No nos metas en la tentación

gethsema-copy-small.jpgEn nuestras versiones modernas del Padre Nuestro aparece una frase que es bastante light, porque incluso en la latina dice:
“ne no inducas in tentationem”: no nos conduzcas/coloques/induzcas/metas en la tentación…

Siguiendo, la redacción griega dice:
«kai me eisenenkes hemás eis peirasmón»

La expresión tiene una construcción muy griega, y aunque los “padrenuestro” de Lucas y de Mateo tienen muchas variantes, esta frase está literal en los dos, probablemente porque ellos mismos se sintieron interpelados y removidos por una forma de hablar tan provocativa, y no se anmaron a teologizar -cosa de la que algunos aventureros deberíamos aprender…-:

 

eis+raíz verbal eis+sustantivo: es decir, repite la preposición (eis: hacia) en el verbo y en el sustantivo: es una forma de reforzar, pero es también una forma de construir que hace a la índole del idioma griego, y que en castellano resultaría redundante. ¿Por qué me llama la atención, si es la forma normal de construir en griego?

 

Porque siempre se afirma que el padrenuestro es netamente semítico. Y si bien es posible que uno pueda afirmarlo de las ideas que contiene, es evidente que la redacción griega está cuidada para que suene… en griego; es decir que no se trata de una mera traducción.

 

Bueno, como sea, la Iglesia inicial le dio enorme importancia a esta oración, a pesar de que Marcos no la cita.

A poco de expandirse la Iglesia, se va estableciendo el Padrenuestro como modelo de oración, y con esto traslada al corazón de la oración cristiana esa enigmática expresión: “no nos induzcas a la tentación”….

¿Enigmática? bueno, más o menos: en el AT tenemos muchos momentos, que hoy llamamos “primitivos”, donde a Dios se le atribuye no sólo el causar los bienes sino el probar a los hombres: Dios tentó a Abraham, a Moisés, al pueblo de Israel, a los profetas… y al propio Jesús. Y de tentarlos los sacó buenos, en algunos casos de la madera sacó oro, en otros el oro ya estaba, pero lo hizo lucir más.

 

¿Y todo eso cómo? pues… ¡tentando! mejor dicho: metiendo en la tentación.

El demonio, que es una especie de bufón y copión de Dios, tienta, pero sus tentaciones, que son muchas, no se parecen a La Tentación de “Dios tentó a Abraham”.

 

La Tentación, en tanto proviene de Dios, no es exactamente un mal. Es desmesurada, como el propio Dios, pero puesto que proviene de él, no puede nunca ser mala. Es más: se nos dice en 1Pedro -y en muchos otros pasajes- que si no nos prueba, no son sacará buenos.

 

Claro que un signo de humildad es pedirle a Dios que no nos pruebe, porque nadie puede estar seguro de sí mismo, y eso es lo que le pedimos en el Padrenuestro, o lo que Jesús quería que le pidiéramos, antes de que le lavaran la cara con estas traducciones ridiculillas.

 

A Dios le pedimos que no nos tiente; y a nuestra vez tenemos como mandato no tentar a Dios.

Ese lenguaje de relación en misterio con el misterio más profundo de Dios es lo propio del lenguaje religioso. Si quitamos el misterio de un Dios que lo mismo puede salvarnos que perdernos, que nos salva por pura gracia, sin nada de nuestra parte, y en el pavor de que podría perdernos, no sé qué queremos que quede de la religión, ¿algo presentable? ¿una moralina para sacar ciudadanos bien educaditos? de eso que se ocupen las escuelas: la celebración religiosa, la Biblia, el catecismo, el diálogo de la fe no es para aprender a moderarnos, sino para reverenciar y anhelar inmoderadamente la inmoderación de nuestro Dios.

 

La tentación es eso de lo que hablan algunos místicos, y eso de lo que habla Jesús cuando está en la cruz: Elí, Eli, lemá sabactani…

 

Hay verdades impersonales: “esto es un teclado”. No importa quién lo dice, por qué lo dice, ni a quién se lo dice; lo único cierto de “esto es un teclado” es que esto es un teclado… es tan cierto como vacuo, claro.

 

Cuando estamos en el terreno (¿o debería decir en las arenas movedizas?) de las verdades que importan, las que no son vacías, junto a ellas importa también quién lo dice, cómo, a quién, etc.

 

¿Es la tentación a la que me refiero el silencio de Dios? un poco sí, un poco no.

 

En un cierto sentido lo es: no escuchamos en la cruz ninguna palabra del Padre. Se escuchó una en el bautismo, se escuchó una en la transfiguración. Bautismo y transfiguración eran PARA la cruz, y llegado el momento, cuando el Padre debería -según nuestros cálculos, según lo que razonablemente podríamos esperar- hablar, no lo hace.

