La Encarnación

«Despiértate, hombre: por ti, Dios se ha hecho hombre» (S. Agustín, Serm., 185). ¡Despierta, hombre del tercer milenio!

**En Navidad, el Omnipotente se hace niño y pide ayuda y protección;

**su modo de ser Dios pone en crisis nuestro modo de ser hombres;

**su llamar a nuestras puertas nos interpela, interpela nuestra libertad y nos pide que revisemos nuestra relación con la vida y nuestro modo de concebirla.

(…) Pero, sin Cristo, la luz de la razón no basta para iluminar al hombre y al mundo. Por eso la palabra evangélica del día de Navidad – «era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Juan 1,9) – resuena más que nunca como anuncio de salvación para todos. «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (constitución Gaudium et spes, 22). La Iglesia no se cansa de repetir este mensaje de esperanza reiterado por el Concilio Vaticano II, concluido precisamente hace cuarenta años.

(…)

En Navidad nuestro espíritu se abre a la esperanza contemplando la gloria divina escondida en la pobreza de un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre: es el Creador del universo reducido a la impotencia de un recién nacido. Aceptar esta paradoja, la paradoja de la Navidad, es descubrir la Verdad que nos hace libres y el amor que transforma la existencia. En la noche de Belén, el Redentor se hace uno de nosotros, para ser compañero nuestro en los caminos insidiosos de la historia. Tomemos la mano que Él nos tiende: es una mano que nada nos quiere quitar, sino sólo dar.

Entremos con los pastores en la choza de Belén, bajo la mirada amorosa de María, testigo silencioso del prodigioso nacimiento. Que Ella nos ayude a vivir una buena Navidad; que nos enseñe a guardar en el corazón el misterio de Dios, que se ha hecho hombre por nosotros; que nos guíe para dar al mundo testimonio de su verdad, de su amor y de su paz.

— BENEDICTO XVI

— Yo le hice caso, y en esa noche entré en la choza de Belén… y contemplé a María que tenía en sus brazos al Dios encarnado y le decía: ¿Cómo puede ser esto? ¿Un Dios que se hace carne de mi carne y sangre de mi sangre? ¿Cómo puede ser esto? Dios depende absolutamente de mí… soy su madre y al mismo tiempo su hija… depende de mis caricias, de mi afecto, de mis abrazos, de mis pechos… Dios se ha hecho pequeño para que le pueda amar

¿Qué gran Misterio es éste que estoy viviendo hoy, aquí y ahora? Dios no puede nada, no tiene nada, no sabe nada… y sin embargo es Dios… ¡Claro! Dios es solo Amor y nada más que Amor. … Dios se hace hombre, para que el hombre sea dios…

Y yo que pensaba que Dios era Soberbio, y que estaba en todo su derecho a serlo…

Y yo que pensaba que Dios era Orgullo, pues estaba satisfecho de todo…

Y yo que pensaba que Dios era Avaricia, pues todo era para él…

Y ahora, me viene un Dios hecho hombre que no puede nada, no sabe nada, no tiene nada… envuelto en pañales y recostado en un pesebre.

Y yo que quería llegar a Dios por lo sobrenatural y lo sobrehumano, y viene un Dios que se hace natural y humano… nacido de mujer, sometido a la cultura y a la Ley…

Si yo huía de la debilidad humana para poder alcanzar a Dios, y viene Dios en la debilidad humana para alcanzarme a mí.

¡Ya empiezo a entender! Al grande no se le puede amar, sólo haciéndose más pequeño que yo le puedo amar… en el pesebre me está diciendo como a María: ¡Necesito de ti! ¡Tengo sed! ¿Me amas?

Y eso es lo que me va a enseñar: ¡Quien quiera ser Grande entre ustedes sea el más pequeño de todos!

Por eso se ensalzó su Nombre sobre todo nombre, y ahora es el Grande ¿Por qué? Porque se hizo el más pequeño de todos…

¿Seremos capaces de hacernos pequeños?

J.March

“Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que tuvo Cristo.
El cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios
sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo.Asumiento semejanza humana
y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre.”

Fil 2, 5-9

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