El Juicio Final


No me podría tomar en serio a Dios, si no sintiera que él me toma en serio, muy en serio; incluso en lo cotidianamente juguetón que es en mi vida; incluso en la patente gratuidad con la que me recibe, lo hace con completa seriedad. No adustez, que no es lo mismo, no con cara de gruñón, sino con la actitud de “lo que es sí es sí y lo que es no, es no”.

Por eso de entre las cuestiones que culturalmente estamos dejando de lado del Credo, el olvido de la radicalidad y seriedad del Juicio (junto con el escatológico Reinado de Dios y la resurrección de los muertos) me parece un punto a meditar.

Claro que del Juicio se puede hablar en prosa… pero sospecho que nuestra imagnación prosaica no da mucho de sí y la liaríamos; como le pasó a nuestros tatarabuelitos, que de tanto hablar del Juicio y fulminar cn el Juicio a cada uno que se cruzaba, terminaron propiciando que entre ellos mismos –y nosotros hoy- nadie quiera ni sentir hablar de eso.

Tal vez lo mejor, entonces –ya saben, por aquello de “lo que permanece lo fundan los poetas”– sea tratar de pensar el Juicio poéticamente. Y como no sé si puedo acometer semejante tarea, más humildemente les propongo leer un poema medieval anónimo, que gozó de cierto puesto privilegiado en la liturgia anterior, y que hoy ha quedado arrumbado entre los pobremente traducidos himnos del Breviario, aunque no sin cierto lugar especial, ya que se utiliza en las Horas del Triduo Pascual.

Se trata del “Dies Irae”, la “secuencia de difuntos”, es decir, el poema que se recitaba antes del Evangelio en las misas de difuntos solemne (misa de requiem), y que ha servido también de inspiración a los grandes requiem musicales, el de Mozart, el de Berlioz, el de Verdi… cada uno con su genio y su percepción propia del caso.

Por mi parte, aunque el poema por sí mismo me gusta muchísimo, y conozco su melodía gregoriana de un viejo ordinario de misa de difuntos que tengo entre mis libros y ni sé cómo llegó a mis manos, no puedo negar que lo aprendí a gustar del Requiem de Mozart, de esos viernes de cada cuaresma en que papá ponía el Requiem en la versión de Karl Böhm en el tocadiscos, y de entre la fritura, como las almas a juzgar de entre las cenizas del cementerio-mundo, del disco emergía la “tuba mirum spargens sonum” llamando a los muertos al juicio; así que me es imposible no escuchar esa música en mi corazón, aunque lea el poema sin música, o pretenda hablar del texto y no de Mozart.

Lo que les presento es el texto y una traducción, pidiendo de antemano benevolencia ya que no es una traducción poética –es decir, carece de metro y de rima como el original- sino que simplemente quise explicitar en castellano lo que tan suscinta como profundamente está dicho en el original latino. Luego del texto, algunos breves comentarios:

 

Dies iræ, dies illa,

¡Día de ira, aquel Día!

Solvet sæclum in favilla:

el mundo se disolverá en ceniza:

Teste David cum Sibylla.

lo atestiguan David y la Sibila.

Quantus tremor est futurus,

¡Cuánto temblor ocurrirá

Quando judex est venturus,

cuando haya llegado el Juez

Cuncta stricte discussurus!

a derribar todo con severidad!

Tuba, mirum spargens sonum

Una trompeta, esparciendo un sonido admirable

Per sepulchra regionum,

por la región de los sepulcros,

Coget omnes ante thronum.

convocará a todos ante el Trono.

Mors stupebit, et natura,

La Muerte estupefacta, y la Naturaleza,

Cum resurget creatura,

cuando se pongan en pie las creaturas

Judicanti responsura.

a responder ante el Juez.

Liber scriptus proferetur,

Se proclamará el Libro

In quo totum continetur,

en el que todo se contiene

Unde mundus judicetur.

y por el cual será juzgado el mundo.

Judex ergo cum sedebit,

Pues cuando el Juez haya tomado asiento

Quidquid latet, apparebit:

lo que está oculto, se hará patente:

Nil inultum remanebit.

nada quedará sin castigo.

