El AT

… No hace falta decir que amo el AT. Pero ese amor no me viene de haberlo estudiado (de estar estudiándolo, porque una vez empezado no se sale), estoy convencido que viene de imágenes que se me mezclan en la niñez (las reproducciones de cuadros de la Biblia familiar, los “cuentos bíblicos” que nos contaban en catecismo, etc), es decir, en imágenes en donde no puedo discernir nada en particular, son sólo esas notas primordiales que aparecen por acumulación más que por diferenciación.

El AT carece de verbos que enuncien operaciones puramente intelectuales: el conocer (iadá ) es “unirse a…”; la sede del pensamiento es el leb, el corazón, y Dios no escruta nuestra mente sino nuestros “riñones”, los hombres no tienen alma sino nefesh (aliento), y a Dios no se le ve su ser, sino que se contempla su rostro.

Cuando eso lo escuchas una y otra vez -atemáticamente, sin prestar una atención conciente- se va grabando, y va formando un escudo protector que libra de caer en esa gran tentación del cristianismo (en la que tantos se desviaron), que es el gnosticismo, es decir, en confundir la salvación con un conocimiento intelectual. Conocer sí, porque no se ama lo que no se conoce… pero precisamente porque ese conocer es el conocer del corazón, porque con el de la cabeza no se llega nunca al amor, a lo sumo se llega al desamparo de la duda (“porque conocemos con en un espejo, oscuramente” ).

El gran remedio que encontró Jesús a la otra tentación tremenda que es el fariseísmo no fue alejar a los creyentes del AT, de “La Ley”, sino preguntar: “¿Qué dice la Ley?, ¿Qué os dice Moisés?”… estoy convencido que el fariseísmo no es seguir la Ley sino autoerigirse en Ley, hacerse dueño de la Ley… no escucharla, en definitiva, no preguntar nunca “¿qué dice la ley?”. Que fue también el primer pecado: “Dios nos ha dicho: no comáis de él ni lo toquéis…”, pero esa parte la inventó el ser humano, Dios no había dicho eso.

Por eso cuando el cristiano no escucha el AT puede seguir siendo cristiano… pero carecerá del escudo, de la defensa que Dios mismo proveyó contra las tremendas tentaciones de la gnosis y el fariseísmo, a las que por la índole delicada y extrema de la Fe que Jesús nos exige, estamos expuestos.

Abel

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