Domingo de Resurrección

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Meditación y Oración de la Pascua de Resurrección

Sabado Santo -Homilía-

 

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Homilía antigua sobre el grande y santo Sábado

«¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra temió sobrecogida, porque Dios se durmió en la carne y ha des­pertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.

Va a buscar a nuestro primer padre como si fuera la oveja perdida. Quiere absolutamente visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de su prisión y de sus dolores a Adán y a Eva.

El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: «Mi Señor esté con todos». Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: «Y con tu espíritu». Y tomándolo por la mano le añade: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.

Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: «salid»; y a los que se en­cuentran en las tinieblas: «iluminaos»; y a los que dormís: «levantaos».

A ti te mando: despierta tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.

Por ti yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.

Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu pri­mer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen de­formada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los peca­dos, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.

Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.

Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.

El trono de los querubines está preparado, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos, se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad.

Meditaciones de la Cruz

 

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En la cruz llega a su término lo que las religiones buscan desde el inicio de la humanidad: un Dios soberano, poderoso, trascendente, que me diga “tú eres hombre, eres distinto de mí”, un Dios también –y por eso mismo– con todo el derecho de aplastarme, de aniquilarme a fuerza de ser tan grande, tan todo.Sólo un Dios así tiene la posibilidad de permitir la muerte de su Ungido.

Sólo un Dios que no tenga que rendir ninguna cuenta a nadie puede, en un soberano acto de poder y fuerza, abandonar la Inocencia al poder de la muerte y de la nada.

Porque eso es la cruz: la muerte y la nada. No nos gusta a nosotros, los cristianos del mundo moderno, caer en la cuenta de que Dios tiene todo el poder, y yo ninguno, tiene todo el derecho, y yo ninguno, tiene toda la soberanía, y yo ninguna.

Pero eso es lo que los hombres hemos buscado siempre en la religión: un Dios que nos diga: “yo soy auténticamente Dios, y tú un hombre”. El Dios que es un “misterio tremendo” y que nos hace temblar de pavor.

Pero en la cruz llega también a su término lo que las religiones buscan desde el inicio de la humanidad: un Dios cercano y dialogante, que me diga “tú eres hombre, y no una nada. YO te quise hombre, y no una nada.” Pero no hay nada que pueda ser real fuera de la realidad de Dios, si hubiera algo real y que no lo contuviera Dios, él no sería por completo real ni por completo Dios.

Si somos hombres porque Dios nos dice “YO te quise hombre”, es que Dios mismo contiene en sí lo humano, lo saca de sí mismo para donárnoslo. Eso que comprendemos oscuramente de nosotros mismos: esa lucha por ser, por salir de la nada, por dejar nuestra obra hecha, eso que los seres humanos hemos buscado en la historia tratando de que se hable bien de nosotros en lugar de mal, tratando de hacer las cosas bien, en vez de mal, esa lucha cotidiana por no desaparecer… es a la vez algo que Dios mismo tiene, y nos lo ha donado y eso nos atrae y fascina: ese “aspecto” (ese “rostro” dice la Escritura) de Dios que se nos parece, eso en que nos parecemos a él, su “misterio fascinante”, seductor de tan cercano a lo que nosotros mismos somos.

Sólo un Dios así tiene la posibilidad de volverse él mismo el Ungido que muere por nosotros.

Terrible y cercano, distinto a mí, pero igual, fortísimamente débil. Ninguna palabra del lenguaje de la religión alcanza para nombrar quién es Dios, porque se necesita de todas las palabras juntas. Y aún si tuviéramos todas las palabras juntas, no bastaría. Por eso hacía falta unir palabra y no-palabra: palabra y gesto.

La cruz es ese gesto donde Cristo da su última palabra….

Era necesaria la Cruz para dar contenido real, por fin, a todo lo que los hombres hemos buscado siempre en la religión: al Dios terrible, y cercano, poderoso, pero débil. Pero a la vez, en tanto Dios habló en la Cruz, crucificó también todo lo que los hombres hemos buscado a tientas por tantos siglos y siglos.

La Cruz dice: “esto, ¡hombre!, es lo que oscuramente has buscado toda tu vida, pero mis caminos no son tus caminos”. La Cruz hace real a Dios, y da vuelta todo lo que podemos pensar y decir de Dios. En tanto miro al Traspasado, tengo que ver en mí mismo que todo lo que siento, deseo, pienso, acerca de Dios ha quedado superado por lo REAL de Dios: por su fuerza débil y su palabra silenciosa.

No es algo real que pueda ponerlo en mi mente para razonarlo mañana o pasado, sino una emoción vital enteramente nueva, que no cabe en mí, que está a contrapelo de mis deseos, pensamientos y palabras. La Cruz es la portadora única de esa emoción nueva. Por eso, es SÓLO mirando a ella, mirando al Traspasado, que podemos renovarla una y otra vez. Y quien sabe que esa emoción enteramente nueva es lo único nuevo que puede haber bajo el sol, perederá todo interés en razonar y comprender a Dios, incluso en buscar a Dios. La Cruz dice: no me busques, pero quédate allí, mirando, hasta que vuelva. Pero a la vez, en tanto Dios habló en la Cruz, crucificó también todo lo que los hombres hemos buscado a tientas por tantos siglos y siglos.

En la primera parte, intentábamos contemplar, con palabras siempre inadecuadas, la novedad de Dios que aparece en la Cruz. Pero esa novedad no ocurre sólo fuera nuestro, en el mundo, en la historia. Desde que la Cruz nos reveló que la única tarea a la que estamos llamados es mirar al Traspasado, toda nuestra acción, todo nuestro movernos cotidianamente, se puede volver enteramente distinto.

No se trata de que porque miramos al Traspasado ya somos buenos y no podemos hacer nada mal. Por el contrario, es en tanto que nuestra vida ya no tiene su centro en sí misma, es decir, cuando dejamos de medir nuestras acciones por nosotros mismos.

 

A eso la Escritura lo llama “vivir en el Espíritu”. Y es tal la tentación de medir todo por nosotros mismos, de ponernos como criterio y legitimidad de nuestra vida, que San Pablo advertirá a los Gálatas algo que sigue siendo dicho para cada creyente en la historia: “¡Insensatos gálatas! ¿Quién os ha embrujado? ¡Y pensar que ante vuestros ojos presentamos la figura de Jesucristo en la cruz!… ¡Empezasteis por el espíritu para terminar en la carne!”
¿Pero cuándo nos hacemos merecedores de ese reproche?
¿cuándo abandonamos el Espíritu para recaer en la carne?

¿cuándo ocurre que dejamos de mirar la Cruz y nos miramos a nosotros
mismos?

¡Eso sería antes, en época de los Gálatas!

Si voy a misa, rezo el rosario, hago un retiro mensual en ETF, llevo una cruz en el cuello y me confieso al menos una vez al año, en Pascua de Resurrección, no estoy en la carne. O bien, engaño más sutil si cabe, si comparto lo que tengo con los pobres, ayudo a los que me rodean, y soy solidario, no estoy en la carne. Y si además de unas cosas, hago las otras, no estoy en la carne sino en el Espíritu. Y sin embargo…

 

Es quizás en ese mismo momento en que juzgamos de nosotros mismos que “estamos en el Espíritu”, cuando tal vez hemos perdido el norte y estamos más en la carne que nunca. No nos engañemos: los cristianos estamos sometidos a una tentación mucho más sutil que las de los no creyentes. Si un no-cristiano busca a Dios a través de la matanza de animales, o de la brujería, o de los amuletos, o de los astros… cualquiera sabe que no está Dios allí, cualquiera descubre el error. Pero si un cristiano “busca” a Dios a través de la solidaridad y el desprendimiento, de la limosna y el culto razonable, ¿Quién diría que no está Dios allí?

