El Sentido

EL SENTIDO POR ABEL DELLA COSTA
EN EL PRINCIPIO ERA LA PALABRA Y LA PALABRA ESTABA DE FRENTE A DIOS
Y LA PALABRA ERA DIOS… Evangelio de San Juan
…y no sólo lo toma de la relación con la cultura griega. En realidad hay un juego de sentidos enorme en esa sola referencia. Pero primero a lo primero:

¿Y porque la palabra?, porque no el Hombre?, ¿por que en un principio LA PALABRA (logos, inteligencia, razón, comunicación) y no hombre? ¿puede existir la palabra SIN el hombre? ¿Por que PRIMERO PALABRA?

Porque aún no está hablando de lo que llamamos la “Encarnación”, está hablando de mucho más atrás, está hablando de “el principio”, y en ese “principio” no hay aún hombre, en ese principio hay…. qué hay?

El poeta (San Juan) escudriñó en la Biblia, y encontró que casi al principio estaba el “y dijo Dios”. Eso resultó ser coincidente con lo que venían especulando teólogos casi contemporáneos de Jesús, judíos como Filón, y con lo que decía gran parte de la especulación griega.

Pero el “y dijo Dios” está recién en el tercer versículo, hay que llegar más al fondo, hay que llegar verdaderamente al Principio.

La Biblia empieza con tres palabras que dicen: “bereishit bará Elohim”, «en el principio ‘bará’ Dios»

Nosotros decimos «en el principio ‘creó’ Dios…», y la verdad es que nos perdemos lo más jugoso de la frase.

“Bará” es un verbo muy complicado, es verdad que literalmente quiere decir “creó”, pero cuando nosotros pensamos en “creó”, inmediatamente nos vamos hacia el lado del objeto creado.

Por ejemplo, si decimos que “Miguel Ángel creó el Juicio Final”, lo que nos representamos es “El Juicio Final”, el verbo apunta a su objeto, a su acción realizada.

Pero “bará”, aunque quiere decir “creó”, no apunta a que pensemos en la obra creada, apunta a que pensemos en el que la realiza. Para pensar en la obra creada los hebreos usaban otros verbos: hizo, fabricó, etc… sobre todo “hizo”. Pero en cambio el verbo bará se usa muy, pero muy, pocas veces, y es un verbo que nunca se usa con otro sujeto que con Dios, sería impensable decir “Miguel Ángel bará El Juicio Final”.

El verbo bará apunta a decir claramente que Dios está mucho más allá, más arriba, más abajo, más atrás, más adelante, a años luz de su obra: no es su obra, no necesita su obra para ser.

Mi profesor de Pentateuco decía que perfectamente podría traducirse Gn 1,1 así:

Desde el principio cielos-y-tierra no es Dios.

Es una afirmación polémica y desmitologizadora de los “poemas de creación” que el poeta conoció en Babilonia, donde la naturaleza contiene una parte de la divinidad, o la expresa adecuadamente.

Bueno, no me quiero perder del curso central del asunto. La cuestión es que si el pathos, el sentir profundo del verbo “bará” no apunta a hablar de cielos-y-tierra sino del propio Dios, o mejor dicho, a mostrar que “cuando termino de conocer todas tus obras, aún me quedas tú”, como dice el salmo; si es así que el verbo “bará” me dice “aunque recorrieras todos los caminos, no hallarías en ninguno por ti mismo a Dios”… queda por preguntar algo que los rabinos de la época de Jesús se preguntaban:

«¿Qué hay entre Dios y el mundo?»

Ésa es la gran pregunta, la gran inquietud, la gran picazón allí que te deja el “bará” bien entendido: si la creación no me lleva más que a atisbar la posibilidad de Dios, pero no me lo entrega, no me puedo asegurar de él, no puedo hacerlo mío… ¿qué hay entre Dios y el mundo?

Y algún rabino contestó algo que les gustó a casi todos: “entre Dios y el mundo hay silencio”.

Es verdad que el texto de Génesis continúa en el versículo 3 diciendo “y dijo Dios”. Dios cuando quiere habla, aparece, hace… pero después del bará, de este lado del bará, la cuestión es que más allá del bará no puedo pasar, no puedo ser un íntimo con él, carezco del lenguaje apropiado para decirle algo que llegue a su corazón, porque entre Dios y el mundo no hay otra cosa que silencio…

Y en medio de esa angustia se produce inesperadamente la irrupción de la intimidad de Dios en carne de mundo. Es verdad que por mí mismo no puedo atravesar el bará… ¡pero él mismo lo atravesó!, lo rompió, lo agujereó al medio y pasó, y quedó el bará intacto y atravesado a la vez, como la virginidad de María da a luz un hijo sin perderse como virginidad.

