Meditaciones de la Cruz

 

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En la cruz llega a su término lo que las religiones buscan desde el inicio de la humanidad: un Dios soberano, poderoso, trascendente, que me diga “tú eres hombre, eres distinto de mí”, un Dios también –y por eso mismo– con todo el derecho de aplastarme, de aniquilarme a fuerza de ser tan grande, tan todo.Sólo un Dios así tiene la posibilidad de permitir la muerte de su Ungido.

Sólo un Dios que no tenga que rendir ninguna cuenta a nadie puede, en un soberano acto de poder y fuerza, abandonar la Inocencia al poder de la muerte y de la nada.

Porque eso es la cruz: la muerte y la nada. No nos gusta a nosotros, los cristianos del mundo moderno, caer en la cuenta de que Dios tiene todo el poder, y yo ninguno, tiene todo el derecho, y yo ninguno, tiene toda la soberanía, y yo ninguna.

Pero eso es lo que los hombres hemos buscado siempre en la religión: un Dios que nos diga: “yo soy auténticamente Dios, y tú un hombre”. El Dios que es un “misterio tremendo” y que nos hace temblar de pavor.

Pero en la cruz llega también a su término lo que las religiones buscan desde el inicio de la humanidad: un Dios cercano y dialogante, que me diga “tú eres hombre, y no una nada. YO te quise hombre, y no una nada.” Pero no hay nada que pueda ser real fuera de la realidad de Dios, si hubiera algo real y que no lo contuviera Dios, él no sería por completo real ni por completo Dios.

Si somos hombres porque Dios nos dice “YO te quise hombre”, es que Dios mismo contiene en sí lo humano, lo saca de sí mismo para donárnoslo. Eso que comprendemos oscuramente de nosotros mismos: esa lucha por ser, por salir de la nada, por dejar nuestra obra hecha, eso que los seres humanos hemos buscado en la historia tratando de que se hable bien de nosotros en lugar de mal, tratando de hacer las cosas bien, en vez de mal, esa lucha cotidiana por no desaparecer… es a la vez algo que Dios mismo tiene, y nos lo ha donado y eso nos atrae y fascina: ese “aspecto” (ese “rostro” dice la Escritura) de Dios que se nos parece, eso en que nos parecemos a él, su “misterio fascinante”, seductor de tan cercano a lo que nosotros mismos somos.

Sólo un Dios así tiene la posibilidad de volverse él mismo el Ungido que muere por nosotros.

Terrible y cercano, distinto a mí, pero igual, fortísimamente débil. Ninguna palabra del lenguaje de la religión alcanza para nombrar quién es Dios, porque se necesita de todas las palabras juntas. Y aún si tuviéramos todas las palabras juntas, no bastaría. Por eso hacía falta unir palabra y no-palabra: palabra y gesto.

La cruz es ese gesto donde Cristo da su última palabra….

Era necesaria la Cruz para dar contenido real, por fin, a todo lo que los hombres hemos buscado siempre en la religión: al Dios terrible, y cercano, poderoso, pero débil. Pero a la vez, en tanto Dios habló en la Cruz, crucificó también todo lo que los hombres hemos buscado a tientas por tantos siglos y siglos.

La Cruz dice: “esto, ¡hombre!, es lo que oscuramente has buscado toda tu vida, pero mis caminos no son tus caminos”. La Cruz hace real a Dios, y da vuelta todo lo que podemos pensar y decir de Dios. En tanto miro al Traspasado, tengo que ver en mí mismo que todo lo que siento, deseo, pienso, acerca de Dios ha quedado superado por lo REAL de Dios: por su fuerza débil y su palabra silenciosa.

No es algo real que pueda ponerlo en mi mente para razonarlo mañana o pasado, sino una emoción vital enteramente nueva, que no cabe en mí, que está a contrapelo de mis deseos, pensamientos y palabras. La Cruz es la portadora única de esa emoción nueva. Por eso, es SÓLO mirando a ella, mirando al Traspasado, que podemos renovarla una y otra vez. Y quien sabe que esa emoción enteramente nueva es lo único nuevo que puede haber bajo el sol, perederá todo interés en razonar y comprender a Dios, incluso en buscar a Dios. La Cruz dice: no me busques, pero quédate allí, mirando, hasta que vuelva. Pero a la vez, en tanto Dios habló en la Cruz, crucificó también todo lo que los hombres hemos buscado a tientas por tantos siglos y siglos.

En la primera parte, intentábamos contemplar, con palabras siempre inadecuadas, la novedad de Dios que aparece en la Cruz. Pero esa novedad no ocurre sólo fuera nuestro, en el mundo, en la historia. Desde que la Cruz nos reveló que la única tarea a la que estamos llamados es mirar al Traspasado, toda nuestra acción, todo nuestro movernos cotidianamente, se puede volver enteramente distinto.

