VIERNES SANTO

VIERNES SANTO

¡Dolor! ¡Dolor!

Dolor en el cuerpo. Dolor en las manos. Dolor en las espaldas desolladas. Dolor en la frente y la nuca desgarradas. Dolor. Terrible dolor. Dolor en el moretón sangrante de su nariz partida. Dolor en los huesos de los pies donde no puede sino apoyarse en el hierro del clavo para liberar los brazos extendidos y poder respirar.

Todo su cuerpo es una llaga viva de dolor. La muerte por asfixia, el hender de la lanza, llegarán para él como piadosa liberación.

Dolor del cuerpo. Sí, pero sobre todo dolor del alma. Alma de Jesús ahondada por la gracia, ahuecada por Dios para que en ella quepan todos los amores del mundo, pero también, y por eso mismo, todos los sufrires.

Porque no es verdad que el amor todo lo arregla, el amor todo lo puede, con el amor se es siempre feliz… Eso será en el cielo. Aquí no. Aquí no.

El amor verdadero, no el que busca su propio yo, sino el bien de aquellos a quienes ama, es terriblemente sensible al penar de los amados. Es una antena que capta como un imán la desdicha ajena. Sin duda que sabe compartir la alegría del ser querido, pero sobre todo aspira, como una esponja, como un poderoso algodón quirúrgico, su dolor. ¡Compasión del amor!

Y si ese amor, se extendiera a todo el mundo, más allá del prójimo, del “próximo”, nadie podría, naturalmente, vivir, morir, semejante amor. Nuestra capacidad de amar y de sufrir tiene sus límites.

Amamos y sufrimos por los nuestros. Algo menos por nuestros amigos. Poco, más allá de alguna lágrima sentimental, por los que no conocemos. Aunque seamos capaces de conmovernos frente a los dolores de ficción del cine o los que, desde muy lejos -guerras y hambrunas remotas-, nos llegan en las pantallas falaces de la televisión. Hasta el médico y la enfermera, en contacto con tantos sufrires, a la larga, para salvar su propia cordura, tienen que morigerar su amor y compasión.

Otra cosa es la caridad, la gracia de los santos, el amor mismo de Dios que irrumpe como un huracán en nuestros corazones. El abrazo siempre conmovido de San Francisco a sus leprosos; el amor personal siempre fresco y renovado del Cura de Ars a los que se le acercaban y se confesaban con él; la ternura siempre inédita y sangrante de Teresa de Calcuta por sus moribundos intocables … Aún así, esa caridad, esa gracia de Dios que poseían los santos era limitada a su tiempo, a su mundo, a los que se hacían sus prójimos, a todos los que, en el camino a Jericó de su entorno, encontraban asaltados por los ladrones … (¡tantos que hay en este mundo, saqueadores de cuerpos y de almas!)

No fue así el alma de Jesús. La teología ha acuñado para sondear el misterio de su alma una expresión técnica. Dice: “Jesús poseía y posee la gracia capitis”, la “gracia capital”, la gracia del que debía ser cabeza de la nueva humanidad y de donde habían de provenir todas las gracias con las cuales santificaría a cada uno de sus hermanos y hermanas de todos los tiempos. Gracia pues incalculable, amor sin límites en este mundo chico de la creatura.

Pero esa gracia, en la cual debían abrevarse todas las gracias, antes que nada, unida a la gracia suprema de la unión hipostática, antes que a nadie, transformaba a lo que era hombre en Jesús: descoyuntaba su querer, lo ampliaba al extremo, para que, en torrente de amor, abarcara a todos los hombres, llegará al último rincón de lo humano, en lo bueno, sin duda, pero, también, en lo malo y lastimero.

El término “gracia capital” lo encontramos inocuo en los tratados de Cristología; pero su realidad terrible, sin definición alguna, la vive desoladamente el alma destrozada de Jesús. Porque es ese amor, gracia, no los clavos, lo que lo tienen sujeto a la madera de la cruz; lo que lo convierte en esa inmensa llaga de dolor de adentro y afuera en la cual consumó su vida, reclamando hasta el último de los dolores, las angustias, los problemas, las zozobras, las soledades, los escarnios, las heridas, las torturas, las humillaciones que han sufrido, sufren y seguirán sufriendo los hombres, sus hermanos.

¿Entiendes cristiano? No es que, desde el cielo, Jesús te mira compasivo y sonriente, Él habiendo llegado ya a la meta, ya bañado y perfumado, alargándote fuerzas para que puedas llevar tus problemas y combates, tus desdichas y enfermedades, tus muertes y tus fracasos. No es que, habiendo sufrido la cruz hace casi dos mil años, ahora, ya triunfante, te deja su ejemplo y te extiende su mano para ayudarte.

No. Personalmente, cada segundo de tu pena, cada gramo de tus miedos, cada lágrima de tus ojos, cada gota de sangre y de pus y de angustia exprimida de tus llagas, llagas de la carne, llagas del espíritu, cada una de tus dudas y rebeldías, todo, se derrama ardiente, punzante, acerbo, atormentado, feroz, quejumbroso, en el alma capaz de todos los dolores, porque capaz de todos los amores, de nuestro Señor Jesús. En su alma ensanchada brutalmente por el amor, por la gracia, a inimaginables límites. Alma que cubre todos los espacios y toda la historia de los pequeños hombres que fueron, somos y vendrán.

Pero si todo sufrir es de algún modo la carencia de un bien, (me falta dicha, placer, salud, amor de los míos; añoro la compañía de los que se fueron, de los que me dejaron, me entristezco por el puesto que hubiera querido, la nota que quisiera haber sacado, el grado que no he alcanzado, el amor que no me fue permitido), si todo sufrir es a modo de carencia, el supremo sufrir será el de la carencia del Bien sumo, de la Belleza soberana, de la Felicidad inagotable, de la surgente de todos los bienes: la carencia de Dios.