Dios sigue siendo el totalmente otro del otro lado del bará, y el de acá y de este lado, igual a mí, amigo mío, mi compa, que se toma unas cervezas conmigo cada vez que puede.

Dios rompió el bará sin romperlo, y aplicando la vista al agujero del bará, pudimos ver lo que ningún ojo vio, y aplicando el oído pudimos escuchar lo que ningún oído oyó, ¿y qué escuchamos? ¡un quilombo de kermese parroquial! resulta que adentro del bará no había silencio, sino cántico, celebración, palabra, una palabra eternamente dicha, eternamente escuchada y eternamente celebrada.

Y el poeta aplica su oído, escucha y habla, y responde al mismo tiempo al fatalismo y angustia de los rabinos, a la búsqueda de los teólogos judíos dialogistas, y a las mejores esperanzas de la filosofía pagana, pero que no encontraban dónde apoyar su intuición:

«En el principio estaba la Palabra

Y la Palabra estaba de cara a Dios

Y Dios era la Palabra»

¿como puede ser la Palabra sin el Hombre?

La pregunta inversa no tendría respuesta: ¿cómo puede ser el hombre sin la palabra? No, no puede ser: el hombre es palabra, lleva la palabra a sus espaldas, la palabra nos hace hombres, ni los brazos, ni las piernas, ¡ni el cerebro! Es la palabra, el lenguaje, la comunicación “como se da una flor, en el nivel de los niños, más allá de sí misma, en el olvido puro de ella misma”, como dice Juanele.

Puede haber un hombre mudo, puede haber un hombre que carezca de brazos, puede haber un hombre que carezca de todo lo que tienen hasta los más minúsculos animales, pero no hay hombre que no se diga a sí mismo en lo que dice, hace piensa, que no se done y dé a los demás en cada cosa. Puede darse para autoposeerse y ser sobre los demás, y será un lenguaje dominador y egoísta; pero será una entrega, no se recibe sino desde lo que se da, y tal como se da.

Es la palabra la que constituye al hombre, no el hombre a la palabra, es el poder decir, lo que hace que haya un hombre para decir, que deseemos decir, y que sin decir sintamos que quedamos aprisionados, y no sólo, sino vacíos.

Gracias a Jesús, el exégeta de Dios, según dice también Juan en 1,18, pudimos enterarnos que esa palabra es también Palabra, que no sólo nos constituye, sino que es la Contituciencialidad (ni Castellani se inventó ésta) de todo, lo que atraviesa todo, penetra todo, y trasciende todo.

De la Palabra nuestras palabras toman su capacidad para significar, y para significar de verdad, y no por mera convención.

Es que Dios necesita del lenguaje para concebirse? No lo necesita, lo es. En el Libro XXII de La Ciudad de Dios, dice San Agustín:

Ibi vacabimus et videbimus, videbimus et amabimus, amabimus et laudabimus. Ecce quod erit in fine sine fine. Nam quis alius noster est finis nisi pervenire ad regnum, cuius nullus est finis?

Allí descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. He aquí lo que será estar en el fin que no tiene fin, porque ¿cuál puede ser nuestro fin sino llegar al reino que no tiene fin?

Fíjate la progresión de los verbos, no es una mera acumulación: va de la expectativa humana del descanso, a la expectativa divina del canto y la alabanza, que incluso acopia el amor porque trasciende al amor como lo conocemos, como cosa de dos; en el canto, la celebración, la alabanza, no son dos que se aman sino uno que ama y es amado. Por eso Dios no necesita de la palabra para autoconstituirse, Dios es su propio decir, y cantar eternamente. No cantaremos el Cántico del Cordero porque no habrá cosa más interesante que hacer, sino porque el destino de las palabras es ensayar la Palabra, la única que existe desde siempre y permanece para siempre.

El hombre necesita la Palabra para ser. Dios no.

por eso… como puede ser la palabra (referencia humana de Dios, encarnación de Dios) sin el hombre.

Dios no sólo no necesita la palabra para ser, sino que no necesita nada. Es más, nuestras categorías de “ser” y “no ser” quedan cortas para expresar la realidad de Dios, puesto que siempre hablan en relación a algo, y Dios no es relativo a nada. Como lo señala agudamente Meister Eckehardt: “si dices que Dios es, no es; y si dices que no es, es”.

