Los 5 primeros capítulos de la Leyenda de los 3 C.

Capítulo I
Nacimiento de San Francisco.
Su vanidad, elegancia y prodigalidad
y cómo pasó a ser espléndido y caritativo con los pobres

2. Francisco nació en la ciudad de Asís, sita en los confines del valle de Espoleto. Como hubiese nacido en ausencia de su padre, su madre le puso el nombre de Juan (2); pero su padre, de regreso de Francia, le llamó luego Francisco. Siendo ya adulto y dotado de sutil ingenio, ejerció el oficio de su padre, o sea, el comercio, pero de forma muy diferente: fue mucho más alegre y generoso que él, dado a juegos y cantares, de ronda noche y día por las calles de Asís con un grupo de compañeros; era tan pródigo en gastar, que cuanto podía tener y ganar lo empleaba en comilonas y otras cosas.

Por eso, sus padres le reprendían muchas veces por los despilfarros que hacía con su persona y con sus compañeros, pues más que hijo suyo, parecía el de un gran príncipe. Mas como sus padres eran muy ricos y le tenían mucho cariño, no querían disgustarlo y le consentían tales demasías. Cuando las vecinas comentaban la prodigalidad de Francisco, su madre replicaba: «¿Qué pensáis de mi hijo? Aún será un hijo de Dios por su gracia».

Francisco, más que generoso, era en todo esto derrochador; se excedía también de formas diversas en lo tocante a vestidos, escogiendo telas mucho más caras de lo que convenían a su condición. Y en punto a elegancia era tan dado a la vanidad, que en ocasiones mandaba coser retazos de telas preciosas en vestidos de paño vilísimo.

3. Era como naturalmente cortés en modales y palabras; según el propósito de su corazón, nunca dijo a nadie palabras injuriosas o torpes; es más, joven juguetón y divertido, se comprometió a no responder a quienes le hablasen de cosas torpes. Por todo esto corrió su fama por toda la provincia, y muchos que le conocían decían que llegaría a ser algo grande.

De este nivel de virtudes naturales fue elevado al de la gracia, pudiendo decirse a sí mismo: «Pues eres generoso y afable con los hombres, de los cuales nada recibes, sino favores transitorios y vanos, justo es que por amor de Dios, que es generosísimo en dar la recompensa, seas también generoso y afable con los pobres». Y desde entonces veía con satisfacción a los pobres y les daba limosna abundantemente. Y, a pesar de ser comerciante, era despilfarrador facilísimo de la opulencia mundana.

Un día en que, embebido en el negocio, estaba al mostrador en que vendía telas, se le presentó un pobre que le pedía limosna por amor de Dios; mas, cautivado como estaba por el ansia de riquezas y por las preocupaciones del comercio, le negó la limosna. Iluminado luego por la gracia divina, se reconvino a sí mismo de censurable rusticidad, diciéndose: «Si el pobre te hubiera pedido algo en nombre de algún gran conde o barón, de seguro que se lo hubieras dado; pues ¡con cuánta más razón debiste hacerlo por el Rey de reyes y Señor de todo!»

Como consecuencia, propuso en su corazón no negar nada en adelante a quien le pidiera algo por amor de tan gran Señor.

Capítulo II
Cómo cayó prisionero en Perusa
y dos visiones que tuvo al querer hacerse caballero

4. Cuando la guerra entre las ciudades de Perusa y Asís (3), fueron apresados Francisco y otros muchos conciudadanos suyos. Pero como era noble por sus costumbres, lo tuvieron junto con los caballeros.

Un día en que sus compañeros de cautiverio estaban tristes, él, que de su natural era alegre y jovial, lejos de aparecer ceñudo, se mostraba, más bien, dicharachero y gozoso. Uno de ellos le afeó su proceder, cual propio de insensatos, pues se alegraba estando encarcelado. A esto respondió Francisco con voz firme: «¿Qué os figuráis de mí? Todavía he de ser honrado en el mundo entero». Como uno de los caballeros de su grupo hubiera injuriado a otro cautivo, todos los demás se propusieron hacerle el vacío; sólo Francisco no le negó su compañía y exhortó a los otros a que obraran como él.

Pasado un año y firmada la paz entre las dos ciudades, Francisco volvió a Asís con sus compañeros de prisión.

