¿Serán muchos los que se salven?

A mí me descoloca (y maravilla) el Evangelio todo el tiempo con su apelación a la paradoja, y a que no podemos estancarnos en ningún momento.

Por el bautismo parece que Jesús nos exigiera una fidelidad ferrea, pero con la arena moviéndose debajo de los pies: su propia fidelidad, que no es un “saber” sobre Dios sino una “disposición” a dejarse estar en sus manos, que tan pronto exigen “ve, vende todo lo que tienes”, como abrazan al hijo menor sin reprocharle ni exigirle absolutamente nada.

Es una “lógica” verdaderamente de Padre… pero de padre de esos que uno nunca vio, de los que no se equivocan nunca en cuándo conviene darle al hijo una palmada y cuándo una caricia.

Estoy de acuerdo en que la pregunta “Señor, ¿serán muchos los que se salven?” está mal formulada, pero no estoy muy seguro de que la pregunta “¿qué tengo que hacer para salvarme?” esté bien hecha… Porque en realidad la única respuesta que se me ocurre coherente con el Evangelio es “nada, no hay nada que puedas hacer para salvarte”. Porque si, por ejemplo, renuncio a todo, todo, todito, todo… resulta que no puedo cumplir mis “deberes de estado”, y si me quedo con algo… bueno, no hace falta decirlo, no renuncié a todo, que es la exigencia que literalmente pide Jesús.

Y así con muchas cuestiones, con las más importantes.

Entonces pienso que la pregunta “¿qué tengo que hacer para salvarme?” es una pregunta-trampa. Quizás sería mejor preguntarle hoy, en este mismo momento, y en un silencio de oración: “¿qué es lo que quieres en este mismísimo momento que yo haga, qué nueva locura me tienes preparada?”

Me parece que esta “vida en la imprevisión orante” es un testimonio más que bueno frente a la civilización del cálculo, el proyecto, la familia planificada, el amor planificado, la salud planificada, etc.

Por supuesto, eso incluye el no saber ni querer saber qué quiere decir la frase “Fuera de la Iglesia no hay Salvación”, manteniendo la fórmula (porque si no la proclamación de la FE se vuelve incoherente) pero rompiendo a cada paso sus límites y escuchando al de la “vereda de enfrente” porque a lo mejor es él el que lleva en este momento la antorcha de la Voluntad de Dios… simplemente porque a lo mejor es allí donde hay que estar.

Lo que nos juega en contra es, como siempre, querer saber y querer anticiparnos a los acontecimientos, como Job -al que nos parecemos mucho- queremos que Dios sea luz y no tinieblas…. pero él no es ni luz como las luces que conocemos ni tinieblas como las tinieblas que conocemos, sino Luz Inaccesible, una luz que en esta vida la vemos a veces como un resplandor y a veces como una oscuridad, sin que podamos prever en qué momento pasará de una a otra, y sin que podamos, por lo tanto, tomar las medidas adecuadas para que no nos desestabilice.

Abel

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