¿Por que vino DIOS? ¿Por que viene?

Sufro incomprensiblemente. Sufro no por consecuencia de una calculada serie de actos que llevan al sufrimiento, sino por una serie que lleva sin duda al sufrimiento, pero donde no podría haber calculado de antemano los efectos.

Quiero decir: siempre sufrimos por el desorden del mundo, no porque sí, sino porque las cosas no son aquello para lo que fueron creadas. En un cierto sentido todo ese desorden -del que participo- me hace “responsable” del sufrimiento… sin embargo, tal vez en el momento en que podiamos hacer las cosas distintas, no sabíamos cómo era eso, en qué consistía.

En ese sentido, no es nada pavota la respuesta de la teología judía de la época del deuteronomismo (los amigos de Job, digamos): siempre sufres por algo que “has hecho”.

Claro que lo que en el fondo has hecho es que se te ocurrió nacer en un mundo desordenado en lugar de nacer en Marte. Y en realidad tampoco se te ocurrió: sólo no había otro mundo disponible al momento de nacer.

Y en el momento del sufrimiento clamamos a Dios. ¿A quién si no? Al único que no participa de este desorden, al único que está afuera del asunto. Y en ese momento el grito del hombre que soy yo, que no es nada, se enfrenta a la constatación terrible, pero grandiosa, de que sólo Dios es Dios, que sólo Él está afuera del desorden y del sufrimiento.

En el momento del grito, tal vez por primera vez en muchos años, Dios vuelve a ser Dios para mí. No en un sentido sádico (“gracias por castigarme”), sino en la profunda reverencia que le debemos a la verdad de las cosas. Así como uno agradece y reverencia que este ordenador no sea nada más que un ordenador, porque si fuera otra cosa…. tremendo desorden.

Así, en el momento del grito, en medio del mayor desorden, el de la vida agitándose y desmenuzando este provisorio equilibrio de fragmentos que soy yo, lo mayor de todo, el Nombre-sobre-todo-nombre, aparece en su lugar: se me revela y me dice lo único serio y verdadero que ningún hombre sería capaz -en su verdad desnuda- de desmentir: “Yo soy Dios”. A lo que sólo cabe responder: “Gracias por estar ahí, afuera, y garantizar el esencial orden de todo este desorden”.

Hay ahí una primera fuente de alegría. No una alegría de jolgorio, pero sí la alegría de un orden, gracias a Dios, recuperado: no es el sufrimiento el que tiene la última palabra, sino un sentido de las cosas que debe poder aparecer en algún resquicio, que se filtrará en algún momento por alguna grieta de mi vida.

Y eso cada vez que sufrimos, porque el chofer del autobús nos miró mal o porque se nos murió un hijo de leucemia. Es distinto el sufrimiento y la trascendencia personal que tiene, pero en todo sufrimiento se cuela esa primera alegría profunda: soy un hombre, y hay un Dios que me lo garantiza.

Tal vez no tematizamos eso con estas palabras… pero está allí, de fondo, en cada sufrimiento.

Sin embargo el sufrimiento hace mella en el alma, la agrieta como la gota china, no por mucho sino por continuo, por inevitable, por casi previsible. Y en ese agujero del alma, donde debería aparecer un sentido, no aparece más que sinsentido; debilidad de todos, de mí por no poder detener esta cabalgata hacia el dolor, de los amigos de Job, incapaces de callar, de Dios, cuyo ser se se me revela incomprensible, soberanamente enigmático.

Pero el dolor se hace más dolor no por mí ni por los amigos de Job, sino por el silencio del Dios incomprensible. Porque supongo, deseo, razono, que debe poder hablar, y no lo hace.

Eso mata la primera alegría, y ya no hay más sino desesperación y rabia, incluso ante el Dios revelado en el dolor, o sobre todo ante él.

Allí puede aparecer -o no- de algún lado una palabra, la palabra de la Cruz, la que anuncia, no muestra ni demuestra ni razona, anuncia: «Dios-con-nosotros»

Es mucho más que un amigo, que un hermano, que el sensible Jesús de bucles dorados y sonrisa mariconamente melancólica, es el anuncio de que la respuesta que no obteníamos de Dios no era silencio soberano sino el silencio ése que no logramos ni nosotros ni los amigos de Job: el silencio de callar ante un desorden que se lo convalida y solidifica hablando. El silencio de la debilidad de la verdad, frente a la fuerza arrolladora del mal. Como te callas cuando percibes que a aquel con quien hablas no le interesa más que tener razón.

Así se calla Dios frente al mal, como aquello ante lo que no se discute ni demuestra nada, sólo se lo acepta hasta morir, para no doblarse ante él.

Es mucho más que un ejemplo, que un modelo moral, que un Jesús valiente y supermánico, es la única acción que nos hace verdaderos hombres: la acción que hizo un verdadero Dios.

Hay ahí una segunda alegría: no la primera, que surgía del equilibrio necesario de las cosas, sino una que surge de haber escuchado un anuncio que podríamos haber pasado por alto. Una alegría que no pertenece a la proporción de las cosas y los sentimientos del mundo, sino que viene directamente de Dios y su anuncio. // Abel DellaCosta ETF

“HE VENIDO…. a salvar y a buscar lo que estaba perdido”

“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”

 

“Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”

 

2 comentarios

  1. Quiero dar gracias a Dios, por que me ha dado esperanzas de mejorar mi relación con Paola. Gracias Señor

  2. cual fue la primeraber que dios vino al mundo

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