Sabado Santo

SABADO SANTO
Por ABEL Della Costa (www.eltestigofiel.org)

El Sábado Santo es un día litúrgicamente casi muerto, sólo se reza la Liturgia de las Horas, pero no hay misa ni Eucaristía.
Tal vez hasta lo pasamos por alto, como un mero intermezzo entre el Viernes Santo y la Misa de Vigilia, que corresponde ya al domingo.
Sin embargo, «no duerme ni descansa el Guardián de Israel», como dice el salmo; ¡Jesús está en plena actividad!:

«Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu.
En el espíritu fue también a predicar a los espíritus encarcelados, en otro tiempo incrédulos, cuando les esperaba la paciencia de Dios…» (1Pe 3,18ss)

En Sábado Santo, mientras el mundo cree que ha obtenido la victoria contra el Cristo de Dios, se está cumpliendo lo que recitamos en el Credo: el descenso a los infiernos, el rescate no ya de los que vivían en la época de Jesús, no ya de los que tuvimos la gracia de nacer después, cuando ya se podía andar a la luz, sino el de los muertos en Adán; el rescate de todos aquellos que lo buscaron en medio de unas tinieblas que a nosotros no nos tocó conocer.

Porque nosotros nacimos en un mundo enteramente distinto, en un mundo que ya había sido redimido. Sin embargo, antes de eso hubo mucha historia, una historia esquiva y dolorosa, en que aquellos que apostaban a la fidelidad a Dios, carecían de la verdadera esperanza, la que tiene su término en Dios:

«No alaban los muertos a Yahveh,
ni ninguno de los que bajan al Silencio.» (Salmo 115)

En Sábado Santo, es el mundo el que queda sumido en su nada: porque no está Dios, no está su Cristo. El Espíritu está trabajando, pero su trabajo no se ve ni se siente. El viento inconmensurable que revoloteaba y vibraba sobre las aguas caudalosas el primer día de la creación, descendió ahora hacia el abismo y ya no se ve. El mundo es, por unas horas, un desierto helado, porque ni las palabras pueden tener sentido si no está la Palabra que las hace comprensibles.

Y sin embargo el Espíritu está trabajando, abriendo las puertas del abismo, llevándolo a Dios.

Tal vez sea siempre así: cuando el mundo se vuelve un lugar frío y sinsentido; cuando los cristianos miramos con horror ese sábado santo que parece perpetuo en el mundo; cuando nos duele la desesperanza de cada día en un mundo que no quiere saber nada de Dios, de todos modos el Espíritu está trabajando, pero desde el abismo, donde ni siquiera nosotros lo vemos.

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