Y sin embargo, aunque no lo podemos saber de antemano, puede no estar Dios allí.

Y eso lo dice la Cruz: mientras en lo que busques te pongas a ti mismo como regla de medida, mientras te quedes tranquilo acerca de lo bueno y lo malo, mientras erijas tus acciones en “código de conducta”… estás en la carne, porque estás en la Ley, que no salva.
¿Y entonces qué debo hacer?

¿acaso todo mal, así se nota que no me estoy poniendo a mí mismo como medida de mi espíritu?
¿acaso debo simplemente hacer lo que me apetezca a cada paso -bueno o malo, no importa-, para no estar juzgándome a mí mismo?
¡Terrible paradoja nos pone delante la Cruz!

«Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.»
O más sencillamente: «El justo vive de la fe.»

No hay recetas para que yo sepa de antemano lo que debo hacer a cada momento. Lo bueno y lo malo elemental de cualquier vida humana, los sencillos enunciados de los diez mandamientos, no cambian.

Nosotros no somos malas personas sino buenas, todos obramos más o menos bien. Es el corazón que pongo en mi vida el que tiene que cambiar, no las acciones exteriores. Es el modo como me luzco ante mí mismo y me convierto en criterio y norma de juicio, generalmente de maneras sutiles. Esos sutiles engaños del “obrar bien” sólo los descubrimos mirando la Cruz. Sólo delante de ella, y porque la estamos mirando, podemos tal vez decir con sinceridad: somos siervos inútiles. Que no se distinga nuestro obrar cristiano por más o menos misas, por más o menos limosnas, por más o menos solidaridad: el culto a Dios, el desprendimiento y la solidaridad son de todos, no sólo nuestros.

Pero que nuestro obrar cristiano se distinga porque quien nos mire, nos vea mirando la Cruz. No a nosotros mismos sino al Traspasado. Porque es eso solo lo que dice la Cruz: no me busques, pero quédate allí, mirando, hasta que vuelva. Quisiera que meditemos en eso, en la posición del corazón que hace cristiano nuestro obrar, que lo hace conforme a la gloria de la cruz.

Editado por Iris de un escrito de Abel DellaCosta
La Meditacion fue traida de AQUI (requieres PDF Acrobat Reader)

Jueves Santo

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CALIARI, Benedetto Oil on canvas Basilica dei Santi Giovanni e Paolo, Venice

El Jueves Santo

El Jueves Santo es uno de los días más llenos de celebraciones litúrgicas y religioso-populares.

Incluso este día por la mañana en todas las Iglesias Catedrales los obispos que son, como dice el Concilio, “los principales administradores de los misterios de Dios, que regulan, promueven y custodian toda la vida litúrgica de la Iglesia que les ha sido confiada”, celebran una misa muy solemne con todos los sacerdotes (“el presbiterio” de sus diócesis) y en ella los sacerdotes con un solo corazón y una sola alma renuevan sus promesas y su obediencia al Obispo.

En esta Misa se consagran los óleos, es decir, los aceites que se emplean en diversos sacramentos: para el bautismo, la confirmación, la ordenación sacerdotal, la unción de los enfermos.

La consagración de los óleos se celebra precisamente este día para indicar que todos los sacramentos nos relacionan con el Misterio Pascual de Jesús y que todos los sacramentos tienen su culmen y su Centro en la Eucaristía.

El Jueves Santo es como una “profecía” de la Pascua, es decir, en la Última Cena Jesús vivió conscientemente y de manera anticipada su Pasión y Muerte y en ese momento puso en claro el para qué iba a morir, el por qué aceptaba voluntaria y libremente la muerte cruenta. Los primeros datos que tenemos de que el Jueves Santo se celebra la Misa recordando la Cena del Señor los tenemos por el Concilio de Cartago en el año 397 y por lo que cuenta Egeria que fue una peregrina o turista que visitó Jerusalén y que dejó escrito todo lo que allí se celebraba.

Antes, este día era perfectamente un día en que los penitentes celebraban su reconciliación para poder participar ya de lleno en la Pascua.

Son muchos los grandes “acontecimientos salvíficos” que hoy se recuerdan en la vida de Cristo Jesús:

* Su Cena de despedida y su gran Oración por nosotros.
* La Institución de la Eucaristía o Santa Misa como memorial o recuerdo suyo.
* La Institución del Ministerio (servicio) como parte esencial de su Iglesia.
* Su Testamento: el mandato de amar hasta la Muerte.
* El ofrecimiento, anticipado y consciente, de su vida, de su Cuerpo y Sangre, para salvación del mundo.
* El juicio de su Pasión, la traición de Judas, el abandono de sus amigos, la oración del huerto, su noche amarga.

P. Alfonso Díaz de Sollano SDB

La Eucaristía

Este es el día en que se instituyó la Eucaristía, el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo bajo las especies de pan y vino. Cristo tuvo la Última Cena con sus apóstoles y por el gran amor que nos tiene, se quedó con nosotros en la Eucaristía, para guiarnos en el camino de la salvación.

 

Todos estamos invitados a celebrar la cena instituida por Jesús. Esta noche santa, Cristo nos deja su Cuerpo y su Sangre. Revivamos este gran don y comprometámonos a servir a nuestros hermanos.

El lavatorio de los pies

Jesús en este pasaje del Evangelio nos enseña a servir con humildad y de corazón a los demás. Este es el mejor camino para seguir a Jesús y para demostrarle nuestra fe en Él. Recordar que esta no es la única vez que Jesús nos habla acerca del servicio. Debemos procurar esta virtud para nuestra vida de todos los días. Vivir como servidores unos de otros.

La noche en el huerto de los Olivos

Lectura del Evangelio según San Marcos14, 32-42.:

Reflexionemos con Jesús en lo que sentía en estos momentos: su miedo, la angustia ante la muerte, la tristeza por ser traicionado, su soledad, su compromiso por cumplir la voluntad de Dios, su obediencia a Dios Padre y su confianza en Él. Las virtudes que nos enseña Jesús este día, entre otras, son la obediencia, la generosidad y la humildad.

 

Los monumentos y la visita de las siete iglesias

Se acostumbra, después de la Misa vespertina, hacer un monumento para resaltar la Eucaristía y exponerla de una manera solemne para la adoración de los fieles.

La Iglesia pide dedicar un momento de adoración y de agradecimiento a Jesús, un acompañar a Jesús en la oración del huerto. Es por esta razón que las Iglesias preparan sus monumentos. Este es un día solemne.

En la visita de las siete iglesias o siete templos, se acostumbra llevar a cabo una breve oración en la que se dan gracias al Señor por todo su amor al quedarse con nosotros. Esto se hace en siete templos diferentes y simboliza el ir y venir de Jesús en la noche de la traición. Es a lo que refieren cuando dicen “traerte de Herodes a Pilatos”.

La cena de pascua en tiempos de Jesús

Hace miles de años, los judíos vivían en la tierra de Canaán, pero sobrevino una gran carestía y tuvieron que mudarse a vivir a Egipto, donde el faraón les regaló unas tierras fértiles donde pudieran vivir, gracias a la influencia de un judío llamado José, conocido como El soñador.

Después de muchos años, los israelitas se multiplicaron muchísimo en Egipto y el faraón tuvo miedo de que se rebelaran contra su reino. Ordenó matar a todos los niños varones israelitas, ahogándolos en el río Nilo. Moisés logró sobrevivir a esa matanza, pues su madre lo puso en una canasta en el río y fue recogido por la hija del faraón.

El faraón convirtió en esclavos a los israelitas, encomendándoles los trabajos más pesados.

Dios eligió a Moisés para que liberara a su pueblo de la esclavitud. Como el faraón no accedía a liberarlos, Dios mandó caer diez plagas sobre Egipto.