 

Ascépticamente considerado -en el laboratorio teológico- el abandono que Jesús proclama es el silencio de Dios.

Pero la cosa cambia por completo cuando tomamos en consideración que Jesús no enuncia que el Padre lo abandonó, al contrario: utiliza la Palabra de Dios, para hablar a Dios e interpelarlo: Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

No es una verdad teológica, no es un tema teológico, no es un enunciado teológico, es una interpelación, es una verdad de primera persona.

 

Cuando sabemos lo que dijo Jesús, no sabemos, en realidad, nada; por eso no sólo no sabríamos cómo “opinar” sobre eso que dijo, sino que además, incluso aunque supieramos toneladas de “teología del silencio de Dios”, nuestras opiniones sobre lo que dijo Jesús serían un tremendo, y un poco sacrílego, desvarío.

 

Porque Jesús no enunció ninguna verdad que se pueda saber y sobre la que discutir; más bien enunció una verdad de primera persona. La unica manera de saber lo que en realidad dijo sería pasando por lo mismo, es decir, llegando a la situación en que esa frase ya no fuera de Jesús sino mía, es decir, que se convirtiera en una verdad en primera persona mía.
Aunque no podemos saber lo que Jesús le dice al Padre cuando le dice “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, sí que podemos darnos cuenta de que es la experiencia más atroz por la que puede pasar una persona: esa frase es la cruz en lenguaje, como la cruz es esa frase, pero en madera. Una y otra son equivalentes.

 

Sabemos que es el Padre quien lo mete a Jesús en esto, quien lo manda a la cruz. Jesús lo enuncia con una sencillez soberana: para esto he venido; y más fuerte aún: el Hijo del hombre debe padecer.

 

Dice Jesús que quien no toma su cruz y le sigue, no sirve para el reino; sin embargo nos enseña también a decirle al Padre: “no nos metas en la tentación”, que es tanto como decir: “no nos cuelgues en la cruz”.

Podemos decir eso porque Jesús sí que se sometió a la cruz, sí que le dijo a Dios eso que no comprendemos: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Quizás aunque le pidamos al Padre que no nos meta en la tentación, igual no puede, no porque no sea todopoderoso, ni mucho menos porque sea “malo”, sino porque aún estamos fuera de él. Igual quizás tampoco quería meter a Jesus en la cruz, y habló del Hijo cuanto pudo, en la voz más alta que pudo, pero en el último instante no podía hablarle ni hablar al mundo. Así como el Hijo debía padecer, el Padre tal vez debía callar; con la misma clase de necesidad.

 

Y entonces pedirle al Padre que no nos meta en la tentación no es tanto una manera de evitar lo que sea necesario, esa voluntad difícil de cumplir, sino una manera de ejercitarnos en saber que en cualquier momento, la salvación no está en lo que nos ocurra, ni en dónde estemos metidos, sino que en ese instante preciso nos dirijamos en primera persona al Padre; algo que hay que aprender y practicar cada día y varias veces al día, incluso por si acaso nos llegara a tocar el tener que decir “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

¿Entonces Dios PRUEBA?

A mí no me cabe en la cabeza que Dios pruebe a nadie.

Obvio que el hecho de que no quepa en mi limitada cabeza no es signo de nada, pero no me gusta obviar ese punto de partida: ¿me puedo representar un Dios que “prueba” a alguien? no, la verdad es que de ninguna manera.

 

Se me ocurre que es la presencia misma de Dios, su inconmensurable ser, el que establece una “prueba”, no un acto positivo de su voluntad. A ver: una persona virtuosa en medio de un grupo de gente normal se constituye, sin necesariamente quererlo ni hacer nada para ello, en medida de virtud para los demás, en “prueba”.

 

Ahora eso mismo, pero no en el plano moral sino en el metafísico, creo que es lo que significa la expresión “prueba” referida a Dios: ¿hace falta, por ejemplo, que Dios le pida positivamente a Abraham que le ntregue a su hijo único?¿no puede el propio Abraham, por el descubrimiento revelador del ser de Dios, mirando tan sólo las estrellas (tan sólo pero no tan solo), descubrir que a ese ser no se le puede oponer nada que en la propia vida tenga “valor”? de allí a ofrecerle el hijo único en medio de una epoca en la que ofrecer un hijo a la divinidad no es considerado un disparate, hay sólo el paso de hacerlo.

 

Ahora bien, ¿cómo expreso narrativamente esa medición inconmensurable entre el ser de Dios y aquello que se le acerca, precisamente cuando quiero decir que el presentarse del ser de Dios no es algo abstracto que ocurre en mi cabeza sino un acontecimiento revelador debido al propio Dios?

