Parecernos a Jesús

jesus11.jpg… Te propongo invertir la imagen: en vez de “cuando pecamos nos vamos alejando más y más de lo que Dios nos pensó”, yo diría: cuando pecamos perdemos otra oportunidad de adquirir un rasgo más del rostro de Jesús, que es el que el Padre mira y en quien nos ve y reconoce. 

Imagino como si la vida fuera (es un poco simple la imagen) un bolillero como los de lotería pero con bolillas de dos caras: cada uno de nuestros instantes es una bolilla que sacamos; en ese instante tenemos la oportunidad de ganar o perder… no de ganarlo o perderlo todo (a veces puede ser que sí) pero al menos tenemos la oportunidad de ganar o perder una posibilidad que ya no se va a repetir, porque el siguiente instante será una nueva bolilla, no la misma. Cuando la sacamos del lado correcto, suma un rasgo más a la imagen de Cristo, si no, nos quedamos ahí, con la hoja de parra puesta, como Adán (y Paula Albarracín). No diría que nos alejamos de Dios, porque ya estamos lejos… lo peor es no acercarse.

Entiendo la validez teológica que tiene, pero no me gusta la fórmula de lo que “Dios pensó para nosotros”. Me parece tan tremendamente dramática (hasta la muerte) la seriedad con la que toma la libertad del hombre que me da la impresión que formular la idea de un “plan” sobre cada uno entendido en su personalidad concreta, la desluce un poco.

Otra cosa es el plan de Dios sobre la historia, en el sentido de “el Hijo del hombre debe ser entregado, pero ay de aquel que lo entrega”. Creo que ahí se reconcilia la idea de un plan con la de una infinita desplanificación de Dios sobre el curso de las vidas concretas de todos nosotros.

Tironeados entre la belleza de Jesús y la indolencia del mal (para el cual sólo basta quedarse quieto), somos más o menos lo que vamos eligiendo ser, de a poquito. Y cuando no logramos salir de la molicie, ahí está el perdón para dar un nuevo impulso que nos ponga en movimiento.

Ahora ya no hay un curso de la historia para apropiarse sino dos: el de Adán o el de Cristo. Convirtió la tragedia de la caída humana en una posibilidad de elegir entre dos realizaciones de lo humano: la nuestra, y la de Dios en tanto hombre, es decir, el despojamiento de sí mismo.
Abel

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