carne de nuevo reluciente, lista para que por primera vez podamos decir: “mi carne”, sin que ese “mi” sea “solamente mío y de nadie más”, porque será “mi carne” y al mismo tiempo el Cuerpo Glorioso de Jesús, en el que todos nos reconoceremos.

Pero decir “la resurrección de la carne” preserva aún el misterio adicional de que cada realidad que nos ocurre ya desde ahora (y digo “realidad” para decir “verdad, belleza, bien” ) hace huella en nosotros, y resucita en nosotros y con nosotros.

Esa coma en un texto, que te apasionó, que te volvió loco para investigar su sentido, que trabajosamente modelaste en palabras para poder comunicarla: esa coma es parte de tu carne, y resucita en el último día. Puede ser que la mortaja no tenga bolsillos, como dice el refrán, pero la “resurrección de la carne” nos anuncia algo que “ni el ojo vio ni el oído oyó”, así que hasta los refranes populares (siempre tan cargados de verdad) se equivocan: la mortaja no tiene bolsillos, pero la carne sí: y nos llevamos puesto todo lo que hayamos ido realizando de verdad, de bien, de belleza en este mundo: “ya en este mundo, el ciento por uno, y luego la vida eterna”.

Quien hoy mira un cuadro bello y goza de la belleza contenida en él sin egoísmos, simplemente dejándose compartir por la Belleza de Dios, ya hoy es un hombre nuevo: su carne ha crecido, se ha llenado, y eso no lo perderá jamás: llevará ese instante consigo por toda la eternidad, y podrá compartirlo con lo que cada carne lleva en sí por toda la eternidad:

hoy es el día de la Gracia, hoy es el día de la salvación

Cada uno de nosotros llegará -opino en mi nombre, no en el del Señor- al cielo con todo lo que es de particular en su vida: cada instante de tu vida (y de la mía, y de la de todos), está preñada de eternidad, y cada cosa, aún la que el mundo considera menos importante, nos va haciendo más personales.

Es a esa persona concreta a la que ama Jesús, no la Humanidad abstracta de los masones, sino a mí, que soy humano, porque soy Abel. Y es a mí, no a la Humanidad, a la que ha dicho: “Abel, si yo quiero que Maite se quede en Galicia hasta mi vuelta, ¿tú que tienes para opinar? tú sígueme.”

Lo que sí está de fondo en lo que puse, es que cuando más humanos y particulares somos, más perfectamente nos vamos asemejando a Jesús, verdadero hombre, judío, no humano en general, Galileo, no de todos los lados al mismo tiempo, que murió bajo Poncio Pilatos, no en cualquier época, y resucitó al tercer día, y no todos los días.

Dios amó lo particular, por eso creó seres humanos que sólo se realizan por completo cuando son -y aceptan ser- sólo una parte: cuando un varón acepta que lo humano no lo hacen sólo los varones, cuando una mujer acepta que lo humano no lo realizan sólo las mujeres, cuando un intelectual acepta que para que el pueda ser intelectual otros dejan su vida en la lonja de pescado, y se van a ir al mismo cielo, cuando el pescadero acepta que algunos nacieron para leer… en fin, porque así será el cielo, creo y opino: infinidad de planetas, con infinidad de humanos realizando la multiforme variedad de las palabras humanas en un aleluya eterno que sonará como….

No sé cómo sonará, pero es lo único que desearía saber, todo lo demás lo trato de saber para saber eso.

Abel

http://www.testigofiel.org

 

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