La última de esas plagas fue la muerte de todos los primogénitos del reino.

Para que la plaga no cayera sobre los israelitas, Dios ordenó a Moisés que cada uno de ellos marcara la puerta de su casa con la sangre de un cordero y le dio instrucciones específicas para ello: En la cena, cada familia debía comerse entero a un cordero asado sin romperle los huesos. No debían dejar nada porque al día siguiente ya no estarían ahí. Para acompañar al cordero debían comerlo con pan ázimo y hierbas amargas. La hierbas amargas ayudarían a que tuvieran menos sed, ya que tendrían que caminar mucho en el desierto. El pan al no tener levadura no se haría duro y lo podían llevar para comer en el camino. Les mandó comer de pie y vestidos de viaje, con todas sus cosas listas, ya que tenían que estar preparados para salir cuando les avisaran.

Al día siguiente, el primogénito del faraón y de cada uno de los egipcios amaneció muerto. Esto hizo que el faraón accediera a dejar a los israelitas en libertad y éstos salieron a toda prisa de Egipto. El faraón pronto se arrepintió de haberlos dejado ir y envió a todo su ejército para traerlos de nuevo. Dios ayudó a su pueblo abriendo las aguas del mar Rojo para que pasaran y las cerró en el momento en que el ejército del faraón intentó pasar.

Desde ese día los judíos empezaron a celebrar la pascua en la primera luna llena de primavera, que fue cuando Dios los ayudó a liberarse de la esclavitud en Egipto.

Pascua quiere decir “paso”, es decir, el paso de la esclavitud a la libertad. El paso de Dios por sus vidas.

Los judíos celebran la pascua con una cena muy parecida a la que tuvieron sus antepasados en la última noche que pasaron en Egipto.

Las fiesta de la pascua se llamaba “Pesaj” y se celebraba en recuerdo de la liberación del pueblo judío de la esclavitud de Egipto. Esto lo hacían al llegar la primavera, del 15 al 21 del mes hebreo de Nisán, en la luna llena.

Los elementos que se utilizaban en la cena eran los siguientes:

# El Cordero: Al salir de Egipto, los judíos sacrificaron un cordero y con su sangre marcaron los dinteles de sus puertas.

# Karpas: Es una hierba que se baña en agua salada y que recuerda las miserias de los judíos en Egipto.

# Naror: Es una hierba amarga que simboliza los sufrimientos de los hebreos durante la esclavitud en Egipto. Comían naror para recordar que los egipcios amargaron la vida sus antepasados convirtiéndolos en esclavos.

# Jarose: Es una mezcla de manzana, nuez, miel, vino y canela que simboliza la mezcla de arcilla que usaron los hebreos en Egipto para las construcciones del faraón.

# Matzá: Es un pan sin levadura que simboliza el pan que sacaron los hebreos de Egipto que no alcanzó a fermentar por falta de tiempo.

# Agua salada: Simboliza el camino por el Mar Rojo.

# Cuatro copas de vino: Simbolizan cuatro expresiones Bíblicas de la liberación de Israel.

# Siete velas: Alumbran dan luz. Esta simbolizan la venida del Mesías, luz del mundo.

La cena constaba de ocho partes:

1. Encendido de las luces de la fiesta: El que presidía la celebración encendía las velas, todos permanecían de pie y hacían una oración.

2. La bendición de la fiesta (Kiddush): Se sentaban todos a la mesa. Delante del que presidía la cena, había una gran copa o vasija de vino.

Frente a los demás miembros de la familia había un plato pequeño de agua salada y un plato con matzás, rábano o alguna otra hierba amarga, jaroses y alguna hierba verde.

Se servía la primera copa de vino, la copa de acción de gracias, y les daban a todos los miembros de la familia. Todos bebían la primera copa de vino. Después el sirviente presentaba una vasija, jarra y servilleta al que presidía la celebración, para que se lavara sus manos mientras decía la oración. Se comían la hierba verde, el sirviente llevaba un plato con tres matzás grandes, cada una envuelta en una servilleta. El que presidía la ceremonia desenvolvía la pieza superior y la levantaba en el plato.

3. La historia de la salida de Egipto (Hagadah) Se servían la segunda copa de vino, la copa de Hagadah. Alguien de la familia leía la salida de Egipto del libro del Éxodo, capítulo 12. El sirviente traía el cordero pascual que debía ser macho y sin mancha y se asaba en un asador en forma de cruz y no se le podía romper ningún hueso. Se colocaba delante del que presidía la celebración les preguntaba por el significado de la fiesta de Pesaj. Ellos respondían que era el cordero pascual que nuestros padres sacrificaron al Señor en memoria de la noche en que Yahvé pasó de largo por las casas de nuestros padres en Egipto. Luego tomaba la pieza superior del pan ázimo y lo sostenía en alto. Luego levantaba la hierba amarga.

4.Oración de acción de gracias por la salida de Egipto: El que presidía la ceremonia levantaba su copa y hacía una oración de gracias. Colocaba la copa de vino en su lugar. Todos se ponían de pie y recitaban el salmo 113.

5. La solemne bendición de la comida: Todos se sentaban y se bendecía el pan ázimo y las hierbas amargas. Tomaba primero el pan y lo bendecía. Después rompía la matzá superior en pequeñas porciones y distribuía un trozo a cada uno de los presentes. Ellos lo sostenían en sus manos y decían una oración. Cada persona ponía una porción de hierba amarga y algo de jaroses entre dos trozos de matzá y decían juntos una pequeña oración.

6. La cena pascual: Se llevaba a cabo la cena.

7. Bebida de la tercera copa de vino: la copa de la bendición.- Cuando se terminaban la cena, el que presidía tomaba la mitad grande de la matzá en medio del plato, la partía y la distribuía a todos los ahí reunidos. Todos sostenían la porción de matzá en sus manos mientras el que presidía decía una oración y luego se lo comían. Se les servía la tercera copa de vino, “la copa de la bendición”. Todos se ponían de pie y tomaban la copa de la bendición.

8. Bendición final: Se llenaban las copas por cuarta vez. Esta cuarta copa era la “Copa de Melquisedec”. Todos levantaban sus copas y decían una oración de alabanza a Dios. Se las tomaban y el que presidía la ceremonia concluía la celebración con la antigua bendición del Libro de los Números (6, 24-26).

Día de la Caridad:

En México, los obispos, han establecido que el Jueves Santo sea el día de la caridad. El objetivo de esto no es llevar a cabo una colecta para los pobres, sino mas bien el impulso de seguir el ejemplo de Jesús que compartió todo su ser.

catholic.net

Invitación de El Testigo Fiel a la Semana Mayor

La oración: ese acto débil, que más débil no puede pensarse.Es imposible entender con la cabeza cuál es la fuerza de la oración:

Dios, que todo lo sabe, está determinado a no saber nada sino lo que sus hijos le piden en oración.
Dios, que todo lo puede, está determinado a no poder nada sino con la fuerza unida de todos los que oran.
Dios, que lo es todo, nos ha invitado a tener, por la oración, un lugar en su eterna Trinidad.
Y estos días de Pasión se abren con un sencillo pedido de Jesús: Velad y orad.

El Testigo Fiel desea unirse a tu oración con algunas propuestas:

* Para este jueves y viernes santo hemos preparado un nuevo “camino de oración”: Las Siete Palabras, un recorrido por el Evangelio de Pasión de la mano de Haydn.

* También, naturalmente, sigue en línea el Via crucis, con las meditaciones de Juan Pablo II, y todas las oraciones del devocionario.
* A partir de la semana próxima estará ya en línea (a partir del domingo) un Via Lucis, un camino de la luz para meditar en el misterio de la resurrección del Señor.

