¿Mi fe o mi religión?

… Ante todo hay que tener en cuenta que el cristianismo se propone a sí mismo como una explicación de las cosas alejada de las explicaciones corrientes, incluso de las que dan las otras religiones, por eso la distinción que vale entre nosotros, no necesariamente va a valer de la misma manera para otros creyentes.

Precisamente porque para nosotros la fe es una “virtus” (una fuerza, un poder) teologal, es decir que tiene por objeto a Dios, pero proviene del mismo Dios. Normalmente tenderíamos a decir que la fe es el acto por el cual deposito mi confianza (vital, voluntaria, intelectual, afectiva) en un poder que me excede. Pero para el cristianismo, ese acto lo realiza el propio Dios en nosotros.

De allí que se haga imprescindible distinguirlo de la religión, que es un acto por completo humano. Clásicamente (de Aristóteles para acá ), la religión se la clasifica como una de las “virtutes” integrantes de la virtus cardinal de la Justicia, es decir, la segunda en orden de gravedad (primero viene la prudencia). La religión, en la definición clásica, es dar a lo divino lo que le corresponde: honor, culto, gloria, etc.

Resumiendo: la fe es un acto sobrenatural, mientras que la religión es un acto humano.

Ricoeur, teólogo del siglo XX, da una práctica distinción entre las dos, que me parece la mejor que he leído hasta ahora:

La Fe (cristiana) es un acto interior a la persona, es su experiencia vital de Dios, su contacto íntimo (él dice literalmente “la experiencia vivida” ), mientras que la religión es el código humano, el lenguaje, con el que damos cuenta, ante nosotros mismos, ante los demás y ante el propio Dios, de esa experiencia vivida.

La fe es entonces (esto ya lo agrego yo) unipolar: se refiere a Dios, mientras que la religión es -como todo lenguaje- dipolar: un espacio es sagrado porque hay espacios que son profanos, un día es sagrado, porque hay otros que son profanos, etc.

La religión distingue y separa, para poder encontrar aquellos elementos del mundo que le permitan expresar con mayor adecuación una experiencia que excede lo mundano.

Por ese mismo motivo la religión no sólo cambia sino que debe cambiar permanentemente, al menos desde el punto de vista del cristianismo, porque como su misión no es llegar a Dios sino expresar un encuentro con Dios que es previo a la religión, si quedara fijada, si no se moviera, terminaría confundiendo el lenguaje con la cosa nombrada, terminaría confundiendo lo que usamos para dar cuenta de nuestra experiencia de lo sagrado, con lo sagrado mismo.

Por supuesto que si uno se toma en serio que el hombre es lenguaje, no es posible una fe sin religión, sin embargo, la Biblia permanentemente pone en crisis el identificar estas dos realidades. Por ejemplo cuando los profetas reprochan a Israel la vaciedad de sus holocaustos y sacrificios (todas cosas buenas y religiosas, es más: ordenadas por el mismo Dios). Y el propio Jesús fue muy firme en advertirnos el no confundir los actos de la religión con el acto de la fe (que es siempre único).

Hasta tal punto fue firme, que en el siglo XX (en realidad desde un poco antes) han surgido “teologías de la secularización” basadas en el siguiente razonamiento: si Jesús se hizo hombre para romper el muro de división que separaba al hombre de Dios e impedía acceder a él, entonces la religión ya no puede ser parte de la fe cristiana, del momento en que lo propio de la religión es separar lo sagrado y lo profano, consagrar el muro, en lugar de abolirlo. De allí la formulación extrema -pero que sacude y lleva a pensar-de Karl Barth: “Jesús clavó la religión en la Cruz”.

La religión, cuando suplanta (o pretende suplantar) a la fe, se vuelve en contra de la propia fe, precisamente porque reemplaza (o quiere reemplazar) un movimiento que hace Dios de cara al hombre (la fe), con un movimiento que hace el hombre de cara a Dios.

La realidad y función humana de la religión

Tú ves el mundo a partir del idioma español, y no lo puedes comprender a partir del idioma alemán, porque tú hablas español. El alemán lo ve a partir de su idioma… cuando están juntos un hispanohablante y un alemán, esos dos mundos que ven no coinciden del todo. Precisamente el diálogo va haciendo que cada uno pueda tratar de comprender lo que el otro ve, y así los dos salen más enriquecidos, pero no es inmediato eso, sino fruto de un proceso.