Quid sum miser tunc dicturus?

¿Qué –mísero de mí- diré entonces?

Quem patronum rogaturus,

¿A qué patrono me acogeré,

Cum vix justus sit securus?

cuando apenas el justo está seguro?

Rex tremendæ majestatis,

Rey de tremenda majestad,

Qui salvandos salvas gratis,

que salvas gratis a quienes deben salvarse:

Salva me, fons pietatis.

¡sálvame, fuente de piedad!

Recordare, Jesu pie,

Recuerda, Jesús piadoso,

Quod sum causa tuæ viæ:

que fui causa de tu camino:

Ne me perdas illa die.

no me pierdas aquel Día.

Quærens me, sedisti lassus:

Tratando de encontrarme, te sentaste fatigado;

Redemisti Crucem passus:

me redimiste, padeciendo en la cruz:

Tantus labor non sit cassus.

¡tanto trabajo no sea inútil!

Juste judex ultionis,

Justo Juez de la venganza:

Donum fac remissionis

regálame el perdón

Ante diem rationis.

antes del día de cuentas.

Ingemisco, tamquam reus:

Gimo, como el reo que soy,

Culpa rubet vultus meus:

la culpa enrojece mi rostro:

Supplicanti parce, Deus.

¡oh Dios, perdona a quien te suplica!

Qui Mariam absolvisti,

Tu, que absolviste a María

Et latronem exaudisti,

y que escuchaste al ladrón,

Mihi quoque spem dedisti.

también a mí me has dado esperanza.

Preces meæ non sunt dignæ:

Mis plegarias no son dignas,

Sed tu bonus fac benigne,

mas Tú, Bondad, haz benignamente

Ne perenni cremer igne.

que no arda en el fuego eterno.

Inter oves locum præsta,

Concédeme un lugar entre las ovejas

Et ab hædis me sequestra,

y arrebátame de entre las cabras,

Statuens in parte dextra.

colócame a la derecha.

Confutatis maledictis,

Una vez confundidos los malditos

Flammis acribus addictis:

y entregados a las llamas ardientes,

Voca me cum benedictis.

llámame con los benditos.

Oro supplex et acclinis,

Ruego suplicante y de rodillas,

Cor contritum quasi cinis:

el corazón contrito, como en cenizas:

Gere curam mei finis.

¡Lleva tú el cuidado de mi fin!

Lacrimosa dies illa,

¡Día de lágrimas aquel!

Qua resurget ex favilla.

en que resurgirá de la ceniza

Judicandus homo reus:

el hombre reo que será juzgado

Huic ergo parce, Deus.

Perdónalo, pues, Dios.

Pie Jesu Domine,

Jesús, Señor piadoso,

Dona eis requiem.

concédeles el descanso.

Me gusta la estructura de este poema, además de todas las cosas que me gustan de él. Esa forma como de un reloj de arena muy particular: las primeras seis estrofas están abiertas a la totalidad de los hombres, hablan de todos sin distinción… y sin embargo, en la séptima estrofa, el foco se centra en el propio poeta: mísero de mí, qué voy a decir?, así, en ese embudo por el que entra uno solo, que es cada uno de los que miramos de frente, con temor y temblor, el Juicio, y a la vez con la confianza en Aquel que no habrá tenido inútilmente tanto trabajo en redimirme; en este embudo, decía, atraviesan las siguientes once estrofas, para en las dos últimas volver a abrir el foco, a todos los hombres, para quienes ruega perdón y descanso eterno

Algunos versos:

“Dies Irae, dies illa”: está literalmente tomado de la traducción latina de Sofonías 1,15:

«Día de ira el día aquel, día de angustia y de aprieto, día de devastación y desolación, día de tinieblas y de oscuridad, día de nublado y densa niebla, día de trompeta y de clamor, contra las ciudades fortificadas y las torres de los ángulos…»

Claro que el poema apocalíptico de Sofonías afecta al pueblo de Dios, mientras que la mirada del poeta medieval ya ha pasado por el Nuevo Testamento, y esa Ira de Dios se derrama ahora sobre todos los hombres, tanto como su Redención ha sido para todos.

