La adoración.. de los 3 mendigos.

LA ADORACIÓN DE LOS TRES MENDIGOS.

Los reyes magos apenas salían del pesebre de Belén, donde habían ofrecido al niño Dios oro, incienso y mirra; se fueron por otro camino al regresar a su país, como lo había pedido el Angel. Entonces se presentaron tres personas… Extraños, solos sin cortejo, no había parecer en ellos, ni hermosura: enfermos, fatigados, cubiertos de tanto barro y polvo que nadie podía decir de qué raza y país eran.

El primero tenía harapos, parecía sediento y hambriento, la mirada cansada por las privaciones.

El segundo caminaba torcido, trayendo cadenas pesadas en sus pies y en sus brazos. Llevaba en su cuerpo heridas profundas y marcas de su cárcel.

El último tenía el un cabello largo y sucio, ojos desfallecidos, buscando alivio.

Los vecinos del pesebre habían visto varios visitantes, pero estos les asustaban. En verdad, cada uno se sentía pobre y miserable, pero estos extranjeros mucho más. ¡¡Nos dan miedo!!…¡¡Que no entren y se presenten al niño!! No!! Hay que impedir eso!!… Y se postraron delante de la puerta como para protegerla. Además. No llevaban consigo ningún regalo. Tal vez querían mendigar o quien sabe, robar!!! Todos habían oído hablar del oro, y se sabe que el oro atrae ladrones…¡¡Cuidado!!

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El pescador y hombre rico

Un hombre rico y emprendedor se horrorizó cuando vio a un pescador tranquilamente recostado junto a su barca contemplando el mar y fumando apaciblemente su pipa después de haber vendido el pescado.

-¿Por qué no has salido a pescar? –le preguntó el hombre emprendedor.

-Porque ya he pescado bastante por hoy –respondió el apacible pescador.

-¿Por qué no pescas más de lo que necesitas?- insistió el industrial.

-¿Y qué iba a hacer con ello? –preguntó a su vez el pescador.

-Ganarías más dinero –fue la respuesta –y podrías poner un motor nuevo y más potente a tu barca. Y podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que sacarías más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos barcas… Y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico y poderoso como yo.

-¿Y que haría entonces? –preguntó de nuevo el pescador.

-Podrías sentarte y disfrutar de la vida –respondió el hombre emprendedor.

-¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento? –respondió sonriendo el apacible pescador.

León Tolstoi

La Bella mujer

El otro día vinieron a entrevistarme unos estudiantes de periodismo para no sé qué revista juvenil, y me preguntaron: «Y tú -me trataban de “tú”; me gustó-, ¿no te cansas nunca de dar alientos a los demás?»

Les dije que sí, que me cansaba por lo menos tres veces cada día. Lo que ocurría es que también por lo menos cinco veces al día sentía la necesidad de no convertir en estéril mi vida y aún no había encontrado otra tarea mejor que esa.

Al fin me parece que en la vida no hay más que un problema: vives para ti mismo o vives para ser útil. Vivir para ser útil es caro, hermoso y fecundo.

Caro, desde luego. Todos somos egoístas. Al fin y al cabo, ¿qué queremos todos sino ser queridos? Por mucho que nos disfracemos, nuestra alma lo único que hace es mendigar amor. Sin él vivimos como despellejados. Y se vive mal sin piel.

Por eso el mundo no se divide en egoístas y generosos, sino en egoístas que se rebozan en su propio egoísmo y en otros egoístas que luchan denodadamente por salir de sí mismos, aun sabiendo que pagarán caro el precio de preferir amar a ser sólo amados.

Recuerdo haber escrito hace años un extraño poema en el que me imaginaba que, por un día, Cristo se dedicaba a hacer los milagros que a El le gustaban y no los puramente prácticos que la gente le pedía. Y que, en un camino de Palestina, una muchacha hermosísima se presentaba ante él planteándole la más dolorosa de las curaciones: ella era tan bella, que todos la querían, pero ella no quería a nadie.

Deseada por todos, arrastraba una belleza inútil e infecunda. Y le pedía a Cristo el mayor de los milagros: que la concediera el don de amar. Cristo, entonces, la miraba con emoción y compasión y le preguntaba: «¿Sabes que si amas tendrás que vivir cuesta arriba?»

La muchacha respondía: «Lo sé, Señor, pero lo prefiero a este goza muerto, a esta felicidad inútil.» Ahora Cristo le sonreía y le decía: «Ea, levántate y ama, muchacha. Entra en el mundo terrible de los que han preferido amar a ser amados.» Y la muchacha se alejaba con el alma multiplicada, dispuesta a nadar felizmente a contracorriente de la vida.

La fábula seguramente es disparatada, pero verdaderísima. Porque -los recientes enamorados lo saben- amar a la corta es dulcísimo; a la larga, cansado; más a la larga, maravilloso.

¿Cansado por qué? Cansado porque siempre nos sale entre las costillas el viejo egoísta que somos y nos grita tres veces cada día que nadie va a agradecernos nuestro amor -es mentira, pero el viejo egoísta nos lo dice-; porque saca además aquel viejo argumento del ¿y a ti quién te consuela? Un falso planteamiento: porque el problema no es si nuestro amor nos reporta consuelo, sino si el mundo ha mejorado algo gracias a nuestro amor.

