La Santidad de la Iglesia

La afirmación de que la Iglesia es toda santa e incorrupta (en un plano, bajo una mirada), no es incompatible con que ella es también pecadora, simultaneamente, y no sólo en los pecados individuales de sus miembros, sino ella misma se presenta ante Dios a cada paso necesitada del perdón y la redención.

En el terreno de la imagen y del símbolo no necesariamente son incompatibles las cosas que sí lo son en el terreno de la prosa.

Por eso los Padres de la Iglesia no dudaron en aceptar para la Iglesia la caracterización de “Casta prostituta”, aunque nadie sino ellos entendió tan a fondo la absoluta realidad del Cuerpo Místico.

El mismo Jesús nos pide que no separemos de antemano el trigo de la cizaña, y a eso me suena el dejar la santidad para la Iglesia y el pecado para sus miembros.

La Iglesia es una realidad que sale toda ella santa e inmaculada de manos de -de labios- de Jesús, y las puertas del Hades no prevalecen, ni prevalecerán, contra ella. Es la Novia virgen, y la parturienta dando a luz en el mundo al Hijo que es a la vez su Dios y Padre.

Es custodiada en el desierto, y preservada milagrosamente del temible poder del Abismo que busca a cada momento tragarla.

Pero a la vez que en el deseirto vive en lo alto del monte más alto, alabando a su Señor, es ciudad y ciudadana, es el lugar del coro y el coro mismo.

También es Jezabel y Prostituta, persiguiendo dentro de ella a tantas voces que a lo largo de la historia Dios le envía para corregirla (como Jezabel persiguió a Elías), fornicando con los reyes de la tierra, un poco de bendición a cambio de unas prebendas… ¡y eso también es nuestro! no es de otros, es nuestro, es de la Iglesia, es de mi Iglesia, de eso soy capaz yo, que pertenezco a la Iglesia, y por ello la Iglesia es capaz de eso: porque me tiene a mí adentro y me considera su hijo, y hasta su hijito amado.

La Iglesia es las dos cosas al mismo tiempo: cuerpo incorrupto de Jesús, su cabeza; estructuras destinadas a la hoguera y la perdición… y no es una cosa si no es la otra, porque no es trigo si no es cizaña, ni cizaña si no es trigo. Porque el Juicio que Jesús promete es precisamente el completo discernimiento, la verdadera separación de lo que corresponde separar… pero no ahora.

Por eso digo que cuando Lutero identificó a la Gran Ramera con Roma, acertó más de lo que él mismo quiso: sólo la verdadera Iglesia puede ser a la vez Casta y Prostituta. Y los poderes del hades no prevalecen contra ella.

No estamos entrando a la Iglesia cuando nos confesamos y saliendo de ella cuando pecamos: estamos adentro, pecando y siendo santos, a ella manchamos, y a través de ella nos viene la gracia. Por eso es más grave el más leve pecado del cristiano que el más tremendo del pagano: porque el nuestro arruga y mancha a la Iglesia, la manifiesta en su dimensión prostibularia.

Estamos siempre dentro de ella, para des-gracia… y para gracia.

Abel

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