5. Pocos años después, un noble de Asís se preparó con armas militares para marchar a la Pulla a conquistar dinero y honor. Cuando lo supo Francisco, quiso irse con él; aspiraba a ser armado caballero por un conde de nombre Gentil (cf. LM 1,3 nota); para ello se vistió de las ropas más preciosas que pudo, de suerte que, aun siendo más corto en riquezas que su conciudadano, le aventajaba en que era más largo en prodigalidad.

Cierta noche en que cavilaba, completamente embebido en sus pensamientos, acerca del cumplimiento de sus propósitos y ardía en deseos de emprender el viaje, fue visitado por el Señor, que, viéndolo tan ansioso de gloria, lo atrae en visión hacia ella y lo ensalza hasta su cumbre más alta. Durante el sueño de aquella noche se le apareció un personaje que lo llamó por su nombre y lo condujo a un palacio, de una hermosa esposa, amplio y magnífico, lleno de armas militares, tales como relucientes escudos y otras piezas, que pendían de los muros, trofeos todos de glorias militares. Y, admirando gozosamente en silencio qué podría ser eso, preguntó de quién eran armas tan relucientes y palacio tan hermoso. Y tuvo por respuesta que todo aquello más el palacio era suyo y de sus soldados.

Al despertarse por la mañana, se levantó con especial alegría, pensando a lo mundano -como quien no había gustado todavía plenamente del espíritu de Dios- que con todo esto debería ser honrado como un príncipe magnífico. Y, juzgando la visión como presagio de bienandanza, se determinó a hacer el viaje a la Pulla para ser nombrado caballero por el referido conde. Tan inusitado era el gozo que le invadió, que producía admiración en muchos. A los que, extrañados de ello, le preguntaban por los motivos, les respondía: «Sé que he de llegar a ser gran príncipe».

6. Ya el día inmediatamente anterior a la visión mencionada hubo en él un rasgo de gran cortesía y nobleza que se cree pudo acaso ser ocasión de la misma. Todos los vestidos elegantes y costosos que recientemente se había hecho los había regalado aquel mismo día a un caballero pobre.

Luego de emprender el viaje y de haber llegado a Espoleto para continuar hasta la Pulla, se sintió enfermo. Empeñado, con todo, en llegar hasta la Pulla, se echó a descansar, y, semidormido, oyó a alguien que le preguntaba a dónde se proponía caminar. Y como Francisco le detallara todo lo que intentaba, aquél añadió: «¿Quién te puede ayudar más, el señor o el siervo?» Y como respondiera que el señor, de nuevo le dijo: «¿Por qué, pues, dejas al señor por el siervo, y al príncipe por el criado?» Y Francisco contestó: «Señor, ¿qué quieres que haga?» «Vuélvete -le dijo- a tu tierra, y allí se te dirá lo que has de hacer, porque la visión que has visto es preciso entenderla de otra manera».

Cuando se despertó empezó a pensar con suma diligencia en la visión. Y así como en la primera visión había quedado como fuera de sí por la gran alegría y soñando en prosperidad temporal, en ésta, en cambio, se recogió todo él interiormente, maravillado de la fuerza de la visión; y con tal viveza la meditó, que aquella noche no pudo reconciliar el sueño.

Luego que amaneció, alegre y sumamente gozoso se volvió a Asís a toda prisa, esperando se le declarara la voluntad del Señor, que le había mostrado estas cosas, y aguardando a que el mismo Señor le descubriera sus designios acerca de su salvación. Y, cambiando por completo de parecer, desistió de ir a la Pulla, deseoso de conformarse a la voluntad divina.

Capítulo III
Cómo el Señor visitó primero su corazón con admirable dulcedumbre,
y en virtud de ella empezó a progresar
por medio del desprecio de sí mismo y de todas las vanidades
y por medio de la práctica de la oración,
de las limosnas y del amor a la pobreza

7. Al cabo de no muchos días de su regreso a Asís, una tarde fue elegido por sus compañeros jefe de cuadrilla para que a su gusto hiciera los gastos (4). Mandó entonces preparar una opípara merienda, como tantas veces lo había hecho.

Cuando después de merendar salieron de la casa, los amigos se formaron delante de él e iban cantando por las calles; y él, con el bastón en la mano como jefe, iba un poco detrás de ellos sin cantar y meditando reflexivamente. Y sucedió que súbitamente lo visitara el Señor, y su corazón quedó tan lleno de dulzura, que ni podía hablar, ni moverse, ni era capaz de sentir ni de percibir nada, fuera de aquella dulcedumbre. Y quedó de tal suerte enajenado de los sentidos, que, como él dijo más tarde, aunque lo hubieran partido en pedazos, no se hubiera podido mover del lugar.

