Un Evangelio Amoral

XII Domingo del Tiempo Ordinario: Mateo 10,26-33
Abel Della Costa
23-jun-2008

Mateo 10,26-33, que leemos este domingo XII del Tiempo Ordinario, parece casi más una colección de frases de Jesús débilmente unidas entre sí por el mandato “no temáis”, que el recuerdo de una enseñanza concreta del Maestro.

En realidad no se trata de que “parece”, se trata de que efectivamente hay fragmentos del Evangelio que no reproducen esta o aquella enseñanza, este o aquel día en el que Jesús habló a la multitud, sino que recogen más bien frases que los discípulos y otros testigos le escucharon en diversas ocasiones (quizás varias veces), y que luego de la proclama de la resurrección, y con nuevos sentidos iluminados por la fe pascual, organizaron en colecciones de lo que hoy llamamos “logia”, “palabras de Jesús”, que se diferencian de las colecciones de hechos y de milagros en que las palabras carecen completamente de contexto, y simplemente se yuxtaponen una tras otra; esto, como se comprenderá, refuerza aun más la sensación de que estamos ante palabras que trascienden por completo el sentido en el que nosotros podamos provisoriamente fijarlas: siempre están diciendo más, mucho más, que lo que somos capaces de leer.

Como la memoria de esos logia (pronúnciese “loguia”) es un hecho colectivo y anónimo, también ocurre que una misma sentencia puede estar repetida en una colección de diversas maneras, acorde con las diversas fuentes que la fueron recordando.

Los autores de los evangelios -todos ellos, no sólo Lucas, que lo menciona explícitamente en su prólogo- recurrieron a estas fuentes para contar acerca de Jeús, construyendo, no biográfías sino evangelios, es decir, escritos donde lo que se pretende es interpretar la fe que el creyente vive, a la luz de la palabra de Jesús; por eso en muchos casos la contextualización de las frases es ficticia, y tiene que ver con lo que le está pasando a la comunidad a la que el evangelista habla más que con el contexto preciso en el que Jesús dijo esas frases, contexto que casi siempre ha quedado desconocido para nosotros.

Lo que corresponde pensar ante estos fragmentos, entonces, no es tanto “qué quiso decir Jesús” (que probablemente quiso decir muchísimas cosas, en distintas ocasiones, con las mismas frases) sino qué sentidos de esos que dijo Jesús ha rescatado el Evangelio al recordarlas y engarzarlas como lo hizo.

Mencionaba al principio que el hilo conductor que une los diversos logia es “no temáis”, pero lo que le da su impronta a estas sentencias, lo que probablemente haya hecho que a lo largo de la memoria apostólica estos fragmentos se hayan mantenido juntos no es ese mandato de “no temer” -que tantas veces nos recuerda Jesús- sino el fundamento de ese “no temáis”:

-¿Por qué, Señor, me mandas no temer? ¿acaso me has dado superpoderes como a Batman, me has hecho austero como al Cura de Ars, irresistible como a Anita Ekberg, genial como a Bergman, inteligente como a Agustín? ¿Acaso puedo estar seguro de mí mismo en algún aspecto, como para plantarme firme frente a los múltiples enemigos y decir “no temo”?

-Nada de todo eso: no temas, porque hasta el último cabello de tu casi calva cabeza está contado.

A eso llamo un evangelio “a”-moral. No in-moral, ni tampoco des-moralizante, sino ubicado mucho más allá, mucho antes, de la pregunta moral. La pregunta moral por excelencia es “y entonces, ¿qué debo hacer?”. Ante Dios que me crea y recrea, ¿qué debo hacer? Ante Jesús que se entrega por mí, ¿qué debo hacer? Ante el que merece lo mismo que yo pero tiene menos que yo, ¿qué debo hacer?. Pero estos logia se ubican unos paso antes de la pregunta moral, en el verdadero comienzo de toda fe y de toda religión: hagas lo que hagas, eres mío, perteneces a un plan, una historia, un designio, que se te escapa, que desearás conocer pero no podrás: porque ese designio es mi propio e insondable mundo divino.

Ya vendrán otras partes del Evangelio recordándonos que tenemos que hacer determinadas cosas, que no es lo mismo obrar bien que obrar mal, orar que no orar, dar limosna que no darla, ayudar al desvalido que no ayudarlo, perdonar que no perdonar. Toda esa moral cristiana es necesaria, imprescindible. Es muy necesario que se nos recuerde casi a diario que Dios “que te creó a ti sin ti, no te salvará sin ti”.

Pero esa moral se vuelve moralina, y la religión se licua y agua en rancio fariseismo, si no se va cada tanto un paso más allá de esa moral cristiana, a las regiones donde no hay una conducta humana buena y una mala, sino un misterio divino de elección y salvación que nos excede, que se nos resiste a la comprensión, que no podemos verbalizar, pero que podemos celebrar, y cantar, y gozarnos en él: no temáis, porque valéis más que muchos pajarillos.

No es lo que eres, no es lo que puedes, no es lo que alcanzas, no es lo que obras: ¡es que, incluso si fueras el más abyecto, incluso si fueras el más bajo ante los hombres, vales infinitamente ante los ojos del Padre!

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