Pero esto es demasiado metafísico y abstracto. Si Dios está por fuera de cualquiera de nuestras palabras y categorías, es cierto que podemos decir de él cualquier cosa, con tal de que también afirmemos la contraria, puesto que ninguna de nuestras categorías alcanza a expresarlo: si decimos que es Palabra, no es porque sepamos lo que Dios es en sí mismo, sino porque en la realidad humana de la palabra atisbamos un punto de encuentro con un Dios que simultáneamente es también Silencio.

Pero aún así sigue siendo un enunciado demasiado metafísico. No es que esté mal un enunciado metafísico, pero en el fondo es algo que preocupa a teólogos y filósofos, y en general a todos aquellos que sienten la pasión por la “conceptualidad justa”; pero no parece que a todos los demás, a todos nosotros, nos mueva demasiado el pelo la conceptualidad justa.

Juan no es teólogo ni es filósofo (en el sentido “técnico” y “profesional” de estas dos palabras), Juan es un testigo, un martýs, un mártir de la fe. No escribe por la pasión -legítima- de la “conceptualidad justa”, sino para que que los que lo leamos lleguemos a creer, y creyendo, tengamos vida en el nombre de Jesús.

Eso también marca un límite al leerlo: no podemos esperar de él que de manera inmediata nos introduzca en el problema de la realidad metafísica de Dios, sino más bien en la preocupación, en el cuidado de nuestro ser de cara a Dios.

De la Palabra nuestras palabras toman su capacidad para significar, y para significar de verdad, y no por mera convención.

En las palabras tenemos el paredón donde chocamos una y otra vez la cabeza. Por más que nos empeñemos en que “un gesto vale más que mil palabras”, por más que afirmemos “¡hechos, no palabras!”, por más que construyamos toda una cultura (la nuestra) en torno a la supuesta objetividad de la observación y el experimento; lo que finalmente nos encontramos es que ese gesto que vale más que mil palabras es un gesto que nos cuentan o contamos a otros; que ese hecho que desmiente la palabra es ambiguo si no va acompañado de una palabra que le dé densidad y sentido, y que el experimento y la observación reposan finalmente en “tratados” y “tesis”, en definitiva, en palabras.

Las palabras entretejen una red frente a nosotros y los demás, frente a nosotros y el mundo, ¡y hasta frente a nosotros y nosotros mismos! Basta, por poner un ejemplo zonzo, que contemos a alguien un problema íntimo nuestro, para que ese problema deje de estar por encima nuestro, para que pase a ser un problema mío, y no yo de él.

El Papa va andando por Valencia, coge en brazos a un niño y lo besa: ¿lo amó realmente? ¿no hacen lo mismo los políticos por la miseria de un voto? Recién en la palabra que precede y sigue a ese gesto, es posible que el gesto diga algo… pero ¿dice algo?

Las palabras son nuestra grandeza, sólo el hombre es capaz de palabra (no de sonidos, ni siquiera de sonidos articulados, sino de sentido); pero también son nuestro límite: la palabra nos pone ante la imposibilidad de controlar el sentido, por ella accedemos a todo, pero por ella también no tenemos poder sobre nada, todo puede ser dicho y redicho, y dicho a la inversa para leer lo mismo. Como agudamente señala Roland Barthès, «el lenguaje no se define por lo que nos permite decir, sino por lo que nos obliga a decir.»

No podemos asegurarnos el sentido, nunca sabemos, ni siquiera de nosotros, cuándo una palabra es del corazón, y cuando es una tapadera, cuando “amor” quiere decir amor, y cuándo quiere decir una de las infinitas variantes del desamor.

Es en ese extravío de lo más esencial de nosotros mismos, en el deambular de nuestra conciencia desdichada por los vericuetos de palabras que no siempre nos traen Palabra, y que incluso cuando la traen no la podemos reconocer con completa certeza; en ese éxodo es que Juan anuncia su frase, no metafísica sino salvadora: ha quedado definitivamente abierto el Bará de Dios, ha quedado roto lo que nos impedía que nuestra palabra fuera Palabra, y a su ves todas nuestras palabras, aún la más desdichada, aún la más tonta e inesencial se reúne en Dios para convertirse en Palabra… porque Dios no sólo habló al hombre, él “era la Palabra”.

Lo que enuncia la frase contiene una gran esperanza, la de que no importa cuán vacío y casi sin sentido percibamos nosotros nuestro lenguaje: llega a Dios, y él es capaz de transfigurarlo, de hacernos decir algo con él.

Para todos aquellos que oponen lo humano a lo de Dios, para todos los que consideran que si la Biblia es literatura entonces no es sagrada, que si cuenta cuentos y poemas, es poca cosa, para todos ellos Juan dice: es que no hay Palabra sino entretejida en las palabras, y ya no quiso Dios ser Dios sino entreverado en los hombres, y como hombre.