Y por supuesto, la versión más completa de la Liturgia de las Horas disponible en la red, y ahora también las lecturas de la misa actualizadas día a día.

Las siete palabras, el Via crucis y (a partir del domingo) el Via lucis: http://www.eltestigofiel.org/oracion/caminos.php

La Liturgia de las Horas y el leccionario de misa: http://www.eltestigofiel.org/oracion/liturgia.php

El devocionario: http://www.eltestigofiel.org/oracion/devocionario.php

Semana Santa — El Dolor de Jesucristo

¿Como sufrió Jesucristo?

-Podríamos preguntarnos por la medida (el quantum) del sufrimiento: mucho, poco, nada, todo, más que, menos que, como, etc. Esto nos dice sólo algo exterior. Importante… pero exterior. Curiosamente los evangelios hablan sólo elípticamente del quantum de sufrimiento de Jesús: el mesías debe sufrir mucho para entrar en su gloria. Luego no hay ninguna clase de alusión al quantum en las escenas donde propiamente está sufriendo físicamente (flagelación, coronación de espinas, crucifixión, etc).
 
-El segundo aspecto -más relevante, según creo- no es el quantum de sufrimiento, sino la fuente de ese sufrimiento: ¿qué lo hizo sufrir? ¿los latigazos? ¿las espinas? ¿los clavos? ¿el odio de su pueblo? ¿el abandono de sus discípulos? ¿la incomprensión de los que lo rodeaban? ¿el silencio de Dios?
 
Hay dos momentos cinematográficamente desgarradores en la Pasión tal cual la narran los Evangelios, y ninguno de esos momentos se refiere a un hecho que le esté ocurriendo físicamente:
 

  • En Getsemaní su sudor se hace de sangre, precisamente cuando los discípulos, que podían ayudarlo con la fuerza de su oración, lo abandonan

  • En la Cruz percibe la ruptura entre Dios y la carne, vive el abandono de Dios, y da un fuerte grito

Eso es filmable, y los Evangelios lo retrataron, aunque es un sufrimiento profundo y que puede ser compartido, por eso es menos morboso que destruirle la espalda a latigazos, que sólo es un hecho histórico de hace dos mil años. Es casi una ley: lo que nos puede pasar a todos es menos morboso que lo extraño e individual.
 
Ninguno de nosotros ha vivido del todo el abandono total de los suyos y la lejanía absoluta de Dios. Uno ha vivido una cosa, otro otra, un poco de esto, más de aquello, una de cal, tres de arena. Pero aunque no hayamos vivido el “mucho” de los sufrimientos del Mesías, podemos entender de qué se trata: son los sufrimientos de un ser humano, los sufrimientos de la carne, que no es lo mismo que los sufrimientos en la carne.
 
Cualquier torturado político ha sufrido probablemente mucho más que Jesús, desde un punto de vista de la fuente del sufrimiento físico; pero no se puede saber de antemano quién y en qué momento de su vida está sufriendo los dolores de la Cruz de Jesús: el dolor de la soledad, el abandono y el silencio de Dios. Él sufrió mucho para llegar a la gloria, lo que sigue siendo cierto aunque no le hubieran dado ni un latigazo. Y encima se los dieron.
 
-El tercer aspecto -todavía más relevante, si cabe- es algo que atraviesa el quantum y la fuente del sufrimiento, y se refiere al sufrimiento en sí mismo: ¿qué significa ese sufrimiento? ¿Por qué debía sufrir mucho? ¿Qué significa Getsemaní? ¿qué significa el Gólgota?
 
Los que pasaban por allí se golpeaban el pecho: no es lo único que puede hacerse, pero es una manera de mostrar que se ha comprendido el significado de ese sufrimiento, lo que en el anuncio de la fe se dice:
 

«…que por nosotros y por nuestra salvación…»

Que ese sufrimiento sea por nosotros no surge de nada que pueda verse exteriormente. No se trata sólo -como si fuera poco- de sufrir a causa nuestra, a que lo hacemos sufrir (con nuestro pecado, por ejemplo). El “por nosotros” es sobre todo: en lugar nuestro: es vicariedad. Sufrió, así que ya mi sufrimiento es innecesario, así que cuando sufro, puesto que ya no es compensación de nada que deba, porque toda deuda está pagada de antemano, entonces mi sufrimiento se vuelve también vicario: el que haya sufrido por mí, en lugar mío, posibilita que mi sufrimiento sea en lugar de otro.
 
El sufrimiento de Jesús es la alegre noticia de que se inauguró en el mundo una nueva cadena de sentido: la cadena de la vicariedad, del “en lugar de”. La opacidad de la muerte y del dolor, el inexorable tironeo hacia el abismo, “el terco tenso entrenamiento al engusanamiento y al silencio” que tiene el dolor, el sinsentido y sinpalabra del dolor humano no son lo último.
 
En cada dolor, sin que podamos manejarlo nosotros, por la fuerza misma del dolor de Jesús, no por la debilidad del nuestro, y por voluntad de Dios, no por veleidad nuestra, hay una cadena de sustituciones que se pone en marcha: y del no ser resulta ser. Verdaderamente un procedimiento divino: esto de crear desde la nada.
 

Abel Della Costa

http://www.eltestigofiel.com

Mi mayor alegria

Si pudiera decir cual es una de las alegrías mas grandes de mi vida diría que, es, en definitiva el juicio de Dios.

El saber que Jesucristo ha vencido al mundo, el esperar la manifestación grandiosa del poder de Dios, cuando la cruz muestre su verdadera cara, cuando los corazones queden al descubierto y sean juzgados en el amor.

Es una alegría, un gozo, una mirada picaresca ante el mal, la injusticia y la estupidez humana.. ante todo la mía propia, el hecho de que Dios en el momento precisado venga con mano fuerte a poner al mal en su lugar, de que ponga todo en su preciso valor, que su justicia resplandezca aun que esa justicia misma me lance a mi al infierno, la victoria del Dios sobre el mal, incluso ese mal que no haya logrado yo vencer en mi vida.. es causa de mi gozo.. es mi esperanza…

Como aquel derrotado que va a la cárcel por que no pudo vencerse a si mismo, pero ve desde las rejas.. la manifestación de la justicia y la victoria del amor…. aun que sean causa de mi propia perdición. ¿Quien como Dios?

Los ojos del alma

Solemos escuchar que los ojos son el espejo del alma y que no mienten. Translucen los estados de ánimo, lo que sentimos y hasta nuestros propósitos: una mirada profunda puede adivinar lo que está ocurriendo debajo de la superficie que mostramos. O puede al menos divisar que algo está pasando, algo que purga por salir pero que las palabras no se animan a decir. Y en el momento en que eso sucede, el sentimiento oculto es descubierto.
 
Pero ese pequeño milagro solo se producirá cuando haya un espacio libre, en el que el encuentro con el otro tenga lugar. La verdadera comunión requiere de una búsqueda, del tiempo y el esmero que merece el otro y su mundo, al que es preciso entrar de puntillas y con cuidado. La mirada es una herramienta sutil que puede servirnos para vislumbrar lo que está detrás de los muros que los hombres construimos en este mundo a veces individualista.
 
Si ponemos el empeño necesario, nuestros dos ojos nos llevarán de a poco a ver con los ojos del alma, y descubrir la en las necesidades ajenas nuestras propias necesidades. Sabiéndonos un poco mas comunicados, solo nos quedara mirar con amor. Si nos sacamos nuestros propios anteojos, empañados por la actividad de mirarnos a nosotros mismos, veremos a los demás a través de cristales nuevos, más nítidos. Y las historias de quienes nos rodean tendrán otros colores.
 