Como los amigos miraran atrás y le vieran bastante alejado de ellos, se volvieron hasta él; atemorizados, lo contemplaban como hombre cambiado en otro. Uno de ellos le preguntó, diciéndole: «¿En qué pensabas, que no venías con nosotros? ¿Es que piensan, acaso, casarte?» A lo cual respondió vivazmente: «Decís verdad, porque estoy pensando en tomar una esposa tan noble, rica y hermosa como nunca habéis visto otra». Pero ellos lo tomaron a chacota. Él, sin embargo, no lo dijo por sí, sino inspirado por Dios; porque la dicha esposa fue la verdadera religión que abrazó, entre todas la más noble, la más rica y la más hermosa en su pobreza.

8. Desde este momento empezó a mirarse como vil y a despreciar todo aquello en que antes había tenido puesto su corazón; todavía no de una manera plena, pues aún no había logrado librarse del todo de las vanidades mundanas. Mas, apartándose poco a poco del bullicio del siglo, se afanaba por ocultar a Jesucristo en su interior, y, queriendo ocultar a los ojos de los burlones aquella margarita que deseaba comprar a cambio de vender todas las cosas, se retiraba frecuentemente y casi a diario a orar en secreto. A ello le instaba, en cierta manera, aquella dulzura que había pregustado; visitábalo con frecuencia, y, estando en plazas u otros lugares, lo arrastraba a la oración.

Aunque ya de tiempo atrás era dadivoso con los pobres, sin embargo, desde entonces se propuso en su corazón no negar la limosna a ningún pobre que se la pidiese por amor de Dios, sino dársela con mayor liberalidad y abundancia de lo que acostumbraba. Así, siempre que algún pobre le pedía limosna hallándose fuera de casa, le socorría con dinero, si podía; si no llevaba dinero, le daba siquiera la gorra o el cinto, para que no marchara con las manos vacías. Mas, si no tenía nada de eso, se apartaba a un lugar oculto, se desnudaba de la camisa, y hacía ir con disimulo al pobre a ese lugar para que por Dios la recogiera. También compraba objetos propios para el decoro de las iglesias y secretamente los enviaba a los sacerdotes pobres.

9. Cuando, en ausencia de su padre, se quedaba en casa, aunque comiese él solo con su madre, partía para la mesa tanto pan como si la preparara para toda la familia. Si la madre le preguntaba por qué ponía tanto pan en la mesa, respondía que lo hacía así para poder dar limosna a los pobres, porque había hecho propósito de dar limosna a todo el que se la pidiera por amor de Dios. Su madre, que le amaba más que a los demás hijos, le permitía obrar así, no sin observar lo que hacía y admirándolo detenidamente en su corazón.

Pues así como antes le gustaba salir con los amigos cuando lo llamaban y tanto le atraía su compañía que muchas veces se levantaba de la mesa a medio comer, causando gran pena a sus padres por estas intempestivas salidas, así ahora tenía todo su corazón pendiente de ver u oír a algún pobre para darle limosna.

10. Trocado así por la gracia divina, aunque vestía todavía de seglar, deseaba estar en alguna ciudad donde, pasando por desconocido, pudiera despojarse de sus ropas para vestirse de préstamo con las de algún pobre y probar lo que era pedir limosna por amor de Dios.

Y sucedió que por entonces fuera como peregrino a Roma. Y, entrando en la iglesia de San Pedro, se paró a observar que los donativos de algunos eran exiguos, y se dijo para sí: «Mereciendo el príncipe de los apóstoles ser honrado con magnificencia, ¿cómo es que éstos ofrecen limosnas tan escasas en la iglesia donde reposa su cuerpo?» Y así, con gran fervor, metiendo la mano en su bolsa, la sacó con cuantas monedas pudo arramblar, y, echándolas por la ventanilla del altar, produjeron tanto ruido, que todos los presentes se quedaron admirados de la espléndida limosna.

Saliendo fuera de las puertas de la iglesia, donde había muchos pobres pidiendo limosna, recibió de prestado y secretamente los andrajos de un hombre pobrecillo, y, quitándose sus vestidos, se vistió los de aquél; y se quedó en la escalinata de la iglesia con otros pobres, pidiendo limosna en francés, pues le gustaba hablar esta lengua aunque no la hablaba correctamente.