Y eso porque su eternidad esencial no consiste más que en una palabra eternamente dicha y eternamente celebrada.

 

La palabra y el sentido

¿Qué buscamos los seres humanos en las palabras? ¿cómo se nos manifiestan las palabras?

La palabras nos rodean, nos definen, nos cuestionan. Podríamos pensarnos como seres humanos casi de cualquier manera, pero no podríamos pensarnos carentes de palabra. Con esto ya nos damos cuenta que la palabra es mucho más que los sonidos que usamos para enunciarla: palabras son sonidos encadenados, palabras son manchas de tinta regulares en un papel, palabras son gestos de las manos…. palabras es todo eso, y más también, pero nada de eso sería palabra si no estuviera por detrás el sentido, lo que llamamos el signi-ficado, aquello que los sonidos, los textos, los gestos, etc., señalan, aquello a lo que apuntan.

Lo que hace de una combinación de sonidos, de colores, de movimientos, etc, una palabra, es el sentido, aquello que permite comunicar a otros, y fundir provisoriamente dos seres humanos en una única mirada.

Es ése y no otro el objetivo de cualquier palabra, de la clase que fuere: provocar sentido, manifestar y comunicar, dos movimientos que están indisolublemente unidos.

Sin embargo nuestra experiencia humana, normal, común a todos, del “sentido” es lacerante… Puede ser que yo sea una persona muy docta, un filósofo, y entonces podré expresar con palabras las dificultades que tenemos los hombres para alcanzar el sentido; o puede ser que yo sea una persona carente de todo contacto humano (un Tarzán con menos pectorales), y entonces careceré de la posibilidad de explicar esas dificultades… pero todos tenemos la tremenda experiencia de la “huída del sentido”.

Decimos una palabra, y esa palabra a lo mejor significa algo en el momento, sin embargo es posible que quien la escucha no perciba ese significado, “no me entendió”, “entendió otra cosa”… incluso para nosotros mismos nuestras palabras tienen sentidos provisorios: “¿cómo pude haber dicho eso?”, “¿qué habré querido decir?”. A veces escribo un texto, y luego -al día siguiente, al otro- ya me dice otra cosa, o no me dice nada… ¡cuánto más a aquellos que lo leen!

La huída del sentido es una experiencia interior a nuestro modo de movernos entre las palabras. A veces nos escudamos de esto diciendo, por ejemplo, que algo que le dijimos a un amigo “eran sólo palabras”, o que “lo que importa son los hechos”, sin embargo… ¡lo que importa de “los hechos” es precisamente su significado, su “palabra”!

No hay mayor fuente de alegría humana que el sentido, ni mayor fuente de congoja que el sinsentido, que la huída del sentido. Por eso ya Aristóteles, cuando trató de pensar qué es el ser humano, dijo esa frase que tantas veces cité: “un viviente que lleva palabra”. No “que es” palabra, sino “que lleva”, porque si lo fuéramos, jamás podría huír el sentido.

Estamos destinados al sentido, y cuando se ausenta, toda nuestra vida, todo nuestro “ser vivientes”, se oscurece y apaga.

No hay ser humano, del más espiritual al más carnal, que pueda evitar estos “vaivenes” del sentido, esta huída del sentido que no se deja apresar en nuestra vida, ni en ninguna.

Pero uno podría preguntarse: ¿cómo es que aquello que forma nuestro destino más propio pueda, sin embargo, desaparecer? Esta pregunta no tiene respuesta en el horizonte humano, y es la base de todas las filosofías que pregonan la desesperación y el nihilismo. Un desesperado no es aquel que está todo el día con cara de pocos amigos o llorando por los rincones, sino aquel que percibe -incluso en medio de las risas y la distracción– que el sentido es provisorio y carente de fundamento, que nunca podremos hacer más que “llevar” la palabra, no “poseerla” ni “serla”.

Transcribo, para terminar esta sección, un fragmento del poema “Cansancio” (del poemario “En la masmédula”), de Oliverio Girondo, que creo que expresa muy bien la desesperación impresa en la experiencia del lenguaje:

