La union de los cristianos

Hace tiempo que el Papa dio una respuesta invaluable acerca de la union de los Cristianos que me gustaría recordar:

Pregunta: Alemania como tierra de Reforma está marcada naturalmente y de forma particular por las relaciones entre las distintas confesiones. Las relaciones ecuménicas son una realidad sensible, que encuentra siempre nuevas dificultades. ¿Qué posibilidad ve de mejorar la relación con la Iglesia evangélica, o qué dificultad ve en este camino?.

Benedicto XVI: Quizá sea importante decir, antes que nada, que la Iglesia evangélica presenta una notable variedad. En Alemania tenemos, si no me equivoco, tres comunidades principales: Luteranos; Reformistas; y la Unión Prusiana. Además hoy se forman numerosas Iglesias libres (Freikirchen) y, en el interior de las Iglesias clásicas, movimientos, como la “Iglesia confesante” entre otras. Por lo tanto, se trata también de un conjunto con muchas voces, con las cuales tenemos que entrar en diálogo en la búsqueda de unidad con respecto a la multiplicidad de voces, y con las que quiero colaborar. Creo que lo primero que hay que hacer es que en esta sociedad, todos juntos nos preocupemos por hacer que sean claras, de encontrar y de traducir en hechos, las grandes directrices éticas, para garantizar de este modo la consistencia ética de la sociedad, sin la cual ésta no puede llevar a cabo las finalidades de la política, que son la justicia para todos, una buena convivencia y la paz. En este sentido creo que ya se ha conseguido mucho, que nosotros nos encontramos realmente unidos bajo un pilar cristiano común, frente a los grandes desafíos morales. Naturalmente, después hay que testimoniar a Dios en el mundo, que tiene dificultades a la hora de encontrarle, como ya hemos dicho, y de hacer visible a Dios en el rostro humano de Jesucristo, y de ofrecer a los hombres el acceso a esas fuentes, sin las cuales la moral se aridece y pierde sus referencias, y también donar la felicidad, porque no estamos solos en este mundo. Sólo de este modo nace la felicidad ante la grandeza del hombre, que no es un producto mal conseguido de la evolución, sino imagen de Dios. Nos tenemos que mover en estos dos sentidos –por decirlo de algún modo- el de las grandes referencias éticas, y el que muestra –a partir del interior y orientándose hacía el- la presencia de Dios, de un Dios concreto. Si lo hacemos, y sobre todo, si en todos nuestros agrupamientos singulares buscamos no vivir la fe de forma industrial, sino a partir de raíces más profundas, entonces quizá no lleguemos tan rápido a las manifestaciones externas de unidad, sino que maduraremos hacia una unidad interior, que si Dios quiere un día llegará también a exteriorizarse.§

Partiría de esta frase: «la presencia de Dios, de un Dios concreto.»

 

El mundo en la actualidad dice tender a la unidad: unidades nacionales, unidades comerciales, unidades culturales. Parece que lo particular ha quedado démodé. A lo sumo aparece cada tanto algún movimiento reclamando su particularidad, pero lo hace pretendiendo para ellos leyes generales, por lo tanto, unitariedad por donde se lo mire. Casi pensaría que cada hombre tiene una tendencia a universalizar y querer imponer su particular punto de vista, tendencia que en nuestra época se ha hecho sistema de vida.

Quizás no era peligroso eso cuando el sacro Imperio iba a imponer su universalidad con unos cuantos caballos, hasta donde diera la fuerza de caballos y caballeros… y siempre quedaba un mundo ancho y ajeno que resistiera -aunque sea por la fuerza de las distancias- a la unitariedad. Hoy nos basta mandar un ejército, con un avioncito a llevar una cosmovisión, unas costumbres, unas exigencias, hasta los rincones más recónditos del planeta. Lo que queda de variedad entra dentro del folklore, y subsiste mientras dé dividendos, es decir, mientras esté integrado en el mercado único.

