Lo complicado de nuestro Dios

Este domingo Lucas nos hablara de esta parabola:

… Replicó: “Con todo, te ruego, padre, que le envíes [a Lázaro] a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento.”

Díjole Abraham: “Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan.”

Él dijo: “No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán.”

Le contestó: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite.”

Jesús, como era Dios, sabía cómo somos los hombres, y Lucas, como ya había pasado la Pascua y vio que los hombres no somos afectos a creer en lo que nos salva “ni aunque un muerto resucite”, también conocía la naturaleza humana. Uno la conocía esencialmente, el otro por experiencia… pero los dos confluyeron aquí en esta parábola profunda y preciosa: “Si no oyen a Moisés y a los profetas…”

Oir es un acto humano por excelencia, el oído de la comprensión -desde luego- no el oído de las ondas sonoras, el oído del que habla la ob-audiencia: el rendir mi oído hacia aquel que me dirige, de frente, la palabra; ¡tan distinta a la obsecuencia, propia de animales! el seguir en fila india al que se pone a la cabeza, dándonos la espalda y el trasero, en vez de la boca para hablar y poder nosotros escuchar.

Dios no quiere esa “obediencia” obsecuente, no nos creó para ella, sino para la obediencia de la fe, la obediencia que consiste en escuchar una palabra que se me dirige sólo para mí -como en el cuento de Kafka «Ante la ley»- una palabra única y secreta contenida en «Moisés y los profetas», es decir, en la Biblia.

Como hombre que soy, es mi tarea desvelar esa palabra, ésa que se me dirige sólo para mí. En eso nadie puede suplirme, nadie de naides. Podrá haber, sí, en el camino, un Magisterio que me ayude a acercarme sin tropiezos a la palabra, podrá haber estudiosos que investiguen los aspectos literarios, históricos, poéticos, etc. de la palabra, podrá haber gente de espíritu que me ayude a encontrar el lugar del espíritu donde se escucha mejor la palabra…

Pero el oír la palabra, la que se dirige sólo para mí en Moisés y los profetas, la que no habla en general sino sólo para mí y me dice algo sólo para mí -nunca podemos saber cómo se dirige la palabra a quien tenemos al lado, por eso no podemos hacer un juicio último sobre su obediencia de la fe-, ese oír, esa obediencia de la fe es el acto humano por excelencia, el acto humano y humanizador: el que nos pone a cada uno en la verdad de nuestra humanidad de cara a Dios.

Parece complicado porque muchos piensan el “seguir a Jesús” como ponerse en la caravana de una ley -yo sigo a Moisés, yo a Jesús, yo a Pablo, yo a Apolo, etc-, y Dios no quiere que sigamos nada en ese sentido -no lo digo yo, sino el Evangelio-, Dios no nos salva porque sigamos nada, sino porque escuchamos su palabra, porque entramos en diálogo con él, porque hacemos un lugar en la mesa para que se siente a compartir el vino nuevo del Reino -quédate contemplando cada personaje en “La Cena con los discípulos de Emaús” de Rembrandt, y leerás más teología que en cinco tratados-. Dios no nos salva por la obsecuencia sino por la obediencia de la fe; y no nos salva para la obsecuencia, para seguirlo atrás como burros en caravana, sino para seguirlo caminando a su lado, como los discípulos de Emaús, dejándolo que hable, escuchando, dejando “arder el corazón”… nos salva para la libre obediencia, para quedar nosotros mismos capacitados para hablar.

Así que es complicado o sencillo según consideres al hombre, bajo cuya forma Dios se reveló -ad modum recipientis: según la manera de quien debía recibirlo, dice Santo Tomás-, simple o complicado. Si debiéramos ser salvados para formar una masa de seres indiferenciados cuyo único valor es el número que suman -sea 144000 o cualquier otro- entonces sí podría considerarse disparatado que Dios eligiera para revelarse un procedimiento tan personalizante como es apelar a la obediencia interior, a la escucha del corazón y al asentimiento de la inteligencia, la emoción, y todas las potencias del espíritu humano.

Pero si Dios nos eligió para decirnos una palabra que llegara al corazón, nada mejor que hablar “ad modum recipientis”, de tal manera que el corazón no sólo se hiciera apto para escuchar, sino para llegar a su plenitud y poder él mismo hablar.

Ve y diles esto, de todas las maneras que puedas, sencillas o complejas -“ad modum recipientis”- a todos quienes te cuestionen lo complicado de nuestro Dios.

Abel

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