Cansancio
cansado de todo
Y de los replanteos
y recontradicciones
y reconsentimiento sin o con sentimiento
cansado
y de los repropósitos
y de los reademanes y rediálogos idénticamente bostezables
y del revés y del derecho
y de las vueltas y revueltas y las marañas y recámaras y remembranzas y remembranas de pegajosísimos labios
y de lo insípido y lo sípido de lo remucho y lo repoco y lo remenos
recansado
de los recodos y repliegues y recovecos y refrotes
de lo remanoseado y relamido hasta en sus más recónditos reductos[…]sempiternísimamente archicansado
en todos los sentidos y contrasentidos de lo instintivo o sensitivo tibio
o remeditativo o remetafísico y reartístico típico
y de los intimísimos remimos y recaricias de la lengua
y de sus regastados páramos vocablos y reconjugaciones y recópulas
y sus remuertas reglas y necrópolis de reputrefactas palabras
simplemente cansado del cansancio
del harto tenso extenso entrenamiento
al engusanamiento
y al silencio.

de la palabra a la Palabra

Pero esa pregunta por la fugacidad del sentido es también el inicio de otro movimiento del espíritu: de aquel que no claudica ante el aparente sinsentido del sentido, que busca un fundamento que no puede estar en ningún rincón de nuestra realidad, sino fuera, “más allá”, pero no “más arriba”, ni “más abajo”, sino en la completa otreidad. Del otro lado del “bará” de Dios, diría la Biblia.

La experiencia de la huída del sentido, común al ignorante y al sabio, nos lleva a plantearnos que ese sentido no nos pertenece, y a tomar una decisión en cuanto a si nos conformaremos con apresar el instante de alegría en una desesperada carrera hacia el sinsentido, o por el contrario, a buscar aquello que es la fuente del sentido y que nunca deviene no-sentido, algo al lo que podamos llamar con propiedad “Palabra”, o Dios.

Los que vienen siguiendo la exégesis de Gn 2-3 habrán notado ya que no es casualidad que la “caída” se produzca como una experiencia de lenguaje, como un deseo del hombre de “controlar” el mandamiento y su significado: es allí, en la palabra que Dios nos dirige, el lugar donde mejor podemos jugar a “ser como dios”.

Y si percibimos que nuestra experiencia de huída del sentido está íntimamente ligada a nuestro deseo de vacío; a nuestro gusto por la imposibilidad de ser; al pecado, diría la Escritura; también ocurre que todo movimiento que realizamos para encontrar por fuera de nuestra experiencia humana el fundamento, la Palabra, acaba en engaño y frustración. Verdaderamente nos engañamos una y otra vez en cuanto a las palabras con las que nombramos a Dios. Queriendo nombrar a Dios acabamos invariablemente en el ídolo.

Y así marchamos una y otra vez entre el filo de la desesperación que apuesta por el sinsentido, y el del pecado, que apuesta por el ídolo.

Sólo un movimiento podía ser posible para salir de ese desfiladero, un movimiento que no podíamos realizar nosotros, que no podemos realizar, que no podemos siquiera prever, sólo podemos desear que ocurra… ¡y ocurrió! Es ése el anuncio que hace nuestra fe: que aquello que se nos presentaba como sinsentido y pecado, ha sido nombrado por Dios presencia suya en nuestro mundo.

Es aquello mismo que nos llevaba al sinsentido lo que ha sido nombrado por Dios lugar del sentido; no elige la Cruz por masoquista, sino porque sólo podemos considerar que hemos sido salvados, si en la experiencia del vacío aparece la Palabra de Dios nombrando ese vacío. No la nuestra, la de Dios.

Lo que nuestra fe atesora, como la perla en el campo, como la oveja en el rebaño, como la dracma en la fortuna, no son palabras distintas a las del mundo: ¡son las mismas! Sólo que esas palabras, el llegar al aparecente vacío de la huída del sentido, pueden ahora experimentar ese vacío como punto de fuga hacia la plenitud de Palabra que es Dios.

Insisto en esto: el himno del mundo y el nuestro es el mismo himno, el salmo del mundo y el nuestro es el mismo salmo, el relato del mundo y el nuestro es el mismo relato, el saludo del mundo y el nuestro es el mismo saludo. La palabra es la misma, sólo que el creyente, no por sí mismo sino por la Palabra que nos convocó a confesar, a dar testimonio (martirio, en griego), puede ahora decir que en el vacío del sentido hay Dios, el vacío produce sinsentido, pero también lugar por donde puede entrar Dios.

Nuestras verdades son tan débiles como las de los demás, y ni uno solo de nuestros “dogmas” puede resistir una crítica del lenguaje, la expresión misma “Dios existe” es una expresión casi absurda; y sin embargo en ellas, experimentndo su debilidad, experimentando el vacío que nos dejan, aparece la posibilidad, no de nombrar, pero si de confesar a Dios. Lo que confesamos puede ponerse en muchas fórmulas, pero ninguna de ellas tan hermosa como lo que el más humilde de los creyentes puede decir de sí mismo: Él me ha dicho: ‘tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy’.”

ADC…


 

 

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