Bueno, pues, yo lo haría con el lenguaje de la prueba.

Se trata, como siempre, de un lenguaje aproximado, no de algo que describa exactamente la cosa. Si nos preguntan si Dios prueba, habría que decir que no. No podemos caer en infantilismos al respecto: no, Dios no prueba.

 

Pero después podemos, y debmos, elevarnos a un sentido más esencial de la prueba y llegar a la conclusión de que Dios prueba, sí, pero al modo de los padres, no al modo de los showman de un concurso televisivo.

 

Es decir: una cosa es el conocimiento de Dios en el sentido de la gnosis teológica, blablá, blíblí, ¿dónde está Dios? Diosestáenelcieloenlatierrayentodolugar, etc… multiplicado por 99, y otra muy distinta el conocimiento de Dios en el sentido en que los profetas nos urgen y Jesús nos habilita:

«Misericordia quiero, no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos…»

Se trata de un binomio, un “paralelismo antitético seguido de un paralelismo sintético” (tomá mate!):

hesed (amor/misericordia) ——– sacrificio
conocimiento de Dios ——– holocaustos.

Si no sabemos lo que es “conocimiento de Dios”, nos basta ver que tiene respecto de holocaustos la misma relación que la misericordia con los sacrificios, es decir: los sacrificios dejan a Dios allá, en su sacra esfera, la misericordia en el sentido del hesed, del amor, del agape (así lo llaman en el NT) se abraza con él. Los holocaustos elevan a Dios unos bienes que en último término ya son de él, el conocimiento de él le “devuelve” a Dios lo único que no es de el, porque es lo único nuestro, lo único que con propiedad podemos “darle”: nosotros mismos: yo te conzco. Ese “yo”, reconquistado por él mismo, es ahora de nuevo nuestro, y podemos libremente dárselo.

No es conocerlo con la cabeza, sino conocerlo como se conoce a un amigo, a un hermano, a un padre, al “Padrino de Israel” -como cómicamente se llama en un momento del Génesis-.

 

Ahora bien, ese conocimiento es peligroso, es altamente peligroso: nada es igual una vez que “conocemos” en es sentido. Cuando Adán y Eva se conocieron, lo que conocieron es que no tenían en qué apoyarse, estaban desnudos, y encima heridos.

 

Hay conocimientos de los que se exhiben los títulos, y conocimientos que caen en gracia, pero como una desgracia.

 

Y es que Dios es gracia y des-gracia, te viste y te desnuda, te apoya, pero tanto que te deja sin apoyo, y acercarse a él es como dejar la cordura en un vaso, junto a las lentillas y la dentadura postiza.

 

Es un fuego devorador, dice la Escritura, que hace mucho mejores metáforas que yo. ¿Es de cuerdos pedirle que nos dé precisamente ese conocimeinto? ¿no es lo cuerdo pedirle que NO nos lo dé, y alegrarnos con todo nuestro ser cuando nos lo da?

 

San Pablo y los primeros cristianos se saludaban “los santos de mogopichu a los santos que viven en pamplinia de turumnbamba, gracia, paz”: hoi hagioi, jaris, heirene: los santos, gracia, paz… es todo lenguaje de la intimidad de Dios, ¡son las propiedades mismas del ser de Dios!

¿Es que disparataban? sí, un poco sí, es una verdadera locura llamarse santo, desearse esa paz, sumergirse en esa gracia.

Nuestro ser pide equilibrio y cordura… y a la vez el destello de fuego, la llama de espada vibrante que aún queda -y siempre, y en todos- en nuestro espíritu, incluso en los espíritus más sumergidos y más superficiales, nos empuja a la locura.

 

¡Y desque Dios mismo “se hizo el loco”, ni te cuento!

 

“No nos metas en la tentación! no nos quites la cordura, pero es que si estábamos tan bien cuando sólo queríamos cobrar un sueldo a fin de mes, y salir con la parienta y los chicos, y morirnos en paz! no nos metas en la tentación! no nos muestres tu fuego devorador”

 

Pero sí, muéstralo en realidad, acaba con todo de una buena vez, basta de cordura!

 

Es que el lenguaje del amor es así, paradójico, lleno de ripios, habla siempre doble, y más dice “te quiero” cuando dice “no te quiero” y todo así. Y el lenguaje religioso es lenguaje del amor, puro y duro.

 

¿Así que hay que pedirle que no nos meta en la tentación? sí, claro, pero a la vez deseando íntimamente que nos meta en la tentación. Que nos dé la vida y nos aniquile.