No se trata de que porque miramos al Traspasado ya somos buenos y no podemos hacer nada mal. Por el contrario, es en tanto que nuestra vida ya no tiene su centro en sí misma, es decir, cuando dejamos de medir nuestras acciones por nosotros mismos.

 

A eso la Escritura lo llama “vivir en el Espíritu”. Y es tal la tentación de medir todo por nosotros mismos, de ponernos como criterio y legitimidad de nuestra vida, que San Pablo advertirá a los Gálatas algo que sigue siendo dicho para cada creyente en la historia: “¡Insensatos gálatas! ¿Quién os ha embrujado? ¡Y pensar que ante vuestros ojos presentamos la figura de Jesucristo en la cruz!… ¡Empezasteis por el espíritu para terminar en la carne!”
¿Pero cuándo nos hacemos merecedores de ese reproche?
¿cuándo abandonamos el Espíritu para recaer en la carne?

¿cuándo ocurre que dejamos de mirar la Cruz y nos miramos a nosotros
mismos?

¡Eso sería antes, en época de los Gálatas!

Si voy a misa, rezo el rosario, hago un retiro mensual en ETF, llevo una cruz en el cuello y me confieso al menos una vez al año, en Pascua de Resurrección, no estoy en la carne. O bien, engaño más sutil si cabe, si comparto lo que tengo con los pobres, ayudo a los que me rodean, y soy solidario, no estoy en la carne. Y si además de unas cosas, hago las otras, no estoy en la carne sino en el Espíritu. Y sin embargo…

 

Es quizás en ese mismo momento en que juzgamos de nosotros mismos que “estamos en el Espíritu”, cuando tal vez hemos perdido el norte y estamos más en la carne que nunca. No nos engañemos: los cristianos estamos sometidos a una tentación mucho más sutil que las de los no creyentes. Si un no-cristiano busca a Dios a través de la matanza de animales, o de la brujería, o de los amuletos, o de los astros… cualquiera sabe que no está Dios allí, cualquiera descubre el error. Pero si un cristiano “busca” a Dios a través de la solidaridad y el desprendimiento, de la limosna y el culto razonable, ¿Quién diría que no está Dios allí?

Y sin embargo, aunque no lo podemos saber de antemano, puede no estar Dios allí.

Y eso lo dice la Cruz: mientras en lo que busques te pongas a ti mismo como regla de medida, mientras te quedes tranquilo acerca de lo bueno y lo malo, mientras erijas tus acciones en “código de conducta”… estás en la carne, porque estás en la Ley, que no salva.
¿Y entonces qué debo hacer?

¿acaso todo mal, así se nota que no me estoy poniendo a mí mismo como medida de mi espíritu?
¿acaso debo simplemente hacer lo que me apetezca a cada paso -bueno o malo, no importa-, para no estar juzgándome a mí mismo?
¡Terrible paradoja nos pone delante la Cruz!

«Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.»
O más sencillamente: «El justo vive de la fe.»

No hay recetas para que yo sepa de antemano lo que debo hacer a cada momento. Lo bueno y lo malo elemental de cualquier vida humana, los sencillos enunciados de los diez mandamientos, no cambian.

Nosotros no somos malas personas sino buenas, todos obramos más o menos bien. Es el corazón que pongo en mi vida el que tiene que cambiar, no las acciones exteriores. Es el modo como me luzco ante mí mismo y me convierto en criterio y norma de juicio, generalmente de maneras sutiles. Esos sutiles engaños del “obrar bien” sólo los descubrimos mirando la Cruz. Sólo delante de ella, y porque la estamos mirando, podemos tal vez decir con sinceridad: somos siervos inútiles. Que no se distinga nuestro obrar cristiano por más o menos misas, por más o menos limosnas, por más o menos solidaridad: el culto a Dios, el desprendimiento y la solidaridad son de todos, no sólo nuestros.

Pero que nuestro obrar cristiano se distinga porque quien nos mire, nos vea mirando la Cruz. No a nosotros mismos sino al Traspasado. Porque es eso solo lo que dice la Cruz: no me busques, pero quédate allí, mirando, hasta que vuelva. Quisiera que meditemos en eso, en la posición del corazón que hace cristiano nuestro obrar, que lo hace conforme a la gloria de la cruz.

Editado por Iris de un escrito de Abel DellaCosta
La Meditacion fue traida de AQUI (requieres PDF Acrobat Reader)

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Una respuesta

  1. Muy buena página, por casualidad me tope con ella en google…

    http://www.pastoraljavierdenavarra.blogspot.com/

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