Por eso busca testigos entre el pueblo santo y entre los paganos: David y la Sibila.

David, obviamente mencionado como condensación de toda poesía y profecía bíblicas; “la sibila” hace alusión a una colección “profética” pagana, los “Oráculos sibilinos”, que se ponen de moda más o menos en cada momento de angustia del mundo, tanto como se pone de moda Juan Apocaleta. La colección habla del fin del mundo, poniendo las profecías en boca de una sibila, es decir, de una profetiza pagana, aunque siendo del siglo IV de nuestra era (algunos fragmentos se remontan al siglo II aC), es muy probable que sean ya de redacción cristiana.

No importa ese dato, la intención poética no es tanto el pensar si la sibila tiene o no razón, sino que ante la ineluctabilidad del Juicio nadie -ni entre los creyentes ni entre los gentiles- pueda decir “yo no sabía”.

“Quantus tremor est futurus”: a pesar de la sencillez en el uso del metro y de la rima (poema monótono, adecuado a un latí que comenzaba a declinar), hay sin embargo un uso muy intenso de las imágenes, a veces intraducible: “quantus tremor”, evoca a la vez tremor como los temblores del terror ante la escena de la aparición del Juez, como a la imágenes de temblores de tierra, presentes en toda buena representación apocalíptica… y eso en sólo cuatro palabras.

“Tuba mirum spargens sonum”: es interesante el cambio de tiempo.Hasta acá hablaba en futuro, ahora el poeta se traslaa a la escena: lo que dice está ocurriendo: “hay una trompeta esparciendo un sonido admirable”… cómo la pifié con la traducción: “mirum” es admirable, pero no en el sentido en que admiramos una porcelana fina, o una casa bien construida, sino en el sentido en que admiramos una obra de arte, o una catástrofe, que nos sobrecoge y nos hace empequeñecer.

A su vez, la “tuba” (trompeta) refiere a la imagen de los ángeles convocando a la asamblea escatológica en nombre de Dios (recordemos la caída de los muros de Jericó al sonido de las trompetas del culto), pero no menos a la describción de Juan Apocaleta, en Apocalipsis 1,10: “oí una voz estremecedora, como de una trompeta (“vocem magnam tamquam tubae”, en la traducción de la Vulgata de San Jerónimo).

Aún hasta la propia muerte y la naturaleza son pilladas de sorpresa en este resurgir insólito de los muertos, para lo que ni muerte ni naturaleza estaban preparadas: La muerte (quedará) estupefacta, ¡y la Naturaleza!… claro, como para no estarlo, tan tranquila que creía la muerte tener ganada la batalla. pero no: ya no es la Muerte, y su sicario la Naturaleza, la última palabra, sino que esa palabra queda reservada al Juez Tremendo, que -como pueden notar- no habla en todo el poema ni una sola palabra… ni falta que hace, ya que cada una de nuestras acciones, hasta la más oculta a todos, hasta aquella con la que más nos engañamos a nosotros mismos, ha quedado escrita en el Libro donde lo oculto queda visible, y lo escondido patente…

¡Mamma mia! casi que no puedo seguir escribiendo de lo aterrorizado que estoy… ya vuelvo, voy a buscar un santo para rezarle.

«quem patronum rogaturus?», «¿a qué santito le rezaré?»

… pero a decir verdad, no encontré. Ni San Expedito te enciendo un cabito, ni Santa Rita que te da y te quita, ni Santa Lucía quítame esta porquería, ni siquiera Santo Pilato, me quisieron -dicen que no pueden- patrocinarme el Juicio, así que tendré que ir yo solito, aterrorizado por el ruidito que hacen las hojas del Libro de la Vida mientras van pasando una a una… para colmo mi nombre empieza con A, así que estoy casi al principio:

-Abel!

-glup! sip! acatoy!