 

Ahora bien ¿a qué vendría usar esas palabras, como “prueba”, “tentación”, para referirse a algo que ocurre “en automático” por el mero hecho de la diferencia ontológica entre el ser absoluto y los seres relativos?

 

Mientras nos movamos en el terreno de las necesidades metafísicas, no sólo no hace falta, sino que es absolutamente incómodo e inadecuado el lenguaje de la prueba y la tentación. Lo primero que hace la metafísica religiosa (la metafísica aplicada a la religión) es sacarse de encima ese lenguaje, dejando todo genero de prueba y tentación en manos de la moral; y la moral hace lo único que sabe hacer con las cosas: convierte a la prueba y la tentación en un acontecimiento “en general”, sometido a reglas: lo hace comprensible por todos, a costa de perder ese aspecto oscuro y delicado: el reclamo incondicional de Dios a este hombre, reclamo que no se repetirá en ningún otro.

 

La tentación de Abraham nos queda grande a todos, la de Moisés similar, la de Elías lo mismo, la de Jeremías otro tanto, la de Jesús ni hablar. Podemos aceptar ir a la cruz como ellos, podemos disponernos a vivir la cruz en y por Jesús… pero no podemos entender por qué la cruz en vez de la glorificación, por qué es absoluto el “el mesías debe padecer para entrar así en la gloria”

 

«¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Mas, ¿cómo se cumplirían las Escrituras de que así debe suceder?» (Mt 26,53-54)

 

¡Por Dios, Jesús! ¿de dónde sacaste semejante metafísica? ¿a qué escuela de religión fuiste? ¿con quién aprendiste teología? ¡cómo vas a decir que así debe suceder para que se cumpla la Escritura, cuando lo lógico es que la Escritura diga lo que es bueno que ocurra y punto..! ¿o sea que si a Dios se le hubiera ocurrido decir cualquier otra cosa en la Escritura -no sé: que el Mesías iba a tener plumas- debería cumplirse y nos salvaría una vedette?

 

Bueno, pues, es así: el Mesías debía padecer, y debía padecer para que se cumplieran las Escrituras, escrituras cuyo único valor diferencial respecto de cualquier otra escritura es que provienen del mismo Dios que envió al Mesías, o sea que el Mesías debía padecer por mandato expreso de Dios.

 

Las Escrituras cierran el círculo de este razonamiento irracional y hacen de la aparente verdad metafísica de “el Mesías debía padecer”, una auténtica verdad religiosa.

 

La prueba y la tentación son incomprensibles como verdades generales y como temas morales, no hay ninguna razón por la que Dios deba probarnos para sacarnos buenos (“Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero…”), no hay ninguna perfección sobreañadida a nuestro ser al superar la prueba y al vencer la tentación, porque todo lo que para Dios pueda ser aceptable de nuestro ser es lo que redimió Jesús, con independencia de mi voluntad, como al publicano. Si la prueba y la tentación provienen directamente del Demonio, ni consideración merece, del momento en que el menor del Reino es mayor que cualquier legión de Principados, Potestades, Tronos, Dominaciones, todas realidades creadas por Él y para Él.

 

La prueba y la tentación se resisten a toda generalización, a todo enunciado en “leyes”, a lo sumo, si hay que hablar de ello, podríamos aproximarnos viéndola como la irrupción inesperada (pero no inesperable) del momento tremendo en un misterio a la vez tremendo y fascinante, mortal y vivificador, que atemoriza y subyuga, destruye y planta, humilla y enaltece.

 

Ese misterio íntimo de Dios, el misterio de todo misterio, es lo Sacro por excelencia, lo “Kadosh” de lo que habla la Escritura: Santo, Santo, Santo, es el Señor, el Dios de los ejércitos…

 

Sería sacri-legio pretender forzar la entrada al misterio, pretender que nosotros merezcamos entrar allí por algún derecho propio. La prueba, la tentación, el contacto con el lugar tremendo del Misterio deben ser resistidos, evitados, debe pedirse al Padre que no nos meta en ello… y a la vez debe ser deseado como voluntad de Dios: tú voluntad y no la mía.

 

Mi voluntad debe ser que no me meta en ello. Con la misma clase de necesidad que el “debe” de “el Mesías debe padecer”. No es una mera postura de falsa humildad; es más bien apropiarme de quien soy, un hombre, para poder así ofrecerme entero. Y al ofrecerm entero, permitir a Dios que me introduzca, si le place en el misterio del misterio: hágase tu voluntad en la tierra y en el cielo.

 

Sólo un lenguaje puede enunciar eso que no tiene lógica pero tiene sentido: el lenguaje religioso, lenguaje del amor, que es desde dónde y como hablaba Jesús.

 

No nos metas en la Tentación.. Amen
Abel DC

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