En medio de eso, es decir, de esa tendencia que existe desde siempre, hecha factible ahora por el dominio técnico del planeta, podemos tener los creyentes la tentación de pensar la necesidad de nuestra unidad en la fe, en los moldes de la unitariedad del mundo. Y ahí la Biblia nos vuelve a retar a que revisemos nuestros deseos, muy religiosos seguramente, pero tal vez inadecuados:

Contestó Moisés a Dios: “Si voy a los israelitas y les digo: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”; cuando me pregunten: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les responderé?”

Nuestra fe no se refiere a “dios”, se refiere a un Dios determinado: al Señor de los ejércitos, al Dios vivo y verdadero, al Dios Altísimo, al “Padrino de Jacob” (con ese nombre, buen cappomafia nos echamos), a Yahvéh, el Señor… al Dios que lleva por nombre Padre, revelado en el Hijo por la fuerza del Espíritu.

Podemos poner 100 nombres, 1000 también; pero será siempre un Dios en especial, el que nos invita a dejar los ídolos e ir tras él; no cualquier dios, sino “un Dios concreto”.

Esa síntesis: “un Dios concreto”, es emocionante, e invita a pensar, sí, la unidad en medio del mundo, pero no como en el mundo.

En tanto hemos llegado a ver que nuestro Dios no es la esencia divina pensable por el hombre, sino un Dios concreto, el vivo y verdadero, que toma la iniciativa de llamarnos, lejos de poder convertirse eso en un elemento para aterrorizar a los demás e imponerles nuestras ideas, nos volvemos cautos: si el otro no conoce a mi Dios, puede ser que aún no se le haya él revelado, puede ser que lo esté preparando, puede ser que yo no lo haya visto del todo…. Dios es más grande que lo que puedo decir de dios.

Las tristes épocas en que nuestra religión actuó imponiendo su dios, no fueron épocas de unidad, sino de unitariedad, épocas en que por un instante olvidamos que nuestro Dios es un Dios concreto: el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. ¿Y qué hizo Dios ante nuestro olvido? nada, nos entregó “al designio de nuestro corazón oscurecido”, es decir: la unitariedad que buscábamos se volvió contra sí misma y se fragmentó la fe en chiquicientas minifés.

Si Dios es concreto, nuestro seguimiento es concreto: no un conjunto de ideas más o menos lógicas, sino una circulación desde una raíz profunda, hacia la manifestación de ese Dios en nuestra vida.

Y allí viene lo segundo que remarco de tan bella respuesta:

“si en todos nuestros agrupamientos singulares buscamos no vivir la fe de forma industrial, sino a partir de raíces más profundas, entonces quizá no lleguemos tan rápido a las manifestaciones externas de unidad”

¿Es que importan tanto las manifestaciones externas de la unidad? sí y no. Importan, porque la desunión de los creyentes es un escándalo para todos, creyentes y no creyentes; pero no, porque la manifestación externa de la unidad sólo es real si es verdaderamente la manifestación de algo que ocurre dentro de cada creyente, es decir, si es signo de que el Dios que seguimos es un Dios concreto.

Un tercer aspecto es el atajo ético en este camino de la unidad: si no podemos ponernos de acuerdo acerca de la Transustanciación, comencemos por llamar buenas y malas a las mismas acciones. pero no a cualquier acción, sino a aquellas que son las claves de los dilemas éticos del mundo, del de hoy y del de toda la historia. Mostremos que aquellos que vivimos frente a nuestro Dios concreto somos capaces de hallar la alegría (signo visible de la gracia) en medio de las tensiones éticas: el derecho personal frente a la comunidad, mi deseo y mi deber, etc.

Y mostrémoslo, porque lo que tenemos que ser es signo de gracia, es decir, mostrarlo es evangelizar.

Me gusta mucho este papel subrogado de la ética: no se trata de ser buenitos para cumplir con un conjunto de preceptos más o menos racionales, sino porque en ese atajo está la posibilidad de ir manifestando cada uno desde su propia raíz una fe que resultará al cabo ser Una, sin por eso ser adocenada y en serie, como la unidad industrial a la que nuestro siglo nos acostumbra.

Lo demás, vendrá por añadidura.

Abel Della Costa

 

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