Frase del día

“Jamás olvides lo que buscas, por que allí esta la respuesta de quien eres”

– Carlos José 

La Oración, por Abel

csYo creo que visto desde un punto de vista racional, digamos: partiendo de un concepto de Dios, la oración es injustificable e inútil… a lo sumo sólo nos sirve a nosotros mismos, y tiene por lo tanto un valor meramente psicológico.

Pero el concepto de Dios es muy pequeño respecto de lo que es Dios, que sólo lo podemos conocer en una experiencia de Dios. Si yo quisiera transmitirle a alguien qué cosa son mis amigos, podría sin ninguna duda dar un concepto de ellos, pero en realidad lo que verdaderamente son ellos sólo lo pueden saber los demás si hacen una experiencia de comunión con mis amigos.

Me parece que no hay ninguna experiencia de comunión que no sea en y por las palabras que decimos y escuchamos, hablándole al otro de tú, y recibiendo el “tú” del otro. Uno pensaría espontáneamente que hay gestos que exceden las palabras, o que “una imagen (o un gesto) vale más que mil palabras”… pero creo que es un espejismo. El gesto de comer con otro, por ejemplo, está ligado a que entre bocado y bocado haya una palabra. Se puede estar en un restaurante comiendo con (es decir, rodeado de) decenas de otros seres humanos, sin que haya una experiencia de comunión, porque precisamente falta lo que hace del comer junto a otros un comer en común: el decir al otro “quieres más?”, pongamos por caso.

¿Hay que ir a la oración sin egoísmo? No sé, me parece que la oración misma, en tanto es hablar y escuchar, rompe el egoísmo. La palabra humana es nuestra vacuna contra el egoísmo: al dirigirse a otro colocándolo en el horizonte del “tú”, rompe la exclusividad de mi mundo, que ya no lo abarca todo, porque allí hay un tú que lo excede, que me queda fuera.

Quizás no es importante lo que le digamos a Dios, porque ya lo sabe todo de nosotros, y conoce nuestras necesidades, pero ¿de qué le hablaría sino de lo que me preocupa y forma mi pequeño problemático mundo? es sólo que en ese hablarle mi mundo problemático, que lo abarcaba todo, se me vuelve pequeño, excedido por él, que es mi “tú”, y entonces mi mundo ya no lo abarca todo.

Jesús nos hace un lindo “chiste” con el Padrenuestro, nos dice:

No seáis como ellos [los gentiles], porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo. Vosotros, pues, orad así…

¡Y resulta que nos enseña una oración que consiste en pedir todo aquello que el Padre sabe que necesitamos!

O sea que el problema de “los gentiles” no consiste en que piden, sino en que no piden, porque quien pide ya ha salido de sí mismo para decir: “yo necesito de ti”; el problema de estos “gentiles” es que “se figuran que por su palabrerío van a ser escuchados. Pongo el acento en el “su” palabrerío: tan ocupados en hablar y mostrarse a sí mismos que hablan, que dejan de lado que el pedir es necesitar, carecer, perder las palabras.

Paradójico, ¿no?: el palabrerío es lo contrario de hablar, y callarse en espera, dejando espacio a que una palabra venga, es hablar. Pero callarse demasiado so pretexto de que total Dios ya sabe de nosotros, es perder la provisoriedad de las palabras. Humorista como era, Jesús no temió comparar a Dios con el juez inicuo que ni teme a Dios ni respeta a los hombres, pero que el reclamo incesante de la viuda lo hace ponerse a actuar… ¿y no es parloteo lo de la viuda? ¿acaso no sabe el juez lo que la viuda necesita antes de que ella se lo pida? ¿acaso lo que ella le pide al juez no es parte de lo que el juez debería hacer de todos modos?

A mí, la idea de que Dios no necesite que nosotros le digamos las cosas me suena un poco abstracta… el Dios pensado no necesita de nuestras palabras; el Dios que está fuera de mí sí necesita de mis palabras, y yo de las de Él… ¿por qué? ¡ah, qué sé yo! porque él lo dice… será tal vez que desde toda la eternidad se encarna, y que encarnarse es tener una experiencia humana del amor, de un amor que se hace siempre hablando.

Un abrazo

Abel

La Bella mujer

El otro día vinieron a entrevistarme unos estudiantes de periodismo para no sé qué revista juvenil, y me preguntaron: «Y tú -me trataban de “tú”; me gustó-, ¿no te cansas nunca de dar alientos a los demás?»

Les dije que sí, que me cansaba por lo menos tres veces cada día. Lo que ocurría es que también por lo menos cinco veces al día sentía la necesidad de no convertir en estéril mi vida y aún no había encontrado otra tarea mejor que esa.

Al fin me parece que en la vida no hay más que un problema: vives para ti mismo o vives para ser útil. Vivir para ser útil es caro, hermoso y fecundo.

Caro, desde luego. Todos somos egoístas. Al fin y al cabo, ¿qué queremos todos sino ser queridos? Por mucho que nos disfracemos, nuestra alma lo único que hace es mendigar amor. Sin él vivimos como despellejados. Y se vive mal sin piel.

Por eso el mundo no se divide en egoístas y generosos, sino en egoístas que se rebozan en su propio egoísmo y en otros egoístas que luchan denodadamente por salir de sí mismos, aun sabiendo que pagarán caro el precio de preferir amar a ser sólo amados.

Recuerdo haber escrito hace años un extraño poema en el que me imaginaba que, por un día, Cristo se dedicaba a hacer los milagros que a El le gustaban y no los puramente prácticos que la gente le pedía. Y que, en un camino de Palestina, una muchacha hermosísima se presentaba ante él planteándole la más dolorosa de las curaciones: ella era tan bella, que todos la querían, pero ella no quería a nadie.