Bueno, ahí empieza la segunda parte del poema: la estrategia del creyente para ganar el juicio… que es a la vez todo un “tratado” de la oración cristiana, que mama a cada paso de la Biblia.

Comienza recordándole a Jesús el principio central de la fe que nos enseñó: «tú [dijiste que] salvas gratuitamente a quienes vas a salvar».

Pero no se queda en enunciar el principio general; estamos en la segunda parte del poema, la parte estrecha del embudo, y cabemos sólo Jesús y yo: «soy la causa de tu venida»; ¡jolín! si para andarse con títulos, hay que buscarse lo mejores, qué tanto. Y la verdad que es cierto: Jesús vino para salvar a todos, pero igual hubiera venido sólo por mí… es más: me hace sentir que sólo estuvo acá por mí: «tratando de encontrarme te sentaste fatigado». «Cerca de ti está la Palabra»… dice San Pablo; “de ti”, no “de vosotros”. Porque el “vosotros” sólo es posible a partir de que podemos llamar a Dios Padre nuestro. El nosotros (y el vosotros) sólo es posible en la comunidad de los que se saben personalmente rescatados.

Aunque no hiciera falta la venida de Jesús para el resto del mundo (¿y quién puede decir que los demás necesitan la redención?), aunque todos fueran santos y perfectos, yo necesito que vengas, que me rescates, que me busques…

«tantus labor non sit cassus», «¡Que tanto trabajo no sea en vano!»

Para mí este es el momento bíblico por excelencia, la disposición central de la oración, la que nos enseñó Abraham:

«¿es que acaso el Juez de toda la tierra va a ser injusto? no! tú no puedes obrar así» (Gn 18,25)

A partir de aquí, el poema se concentra en mostrarle a Jesús que lo único justo es salvarme, precisamente porque no me lo merezco, no porque lo merezco. Toda mi fuerza, la única carta que puedo jugar es:

«mihi quoque spem dedisti», «a mí también me diste esperanza»

es decir, el título por el cual, a pesar de mi indignidad, me acojo a aquel principio general de la salvación gratuita. De paso me busco unos ejemplos, pero más bien chuscos, nada de santos que cuando eran babys en vez de berrear rezaban el Avemaria; no: más bien el Ladrón y la Magdalena, gente pecadora si las hay, en compañía de los cuales me siento como en casa.

Que ni se le ocurra sacar el Derecho Canónico en lugar del Libro de la Vida, porque entonces no me sirve ninguno de estos argumentos; pero si somos juzgados por nuestras acciones y no por la Ley: ¡esas acciones hablan de mi incurable indignidad, y de la inaudita voluntad de Jesús a lo largo de toooooooda mi vida de ver sólo lo poco bueno, y suplir él lo mucho malo:

-mira que feo que es el chico…

-sí, pero mira que linda sonrisa tiene, gugú dadá

-pero tiene cola de cerdo!

-le servirá para trepar a los árboles

-pero es cegato…

-¡por lo que dan en la tele…!

«Gere curam mei finis…», «¡Lleva tú el cuidado de mi fin!»

No queda más por decir. Y sorpresivamente el embudo, mejor dicho, el reloj de arena, se vuelve a abrir, y ya no me abarca a mí sino a todos, es más: ya abarca a todos los demás, aquellos por los cuales rezo, y para quienes deseo la salvación. En el yo no soy digno apareció -se reveló- el verdadero fundamento desde donde es posible pronunciar el nosotros de la Iglesia:

«Dona eis requiem.», «concédeles el descanso»

Esa apertura final del yo al ellos, aunque es un agregado litúrgico y probablemente no formara parte de la redacción original… mejor dicho: precisamente porque es un agregado litúrgico, nos muestra el verdadero sentido del Juicio en una fe formulada poéticamente:

El Juicio es el lugar donde a partir del reconocimiento de mi propia indignidad, quedo libre para que la fuerza de mi oración, mucha o poca, pueda verdaderamente coayudar a salvar al mundo, a los demás.

Nuestro Dios es un dios que salva

Un abrazo

Abel

http://www.eltestigofiel.org/dialogo/fo_tema.php?idm=25590

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