Martìn Descalzo; Razones para el amor

Una pequeña historia

Cuentan que el viejo sufí Bayacid decía a sus discípulos: «Cuando yo era joven, era revolucionario, y mi oración consistía en decirle a Dios: “Dame fuerzas para cambiar el mundo.” Pero más tarde, a medida que me fui haciendo adulto, me di cuenta de que no había cambiado ni una sola alma. Entonces mi oración empezó a ser: ” Señor, dame la gracia de transformar a los que estén en contacto conmigo, aunque sólo sea a mi familia.” Y, ahora, que soy viejo, empiezo a entender lo estúpido que he sido. Y mi única oración es ésta: ” Señor, dame la gracia de cambiarme a mi mismo.” Y pienso que si yo hubiera orado así desde el principio, no habría malgastado mi vida.»

El Dalai Lama y el Monje

El Dalai Lama pregunto una vez a un monje benedictino que vivía en una ermita: ¿en que medita usted en su soledad?, el monje le dijo: solo medito en el amor, en el amor y en el amor, en ninguna otra cosa. El Dalai Lama inmediatamente dijo, este hombre enteramente es un santo.

La Gracia

sigamos_la_cruz.jpg“Un día vino a verme un anciano ruso, Nicolas Rajewski. Procedía de una vieja familia aristócrata. Después de la revolución de 1917, tuvo que emigrar a Francia, en condiciones dramáticas, y se enroló en la Legión Extranjera, en la que llegó a ser oficial. La historia que contó tuvo lugar en la Legión. Ésta fue la historia: Tenía bajo mis órdenes un alemán muy “bruto” -según su propia expresión-, muy sucio y muy antipático. En uno de los combates fue herido gravemente y se avisó rápidamente al oficial, que era yo mismo. Fui a verle, aunque debo confesar que con cierta aprehensión, ya que las relaciones con él no habían sido cordiales. Ante mi sorpresa, el herido me hizo esta pregunta: ¿cree que Dios podrá darme algo de Él mismo? Yo, que no era experto en temas religiosos, me quedé atónito y le pregunté: ¿Qué significa eso para ti? ¿Qué quieres decir con eso? El alemán, gravemente herido, me dijo: Si muero ahora y aparezco ante Dios con mi corazón sucio y pecador, todos los santos me señalarán con el dedo, sentiré vergüenza y, ciertamente, no podré entrar en el cielo. Pero si Dios me da un poco de sí mismo, entonces los santos no podrán decir nada contra mí. El oficial, un poco aturdido, dijo: Seguro que Dios te dará un poco de sí mismo. Y el soldado murió”. Cardenal Christoph Schömborn en su libro Suivre Jésus au Jour le Jour

A mi modo de ver, es un relato precioso, un relato en el que se descubre el profundo deseo del alemán herido de muerte, en el que se descubre la profunda petición del soldado alemán: Señor, dame algo de ti mismo. Y Dios, que es amor, no puede darle otra cosa que amor, que misericordia y perdón. El soldado herido decía: Si Dios me da algo de sí mismo… Eso es lo que deseaba con todas sus fuerzas, eso es lo que suplicaba a Dios desde el fondo de su corazón. Pedía un poco del “sí mismo” de Dios, un poco de su misericordia, de su amor. Eso es, en definitiva, la gracia.

¿Podemos estar seguros de alcanzar la gracia de Dios? ¿Podemos estar seguros de poder vivir, en esta tierra, de la misericordia de Dios?

Cuando los jueces que juzgaban a santa Juana de Arco le preguntaron, con intención de cogerla en una herejía, si estaba segura de estar en gracia de Dios, ella, analfabeta de nacimiento, respondió con estas admirables palabras: Si no lo estoy, que Dios me ponga en ella; si ya lo estoy, que Él me guarde en su gracia. Esta joven de 21 años supo dar la respuesta correcta, indicándonos que podemos y debemos esperar todo de Dios, El Dios que nos dio a su propio Hijo, ¿cómo no nos dará todo con Él?, nos asegura san Pablo (Rm 8,32). Todo es don suyo, todo viene de su bondadosa mano. Nuestra tarea es esperar con infinita confianza la gracia, la misericordia de Dios, Padre de todos.

Ojalá sepamos vivir confiando siempre en la misericordia de Dios, ya que Él la otorga a quienes se abandonan a su corazón de Padre. Estoy delante de Dios con las manos vacías y no te pido, Señor, que cuentes mis obras sino que me revistas de tu salvación. Así se expresaba en su oración, tan sencillamente, tan profundamente, Santa Teresita del Niño Jesús.

La santa Iglesia de nuestro tiempo, peregrina aquí, en La Rioja, ha vuelto a cantar, un año más, en la Vigilia del Sábado Santo: Feliz la culpa que mereció tal Redentor… Sí, el pecado es un misterio iluminado, una herida curada por la Pascua, por la Muerte y la Resurrección de Jesucristo, nuestra esperanza y la definitiva alegría del mundo.

Con mi afecto y bendición,
+ Juan José Omella Omella

Unos chicos de ‘barriada’

Me acuerdo ahora de aquella historia contada por Urteaga. Nos habla de dos pilluelos -dos chiquillos de “barriada”- harapientos, uno de ellos de cinco años y el otro de diez. Los vemos hambrientos, pidiendo comida de puerta en puerta. Por fin, después de varias tentativas, consiguen algo de alimento. El mayor sale de una casa trayendo en las manos, con aire solemne, una vasija con leche. Seguir leyendo

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