Deseada por todos, arrastraba una belleza inútil e infecunda. Y le pedía a Cristo el mayor de los milagros: que la concediera el don de amar. Cristo, entonces, la miraba con emoción y compasión y le preguntaba: «¿Sabes que si amas tendrás que vivir cuesta arriba?»

La muchacha respondía: «Lo sé, Señor, pero lo prefiero a este goza muerto, a esta felicidad inútil.» Ahora Cristo le sonreía y le decía: «Ea, levántate y ama, muchacha. Entra en el mundo terrible de los que han preferido amar a ser amados.» Y la muchacha se alejaba con el alma multiplicada, dispuesta a nadar felizmente a contracorriente de la vida.

La fábula seguramente es disparatada, pero verdaderísima. Porque -los recientes enamorados lo saben- amar a la corta es dulcísimo; a la larga, cansado; más a la larga, maravilloso.

¿Cansado por qué? Cansado porque siempre nos sale entre las costillas el viejo egoísta que somos y nos grita tres veces cada día que nadie va a agradecernos nuestro amor -es mentira, pero el viejo egoísta nos lo dice-; porque saca además aquel viejo argumento del ¿y a ti quién te consuela? Un falso planteamiento: porque el problema no es si nuestro amor nos reporta consuelo, sino si el mundo ha mejorado algo gracias a nuestro amor.

Martìn Descalzo; Razones para el amor

Meditación de una cruz y una obra.

En la industria de la construcción con la que estoy familiarizado, uno se percata de como la mayor parte de las veces los trabajadores malgastan y malogran los proyectos y las obras. He sentido en carne propia la sensación de impotencia ante estas situaciones,, como algo perfectamente concebido es destruido por la estupidez y necedad humana. He observado también fuera de este ámbito, una gran frustración ante la impotencia del amor.. la impotencia de no poder salvar la vida de quien se quiere, la impotencia de no comprender el fin de algo que pareciera estar hecho para durar toda la vida, una impotencia ante la maldad que corroe lo que uno ama, que lo corroe a uno mismo y le impide amar.. la tristeza en los ojos enfermos de aquellos que esta noche,… dirán un adiós a los que aman por ultima vez, aquellos que con sus lágrimas presencian el final de lo que decía “eternidad”… observo manos capaces de trabajar y proteger… robar y matar… veo inteligencias destinadas a cuidar y crear, destruir y poseer…, veo en el amor una inutilidad, una melancolía, y una frustración de tal carácter que me hacen pensar con potencia “no vale la pena amar, por que no puedo protegerlo, no puedo, soy impotente para que el amor triunfe”. Solo veo debilidad en el amor… ¿de que sirve todo, si al final muere? ¿de que sirve, si solo quien tiene el poder.. es capaz? Solo quien es poderoso puede, y quien puede puede dentro de su poder garantizar humanamente todo lo que pueda rescatar -aun que sea momentáneamente- algo del amor y la belleza de lo querido. Y grito al cielo ante el silencio del “impotente-omnipotente”…. grito a ese Dios que promete, pero no comprendo.. grito que ya no quiero querer, por que es inútil es impotente es .. simplemente muerte. Sigue leyendo

Una carta de Plinio el Joven a Trajano

Cayo Plinio Cecilio Segundo, mas conocido como Plinio el Joven.

Este autor nació en Como, hacia el año 61 d.C., en una familia noble. Como los muchachos que estaban destinados al orden senatorial y al trabajo en la vida publica, recibió una buena formación en retorica y leyes en Roma. Estudio con Quintiliano, uno de los maestros mas insignes del momento. A la muerte de su padre, fue a vivir con su tío matero, Plinio el Viejo, que lo adopto como su hijo y le dejo sus bienes cuando murió el año 79 en la erupción del Vesubio. A partir del año siguiente, comenzaba su actividad publica como abogado, en la que tuvo gran éxito, por lo que su fama se fue acrecentando con rapidez. Sigue leyendo

Buscad su rostro…

El fin de toda oracion, de toda lectura biblica, de cada Eucaristía, no es el conocimiento, ni la Fe, ni la comunión, si no la contemplación.. la mas alta forma de comunión y entrega, por que de la contemplación del Amor de Dios nace el deseo de amar como El, el deseo de entregarse, nace todo por lo que somos Cristianos.

Lo que nos hace Cristianos no son un cumulo de actos, si no la incesante búsqueda por el rostro del Señor, la Santidad crece cuanto nuestro enamoramiento por la belleza de Jesús se ensancha en un abrazo que contiene la cruz, como la esperanza de que el amor engendra eternidad, de que en el silencio Dios mismo grita su abandono, que en la muerte, en el hades, Jesús mismo esta.. ha descendido.

LA manera en como llegamos a conocer a Dios, es contemplado su Ser Dios en Jesús, su Ser Padre, su Ser Hijo, su ser Espiritu de verdad. Sigue leyendo

Una pequeña historia

Cuentan que el viejo sufí Bayacid decía a sus discípulos: «Cuando yo era joven, era revolucionario, y mi oración consistía en decirle a Dios: “Dame fuerzas para cambiar el mundo.” Pero más tarde, a medida que me fui haciendo adulto, me di cuenta de que no había cambiado ni una sola alma. Entonces mi oración empezó a ser: ” Señor, dame la gracia de transformar a los que estén en contacto conmigo, aunque sólo sea a mi familia.” Y, ahora, que soy viejo, empiezo a entender lo estúpido que he sido. Y mi única oración es ésta: ” Señor, dame la gracia de cambiarme a mi mismo.” Y pienso que si yo hubiera orado así desde el principio, no habría malgastado mi vida.»