La Transfiguración

«Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»


-«Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición.»

Desde aquellas tierras de Ur, Dios llama a Abrán, le pide algo extraordinario y le promete algo desproporcionado. Le promete la paternidad de un pueblo, un pueblo que sera bendición para las naciones. Ya podemos describir lo que viene desde Abraham: profetas, destrucción, restauración, fidelidad, e infidelidad, alianzas, advertencias, todo digno de la mas vulgar y común telenovela, entre amantes, esposos y vecinos, entre Dios, su pueblo, los ídolos y los otros pueblos. Pero todo eso tiene un garante, la promesa de la bendición de Dios, bendición que llega con la encarnación, pasa por el bautismo,  (el otro momento donde el Padre dice: -«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.») pero se deja VER en dos momentos, uno claro y otro oculto. La transfiguración es el lugar donde la bendición toma forma, y son testigos de ello dos de los pilares del AT, Moisés y Elias… y tres de los pilares del NT, Pedro y los hermanos del trueno, Santiago y Juan. El pueblo de Dios, desde los profetas a la Iglesia contemplan la bendición, hecha a la humanidad en la persona de Abrán.

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: -«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: -«Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: -«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

>Cuando Dios da su ley en el monte a Moisés, su presencia se describe como una Nube,

24,15: Y subió Moisés al monte. La nube cubrió el monte.

24,16: La gloria de Yahveh descansó sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió por seis días.

Cuando Dios manifiesta su gloria en la Encarnación se dice que a Maria la cubrio su sombra,

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.”

Asi en el AT la bendición que comienza con una promesa a Abrán y la gloria de Dios manifestada a Moisés con la ley, llegan a su antitipo, a su plenitud y cumplimiento, en la ley encarnada, en la Palabra de Dios que se encarna cuando la gloria de Dios cubre a Maria, la Palabra, Jesucristo, que siguiendo la voluntad del Padre, se identifica, toma el lugar de nosotros los pecadores (bautismo) y muestra su gloria en la transfiguración, gloria manifiesta junto con el Padre y el Espíritu, el cual se complace en su Hijo amado, al que Dios pide escucharle.

La otra cara oculta de la gloria de Dios, y que es a lo que apunta esta lectura en la cuaresma, es la transfiguración de cara a la cruz.. la ultima y verdadera glorificación de Dios, su sobreabundancia e inmoderación en el amor que llega al extremo, la locura y el myserium, esa numinosidad que se imponía en el hombre religioso, llega a su culmen en la cruz, plenitud del amor de Dios que engendra vida.. la resurrección, la vocación ultima del hombre pagada y ganada por Dios con su muerte..

-«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Alli, donde la antigua alianza y los profetas, entre Moisés y Elias, se une a la naciente Iglesia (Pedro, Juan, Santiago) se muestra el contenido desmesurado de la bendición prometida a Abrán.. la Gloria de Dios, mostrada en el plan infinitamente sobreabundante del Padre, el Espiritu y el Hijo que unen, “encarnan” esa (su) Gloria, en el empeño de un amor nunca antes visto o imaginado, ese amor que salva, nos salva, ese amor que hace de mi, la causa de todo esto.. de este acto de Dios en su amor, manifestado alli, donde los hombres antes tenian su silencio y perdición, en la cruz.

Carlos José Bartolomé Santos

Los Magos de Oriente

 

Es hasta muy curioso que un evangelio como el de San Mateo, escrito de cara a los cristianos provenientes del judaísmo, les (nos) muestre como primeros ejemplos de santidad esas notas disonantes:

-Unos niños que sin comerla ni beberla dieron testimonio del Don de Dios y

-Unos magos que sin estar en el centro del problema de los judíos con sus Escrituras, pudieron reconocer el Don de Dios y proclamarlo.

Lindo palo por la cabeza a la soberbia de los que nos creemos (y eso existió y existirá siempre), elegidos por raza, sangre, pueblo, tradición cultural, familia católica, o vaya a saber cuantos “derechos adquiridos” ante Dios.

Más o menos como si San Mateo, al empezar su evangelio hubiera dicho:

«Señores: les voy a proclamar la Palabra que Uds. ya tenían en sus Escrituras, Uds. podían verla, podían comprender todo lo que Dios obra, y hubiera sido meritorio.

Pero les ganaron de mano, porque antes que Uds. lo comprendieron otros a quienes no se les había dirigido.

Así que ahora se las voy a proclamar, a condición de que Uds. sepan abandonarse a sí mismos y ser como esos niños inocentes o como esos magos orientales: ignorantes del verdadero Dios, pero generosos de su propia vida.»

Un abrazo

Abel (El Testigo Fiel)

Un Evangelio Amoral

XII Domingo del Tiempo Ordinario: Mateo 10,26-33
Abel Della Costa
23-jun-2008

Mateo 10,26-33, que leemos este domingo XII del Tiempo Ordinario, parece casi más una colección de frases de Jesús débilmente unidas entre sí por el mandato “no temáis”, que el recuerdo de una enseñanza concreta del Maestro.

En realidad no se trata de que “parece”, se trata de que efectivamente hay fragmentos del Evangelio que no reproducen esta o aquella enseñanza, este o aquel día en el que Jesús habló a la multitud, sino que recogen más bien frases que los discípulos y otros testigos le escucharon en diversas ocasiones (quizás varias veces), y que luego de la proclama de la resurrección, y con nuevos sentidos iluminados por la fe pascual, organizaron en colecciones de lo que hoy llamamos “logia”, “palabras de Jesús”, que se diferencian de las colecciones de hechos y de milagros en que las palabras carecen completamente de contexto, y simplemente se yuxtaponen una tras otra; esto, como se comprenderá, refuerza aun más la sensación de que estamos ante palabras que trascienden por completo el sentido en el que nosotros podamos provisoriamente fijarlas: siempre están diciendo más, mucho más, que lo que somos capaces de leer.

Como la memoria de esos logia (pronúnciese “loguia”) es un hecho colectivo y anónimo, también ocurre que una misma sentencia puede estar repetida en una colección de diversas maneras, acorde con las diversas fuentes que la fueron recordando.

Los autores de los evangelios -todos ellos, no sólo Lucas, que lo menciona explícitamente en su prólogo- recurrieron a estas fuentes para contar acerca de Jeús, construyendo, no biográfías sino evangelios, es decir, escritos donde lo que se pretende es interpretar la fe que el creyente vive, a la luz de la palabra de Jesús; por eso en muchos casos la contextualización de las frases es ficticia, y tiene que ver con lo que le está pasando a la comunidad a la que el evangelista habla más que con el contexto preciso en el que Jesús dijo esas frases, contexto que casi siempre ha quedado desconocido para nosotros.

Lo que corresponde pensar ante estos fragmentos, entonces, no es tanto “qué quiso decir Jesús” (que probablemente quiso decir muchísimas cosas, en distintas ocasiones, con las mismas frases) sino qué sentidos de esos que dijo Jesús ha rescatado el Evangelio al recordarlas y engarzarlas como lo hizo.

Mencionaba al principio que el hilo conductor que une los diversos logia es “no temáis”, pero lo que le da su impronta a estas sentencias, lo que probablemente haya hecho que a lo largo de la memoria apostólica estos fragmentos se hayan mantenido juntos no es ese mandato de “no temer” -que tantas veces nos recuerda Jesús- sino el fundamento de ese “no temáis”:

-¿Por qué, Señor, me mandas no temer? ¿acaso me has dado superpoderes como a Batman, me has hecho austero como al Cura de Ars, irresistible como a Anita Ekberg, genial como a Bergman, inteligente como a Agustín? ¿Acaso puedo estar seguro de mí mismo en algún aspecto, como para plantarme firme frente a los múltiples enemigos y decir “no temo”?

-Nada de todo eso: no temas, porque hasta el último cabello de tu casi calva cabeza está contado.

A eso llamo un evangelio “a”-moral. No in-moral, ni tampoco des-moralizante, sino ubicado mucho más allá, mucho antes, de la pregunta moral. La pregunta moral por excelencia es “y entonces, ¿qué debo hacer?”. Ante Dios que me crea y recrea, ¿qué debo hacer? Ante Jesús que se entrega por mí, ¿qué debo hacer? Ante el que merece lo mismo que yo pero tiene menos que yo, ¿qué debo hacer?. Pero estos logia se ubican unos paso antes de la pregunta moral, en el verdadero comienzo de toda fe y de toda religión: hagas lo que hagas, eres mío, perteneces a un plan, una historia, un designio, que se te escapa, que desearás conocer pero no podrás: porque ese designio es mi propio e insondable mundo divino.

Ya vendrán otras partes del Evangelio recordándonos que tenemos que hacer determinadas cosas, que no es lo mismo obrar bien que obrar mal, orar que no orar, dar limosna que no darla, ayudar al desvalido que no ayudarlo, perdonar que no perdonar. Toda esa moral cristiana es necesaria, imprescindible. Es muy necesario que se nos recuerde casi a diario que Dios “que te creó a ti sin ti, no te salvará sin ti”.

Pero esa moral se vuelve moralina, y la religión se licua y agua en rancio fariseismo, si no se va cada tanto un paso más allá de esa moral cristiana, a las regiones donde no hay una conducta humana buena y una mala, sino un misterio divino de elección y salvación que nos excede, que se nos resiste a la comprensión, que no podemos verbalizar, pero que podemos celebrar, y cantar, y gozarnos en él: no temáis, porque valéis más que muchos pajarillos.

No es lo que eres, no es lo que puedes, no es lo que alcanzas, no es lo que obras: ¡es que, incluso si fueras el más abyecto, incluso si fueras el más bajo ante los hombres, vales infinitamente ante los ojos del Padre!

Fuente

Jesús en el desierto

Jesús en el desierto
Domingo I de Cuaresma Ciclo A: Mateo 4,1-11

por Abel Della Costa

Una mirada tipológica en torno a los cuarenta días del desierto

Los cuarenta días de la Cuaresma evocan, simbólicamentemente, los cuarenta días en los que Jesús permanece ayunando en el desierto, tentado por Satanás. Nosotros permanecemos cuarenta días, no repitiendo el ayuno de Jesús, sino rememorándolo, y realizando gestos penitenciales que nos permitan penetrar mejor en la gran preparación de Jesús a su Paso.

 

Pero a su vez Jesús, como bien sabemos, permanece en ayuno cuarenta días y cuarenta noches no porque sí, sino porque esa cantidad se inscribe en una figura muy repetida en la tradición del Antiguo Testamento. De todo lo que es posible señalar en este evangelio de San Mateo, me gustaría centrarme en esta figura de los 40 días y en la serie veterotestamentaria a la que alude.

 

Hagamos un rápido catálogo:

Por días:
-40 días y noches duran las lluvias del Diluvio (Gn 7)
-40 días y noches permanece Moisés, ayunando, para recibir la Ley, las dos veces (Ex 24 y Ex 34, y mencionados también en Deuteronomio)
-40 días exploran los 12 israelitas, uno por cada tribu, el país de Canaán (Nm 13)
-40 días hostiga Goliat a Samuel y su tropa, antes del célebre combate con David (1Sam 17)
-40 días dura la acción simbólica de Ezequiel acerca de la culpa de Jerusalén (Ez 4)
-40 días se le da de plazo a Nínive para convertirse

Por años:
-40 años comen los israelitas el maná (Ex 16)
-40 años dura en conjunto el éxodo, como castigo por las rebeldías de Israel (Nm 14 y 32). En Deuteronomio (2, 8, etc.) se hace alusión a lo mismo, pero poniendo más el acento en la prueba que en el castigo)
-40 años duran los reinados de David y luego de Salomón (1Re 2 y 11).
-40 años reinó Joás de Judá, que “hizo lo recto a los ojos de Yahveh todos los días” (2Re 12)
-40 años es el castigo predicho para Faraón (Ez 29)

 

Hay, por supuesto, muchos más ejemplos, no sólo en días y años, sino también en la utilización simbólica del número 40 y sus números relacionados. Sin embargo, podríamos ya señalar los conjuntos de direcciones en las que podemos ver estos 40 días y noches de Jesús. Antes de eso, me gustaría insistir en que no se trata del “significado de los 40 días”, ni muchísimo menos de algo tan amplio como sería el “significado bíblico del número 40″; se trata de un símbolo, y como tal carece de un significado preciso y único; más bien la mención de los 40 días y noches nos pone en dirección a una mirada panorámica, capaz de reunir en un solo lugar acontecimientos tan diversos como un diluvio, un castigo, un premio, etc.

 

Ahora sí, de estos pocos acontecimientos reseñados podríamos separar algunos haces:

 

-El 40 evoca un tiempo perfecto del reinado de Dios en el mundo: David, Salomón, Joás.

 

Desde esta dirección de la mirada podríamos pensar la estancia de Jesús en el desierto no como un extrañamiento o un acontecimiento peligroso, sino como una peculiar manera de realizarse el reinado de Dios, con un Jesús cuya soberanía, aunque escondida, es ya total, porque tiene a Dios como garante.

 

La misión de Jesús se nos presenta en las tentaciones como la realización de un reinado de Dios que está ya contenido en la creación, y que se cumple incluso en medio del influjo del Tentador, de la caída, de la lejanía aparente de Dios: “Dios reina, vestido y ceñido de poder…”, como dice el salmo, ayundándonos a que seamos capaces de afirmar lo que de ninguna manera vemos.

 

-el 40 evoca también un tiempo perfecto de preparación para una misión sagrada: los 40 días de Moisés antes de recibir la Ley, los 40 años del pueblo antes de recibir la tierra (en la interpretación del Deuteronomio ya mencionada). Desde esta dirección de la mirada, Jesús no se muestra como soberano sino como discípulo perfecto de Dios, al modo como se interpreta en Carta a los Hebreos: aprendió en el sufrimiento lo que implica el permanecer a la escucha (Heb 5,8)

 

La misión de Jesús se nos presenta así, no como la realización de un plan prefijado e inamovible, sino como un aprendizaje, como el ensayo de una escucha perfecta de Dios, que se llevará a cabo finalmente en el silencio de la cruz.

 

-el 40 evoca también el tiempo humanamente largo pero limitado, de la tentación, la prueba, no en el sentido anterior de la preparación sino del hostigamiento: Goliat, la duración del Éxodo en la interpretación de Números, etc… si en los dos anteriores el acento está puesto en Dios, en éste lo visible es el tentador, la figura casi naturalista del demonio en los relatos evangélicos. Es verdad que es Jesús quien se somete voluntariamente a la tentación, y es Dios quien en definitiva comanda la situación en favor de los hombres; pero en esta mirada el primer plano lo ocupa la figura de doble cara, aterradora y grotesca, del tentador. No deberíamos minimizar este aspecto de las tentaciones de Jesús, como si se trataran de un mero simulacro de tentación: que Jesús finalmente triunfe no es un resultado meramente automático; Jesús debe ingeniárselas para triunfar, debe encontrar la palabra justa con la que vencer al demonio; como en la escena de Goliat, el hecho de que sepamos de antemano que el pequeño David será el vencedor no quita a la pelea nada de su equilibrio provisorio: David podría haber sido vencido; que no lo fuera no es un automatismo del destino sino una disposición de toda el alma y de todas las fuerzas a luchar en favor y del lado de Dios.

 

Las batallas de Dios se vencen, no por magia, no por automatismo, no por destino, sino por una libre entrega de la totalidad de nuestra fuerza -poca o mucha- a los procedimientos, a menudo incomprensibles, de Dios. No vence Jesús por tratarse del todopoderoso Dios: eso haría del relato de las tentaciones una fantochada, sino porque en la debilidad de su estancia de ayuno y oración en el desierto, no guarda nada para sí mismo, deja que sea Dios quien “ponga las palabras en su boca”. Por eso más adelante, ya en plena misión, Jesús nos podrá enseñar con mucha convicción que no debemos preocuparnos en lo que habremos de decir en los tribunales, porque será el Espíritu quien hable por nosotros: él ha experimentado eso; no lo sabe ni por el catecismo ni por la ciencia divina, sino porque en esa completa disposición ha consistido su vida de Hijo eterno de cara a su Padre celestial.

 

-Y finalmente el 40 abre también la evocación de un tiempo silencioso de espera, de espera que no sabe exactamente que vendrá atrás, a semejanza de los 40 días de la paciencia a Nínive o los 40 días de exploración de la tierra prometida.

 

Imagino que el Demonio creería ser muy ingenioso diciéndole a Jesús: tírate a la piscina sin agua y que los ángeles te salgan al cruce… Jesús probablemente haya sonreído para sus adentros: para qué tentar a Dios, si ya se había tirado a la piscina sin agua, ya lo estaban sosteniendo los ángeles… la misión de Jesús es toda ella, desde cierta perspectiva, una “caída libre en el vacío”, en espera de una mano de Dios que lo sostenga, y que no se muestra ni siquiera en el instante final: “Dios mío, por qué me has abandonado”, dirá en la cruz. Pero a la vez, sigue hacia adelante el camino de esa silenciosa y paciente espera de la revelación del autentico desgnio de Dios, del inusitado y creador designio que nadie puede prever, aunque podemos con entera confinza esperar y celebrar , sin que sepamos exactamente en qué consiste.

 

Carta a los Hebreos interpretara muy acertadamente: “después de haberse dirigido en los días de la carne, con llantos y súplicas a aquel que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su humilde reverencia”… ¿fue escuchado? -pensamos con sorpresa- ¡pero si murió, no fue librado de la muerte!

 

Eso dicen nuestros ojos, que aún están “en los días de la carne”. Visiblemente no fue escuchado, sino que, por el contrario, fue abandonado por Dios, herido y humillado, el castigo de los que merecían en realidad el castigo, cayó sobre él…. por eso las tentaciones de este demonio son risueñas al lado de lo que será la gran tentación de la misión entera de Jesús, de largarlo todo, patear el tablero y dejar a Dios solo, que se arregle con este mundo loco y enceguecido.

 

Y sin embargo Jesús sí que fue escuchado, fue escuchado y librado de la muerte; no de la muerte en la carne, sino de la Muerte, de su poder, de su aniquilación; fue escuchado y convertido no sólo en salvado sino en causa de salvación. ¿Y todo eso por algo en especial? No: todo eso por una mirada, por una disposición a escuchar, por un gesto de humilde reverencia: por haber respetado y no violado el silencio necesario para una espera de Dios. Ese silencio que ensaya y con el que templa su espíritu en estos cuarenta días del desierto.

 

De todas estas direcciones yo creo que esta cuarta es la que reúne y da sentido a las demás, la que muestra que la soberanía de Dios no es prepotencia, la preparación no es titubeo, la tentación no es sobremedida, sino todo ello sagrado porque en el tiempo de la espera está también el tomar contacto con lo más íntimo del silencio divino, esa intimidad de donde el propio Dios saca su Palabra, esa que no puede dejar de pronunciar.

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Sentimientos de Jesús

etf.jpgEn Filipenses 2,5 se nos pide que tengamos los mismos sentimientos que Jesús. En realidad ese texto se refiere específicamente a tener una actitud de servicio con los demás, como Jesús se abajó a sí mismo y sirvió a todos los hombres, a pesar de su condición divina.

Pero de todos modos me gustaría apropiarme de esa idea de Filipenses: mirar los sentimientos de Jesús, que son a la vez nuestro modelo y nuestro límite.

Nuestro modelo porque en su espejo deberíamos mirarnos continuamente, y nuestro límite porque, como discípulos que somos, no podremos nunca ser más que el maestro, aunque algunas veces intentemos sobrepujarlo y convertirnos en especies de dueños de la fe, del compromiso, dueños de todo, como pequeños dioses más que como la grandeza que nos da ser hijos de Dios.

Pero todo esto viene a cuento de una pregunta que alguien me hizo, y que me parece interesantísima para leer los Evangelios y repensar: ¿sintió Jesús miedo en Getsemaní? y entonces, si sintió miedo, ¿qué validez absoluta puede tener su mandato “no tengáis miedo”?

Se habla tan pocas veces en los evangelios de los sentimientos de Jesús, que cada hallazgo en ellos es una perla, y más cuando ese texto es el de Getsemaní, uno de los que considero textos-nudo, donde se dan cita multitud de referencias, tanto desde el Antiguo como hacia el resto del Nuevo Testamento.

Quienes propiamente se refieren a los sentimientos de Jesús son Mateo y Marcos, Lucas los reemplaza por la expresión “entró en agonía” (que es un estado, no un sentimiento) y Juan menciona el hecho de ir al huerto con sus discípulos, pero no cuenta la escena. Así que me detendré en los sentimientos explicitados por Mateo y Marcos, ¡y por el propio Jesús! que tan escasamente habla de lo que le pasa.

Es muy difícil sacar un ladrillito de Getsemaní y ponerse a hablar de él, siendo relatos tan complejos, tan bien trabados internamente, donde cada cosa que se dice obedece a una “necesidad”.

Lo más curioso de estos dos relatos, Mateo y Marcos, es que siendo evidentísimo que escriben sobra la base de un relato común (no importa ahora si A leyó a B, B a A, o los dos a C), en este aspecto preciso de los sentimientos de Jesús, difieren.

Mateo dice que Jesús “comenzó a lypeisthai y ademonein” (no es chiste, simplemente no traduzcamos aún).

Marcos dice que Jesús “comenzó a exthambeisthai y ademonein”.

A su vez, los dos dicen, repitiendo la misma frase, que Jesús les dijo a los tres testigos:

“Mi alma está perilyptós”

Perilyptós, lypeisthai, exthambeisthai, ademonéin, son los cuatro nombres involucrados para mencionar estos sentimientos de Jesús.

Antes de adentrarnos en el asunto, y de traducir estas palabras (muy complejas, por cierto), hay que recalcar muy vehementemente que Jesús de ninguna manera, ni dicho por sus testigos ni por sí mismo, fobesthai, es decir, tuvo miedo.

El verbo fobeo se utiliza mucho en los evangelios, sin embargo nunca se utiliza para referirse a un sentimiento de Jesús, y siempre que se refiere a los discípulos o a la Virgen o a José es para negarlo: no tengáis miedo. Mientras que las menciones positivas son para los que no creen en Jesús (tenían miedo de la multitud, temía a Juan, temía a Jesús, etc)

Ya exploraremos un poco más este verbo, pero de momento quede la aclaración antes de adentrarnos en ese pedacito de alma de Jesús que, para gracia nuestra y con toda la delicadeza que esto requiera, nos dejó ver.

“Mi alma está perilyptós” (Mat 26,38 || Mc 14,34): en ese instante único en el que Jesús nos deja ver su alma, no lo dice con palabras azarosas sino ¡citando un salmo!, exactamente igual que cuando entrega al Padre su Espíritu. Es que los salmos…. ¡ay, los salmos! son la forma misma del habla de Jesús.

Incluso aunque no fuera Dios sino sólo un gran maestro, tiene -como todos los grandes maestros- a la poesía como forma de su hablar, hasta el punto de que es muy difícil discernir cuáles son palabras compuestas por él, y cuáles son citas implícitas de sus poemas predilectos. ¿Saben que ocurre algo parecido con Platón? uno lo va leyendo y va sintiendo cierto “sabor antiguo” en sus palabras, y ese sabor (Isidoro de Sevilla dice que sabor y saber son parientes cercanos) no proviene sino de las citas implícitas de su poeta predilecto, Homero, que se van enhebrando en el discurso.

Y eso en Platón, que aún muy grande, es un pagano, ¡cuánto más Jesús, el gran Maestro! ¡cuánto más Jesús, nuestro Señor!

¿Qué salmo cita Jesús? el 42/43, “como busca la cierva corrientes de agua”. Los versículos 6 y 12 del 42 y 5 del 43 repiten insistentemente:

 

«¿Por qué te me derrumbas, alma mía,

por qué te agitas dentro mío…?,

¡espera en Dios! porque de nuevo lo proclamaremos:

Dicha de mi rostro, Dios mío…»

 

La versión que cita Jesús es la de los LXX, es decir, como en todo el NT, la versión griega del AT, por eso nos encontraremos diferencias con la traducción directa del hebreo; “mi alma está ‘perilyptós'” es este movimiento de derrumbamiento del que habla el salmo, abatida, “mortalmente triste”, como traducen muy acertadamente algunos. Prefiero, de todos modos, la expresión “mi alma está derrumbada”, porque señala muy bien ese movimiento “hacia abajo” que es el preludio al descenso que Jesús realizará con su ascenso a la Cruz.

Ahora bien, lo más remarcable en todo esto es que debemos tener presente cómo se realizan las citas en el NT, en la Biblia en general: no se cita por erudición, no hay una sola cita de erudición allí. No se cita un salmo por su expresión bonita, sino por una razón mucho más importante: para hacer ingresar el mundo de ese salmo en el mundo de la escena que está ocurriendo, así que un verso citado no es solamente ese verso, sino aquello a lo que el verso apunta.

Jesús no necesita poner toda la estrofa para que le entiendan, basta con que diga esa primera parte, y enseguida, quien comparte el mundo de las Escrituras en el que respira Jesús, puede completar la estrofa: se trata de una cita de esperanza; aunque no de una esperanza voluntarista, al estilo de “espero porque, como en las pelis, todo terminará bien”, sino más bien, “espero porque es Dios quien, aunque no se muestre, está detrás de esto”.

En Getsemaní comienza el gran eclipsamiento de Dios en el mundo, es, precisamente, “la hora del poder de las tinieblas”. Ese eclipsamiento llega a su punto cúlmine con otro salmo: “Elí, Elí, lemá sabactani”.

La esperanza signada en el salmo es una esperanza contra toda esperanza humanamente posible, y sin embargo…. sin embargo es el sentimiento que Jesús comparte con nosotros; en la hora cumbre de su hora, nos conduce al sentimiento que espera de nosotros.

Por eso es notable que los dos evangelistas no se ponen de acuerdo en cómo nombrar ese sentimiento de Jesús para no quedarse en la descripción puramente externa sino penetrar en lo que Jesús mismo declara a través de la cita sálmica.

Tanto Mateo como Marcos están de acuerdo en que comenzó a “ademonéin”, a angustiarse.

Von Balthasar, al que admiro, como ya saben, mucho, escribió un librito llamado “El cristiano y la angustia” donde, según comprendí, trata de mostrar que la angustia es un estado del alma ajeno al cristiano, pero, ¿lo es? Admiro a von Balthasar pero, ¿podemos ir más allá de los sentimientos de Jesús?

Jesús comenzó a angustiarse. Lo dicen literalmente así: “comenzó a…”; creo que hay muchísima fuerza en esa expresión; hay varios recursos en griego para expresar esta idea de una acción incoativa, en inicio, sin embargo, eligen la más explícita, la que no deja dudas de que lo que quieren marcar no es tanto lo que ocurre, sino el hecho de que eso comienza; “comenzó a angustiarse” es el momento en que Jesús abre su alma y se queda inerme, pero también transparente, no esconde, no nos esconde de su alma absolutamente nada, y en tanto inerme y transparente, las tinieblas, que llenan la escena del mundo por tres días, no pueden contra él. Porque nada puede la fuerza contra aquel que no le ofrece fuerza sino su débil debilidad; nada puede la tiniebla contra la transparecia.

La angustia, y quien la haya experimentado la conoce bien, y aunque la haya sentido una única vez ya no la podrá olvidar, no es un temor, un miedo, un pánico, no, nada de eso, es un sentimiento completamente físico, es un dar vuelta el alma en el pecho y sentir cómo se angosta y aprieta, la angustia es una apretura, que amenza aniquilarnos de tanto apretar… pero no puede hacer desaparecer precisamente a aquel que la reconoce, la nombra, la deja a la vista… y eso hace Jesús: mi alma ha comenzado a derrumbarse. Dicho esto, paradójicamente, no con temblor en las palabras, sino con una serena y esperanzada cita sálmica.

Pero una sola palabra no basta llegar a dejar expreso, testimoniado, el abismo de este derrumbamiento, así que Mateo dirá: “comenzó a lypeisthai y angustiarse“; Marcos, por su parte, testimonia: “comenzó a exthambeisthai y angustiarse“.

Mateo utiliza un verbo que es el raíz del que Jesús cita con el salmo: si peri-lypeo es derrumbarse, lypeo es simplemente un poco más débil, ya que será reforzado con “angustiarse”: “comenzó a decaer y angustiarse”, como cuando decimos de alguien que lo vimos “decaído, triste”. Quiero retener que a lo que se apunta con estos sentimientos es a mostrar el movimiento que recorre el alma de Jesús: apretarse, abajarse.

Pero el más sorprendente es el verbo que usa Marcos, exthambúmai”, que es “quedar estupefacto, anonadado”; ¿por qué digo que es sorprendente? porque Marcos hace una apuesta muy fuerte a la comprensión del lector, a que el lector perciba que no se le habla de los sentimientos de Jesús porque sí, sino para dejar testimonio de la apertura de alma con la que Jesús se mueve hacia su pasión. Lo último que diríamos de alguien del que queremos marcar que “pobrecito, le duele mucho lo que pasa y está muy triste” es que “está estupefacto”, que más bien es un verbo estático, contemplativo; sin embargo lo que se quiere decir aquí no es “pobrecito Jesús, cómo le va a doler. cuánto le van a pegar…”, sino mostrarnos el lugar adonde nuestra propia angustia, nuestra propia perplejidad, nuestro propio abatimiento ante una verdad que tenemos entre manos y ofrecemos a un un mundo que sin embargo no la quiere, tiene su cabida.

Los sentimientos de Jesús no son, si se me permite la expresión, sentimientos “sentimentaloides”, de culebrón de las 5, son sentimientos de un alma que se abre y se queda abierta, quieta y callada, para que la hora de las tinieblas pase a través de ella, y las tinieblas mueran en ella, como se nos propone que sintamos nosotros.

“Mi alma está derrumbada”, quiere decir también: “ha tocado fondo y desde aquí comenzará a elevarse: espera en Dios”.

En Carta a los Hebreos hay un fragmento alusivo a Getsemaní que a mí me resultó siempre de lo más enigmático; cito BJ:

El cual [Jesús], habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó [aprendió] la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen… (5,7-9)

Hay varios elementos aquí: Getsemaní es el lugar, dentro del despliegue y realización del plan de Dios, en el que Jesús se convierte en causa de salvación. Es importante distinguir entre que él obedezca al Padre, y por tanto “se” salve, y que se convierta en causa de salvación para los que le obedecen a él.

Ser causa de salvación para los que le obedecen es que el lugar donde deberá ocurrir la obediencia ha quedado desplazado. En el Antiguo Testamento Dios nos ofrecía ser el lugar al que debíamos obedecer (leyes, trascendencia de Dios, inaccesibilidad); en Getsemaní hay un giro, un “cambio de rumbo” en el plan de Dios (hablando humanamente, aunque ese cambio estuviera eternamente previsto): la causa de salvación no es la obediencia al Padre sino la obediencia al Obediente.

“Ahora ya pueden dormir y descansar, ¡vamos, ya se acerca el que me entrega!”…. ¿Qué quiso decir Jesús?

Entiendo que ya podemos descansar de toda la economía antigua de la salvación, entiendo que abolió la ley con sus mandamientos y preceptos incumplibles, entiendo que abolió la trascendencia inaccesible de Dios, abolió la barrera absoluta entre Dios y el hombre; no porque Dios se haya ido de su trono, cosa imposible, sino porque la adoración en espíritu y verdad es mirar al Hijo, al obediente.

Y todo eso, nos dice Hebreos, por la obediencia de Jesús en el momento de ofrecer súplicas y lágrimas. Lo dice de manera un tanto extraña: “fue escuchado por su actitud reverente”, ¿fue escuchado? ¿pero no es que lo mataron? ¿en que sentido Jesús, que suplicó ser librado de la muerte, fue escuchado a pesar -o a lo mejor precisamente porque- fue muerto en la cruz?

¡Humanamente no parece haber sido escuchado!

Quizás ahora nos damos cuenta que Jesús no pide ser librado de la muerte, sino de algo que contenía la muerte que la hacía “a-tea”, de algo que la hacía vacía, hueca, sin sentido; pide ser librado de este cáliz en la que los muertes se ofrecen vanamente, no a Dios sino a la muerte misma; en resumen, pide ser librado de la maldición de Adán: “quedarás sujeto a la muerte”.

¡Y fue escuchado! nos dice Hebreos, fue escuchado por su “eulabein”, expresión intraducible: por su “actitud reverente”, pone BJ, y es correcto, la eu-labein es una actitud reverente, en el sentido de una “actitud de abajada humildad”; la “eu-labein” es la humildad de aquel que se agacha hasta el suelo en homenaje a Dios, no en miedo sino en reconocimiento, en homenaje.

Y en respuesta a la eulabein de Jesús, Dios, que levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre para hacerlos sentar entre príncipes, lo levanta, lo exalta.

Puesto en tierra oraba, y fue escuchado porque su ponerse en tierra era un abajarse humildemente ante Dios.

Fue escuchado-obedeció-causa de salvación para los que le obedecen: no nos suena el ronroneo hermoso que hay aquí:

ser escuchado: eis-akúo

obedecer: hyp-akúo

Fue escuchado… porque el mismo permaneció a la escucha. La gran paradoja de ser escuchados por Dios es que no nos escucha cuando hablamos como paganos, sino cuando permanecemos a su escucha.

Tal vez se nos mezcla aquí algo que no tiene relación con la Pasión de Jesús y mejor lo despejamos primero. Venimos de algunos siglos de repetir sin ton ni son que “la letra con sangre entra”, así que podemos creer que el texto de Hebreos hace alusión a que Jesús aprendió a obedecer a los golpes. Incluso una traducción tal sutil y bella como la traducción litúrgica española pone:

“a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer”, que es bastante distinto a “con lo que padeció experimentó (o aprendió ) la obediencia”.

En un caso se le están dando palos, como a los chicos, para que aprenda a obedecer. Dios, con los colmillos llenos de sangre, y las manos callosas de sostener el látigo, le da en la espalda a su Hijo, una y otra vez, hasta que aprende a obedecer: “si no me obedeces te voy a descargar encima todo mi poder, todo mi Todopoder”

¡Cuántas veces enseñamos esa imagen, atea, absurda, estúpida, ridícula, de un Dios ensañado con enseñar a obedecer al hombre, dando palo y palo hasta que el hombre, infinitamente más débil que Él, reconoce su superioridad!

¡Qué triste y lamentable una religión construida sobre esa lectura de Hebreos 5,8!

Sin embargo, nos dice que “con lo que padeció”, es decir, los padecimientos que comenzaron en Getsemaní y culminaron en la cruz, que fueron todos padecimientos “intramundanos”, no son padecimientos donde baje Dios a pegarle, no baja Dios a pegarle a nadie, no baja Dios a pegarnos.

¡Dios no puede entrar en nuestro mundo! el pecado le tiene cerrada la puerta, el mal, el dolor, el padecimiento, son hechos intramundanos. No hace falta Dios para explicar el mal, ni es Dios quien explica el mal.

El mal es precisamente esa ausencia de Dios, y la Cruz, la ausencia extrema (“Dios mío, por que me has abandonado”). Dios no está en el mundo, no está ni puede estar; y ése es el mayor dolor y el mayor sufrimiento, y la mayor angustia y apretura. Dios no está ni puede estar; no se aleja del mundo por venganza, ni impiedad. Está del otro lado de la puerta, llorando, o quizás llamando, o las dos cosas (“estoy a la puerta y llamo”), pero no puede entrar si no le abren, así que no está, porque no podemos abrirle:

“La puerta de la dicha no se abre hacia adentro, la puerta de la dicha se abre hacia afuera, y en ese sentido no hay nada que hacer”, señala Kierkegaard

La puerta del mundo se abre hacia el lado de Dios, pero Dios no puede abrirla, tenemos que ser nosotros, que no podemos hacerlo, que somos impotentes.

Jesús descubrió el método: aprendió con sus sufrimientos, a permanecer a la escucha, y por esa escucha, fue constituido causa de salvación para quienes lo escuchan…. ¡Aleluya!

Hay una íntima vinculación entre los gritos del dolor y la escucha, entre el clamor de las víctimas y la “ob-audiencia”, hypacoé, permanecer a la escucha.

Jesús no aprendió quién manda aquí por el hecho de que Dios le haya reventado la espalda: ni Dios le reventó la espalda, ni aquí manda nadie; Jesús aprendió, en el medio de sus tormentos, que hay un misterio de gracia en esos tormentos, en esos gritos se produce un silencio y un vacío, y en ese silencio y vacío rodeado de los gritos de las víctimas, Dios, que alza de la basura al pobre y lo sienta entre príncipes, puede ser escuchado.

Se escucha a Dios golpeando la puerta. Y quien lo escucha le abre, y quien le abre cena con él.

Abel

El Prologo de San Juan

Traducción y exégesis poética del Prólogo de Juan

Abel Della Costa

Si de ningún texto bíblico puede decirse que constituya por completo una “prosa” en el sentido actual del término (1), mucho menos podemos considerar así al Prólogo de San Juan (1,1-18).

Toda la Escritura se rige por claves simbólico-poéticas, aún sus fragmentos de aparentemente pura narración histórica (2). Pero Jn 1 lleva a su plenitud el carácter arquitectónico típico del lenguaje poético, lo cual justifica que en este texto (como en otros de la Biblia), los dispongamos en la página semejando versos (3). Seguir leyendo

Lo complicado de nuestro Dios

Este domingo Lucas nos hablara de esta parabola:

… Replicó: “Con todo, te ruego, padre, que le envíes [a Lázaro] a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento.”

Díjole Abraham: “Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan.”

Él dijo: “No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán.”

Le contestó: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite.”

Jesús, como era Dios, sabía cómo somos los hombres, y Lucas, como ya había pasado la Pascua y vio que los hombres no somos afectos a creer en lo que nos salva “ni aunque un muerto resucite”, también conocía la naturaleza humana. Uno la conocía esencialmente, el otro por experiencia… pero los dos confluyeron aquí en esta parábola profunda y preciosa: “Si no oyen a Moisés y a los profetas…”

Oir es un acto humano por excelencia, el oído de la comprensión -desde luego- no el oído de las ondas sonoras, el oído del que habla la ob-audiencia: el rendir mi oído hacia aquel que me dirige, de frente, la palabra; ¡tan distinta a la obsecuencia, propia de animales! el seguir en fila india al que se pone a la cabeza, dándonos la espalda y el trasero, en vez de la boca para hablar y poder nosotros escuchar.

Dios no quiere esa “obediencia” obsecuente, no nos creó para ella, sino para la obediencia de la fe, la obediencia que consiste en escuchar una palabra que se me dirige sólo para mí -como en el cuento de Kafka «Ante la ley»- una palabra única y secreta contenida en «Moisés y los profetas», es decir, en la Biblia.

Como hombre que soy, es mi tarea desvelar esa palabra, ésa que se me dirige sólo para mí. En eso nadie puede suplirme, nadie de naides. Podrá haber, sí, en el camino, un Magisterio que me ayude a acercarme sin tropiezos a la palabra, podrá haber estudiosos que investiguen los aspectos literarios, históricos, poéticos, etc. de la palabra, podrá haber gente de espíritu que me ayude a encontrar el lugar del espíritu donde se escucha mejor la palabra…

Pero el oír la palabra, la que se dirige sólo para mí en Moisés y los profetas, la que no habla en general sino sólo para mí y me dice algo sólo para mí -nunca podemos saber cómo se dirige la palabra a quien tenemos al lado, por eso no podemos hacer un juicio último sobre su obediencia de la fe-, ese oír, esa obediencia de la fe es el acto humano por excelencia, el acto humano y humanizador: el que nos pone a cada uno en la verdad de nuestra humanidad de cara a Dios.

Parece complicado porque muchos piensan el “seguir a Jesús” como ponerse en la caravana de una ley -yo sigo a Moisés, yo a Jesús, yo a Pablo, yo a Apolo, etc-, y Dios no quiere que sigamos nada en ese sentido -no lo digo yo, sino el Evangelio-, Dios no nos salva porque sigamos nada, sino porque escuchamos su palabra, porque entramos en diálogo con él, porque hacemos un lugar en la mesa para que se siente a compartir el vino nuevo del Reino -quédate contemplando cada personaje en “La Cena con los discípulos de Emaús” de Rembrandt, y leerás más teología que en cinco tratados-. Dios no nos salva por la obsecuencia sino por la obediencia de la fe; y no nos salva para la obsecuencia, para seguirlo atrás como burros en caravana, sino para seguirlo caminando a su lado, como los discípulos de Emaús, dejándolo que hable, escuchando, dejando “arder el corazón”… nos salva para la libre obediencia, para quedar nosotros mismos capacitados para hablar.

Así que es complicado o sencillo según consideres al hombre, bajo cuya forma Dios se reveló -ad modum recipientis: según la manera de quien debía recibirlo, dice Santo Tomás-, simple o complicado. Si debiéramos ser salvados para formar una masa de seres indiferenciados cuyo único valor es el número que suman -sea 144000 o cualquier otro- entonces sí podría considerarse disparatado que Dios eligiera para revelarse un procedimiento tan personalizante como es apelar a la obediencia interior, a la escucha del corazón y al asentimiento de la inteligencia, la emoción, y todas las potencias del espíritu humano.

Pero si Dios nos eligió para decirnos una palabra que llegara al corazón, nada mejor que hablar “ad modum recipientis”, de tal manera que el corazón no sólo se hiciera apto para escuchar, sino para llegar a su plenitud y poder él mismo hablar.

Ve y diles esto, de todas las maneras que puedas, sencillas o complejas -“ad modum recipientis”- a todos quienes te cuestionen lo complicado de nuestro Dios.

Abel

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