¡Claro! A vos eso no te hace sufrir. Como no sufre el ignorante que no sabe lo que se pierde por no haber leído el Quijote. Como no sufre demasiado el que, si no ha conocido otra cosa, ha nacido en una familia destrozada. O el que no tiene la menor pena porque nunca escuchó a Mozart o a Bach. Como tampoco se padece por la muerte del hijo que nunca se tuvo. Ni se apena el que jamás reza porque ninguna vez gozó el menor toque de la amistad con Dios. Como no sufría el hombre del paleolítico porque no tenía ascensor, ni agua corriente, ni PC…

Carecer de Dios, ¿a quién le importa? Si por ignorante me es indiferente que exista o que no exista, y nunca me supieron hablar de Él y nunca supe atisbar de Él, en la fe, la maravilla de su amistad, ¿de qué voy a sufrir? Solo sufre el que sabe lo que se pierde. El mismo infierno no será infierno para el que jamás ha conocido ni amado a Dios. Paradójicamente solo los que lleguen al Cielo sabrán lo que el infierno es.

¡Pero el alma humana de Jesús! En esa misma gracia que lo embargaba y lo hacía casi experimentar el contacto filial del Verbo con el Padre, cuya toda su vida fue un deseo inmenso de amar a Dios, de vivir de Su voluntad, de Su querer… que se extasió tantas veces, en tantos montes Tabores, en la locura de ser amado por Dios. ¿Cómo no va a sentir ahora su espantosa soledad? Porque no solo las penas: Jesús vive, muere, en la cruz, el pecado del mundo.

El pecado, digo, -no los pecaditos que a veces acercás al confesionario-. No: ¡el rechazo, el dar la espalda a Dios, el desconocerlo, la lejanía de su amistad, la carencia de su gracia, a lo peor: el desafío soberbio y protervo de la enemistad a Él! Todo hacia el vacío enorme -que no quiera el Señor sea definitivo- de no poseerlo. El hombre -vos varón, vos mujer- creado con la meta exclusiva de un día llegar a Dios… fracasando en el sentido mismo de su existencia. Precipitándose al vacío del no ser.

No. Quizá vos no sientas el dolor por la ausencia de Dios -te preocupan demasiado otras ausencias, otras carencias, hechas a tu medida-. El dolor por la ausencia de Dios solo puede vivirlo quien ha cultivado el gozo de Su presencia en oración y fe, en caridad y sacramentos, en contemplación… Y Jesús lo vive, lo muere, en el colmo de la náusea, en el estrujarse terminal de sus entrañas, en la tenebrosidad abismal del final horror, en la plena comprensión de esa ausencia, en su compasión candente, íntima, envolvente, con tantos alejados del Padre, tantos extraviados en deformes religiones y errores, tantos que, sin darse cuenta, se han hecho y se hacen hermanos de los que martillan las manos y los pies de Jesús.

Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado. Clama en el máximo del agobio la garganta seca de Jesús en la desidia de todos los que le dejan o no lo encuentran. Descendió a los infiernos. Jesús está en el infierno de tu pecado, de tu olvido, de tu indiferencia, no en lo que tiene de resonancia en tu mente insignificante, en tu tersa superficialidad, sino en lo que puede llegar a ser de fracaso para vos, aunque nunca llegues a saber lo que perdés.

Y Jesús no ha dejado ni deja de sufrir, porque nunca cesará de amar. Jesús seguirá sufriendo en la cruz hasta el fin, mientras haya un solo hombre en el universo que todavía pueda sufrir y pecar, en esa zona de su ser que es contemporánea a todos los tiempos y espacios, hasta el día del juicio final. Entonces sí, más allá del tiempo, más allá de los pesares de este mundo, en el octavo y definitivo día de la Resurrección, superada la historia de esta tierra. Y hecho de su sufrir y de su infierno plena aceptación del transformante y beatificante amor de Dios.

Dolor María.

Maria. Madre. Señora nuestra. Mamá de Jesús. Tú, que permaneces de pie, junto a él, frente a la cruz. Tú, que también sufres el infierno de esa su soledad, que hoy haces plenamente tuya. Tú, que en tu alma, también encendida por la gracia corredentora, padeces en tu ternura de mujer el dolor de tu Hijo y el de todos tus hijos… haznos entender el misterio de amor que se esconde en el aspecto lastimoso de la cruz.

Si no lo entendemos en el cuerpo torturado de Jesús, en lo que, por la fe, sabemos de su traspasado corazón, háznoslo entender en tu mirada dolorida de madre que sufre en el sufrir de su hijito: su cuna de madera, sus sonajeros de clavos, la fiebre de su frente, el balbuceo de sus labios, los últimos movimientos de su respirar…

Ya sabemos, ya sabemos, que en tres días resucitará … Al cielo resucitará. Pero aquí, María, ya no lo verás más. Te han quitado a Jesús.

Aquí tienes a tu madre. ¿Podré ser tu hijo? ¿Seré digno de serlo? Te defenderé madre, te cuidaré, te llevaré a mi casa. Nunca ya más te ofenderé.

Y tú, que sabes que soy débil, que descubres esa penas que tengo y no conoce nadie, que te percatas que siempre estoy dispuesto a extraviarme en el pecado, que con tanta indiferencia me hago la señal de la cruz que llevó a tu hijo, tú, María -sé que lo harás-, quédate siempre, de pie, sólida, admirable Madre, de pie, junto a mi. Ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén.

(Homilia)

Anuncios

Una respuesta

  1. con motivo a la semana mayor para que prediques

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: