El Dolor

Carlos, mi respuesta, y cualquier respuesta, hace agua por todos lados, como en figuras nos mostró en el mar Rojo: unos se salvaron atravesando sin aguas, otros se perdieron tragados por las aguas, otros quedamos salvos sumergiéndonos en las aguas.

¿por qué, Dios, no evitas el dolor? ¿por qué no evitas el dolor del inocente? ¿por qué no evitas también el del culpable? ¿tan vengativo y cruel eres, que sólo sabes mostrar tu Santidad con el dolor de los inocentes y de los culpables? ¿de tan poco valor es tu santidad que un poco de dolor de unos míseros gusanos que no elegimos nacer en este mundo ni en ninguno, la colma y la sacia? ¿por qué? ¿por qué?

¿por qué?

no lo sé, y las respuestas que yo, o cualquiera, puedo dar, están todas con un pestilente tufillo de razón; ¿pero qué haría si no pudiera refugiarme un rato en la razón para armar este puzzle descabellado? ¿acaso “la fe” basta para aceptar sin más tanto absurdo? ¿la fe no viene del mismo dios cuya santidad queda en entredicho por el dolor?

Pero sí, usaré por un rato de la razón, que me la dio también el mismo Dios, para tratar de entender por qué no haces el milagrito “on demande”. Y busco y rebusco entre tus milagros, y veo que eres muy tramposo y muy pillo, que tus milagros sólo muestran poder para los que te aman, que los demás tropiezan y caen porque tus milagros no son nunca milagros estelares, sino pequeños consuelos que aquí y allí, en el silencio de un grupo de creyentes dispuestos a verte, te hacen aparecer, y te dejas ver.

Yo creía que habías hecho un milagro en el Mar Rojo, y otro en la zarza, y otro en Caná… pero ahora veo que no has hecho ningún milagro, como yo imaginaba que debían ser los milagros. Me has hecho un signo, y lo vi, y creí. Pero ese mismo signo, cuando traté de contarlo se han reído… otro día te escucharemos hablar de eso.

Yo creía que eras poderoso al punto de gustarte exhibir tu poder, como los poderosos de este mundo; pero ahora vi que el poder verdadero es el que no se ve ni se siente, que no parece poder, que convoca y da ánimo y fuerzas a los que están bajo el peso de la esclavitud, para que en esa misma esclavitud lleguen a ser ellos mismos poderosos sobre sí mismos.

Ahora veo que el verdadero poder ante el dolor no es preguntarte a ti por qué no lo quitas, sino poder plantarme de cara al dolor y preguntarle: ¿dónde está, Dolor, tu victoria; dónde, Dolor, tu aguijón?

El aguijón del Dolor era la muerte, hasta que quiso más de lo que podía, hasta atreverse a matar al propio Dios… y en ello perdió todo su poder.

Porque a mi hombre viejo le duelen los dolores absurdos, pero mi hombre nuevo ve en ese dolor absurdo como signo de un bautismo extremo en tu muerte. Mi hombre viejo se rebela contra la ineluctable enfermedad de una nena inocente, y mi hombre nuevo espera de esa enfermedad y esa muerte ríos de misteriosa gracia derramándose, como los ríos del Edén, sobre el mundo: de la muerte de Jesús se divide a la muerte de cada inocente, y en cada lugar da como frutos piedras preciosas, porque en cada lugar ese dolor absurdo ya no tiene poder, ya no tiene aguijón, podemos enfrentarlo.

Mi hombre viejo y mi hombre nuevo luchan dentro de mi corazón, el uno con las armas que le dan los argumentos del mundo y la evidencia de los sentidos; el otro, con la dignidad que le da su impotente debilidad, capaz de decir una palabra de gracia, donde el mundo encuentra que no hay nada para decir. Y así tengo el corazón dividido, pero de la grieta de esa división sale una palabra, no un silencio.

Y allí donde hay palabras hay gracia, y hay consuelo, aunque haya dolor. Allí donde hay palabras, y preguntas, y asomos de respuestas (aunque débiles e infantiles), nada puede el único triunfo de la poderosa muerte, que es condenarnos al silencio.

Tal vez por eso al morir diste un fuerte grito. Nadie sabe qué decía ese grito, no era una palabra humana articulada, sin embargo yo creo (mi hombre nuevo cree, el viejo se resiste) que ese grito bendecía al dolor, y bendecía a la muerte, no porque te gustara y no te doliera, sino porque decir y proclamar es tu fuerza, es tu espada, la que sale de tu boca, aguda y punzante como espada de dos filos.

Bendito seas, Dolor, que me dueles y me ayudas a articular una bendición; bendita seas, miseria mía, porque creía que me arratrabas a mi nada y mi aniquilación, pero en ella se me dio una palabra de perdón, y ya no hay más silencio; bendita seas, muerte, porque si ti no hubiera escuchado hablar de la esperanza, no huebiera oído hablar a la Esperanza.

Benditos sean dragones, y montruos, y demonios de siete cabezas y diez cuernos, porque cuando nos golpean con sus colas venenosas, nos empujan al grito, que es el grito de Jesús en la cruz, afirmando la debilidad de Dios, contra todo el falso poder de cualquier poder y de cualquier dolor.

Bendito sea el pecado, que nos mereció tamaña redención.

Abel Della Costa

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