Aprenderemos a mirar con lo que nuestro interior tiene de divino: «Jesús lo miró y lo amó». Los ojos del Señor están siempre fijos sobre sus criaturas, llenos de compasión para con nuestras pequeñas vidas. Imitar su mirada, aún con las imperfecciones humanas, significa dejar de lado las enfermedades de nuestros ojos de alma: cambiar la envidia por una mirada de admiración, el rencor por una mirada misericordiosa, la mirada indiferente por una compasiva, la iracunda por una paciente. Vale la pena tomarnos el tiempo necesario para una segunda mirada, más amorosa que la primera que nos brota, a veces, de sentimientos repentinos que nos enceguecen. No dejar lugar a las miradas indiferentes: lo que nos pasa por enfrente de nuestros ojos nunca es casual, hay un mensaje a descifrar por detrás de lo que parece insignificante.
 
También es preciso enfocar la vista sobre nuestra propia historia, viéndonos débiles y a la vez grandiosos, llenos de aciertos y fracasos. Cuando nos miramos con ánimo de reconciliarnos con nosotros mismos, de dejar nuestro pasado en manos de la misericordia divina y contemplar nuestro presente, se hace un poco más nítido el objetivo de nuestras vidas: el que nos empuja hacia delante, nunca hacia atrás.
 
En los momentos en que la realidad es difícil de tolerar, nuestros ojos tienden a cerrarse; para evitar el dolor en el corazón, preferimos enceguecernos y huir de la circunstancia que nos afecta. Pero el conflicto sigue estando ahí, reclama de nuestra atención y que lo veamos en su justa dimensión, de manera realista. Podremos afrontarlo solamente cuando lo veamos como una oportunidad para crecer.
 
Porque allí donde nuestros ojos no llegan, hay Alguien que nos ama, y que nos insta a salir de nuestros pensamientos y enfocarnos en lo que esa Voluntad quiere de nosotros. Lo que tenemos entre manos tiene su justo lugar dentro de un Plan mayor, y tiene sentido a pesar de que muchas veces no lo encontramos, concentrados tanto en lo pequeño.
 
Ver atentamente, ser curiosos e ir en busca de la belleza detrás de cada cosa y de cada hombre. Fijar la atención en lo que nos dicen los ojos de quienes nos rodean, callar nuestro interior para escuchar las voces quienes hablan en voz más suave. No permitir que los desencantos cansen nuestra mirada, sino que la renueven y la hagan más fuerte, para que se pueda ver en ella transparencia. Después de todo, dicen que las miradas no mienten.
 

Magdalena Abásolo

 

http://www.conoze.com/doc.php?doc=8140

No nos metas en la tentación

gethsema-copy-small.jpgEn nuestras versiones modernas del Padre Nuestro aparece una frase que es bastante light, porque incluso en la latina dice:
“ne no inducas in tentationem”: no nos conduzcas/coloques/induzcas/metas en la tentación…

Siguiendo, la redacción griega dice:
«kai me eisenenkes hemás eis peirasmón»

La expresión tiene una construcción muy griega, y aunque los “padrenuestro” de Lucas y de Mateo tienen muchas variantes, esta frase está literal en los dos, probablemente porque ellos mismos se sintieron interpelados y removidos por una forma de hablar tan provocativa, y no se anmaron a teologizar -cosa de la que algunos aventureros deberíamos aprender…-:

 

eis+raíz verbal eis+sustantivo: es decir, repite la preposición (eis: hacia) en el verbo y en el sustantivo: es una forma de reforzar, pero es también una forma de construir que hace a la índole del idioma griego, y que en castellano resultaría redundante. ¿Por qué me llama la atención, si es la forma normal de construir en griego?

 

Porque siempre se afirma que el padrenuestro es netamente semítico. Y si bien es posible que uno pueda afirmarlo de las ideas que contiene, es evidente que la redacción griega está cuidada para que suene… en griego; es decir que no se trata de una mera traducción.

 

Bueno, como sea, la Iglesia inicial le dio enorme importancia a esta oración, a pesar de que Marcos no la cita.

A poco de expandirse la Iglesia, se va estableciendo el Padrenuestro como modelo de oración, y con esto traslada al corazón de la oración cristiana esa enigmática expresión: “no nos induzcas a la tentación”….

¿Enigmática? bueno, más o menos: en el AT tenemos muchos momentos, que hoy llamamos “primitivos”, donde a Dios se le atribuye no sólo el causar los bienes sino el probar a los hombres: Dios tentó a Abraham, a Moisés, al pueblo de Israel, a los profetas… y al propio Jesús. Y de tentarlos los sacó buenos, en algunos casos de la madera sacó oro, en otros el oro ya estaba, pero lo hizo lucir más.

 

¿Y todo eso cómo? pues… ¡tentando! mejor dicho: metiendo en la tentación.

El demonio, que es una especie de bufón y copión de Dios, tienta, pero sus tentaciones, que son muchas, no se parecen a La Tentación de “Dios tentó a Abraham”.

 

La Tentación, en tanto proviene de Dios, no es exactamente un mal. Es desmesurada, como el propio Dios, pero puesto que proviene de él, no puede nunca ser mala. Es más: se nos dice en 1Pedro -y en muchos otros pasajes- que si no nos prueba, no son sacará buenos.

 

Claro que un signo de humildad es pedirle a Dios que no nos pruebe, porque nadie puede estar seguro de sí mismo, y eso es lo que le pedimos en el Padrenuestro, o lo que Jesús quería que le pidiéramos, antes de que le lavaran la cara con estas traducciones ridiculillas.

 

A Dios le pedimos que no nos tiente; y a nuestra vez tenemos como mandato no tentar a Dios.

Ese lenguaje de relación en misterio con el misterio más profundo de Dios es lo propio del lenguaje religioso. Si quitamos el misterio de un Dios que lo mismo puede salvarnos que perdernos, que nos salva por pura gracia, sin nada de nuestra parte, y en el pavor de que podría perdernos, no sé qué queremos que quede de la religión, ¿algo presentable? ¿una moralina para sacar ciudadanos bien educaditos? de eso que se ocupen las escuelas: la celebración religiosa, la Biblia, el catecismo, el diálogo de la fe no es para aprender a moderarnos, sino para reverenciar y anhelar inmoderadamente la inmoderación de nuestro Dios.

 

La tentación es eso de lo que hablan algunos místicos, y eso de lo que habla Jesús cuando está en la cruz: Elí, Eli, lemá sabactani…

 

Hay verdades impersonales: “esto es un teclado”. No importa quién lo dice, por qué lo dice, ni a quién se lo dice; lo único cierto de “esto es un teclado” es que esto es un teclado… es tan cierto como vacuo, claro.

 

Cuando estamos en el terreno (¿o debería decir en las arenas movedizas?) de las verdades que importan, las que no son vacías, junto a ellas importa también quién lo dice, cómo, a quién, etc.

 

¿Es la tentación a la que me refiero el silencio de Dios? un poco sí, un poco no.

 

En un cierto sentido lo es: no escuchamos en la cruz ninguna palabra del Padre. Se escuchó una en el bautismo, se escuchó una en la transfiguración. Bautismo y transfiguración eran PARA la cruz, y llegado el momento, cuando el Padre debería -según nuestros cálculos, según lo que razonablemente podríamos esperar- hablar, no lo hace.

 

Ascépticamente considerado -en el laboratorio teológico- el abandono que Jesús proclama es el silencio de Dios.

Pero la cosa cambia por completo cuando tomamos en consideración que Jesús no enuncia que el Padre lo abandonó, al contrario: utiliza la Palabra de Dios, para hablar a Dios e interpelarlo: Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

No es una verdad teológica, no es un tema teológico, no es un enunciado teológico, es una interpelación, es una verdad de primera persona.

