Por que el amor es un mandamiento


El mandamiento del amor es como una especie de “recordatorio” de lo que conviene a nuestro ser para realizarse en plenitud.

Egoísta sería si ese recordatorio nos dijera lo que conviene al ser de Dios, pero él, no necesita de nuestro amor, con necesidad metafísica, con necesidad que define lo que él es; nosotros necesitamos nuestro ser, obtenido en el amor; Dios en cambio en el amor ofrece su ser, y más bien lo pierde (¡lo matan, lo matamos!) que lo gana.

Por otra parte de alguna manera lo necesita, necesita nuestro amor, y nosotros el de él. “De alguna manera”, es decir, de la manera en que vino a revelarnos Jesús que es la intimidad íntima de Dios. En esa intimidad desaparecen las necesidad metafísicas y aparecen las necesidades del… amor, precisamente, necesidades que son siempre recíprocas. Dios nos seduce para que lo amemos, y, sí, qué se han creído?, también queda seducido por nosotros, no por una masa de misantes sino por cada uno que le habla y le dice y le pide y lo llama y lo ama.

Y que entre todos en conjunto venimos a ser una especie de comunidad de amor, pero no de amor como si fuera algo estático, algo que está allí y vengo y saco un puñado, sino de amor que se da y se pide, se ofrece y se rechaza, se desdeña y mañana se vuelve a anhelar, porque por un rato ya no está.

Y en el medio el par de mandamientos que a veces suenan a recordatorio y a veces a cierta humorada de Jesús de poner en el corazón mismo de la Ley algo que haga explotar y desaparecer a la Ley como medida: «¿quieres Ley? ¿sólo harás caso a una Ley? ¿sólo te obliga la Ley? ¿me apuras con la Ley? ¡toma Ley! ésta es toda la Ley, y también los profetas (para cuando me pidas profetas…)»

El amor es el contenido de un mandamiento, o mejor, de dos mandamientos, que son un solo mandamiento, y que no son ningún mandamiento: mandan que de allí en más no sea posible mandar con carácter último y definitivo; mandan no mandar, e instauran con el poder y el cetro de la potencia divina, la debilidad más grande que sea posible en este mundo y en el otro: alguien que deja rendido su ser, y pendiente, en otro.

-¿Qué has hecho, Abel, de esto que te di, qué has hecho?

-Esto, y aquello, sé que es poco, pero por lo demás no supe, o no pude, o no quise, no lo sé…

-Pero, ¿me amas? que no quiere decir algo que tienes ni que eres sino algo que deseas? ¿me amas? que es algo que tiene que ver con la expectativa tuya, y con mi cumplimiento? ¿me amas? que es que estamos frente a frente preguntándote yo y tú hurgándote en los bolsillos por ver si tienes algo para darme y yo no necesito nada? ¿me amas? Era eso, tan simple: estás allí y se te disuelve todo de sólo pesarte sin mí, y se me disuelve todo si no estuvieras allí… ¿me amas? ¿te ocurre eso? ¿te disuelves? ¿me amas?

(……)

Si bien es cierto que en el estado de alienación actual, post-caída, todo lo que es proporcionado a nuestro auténtico ser nos ha quedado lejos, separado, no lo vemos como algo que nos corresponde; y por lo tanto el amor, y especialmente el amor a Dios, es normal que se convierta en un mandamiento.

Sin embargo…. ¿qué feo no?

Las leyes civiles, por ejemplo, mandan y custodian que los padres hagan efectivo el cuidado de la prole, con severos castigos si no cumplen, pero sería chocante que mandaran amarlos.

La ley de Dios no manda amar a los padres, sino a honrarlos, es decir, a hacer efectivos los gestos del amor filial, se supone que se los ama, pero si no (cosa que puede ocurrir), no deben faltar los gestos del amor, que son los que hacen bien inmediato al otro.

De hecho, creo que tampoco el primer mandamiento, en la redacción del Deuteronomio (que es la que citaban los rabinos [y Jesús], manda amar a Dios, más bien dice:

“Escucha, Israel, nuestro Yahveh es el único Yahve”… y “[entonces] amarás a Yahveh con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza. Las palabras que hoy te digo se grabarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en casa y de viaje, acostado y levantado…”

La redacción da a entender que el amor es el resultado de la escucha: es un resultado, no una acción, no es un esfuerzo mío, el esfuerzo es escuchar y del escuchar, de la “obediencia de la fe” como la llama San Pablo, surge el doble movimiento del amor en el corazón, y la confesión en a boca: si confiesas con tu boca que Jesús es Señor (¡que Jesús es Yahveh! eso entendía un judío, Madonna santa!), y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo.

Escucho la verdad acerca de Dios: nuestro Yahveh es el único Yahveh (quizas haya otros dioses en un olimpo tan enorme, pero sólo uno es Yahveh).

Si permanecí verdaderamente atento, ya no querré hablar de otra cosa, estando en casa y de camino, acostado y levantado, como dice el pastorcico de San Juan de la Cruz:

Ya no guardo ganado
ni ya tengo otro oficio
que tan sólo en amar es mi ejercicio.

Abel

Una respuesta

  1. son muy bobos y ademas se tiran peos

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