Después, despojándose de estos vestidos del pobre, se vistió los suyos y retornó a Asís; y empezó a pedir al Señor que se dignara dirigir sus pasos. A nadie manifestaba su secreto, ni se valía en todo esto de otro consejo que el de sólo Dios, que había comenzado a dirigir sus pasos, y, a veces, del que pudiera darle el obispo de Asís. Es que entonces no veía en ninguno la verdadera pobreza, que buscaba por encima de todas las cosas de este mundo y en la cual deseaba vivir y morir.

Capítulo IV
Cómo empezó a vencerse a sí mismo con los leprosos
y a sentir dulzura en lo mismo que antes le causaba amargura

11. Como cierto día rogara al Señor con mucho fervor, oyó esta respuesta: «Francisco, es necesario que todo lo que, como hombre carnal, has amado y has deseado tener, lo desprecies y aborrezcas, si quieres conocer mi voluntad. Y después que empieces a probarlo, aquello que hasta el presente te parecía suave y deleitable, se convertirá para ti en insoportable y amargo, y en aquello que antes te causaba horror, experimentarás gran dulzura y suavidad inmensa».

Alegre y confortado con estas palabras del Señor, yendo un día a caballo por las afueras de Asís, se cruzó en el camino con un leproso. Como el profundo horror por los leprosos era habitual en él, haciéndose una gran violencia, bajó del caballo, le dio una moneda y le besó la mano. Y, habiendo recibido del leproso el ósculo de paz, montó de nuevo a caballo y prosiguió su camino. Desde entonces empezó a despreciarse más y más, hasta conseguir, con la gracia de Dios, la victoria total sobre sí mismo.

A los pocos días, tomando una gran cantidad de dinero, fue al hospital de los leprosos, y, una vez que hubo reunido a todos, les fue dando a cada uno su limosna, al tiempo que les besaba la mano. Al salir del hospital, lo que antes era para él repugnante, es decir, ver y palpar a los leprosos, se le convirtió en dulzura. De tal manera le echaba atrás el ver los leprosos, que, como él dijo, no sólo no quería verlos, sino que evitaba hasta el acercarse al lazareto. Y si alguna vez le tocaba pasar cerca de sus casas o verlos, aunque la compasión le indujese a darles limosna por medio de otra persona, siempre lo hacía volviendo el rostro y tapándose las narices con las manos. Mas por la gracia de Dios llegó a ser tan familiar y amigo de los leprosos, que, como dice en su testamento, entre ellos moraba y a ellos humildemente servía.

12. Transformado hacia el bien después de su visita a los leprosos, decía a un compañero suyo, al que amaba con predilección y a quien llevaba consigo a lugares apartados, que había encontrado un tesoro grande y precioso. Lleno de alegría este buen hombre, iba de buen grado con Francisco cuantas veces éste lo llamaba. Francisco lo llevaba muchas veces a una cueva cerca de Asís, y, dejando afuera al compañero que tanto anhelaba poseer el tesoro, entraba él solo; y, penetrado de nuevo y especial espíritu, suplicaba en secreto al Padre, deseando que nadie supiera lo que hacía allí dentro, sino sólo Dios, a quien consultaba asiduamente sobre el tesoro celestial que había de poseer.

Advirtiendo esto el enemigo del género humano, se esforzó en apartar a Francisco del bien emprendido haciéndole presa de temores y miedos. Había en Asís una mujer con una joroba muy deforme, y el demonio, apareciéndose al varón de Dios, le representaba la contrahecha mujer y le amenazaba con la maldición de semejante joroba si no desistía de su propósito. Pero el valerosísimo caballero de Cristo, con menosprecio de las amenazas del diablo, oraba con fervor dentro de la cueva para que Dios se dignara encaminar sus pasos.

Sufría grandes padecimientos y perplejidad de alma, y no podría descansar hasta que viera realizado el ideal concebido; era sacudido por diversos pensamientos que se iban sucediendo y perturbado duramente por su impertinencia. Ardía, con todo, en su interior el fuego divino, y no podía ocultar exteriormente el ardor de su alma; se dolía de haber pecado tan gravemente; ya no le deleitaban los males pasados ni presentes, pero todavía no había recibido la seguridad de preservarse de los futuros. Por eso, cuando salía de la cueva e iba donde su compañero, parecía transformado en otro hombre.