 

Cuando sabemos lo que dijo Jesús, no sabemos, en realidad, nada; por eso no sólo no sabríamos cómo “opinar” sobre eso que dijo, sino que además, incluso aunque supieramos toneladas de “teología del silencio de Dios”, nuestras opiniones sobre lo que dijo Jesús serían un tremendo, y un poco sacrílego, desvarío.

 

Porque Jesús no enunció ninguna verdad que se pueda saber y sobre la que discutir; más bien enunció una verdad de primera persona. La unica manera de saber lo que en realidad dijo sería pasando por lo mismo, es decir, llegando a la situación en que esa frase ya no fuera de Jesús sino mía, es decir, que se convirtiera en una verdad en primera persona mía.
Aunque no podemos saber lo que Jesús le dice al Padre cuando le dice “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, sí que podemos darnos cuenta de que es la experiencia más atroz por la que puede pasar una persona: esa frase es la cruz en lenguaje, como la cruz es esa frase, pero en madera. Una y otra son equivalentes.

 

Sabemos que es el Padre quien lo mete a Jesús en esto, quien lo manda a la cruz. Jesús lo enuncia con una sencillez soberana: para esto he venido; y más fuerte aún: el Hijo del hombre debe padecer.

 

Dice Jesús que quien no toma su cruz y le sigue, no sirve para el reino; sin embargo nos enseña también a decirle al Padre: “no nos metas en la tentación”, que es tanto como decir: “no nos cuelgues en la cruz”.

Podemos decir eso porque Jesús sí que se sometió a la cruz, sí que le dijo a Dios eso que no comprendemos: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Quizás aunque le pidamos al Padre que no nos meta en la tentación, igual no puede, no porque no sea todopoderoso, ni mucho menos porque sea “malo”, sino porque aún estamos fuera de él. Igual quizás tampoco quería meter a Jesus en la cruz, y habló del Hijo cuanto pudo, en la voz más alta que pudo, pero en el último instante no podía hablarle ni hablar al mundo. Así como el Hijo debía padecer, el Padre tal vez debía callar; con la misma clase de necesidad.

 

Y entonces pedirle al Padre que no nos meta en la tentación no es tanto una manera de evitar lo que sea necesario, esa voluntad difícil de cumplir, sino una manera de ejercitarnos en saber que en cualquier momento, la salvación no está en lo que nos ocurra, ni en dónde estemos metidos, sino que en ese instante preciso nos dirijamos en primera persona al Padre; algo que hay que aprender y practicar cada día y varias veces al día, incluso por si acaso nos llegara a tocar el tener que decir “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

¿Entonces Dios PRUEBA?

A mí no me cabe en la cabeza que Dios pruebe a nadie.

Obvio que el hecho de que no quepa en mi limitada cabeza no es signo de nada, pero no me gusta obviar ese punto de partida: ¿me puedo representar un Dios que “prueba” a alguien? no, la verdad es que de ninguna manera.

 

Se me ocurre que es la presencia misma de Dios, su inconmensurable ser, el que establece una “prueba”, no un acto positivo de su voluntad. A ver: una persona virtuosa en medio de un grupo de gente normal se constituye, sin necesariamente quererlo ni hacer nada para ello, en medida de virtud para los demás, en “prueba”.

 

Ahora eso mismo, pero no en el plano moral sino en el metafísico, creo que es lo que significa la expresión “prueba” referida a Dios: ¿hace falta, por ejemplo, que Dios le pida positivamente a Abraham que le ntregue a su hijo único?¿no puede el propio Abraham, por el descubrimiento revelador del ser de Dios, mirando tan sólo las estrellas (tan sólo pero no tan solo), descubrir que a ese ser no se le puede oponer nada que en la propia vida tenga “valor”? de allí a ofrecerle el hijo único en medio de una epoca en la que ofrecer un hijo a la divinidad no es considerado un disparate, hay sólo el paso de hacerlo.

 

Ahora bien, ¿cómo expreso narrativamente esa medición inconmensurable entre el ser de Dios y aquello que se le acerca, precisamente cuando quiero decir que el presentarse del ser de Dios no es algo abstracto que ocurre en mi cabeza sino un acontecimiento revelador debido al propio Dios?

Bueno, pues, yo lo haría con el lenguaje de la prueba.

Se trata, como siempre, de un lenguaje aproximado, no de algo que describa exactamente la cosa. Si nos preguntan si Dios prueba, habría que decir que no. No podemos caer en infantilismos al respecto: no, Dios no prueba.

 

Pero después podemos, y debmos, elevarnos a un sentido más esencial de la prueba y llegar a la conclusión de que Dios prueba, sí, pero al modo de los padres, no al modo de los showman de un concurso televisivo.

 

Es decir: una cosa es el conocimiento de Dios en el sentido de la gnosis teológica, blablá, blíblí, ¿dónde está Dios? Diosestáenelcieloenlatierrayentodolugar, etc… multiplicado por 99, y otra muy distinta el conocimiento de Dios en el sentido en que los profetas nos urgen y Jesús nos habilita:

«Misericordia quiero, no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos…»

Se trata de un binomio, un “paralelismo antitético seguido de un paralelismo sintético” (tomá mate!):

hesed (amor/misericordia) ——– sacrificio
conocimiento de Dios ——– holocaustos.

Si no sabemos lo que es “conocimiento de Dios”, nos basta ver que tiene respecto de holocaustos la misma relación que la misericordia con los sacrificios, es decir: los sacrificios dejan a Dios allá, en su sacra esfera, la misericordia en el sentido del hesed, del amor, del agape (así lo llaman en el NT) se abraza con él. Los holocaustos elevan a Dios unos bienes que en último término ya son de él, el conocimiento de él le “devuelve” a Dios lo único que no es de el, porque es lo único nuestro, lo único que con propiedad podemos “darle”: nosotros mismos: yo te conzco. Ese “yo”, reconquistado por él mismo, es ahora de nuevo nuestro, y podemos libremente dárselo.

No es conocerlo con la cabeza, sino conocerlo como se conoce a un amigo, a un hermano, a un padre, al “Padrino de Israel” -como cómicamente se llama en un momento del Génesis-.

 

Ahora bien, ese conocimiento es peligroso, es altamente peligroso: nada es igual una vez que “conocemos” en es sentido. Cuando Adán y Eva se conocieron, lo que conocieron es que no tenían en qué apoyarse, estaban desnudos, y encima heridos.

 

Hay conocimientos de los que se exhiben los títulos, y conocimientos que caen en gracia, pero como una desgracia.

 

Y es que Dios es gracia y des-gracia, te viste y te desnuda, te apoya, pero tanto que te deja sin apoyo, y acercarse a él es como dejar la cordura en un vaso, junto a las lentillas y la dentadura postiza.

 

Es un fuego devorador, dice la Escritura, que hace mucho mejores metáforas que yo. ¿Es de cuerdos pedirle que nos dé precisamente ese conocimeinto? ¿no es lo cuerdo pedirle que NO nos lo dé, y alegrarnos con todo nuestro ser cuando nos lo da?

 

San Pablo y los primeros cristianos se saludaban “los santos de mogopichu a los santos que viven en pamplinia de turumnbamba, gracia, paz”: hoi hagioi, jaris, heirene: los santos, gracia, paz… es todo lenguaje de la intimidad de Dios, ¡son las propiedades mismas del ser de Dios!

¿Es que disparataban? sí, un poco sí, es una verdadera locura llamarse santo, desearse esa paz, sumergirse en esa gracia.

Nuestro ser pide equilibrio y cordura… y a la vez el destello de fuego, la llama de espada vibrante que aún queda -y siempre, y en todos- en nuestro espíritu, incluso en los espíritus más sumergidos y más superficiales, nos empuja a la locura.

 

¡Y desque Dios mismo “se hizo el loco”, ni te cuento!

 

“No nos metas en la tentación! no nos quites la cordura, pero es que si estábamos tan bien cuando sólo queríamos cobrar un sueldo a fin de mes, y salir con la parienta y los chicos, y morirnos en paz! no nos metas en la tentación! no nos muestres tu fuego devorador”

 

Pero sí, muéstralo en realidad, acaba con todo de una buena vez, basta de cordura!

 

Es que el lenguaje del amor es así, paradójico, lleno de ripios, habla siempre doble, y más dice “te quiero” cuando dice “no te quiero” y todo así. Y el lenguaje religioso es lenguaje del amor, puro y duro.

 

¿Así que hay que pedirle que no nos meta en la tentación? sí, claro, pero a la vez deseando íntimamente que nos meta en la tentación. Que nos dé la vida y nos aniquile.

 

Ahora bien ¿a qué vendría usar esas palabras, como “prueba”, “tentación”, para referirse a algo que ocurre “en automático” por el mero hecho de la diferencia ontológica entre el ser absoluto y los seres relativos?

 

Mientras nos movamos en el terreno de las necesidades metafísicas, no sólo no hace falta, sino que es absolutamente incómodo e inadecuado el lenguaje de la prueba y la tentación. Lo primero que hace la metafísica religiosa (la metafísica aplicada a la religión) es sacarse de encima ese lenguaje, dejando todo genero de prueba y tentación en manos de la moral; y la moral hace lo único que sabe hacer con las cosas: convierte a la prueba y la tentación en un acontecimiento “en general”, sometido a reglas: lo hace comprensible por todos, a costa de perder ese aspecto oscuro y delicado: el reclamo incondicional de Dios a este hombre, reclamo que no se repetirá en ningún otro.

 

La tentación de Abraham nos queda grande a todos, la de Moisés similar, la de Elías lo mismo, la de Jeremías otro tanto, la de Jesús ni hablar. Podemos aceptar ir a la cruz como ellos, podemos disponernos a vivir la cruz en y por Jesús… pero no podemos entender por qué la cruz en vez de la glorificación, por qué es absoluto el “el mesías debe padecer para entrar así en la gloria”

 

«¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Mas, ¿cómo se cumplirían las Escrituras de que así debe suceder?» (Mt 26,53-54)

 

¡Por Dios, Jesús! ¿de dónde sacaste semejante metafísica? ¿a qué escuela de religión fuiste? ¿con quién aprendiste teología? ¡cómo vas a decir que así debe suceder para que se cumpla la Escritura, cuando lo lógico es que la Escritura diga lo que es bueno que ocurra y punto..! ¿o sea que si a Dios se le hubiera ocurrido decir cualquier otra cosa en la Escritura -no sé: que el Mesías iba a tener plumas- debería cumplirse y nos salvaría una vedette?

 

Bueno, pues, es así: el Mesías debía padecer, y debía padecer para que se cumplieran las Escrituras, escrituras cuyo único valor diferencial respecto de cualquier otra escritura es que provienen del mismo Dios que envió al Mesías, o sea que el Mesías debía padecer por mandato expreso de Dios.

 

Las Escrituras cierran el círculo de este razonamiento irracional y hacen de la aparente verdad metafísica de “el Mesías debía padecer”, una auténtica verdad religiosa.

 

La prueba y la tentación son incomprensibles como verdades generales y como temas morales, no hay ninguna razón por la que Dios deba probarnos para sacarnos buenos (“Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero…”), no hay ninguna perfección sobreañadida a nuestro ser al superar la prueba y al vencer la tentación, porque todo lo que para Dios pueda ser aceptable de nuestro ser es lo que redimió Jesús, con independencia de mi voluntad, como al publicano. Si la prueba y la tentación provienen directamente del Demonio, ni consideración merece, del momento en que el menor del Reino es mayor que cualquier legión de Principados, Potestades, Tronos, Dominaciones, todas realidades creadas por Él y para Él.

 

La prueba y la tentación se resisten a toda generalización, a todo enunciado en “leyes”, a lo sumo, si hay que hablar de ello, podríamos aproximarnos viéndola como la irrupción inesperada (pero no inesperable) del momento tremendo en un misterio a la vez tremendo y fascinante, mortal y vivificador, que atemoriza y subyuga, destruye y planta, humilla y enaltece.

 

Ese misterio íntimo de Dios, el misterio de todo misterio, es lo Sacro por excelencia, lo “Kadosh” de lo que habla la Escritura: Santo, Santo, Santo, es el Señor, el Dios de los ejércitos…

 

Sería sacri-legio pretender forzar la entrada al misterio, pretender que nosotros merezcamos entrar allí por algún derecho propio. La prueba, la tentación, el contacto con el lugar tremendo del Misterio deben ser resistidos, evitados, debe pedirse al Padre que no nos meta en ello… y a la vez debe ser deseado como voluntad de Dios: tú voluntad y no la mía.

 

Mi voluntad debe ser que no me meta en ello. Con la misma clase de necesidad que el “debe” de “el Mesías debe padecer”. No es una mera postura de falsa humildad; es más bien apropiarme de quien soy, un hombre, para poder así ofrecerme entero. Y al ofrecerm entero, permitir a Dios que me introduzca, si le place en el misterio del misterio: hágase tu voluntad en la tierra y en el cielo.

 

Sólo un lenguaje puede enunciar eso que no tiene lógica pero tiene sentido: el lenguaje religioso, lenguaje del amor, que es desde dónde y como hablaba Jesús.

 

No nos metas en la Tentación.. Amen
Abel DC

Meditacion del Dia

Cuando Merton trata de la vida del hombre, hace una importante advertencia: «La experiencia interna: lo primero que tienes que hacer; antes de empezar siquiera a pensar en algo como la contemplación es tratar de recuperar tu unidad natural básica, reintegrar tu ser, que se halla dividido en compartimentos, en un todo sencillo y coordinado, y aprender a vivir como una persona humana unificada. Eso signifca que tienes que recoger de nuevo los fragmentos de tu distraida existencia para que, cuando digas “yo”, realmente haya alguien presente que sostenga el pronombre que has pronunciado.»

 

Para Merton, las mayores confusiones a las que puede estar esclavizado el “yo” son el autoengaño y el apego apasionado a las cosas. De esto tuvo gran experiencia en su vida, ¡y nunca se veria libre de tal peligro!. En varios de sus escritos toco este tema: “Para experimentarse a si mismo como de verdad, uno tiene que suprimir la conciencia de su contingencia, su irrealidad, su situacion de menesterosidad radical. Eso se hace creando una conciencia de uno mismo como si no tuviera necesidades que no pudiera satisfacer inmediatamente”.

 

«En la base, esto es una ilusion de omnipotencia: una ilusion que la colectividad se arroga y accede a compartir con sus miembros individuales en funcion de como se sometan a sus fabricaciones mas rigidas y centrales. Seguimos llevando esta carga de ilusion por que no nos atrevemos a soltarla. Sufrimos todas las necesidades que la sociedad nos pide que suframos, porque, si no tenemos esas necesidades, perdemos nuestra “utilidad” en la sociedad, la utilidad de absorber. Tememos estar solos, y ser nosotros mismos, y asi recordar a otros la verdad que hay en ellos.»
 
Thomas Merton

Semana Santa — Pasión de Cristo, la pelicula

En muchos países a la víspera de la semana santa y viernes santo se retransmiten varias películas acerca de Jesucristo, siendo de las mas populares la ultima que se realizo para el cine internacional, ‘La Pasión de Cristo’ de Gibson, así que aquí dejo una critica a la película que no solo ayuda a verla de otro modo, si no a profundizar mas en la pasión de Nuestro Señor Jesucristo:

 

¿Cual es el problema de la Película “La Pasión de Cristo”? estoy inclinado a creer que el problema es netamente de guión: les falta motivos para obrar.

 

La presencia del demonio, y la ausencia de motivaciones de los personajes, me hacen pensar que tal vez sea precisamente eso lo que quiso Gibson dejar al desnudo: el drama sobrenatural que envuelve la Pasión, lucha cuerpo a cuerpo de Dios y del Demonio.

 

Lo que ocurre es que las dos cosas no se excluyen, más bien es al revés: en la realidad la lucha sobrenatural se da en y a través de las fuerzas naturales. Tan cierto es que a Judas lo impulsa el demonio (“cuando ya el demonio había inspirado….” ) como que actúa movido por la codicia u otras pasiones extremadamente humanas y naturales.

 

Y eso es lo que hecho en falta en la peli. Me da la sensación que cuando se quita la dimensión de las motivaciones naturales no se dejan más al descubierto las sobrenaturales, sino exactamente al revés: se pierden también éstas.

 

Un caso notable es el de los fariseos y sacerdotes, verdaderas “caricaturas” de la fuerza implicada en la lucha histórica que Jesús mantuvo -verdaderamente a muerte- con ellos. ¡Y es que los fariseos y sacerdotes son gente religiosa, son creyentes en serio! Y eso está completamente ausente en la peli, pero no porque los deje “mal parados” o sea “antisemita” (qué tontería!), sino porque no los deja parados de ninguna manera.

 

No queda claro por qué les molesta Jesús, más allá de la instigación demoníaca. No queda claro eso que sin embargo deberíamos meditar bastante seguido: ellos creen hacer un servicio a Dios al matar a Jesús. Matarlo fue un acto de verdadera piedad religiosa. Y si no fuera porque Jesús era la Palabra Última de Dios, hubieran tenido razón…

 

A los fariseos los corrompió la religión, no la irreligión: mataron la fe con religión. Su deseo de santidad, bueno en sí mismo, los llevó proponerse a sí mismos el proyecto de autosantificación, de presentarse ante Dios con algo propio en las manos, que es lo que les reprochará en vida Jesús, y ya nacida la Iglesia, San Pablo.

 

Eso es lo que tan magníficamente crea en un solo fotograma San Juan cuando ante el YO SOY (YHVH) de Jesús, caen todos rostro en tierra, y que es sintomático que no esté en la peli. Los hubiera mostrado como lo que eran: gente que sabe dónde está YHVH, sólo que no aceptan el proyecto de YHVH de salvarlos por pura gratuidad. No admiten la obediencia que YHVH les viene reclamando desde los tiempos del Éxodo, y que Jesús realiza.

 

Puesto que la obediencia de Jesús no es el cumplimiento de un mandato moral (“Tú debes hacerme caso…” ), sino la Obediencia de la Fe (“Tú no te perteneces…” ), contrapuesta a la inobediencia de la religión circundante; al quitar ésta última, tampoco queda clara la primera. O al menos a mí no me queda clara. Me da la sensación de que en la peli, Jesús va a la muerte porque un Dios arbitrario, no loco con la locura de la que habla San Pablo, sino chiflado con la arbitrariedad de un calabrés pasado de copas, se le ocurrió exigírselo, pero que bien podría haber sido de otro modo.

 

En el curso de esto que estoy pensando, se me ocurre ahora mismo que tal vez lo que no termine de convencerme no es ni el “irrealismo” de la falta de motivaciones (no soy particularmente afecto al “realismo” ), ni el “realismo” de la profusión de sangre, sino el hecho de que no se decide por ningún camino expresivo:

 

La sangre, que podría ser realista, se vuelve irreal por contraste con los ladrones. Pero tampoco tiene la completa irrealidad de la sangre en “Henry, retrato de un asesino en serie” (una peli “clase B”, pero verdadera joya del cine sangriento), porque en “Henry…” la falta de motivos fue elevada al rango de “cosa para pensar”.

 

Hay algo de herencia del cine-catástrofe en la caída del templo, una exageración que puede ser bien aprovechada (es el primer momento en que el sacerdote tiene algún atisbo de religiosidad), pero si se va a optar por la estética-catástrofe, ¿por qué no llevarla al primer plano?

 

Tal vez la película cae en la trampa de su propio bilingüismo, y así como se usa el latín y el arameo (lindos pero innecesarios en una película tan alejada del historicismo), usa también lenguajes estéticos múltiples, que queriendo validarlo todo, terminan por no concretar ninguno.

Un abrazo

Abel

La risa de Lazaro

De todos los personajes que yo haya conocido el que más me impresiona es Lázaro. Sí, Lázaro, el que Jesús resucitó en el Evangelio. Me he preguntado muchas veces cómo seria su vida después de la resurrección, qué pensaría de los que le rodeaban, cómo entendería esa segunda vida que le dieron de regalo. Me gustaría saber qué sentirla al ver de nuevo el sol, al oler las rosas, al acercarse -tal vez temblando- la cuchara a la boca, preguntándose quizá si esta segunda vida no sería un sueño o si, más bien, no habría sido un sueño toda la anterior. ¿Seria ahora -al paladear- lo– más sabroso en su boca el jugo de las naranjas? Y el tiempo, ¿sería ahora para él. más rápido y voraz o, por el contrario, lo vería pasar a su lado majestuosamente lento?
 
No lo sé. Pero de algo estoy seguro: ahora su vida sería distinta, todo tendría sentido, visto, como lo veía, a la luz de la muerte dejada atrás. ¿O quizá seguiría temiendo la segunda muerte, la definitiva? ¿Y la vería con terror? ¿Como un descanso definitivo? ¿Como un deseo de paz?
 
Eugene O´Neill, que, como tantos escritores, ha querido excavar en la vida de este muerto-resucitado, ponla en labios de Lázaro una risa terrible y compasiva cuando él, ya inmortal o, cuando menos, semi-inmortal, se volvía a sus pobres conciudadanos que jamás habian «visto» y les gritaba: «Esa es vuestra tragedia. ¡Olvidáis! ¡Olvidáis al Dios que hay en vosotros! ¡Queréis olvidar! El recuerdo implicaría el alto deber de vivir como un hijo de Dios… generosamente, con orgullo, con risa. ¡Esa seria una victoria harto gloriosa para vosotros, una soledad harto terrible! ¡Es más fácil olvidar, convertirse solamente en un hombre, en el hijo de una mujer; ocultarse en la vida contra su pecho, lloriquearle vuestro miedo a su resignado corazón y ser consolado por su resignación! ¡Vivir negando la vida!»
 
He releído centenares de veces estas palabras, saboreándolas, desmenuzándolas. Porque pocas leí más verdaderas. Es cierto: tal vez Dios misericordioso nos concedió la morfina de¡ olvido para que no tuviéramos que pasarnos la vida descubriendo al lado de qué abismos vivimos, qué riesgo es el nuestro, si perdemos el Dios que llevamos dentro maniatado. El hombre, cada hombre, vive nueve de cada diez horas dormido. Se acurruca en su mediocridad. Vive como si le sobrara el tiempo y como si sus despilfarros de horas pudieran recuperarse mañana.
 
Vivir como el hombre que somos, como el hijo de Dios que somos, sería como tener doce caballos tirándonos del alma, sin dejarnos practicar el deporte que más nos gusta: sestear, dejarnos vivir, recostarnos en la almohada del tiempo que se nos escapa. Sí, cada hora muerta es como si nos arropásemos con nuestra propia losa. Ea, si, bailemos, encendamos el televisor, «matemos» esta tarde. Vivirla seria mucho más cuesta arriba. Y así, vamos matando y matando trozos de vida, convirtiéndonos no en hombres, sino en muñones de hombres incompletos. «Murió prematuramente», decimos de quienes fallecen jóvenes. ¿Y quién no muere habiendo vivido -cuando más- un cuarto de sí mismo?

Martín Descalzo — Razones para el amor