La sombra de Bucéfalo

griegos1.jpgSupongo que todos ustedes conocen bien la historia de Bucéfalo, el famoso caballo que sólo Alejandro Magno era capaz de montar. Cuentan las leyendas que todos los palafreneros eran incapaces de mantenerse a su grupa más allá de pocos segundos. El animal caracoleaba, se encabritaba, daba en el suelo con los huesos de todos sus jinetes.

Sólo Alejandro supo observarlo con atención y descubrir el secreto del caballo: al montarlo lo puso de cara al sol y lo espoleó decididamente. Luego controló los corcoveos del caballo, sin dejarle apartarse un ápice de la dirección del sol, hasta que el animal, cansado, se dejó dominar enteramente. ¿Cuál era el secreto que sólo Alejandro había descubierto?, Que aquel animal se asustaba de su propia sombra.

Bastaba con no dejarle verla, bastaba con enfilar sus ojos, tiesos, hacia el sol para que el animal se olvidase de sus miedos.

Pienso que el mundo está lleno de gente como Bucéfalo: encadenados al miedo de su propio pasado, incapaces de trotar hacia el futuro, porque les espantan los recuerdos que no les dejan ser lo que son.

Me asombra encontrar a tantísimos cristianos que confunden el arrepentimiento con la morbosidad, que viven revolviendo los excrementos de su alma con el palito de la memoria y que se creen que con ello hacen un homenaje a Dios.

El arrepentimiento en el Evangelio es algo infinitamente más sencillo: un giro de página y un comenzar una nueva andadura; no un pasarse la vida restregando ante Dios unos gritos de piedad por algo que Dios olvida en el primer instante en que alguien le dice: lo siento.

Y en la vida sucede lo mismo. Hay gente que porque un día tuvo una avería en el coche de su vida se pasa todo el resto de ella examinando su motor, pero sin volver nunca jamás a montarse en él. Y el coche, claro, sigue parado.

Como un día cometieron un error, parecen sentirse obligados a seguirlo cometiendo «per saecula saeculorum». Confunden el arrepentimiento con la obstinación en el «mea culpa», como si en el fondo fueran a conseguir más perdón cuantas más veces lo pidieran.

Pero no hay que vivir mirando las sombras y menos asustándose de ellas. Lo que cuenta es enfilar nuestra mirada cara al sol, cara a nuestro deber, a nuestra tarea de mañana. Y no apartar de ahí un céntimo nuestra vista. Pero hay avaros de sus malas acciones, que cuentan y recuentan como las monedas de los prestamistas.

Me gustaría decir esto sobre todo a la gente joven. Tropezar alguna vez es parte del oficio. Tener un fracaso es algo inevitable. Un amigo mío dice que -tal y como están las cosas- ya es bastante suerte que te salga bien una de cada cuatro aventuras que se emprenden. Lo grave es cuando uno se asusta de esos fracasos. Cuando concluye que el potro de la vida es imposible de dominar. Y lo que pasa es que hay que mantenerlo siempre, siempre, tercamente, de cara al ideal.

Martín Descalzo – Razones para el amor 

2 comentarios

  1. ¡Completamente de acuerdo!

    Me recuerda la primera semana de los ‘Ejercicios Espirituales’ de San Ignacio de Loyola, hecha precisamente para contemplar los pecados del mundo (estructurales) y los personales… sumergirse hasta lo más hondo de el mal que existe y que hemos hecho. Y eso para experimentar el amor misericordioso de Dios, que perdona y llama a seguirlo, a construir su Reino aquí y ahora.

    ¡Saludos!

  2. Curioso que hace un par de días meditaba en eso… en mi propia mesquinidad, y en mi absoluta falta de misericordia, aunado al haberme percatado de que SOLO el amor de Dios y la experiencia de su misericordia pueden impulsarme a ser misericordioso.

    ¿Que tal tu experiencia de novicio?

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