Penúltimo Capítulo de Leyenda…

Capítulo XVII
Muerte sacratísima del bienaventurado Francisco
y cómo dos años antes había recibido
las llagas de nuestro Señor Jesucristo

68. A los veinte años de haberse unido totalmente a Cristo en el seguimiento de la vida y huellas de los apóstoles (10), el varón apostólico Francisco voló felicísimamente a Cristo, y, después de incontables trabajos, alcanzó el descanso eterno y fue presentado dignamente a la presencia del Señor el día 4 de octubre, domingo, del año de la encarnación 1226.

Uno de sus discípulos, célebre por su santidad, vio el alma del Santo que, como si fuera una estrella del tamaño de la luna, resplandeciente con claridades de sol y sostenida por una nubecita blanca entre aguas inmensas, ascendía derecha al cielo.

Había trabajado mucho en la viña del Señor: empeñado y fervoroso en oraciones, ayunos, vigilias, predicaciones y caminatas apostólicas, perseverante en el cuidado y compasión del prójimo y en el desprecio de sí mismo, desde el momento de su conversión hasta su tránsito a Cristo, a quien había amado de todo corazón, mantuvo continuamente vivo su recuerdo, le alabó con la boca y lo glorificó con sus obras fructuosas. Tan de corazón y con tanto ardor amó a Dios, que, oyendo su nombre, se derretía interiormente y prorrumpía externamente, diciendo que el cielo y la tierra deberían inclinarse al nombre del Señor.

69. Quiso el mismo Señor manifestar a todo el mundo el fervor de caridad y el continuo recuerdo de la pasión de Cristo que fomentaba en su corazón, y, todavía en vida, condecoró de forma maravillosa su cuerpo con la prerrogativa admirable de un singular privilegio.

Pues, como se sintiera arrebatado hacia Dios por seráficos y ardorosos deseos y, por dulce amor de compasión, se fuese transformando en quien, por su inmensa caridad, quiso ser crucificado, -dos años antes de su muerte, próxima ya la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, estando una mañana en oración en la falda del monte Alverna- se le apareció un serafín con seis alas, que exhibía entre ellas la figura de un hermosísimo hombre crucificado, con las manos y los pies extendidos en forma de cruz, y que claramente descubría la imagen del Señor Jesús. Dos alas cubrían su cabeza; otras dos, el resto del cuerpo hasta los pies; y las otras dos se extendían para volar.

Al desaparecer la visión, quedó su alma prendida de un admirable ardor de caridad, y en su cuerpo apareció la impresión, todavía más admirable, de las llagas del Señor Jesucristo. El varón de Dios las ocultó cuanto pudo hasta su muerte, resistiéndose a manifestar el sacramento del Señor, aunque no pudo ocultarlas del todo y sin que quedaran de manifiesto a algunos de sus compañeros más familiares.

70. Pero después de su felicísimo tránsito, todos los hermanos que estaban presentes y muchos seglares vieron manifiestamente su cuerpo condecorado con las llagas de Cristo. Percibían claramente en sus manos y pies no los agujeros hechos por los clavos, sino los mismos clavos, de color negruzco como el del hierro, formados de su propia carne y adheridos a la misma; y el costado derecho, como traspasado por una lanza, con la cicatriz rojiza de una herida verdadera y manifiesta, de la que muchas veces incluso manaba sangre bendita.

La irrefutable verdad de las llagas no sólo quedó demostrada con toda claridad en vida y muerte del Santo por cuantos las vieron y tocaron, sino que después de su muerte quiso el Señor patentizarla con más claridad por medio de muchos milagros obrados en diversas partes del mundo. Estos milagros sirvieron también para que muchos, que no habían pensado rectamente del varón de Dios y habían dudado de sus llagas, cambiaran de tal manera y llegaran a tal certeza, que de detractores que habían sido, se convirtieron, por fuerza de la bondad de Dios y de la misma verdad, en panegiristas y predicadores fidelísimos.

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