El Temor de Dios

El Temor de Dios

… Uno es el miedo a que de Dios me pueda venir algo malo, y en ese sentido, al menos desde nuestra revelación, no es necesario tener miedo: nuestro Dios, todo lo que causa es para el bien de los seres humanos, bien que a veces lo tenemos oculto, pero que de todos modos sabemos que está allí.

Otro es el “temor de Dios” en el sentido bíblico, que es un don del Espíritu Santo (“espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh”, Is 11,2), y por lo tanto no sólo hay que tenerlo, sino que hay que pedirlo.

El “temor” en el sentido del don del E.S. es también una forma de “miedo” (por eso se llama así, si no se llamaría “patatas bravas” o “zumo de tomate” ), pero no es miedo a lo que Dios hace, sino a la diferencia radical entre nuestro ser y el de Dios. El “temor” que da el E.S. es la clara percepción de que no hay nada que le falte a Dios si no me tiene a mí, y que por lo tanto soy por completo prescindible a la realización de su ser, pese a lo cual decidió, en su suprema gratuidad, no prescindir de mí. Es consternación y terror ante la grandeza de Ser que se me acerca.

Dios es gracia y des-gracia:

gracia porque se me acerca sin que yo lo merezca, des-gracia, porque acercándoseme me quita cualquier fundamento que yo pudiera poner en mí mismo, sólo él puede fundarme, y por lo tanto quedo prendido del abismo, de su Abismo. El abismo te atrapa, y te atemoriza. Percibes que no hay verdad sino allí, pero esa verdad está tan infinitamente lejos de cuanto pudiéramos nombrar y señalar, que nos quedamos sin palabras… y el hombre, cuando se queda sin palabras, deja un poco de ser hombre, en algún sentido. El Abismo, para dar vida, aniquila.

“Misterio tremendo y fascinante”, llama a Dios la fenomenología de la religión. Si quitamos el santo temor, el temor a la santidad de Dios, no a su obrar sino a su Ser aniquilador y dador de vida, nos quedamos con una religión ñoña, cuyo amor carece de peligro… y de amor.

Si el amor no es peligroso, no es amor, sino sentimentalismo. El peligro está en que en el amor me quedo sin autosustento: ya no soy yo quien digo quién soy, sino el amado. El peligro está en que el otro me falle, no me “diga”.

El santo que ama al leproso, al pobre, al desvalido, no lo ama porque le dé besitos (aunque puede ocurrir que lo haga), sino porque recorta su ser en ese deshecho humano que pasa a ser su definición de lo que es él mismo. En el no-aceptado por los hombres esconde su propio ser, que ya no es él mismo, sino el deshecho al que ama.

Como amamos la cruz y no nos falla, pero no porque es linda, ni buena, ni agradable, ni nosotros masoquistas, sino porque en lo más bajo, en lo último que es la cruz, ya no hay posibilidad de más muerte sino sólo de vida. Esa es la paradoja que nos enseñó Jesús y que el mundo no entiende ni puede entender.

Abel Della Costa

Una respuesta

  1. Buen blog este… ¿porqué no lo había visto antes? A ver si vuelvo otro día y te dejo más comentarios… Bendiciones.

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