La religión también es un lenguaje, un lenguaje donde las palabras son los símbolos que utilizamos para expresar el poder de lo sagrado en nuestra vida: determinadas horas y determinados días tienen más “peso” que otros, determinadas personas están “más cerca” o “mas lejos” de lo sagrado que otras, determinadas acciones son mejor respuesta que otras al reclamo de lo sagrado… etc.

Como es un lenguaje, depende de una educación, una costumbre y una tradición, y pretende lograr que el hombre exprese eso que llevamos en el fondo de nuestro ser y que es tan difícil de decir: que nuestra vida no proviene de nosotros mismos.

Ahora bien, cuando un lenguaje habla de una montaña y un río, todos estamos de acuerdo con que puede haber muchas visiones de eso mismo. El problema con la religión es que cada uno cree que su experiencia de lo sagrado es lo Sagrado mismo; tan absoluto es lo Sagrado, que tendemos a confundir su absolutez con lo que nosotros podemos ver y expresar de ella. Más o menos como si los hispanohablantes creyeran que sólo es posible comprender el mundo si se habla en español.

Desde ese punto de vista, desde el punto de vista de la religión como realización humana, como respuesta del hombre al reclamo de Dios, todas son equivalentes. Sí, todas, desde la católica hasta la última religión perdida en una tribu del Amazonas, todas no son más que un balbuceo humano para tratar de decir a Dios, de manera independiente a si un hombre logra eso con incienso o sacrificando una lagartija.

Por eso son todas respetables, precisamente porque en todas late el mismo movimiento: el de un hombre que desea decirle a Dios que acepta que él sea Señor de su vida, que está dispuesto a eso. Si las absolutizamos y las convertimos en lo Sagrado mismo, terminamos peléandonos y matándonos… en nombre de Dios. Más o menos como si alguien matara a otro porque no habla español.

¿Pero Dios escucha el grito religioso del hombre?: La cuestión de la fe

La cuestión decisiva es si eso que el hombre dirige a Dios le importa a Dios, es decir, si Dios está dispuesto a aceptar la lagartija y/o el incienso. Porque precisamente la religión pretende no sólo decirle algo a Dios, sino comunicarse con él… y en una comunicación no importa sólo lo que uno dice, sino si el otro está dispuesto a escucharlo.

Eso no lo puede asegurar ninguna religión. A lo sumo el hombre religioso (es decir: el hombre, cualquier hombre) está atento a los signos de Dios en el mundo que le confirmen que es escuchado. Si no lluve, hago la danza de la lluvia y resulta que llueve… bueno, no sólo Dios me escuchó, sino que de alguna manera me dio a entender que le gusta mi danza de la lluvia, así que en la próxima sequía repetiré. Más o menos como irónicamente dice Kafka:

«Leopardos entran al templo y beben toda la sangre dispuesta para el sacrificio. La escena se repite al día siguiente, y nuevamente al otro, hasta que los sacerdotes lo incorporan al culto…»

El hombre va tanteando qué cosas le agradan a Dios y qué cosas parecen desagradarle, y así se va gestando un sistema particular de símbolos que serán los que identifican cada religión en concreto: qué cosas son sagradas y cuáles profanas, qué nombres son más adecuados para llamar a lo Sagrado, etc.

Pero a todo esto, nadie tiene una confirmación de que a Dios eso le importe, ni siquiera tiene una confirmación de que Dios esté efectivamente escuchando. La lluvia, en definitiva, también ocurre sin danza de la lluvia. Y si en una comunicación el otro no escucha…. vamos fritos.

Nosotros, los que creemos en Jesús, afirmamos que él vino a decirnos que Dios escucha al hombre, que lo escucha siempre, e incluso que si no habla es porque -como Dios educado que es- nos está escuchando, así que incluso cuando Dios parece retirarse, no es más que porque le gusta lo que decimos y cómo lo decimos.

Para eso era imprescindible que fuera Dios mismo, y no meramente un enviado, un profeta, una gran maestro de la fe, un gran predicador, un gran milagrero, sino Dios mismo. Si Jesús no hubiera sido Dios, eso que vino a decirnos no tendría ninguna clase de valor.

Pero Jesús no se limitó a decirnos eso: también ofreció que Dios mismo iba a hablar en nosotros en su propio lenguaje (“con gemidos inefables”, dice San Pablo). Y eso es la fe cristiana, no es un impulso humano, no es el fervor con que realizamos los actos religiosos, sino el habla de Dios en nosotros, que rectifica el lenguaje humano y lo convierte en un hablar divino que llega a Dios con completa certeza… para los que creen.