Capítulo V
Cómo le habló por primera vez el crucifijo y cómo desde entonces
llevó en su corazón la pasión de Cristo hasta su muerte

13. Un día en que invocaba con más fervor la misericordia de Dios, le manifestó el Señor que en breve se le diría lo que había de hacer. Con esto se llenó de tal gozo, que, no pudiendo contener la alegría, aun sin querer decía al oído de los hombres algo de estos secretos. Pero hablaba con cautela y enigmáticamente, diciendo que no quería ir a la Pulla y que en su patria llevaría a cabo cosas grandes y nobles.

Sus compañeros, que lo veían tan cambiado y tan alejado de ellos en sus pensamientos, aunque a veces los acompañara corporalmente, de nuevo le preguntaron, como chanceándose: «Pero ¿es que piensas en casarte, Francisco?» A lo que contestó con palabras enigmáticas, como arriba queda dicho.

A los pocos días, cuando se paseaba junto a la iglesia de San Damián, percibió en espíritu que le decían que entrara a orar en ella. Luego que entró se puso a orar fervorosamente ante una imagen del Crucificado, que piadosa y benignamente le habló así: «Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala». Y él, con gran temblor y estupor, contestó: «De muy buena gana lo haré, Señor». Entendió que se le hablaba de aquella iglesia de San Damián, que, por su vetusta antigüedad, amenazaba inminente ruina. Con estas palabras fue lleno de tan gran gozo e iluminado de tanta claridad, que sintió realmente en su alma que había sido Cristo crucificado el que le había hablado.

Saliendo de la iglesia, encontró a un sacerdote sentado junto a ella, y, metiendo la mano en su bolsa, le ofreció cierta cantidad de dinero, diciéndole: «Te ruego, señor, que compres aceite y cuides de que luzca continuamente una lámpara ante este crucifijo. Y, cuando se acabe este dinero, yo te daré de nuevo lo que fuere necesario para lo mismo».

14. Desde aquel momento quedó su corazón llagado y derretido de amor ante el recuerdo de la pasión del Señor Jesús, de modo que mientras vivió llevó en su corazón las llagas del Señor Jesús, como después apareció con toda claridad en la renovación de las mismas llagas admirablemente impresas en su cuerpo y comprobadas con absoluta certeza.

Después fueron tantas las mortificaciones con que maceró su cuerpo, que, así sano como enfermo, fue austerísimo y apenas o nunca condescendió en darse gusto. Por esto, estando ya para morir, confesó que había pecado mucho contra el hermano cuerpo.

Un día iba solo cerca de la iglesia de Santa María de la Porciúncula llorando y sollozando en alta voz. Un hombre espiritual que lo oyó, pensó que sufriría alguna enfermedad o dolor. Y, movido de compasión, le preguntó por qué lloraba. Y él le contestó: «Lloro la pasión de mi Señor, por quien no debería avergonzarme de ir gimiendo en alta voz por todo el mundo». Y el buen hombre comenzó, asimismo, a llorar, juntamente con él, también en alta voz.

Muchas veces, cuando se levantaba de orar, aparecían sus ojos recargados de sangre, porque había llorado amargas lágrimas. Y no sólo se afligía llorando, sino que se privaba de comida y de bebida en memoria de la pasión del Señor.

15. Así, cuando se sentaba a la mesa de seglares y le presentaban viandas gustosas al paladar, apenas las probaba, alegando alguna excusa para que no pareciese que las dejaba por mortificación. Y, cuando comía con los hermanos, muchas veces echaba ceniza en la comida, diciéndoles, como tapadera de su mortificación, que la hermana ceniza es casta.

Una vez que se sentó a comer le dijo un hermano que la Santísima Virgen era tan pobrecilla, que a la hora de comer no tenía nada que dar a su Hijo. Oyendo esto el varón de Dios, suspiró con gran angustia, y, apartándose de la mesa, comió el pan sobre la desnuda tierra.

Muchas veces, cuando se sentaba a comer, al poco de empezar se paraba y ni comía ni bebía, suspendido en la consideración de cosas celestiales; entonces no quería que le importunaran con palabras, y exhalaba profundos suspiros del corazón. Avisaba a sus hermanos que siempre que le oyeran dar tales suspiros, alabaran a Dios y rogaran por él con fidelidad.

Hemos dicho incidentalmente estas cosas acerca de sus llantos y abstinencias para demostrar que, desde la visión y alocución de la imagen del crucifijo, fue hasta su muerte imitador de la pasión de Cristo.

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