Por eso tenemos que aceptar que quienes no creen consideren al cristianismo como una religión más, porque si no está Dios gimiendo con gemidos inefables, nuestra religión y la de los zulúes son idénticamente respetables.

Fe y religión en el cristianismo

Ahora bien, el problema se produce precisamente allí: si lo que da absolutez a la fe cristiana es la fe y no la religión, ¿querrá Dios a la religión cristiana?

Allí es donde aparece lo que puse de Karl Barth. No lo puse porque esté de acuerdo con ellos, sino porque creo que debemos mantener siempre una distancia crítica, una tensión interior en nosotros mismos, en cada creyente, que nos permita ir cada día depurando nuestro deseo de apoderarnos de Dios, de convertirlo en una palabra puramente humana.

Yo estoy convencido que el mensaje de Jesús fue un sí a todo lo humano, incluido lo religioso: Jesús dijo sí a nuestros intentos de organizar la sociedad, sí a nuestros intentos de hablar a Dios… sí a todo lo humano, a cada cosa. Incluso dijo que sí a aquellos a los que nosotros les decimos que no: a los excluidos, a los débiles, a los pobres, a las prostitutas, a los recaudadores de impuestos, a los homosexuales, a los políticos corruptos, a los abortistas. Dijo sí a lo humano sin restricciones. SIN RESTRICCIONES.

Es muy fácil decir que amamos a los pobres, es religiosamente correcto, el problema es si amamos a los pobres que lo son porque no quieren trabajar, porque les gusta la bebida, por ejemplo. A esos Jesús les dijo también sí.

No les dijo que estaba bien lo que hacían (al contrario), pero les dijo que Dios escucha a todos, al justo y al injusto, que ama todo lo humano, incluso lo humano que no es humanamente amable.

Hizo su apuesta, abrió un juego y está dando cartas: puede ser que a partir del amor, el que está corrupto en su corazón desee dejar de estarlo para agradecer a quien por primera vez en la historia le dijo que sí. Puede ser también que tome la libertad con la que Dios lo amó como pretexto para la carne, para hacer de la vida un viva la pepa. Eso no lo sabemos, lo que sabemos es que Dios dijo que sí y que el juego está en plena marcha, no se ha cerrado aún la mesa.

Dentro de lo que dijo que sí, está que Dios dijo sí a los balbuceos humanos para hablarle a él: dijo que sí a los galleados cantos de Misa, al blanco de las solemnidades y verde del tiempo ordinario, a todo eso que si no estuviera Dios detrás aceptándolo sería idéntico al sacrificio de una lagartija en medio de la selva.

Pero al igual que le pasa al borrachín al que Dios le dijo sí, no podemos tomar ese sí de Dios como pretexto para la carne. Que Dios haya aceptado la comunicación del hombre con él no implica que hagamos de esa comunicación un nuevo ídolo, que la convirtamos en un sustituto de la fe. Porque la religión, para los cristianos, sólo tiene algún valor si viene aceptada desde la fe. Por eso viene bien cada tanto recordar que la religión también se puede convertir en un pecado, en el peor, del momento que la corrupción de lo mejor da lo peor. Se convierte en un pecado cuando ya no pretende hablarle a Dios, con temor y temblor, esperando que él acepte nuestra palabra, sino que pretende forzarlo a decirle sí sólo a algunos, sólo a los que a nosotros nos gustan.

Allí es cuando Dios nos dice:

“¿A mí qué, tanto sacrificio vuestro? – dice Yahveh -. Harto estoy de holocaustos de carneros y de sebo de cebones; y sangre de novillos y machos cabríos no me agrada, cuando venís a presentaros ante mí. ¿Quién ha solicitado de vosotros esa pateadura de mis atrios?

No sigáis trayendo oblación vana: el humo del incienso me resulta detestable. Novilunio, sábado, convocatoria: no tolero falsedad y solemnidad. Vuestros novilunios y solemnidades aborrece mi alma: me han resultado un gravamen que me cuesta llevar.

Y al extender vosotros vuestras palmas, me tapo los ojos por no veros. Aunque menudeéis la plegaria, yo no oigo. Vuestras manos están de sangre llenas: lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda.

Venid, pues, y disputemos – dice Yahveh -: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán.” (Is 1,11ss)

Eso es lo que nos recuerdan, aunque no corresponda erigir eso como sistema, los que hablan de la muerte de la religión en la Cruz.

Abel DC

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